El significado del juicio

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte I

Este taller es básicamente compañero del otro taller que di sobre el juicio, titulado «Juzgar o no juzgar». Terminaremos en el mismo lugar, pero lo abordaremos desde un enfoque un poco diferente. Me gustaría estructurar este taller en torno a cuatro tipos diferentes de juicio, tres de los cuales se articulan directamente en Un curso de milagros, y el cuarto, que es en realidad el segundo tipo de juicio en la secuencia que vamos a comentar, está implícito a todo lo largo del Curso.

El primero es el sueño de juicio del ego, basado en la idea de que pudimos separarnos de Dios. Es una manera de juzgar a Dios como inadecuado, si no es que enclenque. El ego con su gran poderío doblegó a Dios, usurpó Su autoridad e inventó su propio mundo. Este juicio está basado en las diferencias, todas ellas formas de ataque.

Voy a saltarme el segundo tipo de juicio aquí y volver a él en breve. El Curso se refiere al tercer tipo como el juicio del Espíritu Santo, que se comenta más claramente en «El juicio del Espíritu Santo» (T-12.I) y en «La igualdad de los milagros» (T-14.X), dos secciones que no repasaremos en este taller. A todos se nos pide que compartamos este juicio, que ve a todos y a todo en este mundo como expresando o pidiendo el Amor de Dios. No hay ataque en este tipo de percepción.

El cuarto juicio del que habla el Curso se llama el Juicio Final o el Juicio de Dios (por ejemplo, T-2.VIII; W-pII.10). Este juicio ocurre justo al final del proceso de la Expiación. Afirma que «lo falso es falso y lo que es verdad nunca ha cambiado» (W-pII.10.1:1). Este juicio pone fin al sueño por completo. Es la expresión pura del principio de la Expiación: la separación nunca sucedió. Una vez que hemos aceptado y nos hemos identificado con el juicio del Espíritu Santo, el Juicio Final de Dios está a un pelo de distancia. En la descripción metafórica del Curso, Dios se inclina para elevarnos hasta Él —el último paso de Dios.

La cuestión crucial, sin embargo, es cómo llegar del primer juicio —el sueño de juicio del ego— al tercer juicio, la percepción del Espíritu Santo que ve todo como una expresión de amor o una petición de amor. Pasaremos mucho tiempo hablando de este segundo tipo de juicio. No tiene un nombre en el Curso, pero se refleja a todo lo largo del libro. Este es el juicio que emitimos cuando miramos el juicio del ego y reconocemos que todos nuestros pensamientos y juicios no han tenido ningún efecto, cosa que explicaré después. Sin este paso intermedio, es imposible saber verdaderamente de qué se trata el juicio del Espíritu Santo. Uno de los errores que los estudiantes cometen cuando comienzan a trabajar con el Curso es pensar que es fácil pasar del primer al tercer tipo de juicio; del juicio del ego —las diferencias, el especialismo y el ataque— al juicio del Espíritu Santo que reconoce a todos como iguales y que la única diferencia aparente es que la gente o bien expresa amor o lo pide.

Quienquiera que haya trabajado seriamente durante cierto tiempo con Un curso de milagros reconocerá que no es fácil pasar de los juicios de nuestro ego al juicio del Espíritu Santo. Se necesita un paso intermedio. Una vez más, ese es el juicio que abordaremos. Este tipo de juicio se expresa muy claramente en una de las definiciones importantes que el Curso da para el proceso del perdón: «El perdón... es tranquilo y sosegado y no hace nada. Simplemente observa, espera y no juzga» (W-pII.1.4:1,3). Jesús nos insta repetidamente a tomar su mano y a contemplar con él la oscuridad del ego. Su exhortación es la segunda forma de juicio. No niega los pensamientos del ego que expresamos en el mundo: todos los pensamientos de violencia, perversidad y asesinato.

Este paso reconoce que todos nuestros pensamientos, en el fondo, no pueden ejercer ningún efecto en nuestra paz interior. Eso nos permite mirar al mundo y ver de verdad que aquí todos están expresando o pidiendo amor. Sin este segundo juicio, los pasos tercero y cuarto son absolutamente imposibles. Cuando digo —como he dicho muchas veces— no se salten pasos, este es el paso del que hablo. Significa que realmente miremos el hecho de que juzgamos constantemente.

Mi taller anterior plantea la pregunta «juzgar o no juzgar», y se diría que la respuesta obvia es que no debemos juzgar. Pero esa es la respuesta equivocada. La respuesta correcta es que no solo juzguemos, sino que no hay manera de que evitemos juzgar, porque eso es lo que es este mundo. Todo este mundo se basa en la premisa de que es válido nuestro juicio de Dios y del Hijo de Dios. Así que primero queremos ser capaces de juzgar y no sentirnos culpables por ello; eso es inherente a este segundo paso. Miramos todos los juicios que emitimos contra otras personas, contra nosotros mismos, contra Jesús y contra Dios, pero sin juzgarnos por emitirlos —es decir, sin sentirnos culpables.

En este taller, para revisar estos cuatro pasos, nos basaremos en la sección del texto titulada «El sueño de perdón» (T-29.IX). Pero antes de pasar a ese capítulo me gustaría comentar los pasos con un poco más de detalle: primero el sueño de juicios del ego; después lo que es mirar estos juicios con Jesús sin sentirnos culpables, lo cual nos permite mirar a todas las personas en el mundo como nuestros hermanos en Cristo; y por último el final del proceso, la Expiación: el reconocimiento de que todo en este mundo es una ilusión.

Todo el sistema de pensamiento del ego comenzó con el juicio inicial que se produjo cuando la «diminuta idea loca» pareció surgir dentro de la mente del Hijo de Dios. Antes de eso Dios y Su Hijo moraban juntos en el Cielo en una unión tan perfecta que incluso sería imposible hablar de Dios como Creador o Fuente distinta de Cristo, Su Efecto o Su Hijo. En otras palabras, ninguna diferenciación es posible en el Cielo. El juicio, por supuesto, siempre se basa en la diferenciación. Todos nuestros juicios implican comparar a una persona con otra, una serie de acontecimientos con otra, un objeto con otro, etc. Todo nuestro mundo de percepción se basa en eso. De ahí que no haya percepción ni juicio en el Cielo.

Cuando el Curso habla del Juicio de Dios, debe entenderse como la expresión de esta Unidad perfecta. La presencia de Dios como unión perfecta y Amor perfecto, y la presencia de Cristo como eternamente uno con la Unidad de Dios y el Amor de Dios es el juicio con respecto a todo lo que el ego piensa. Y ese juicio simplemente dice: «lo falso [el pensamiento de separación] es falso y lo que es verdad [la realidad de la unidad del Cielo] nunca ha cambiado» (W-pII.10.1:1). Pero cuando la «diminuta idea loca» pareció surgir, apareció de repente la dualidad. Y ese fue el nacimiento del juicio.

Ahora el Hijo de Dios comenzó a experimentarse a sí mismo en relación con —como separado de— su Creador y Fuente. Y no experimentó esa relación de una manera muy grata. El Hijo se percibía a sí mismo como carente, con Dios teniendo injustamente lo que a él le faltaba; pero también percibía que ahora poseía el poder de robarle a Dios lo que creía tener merecido. Así es que el Hijo se convirtió en el creador y la fuente de la vida. Se convirtió en el que existía por su cuenta. Ese fue el nacimiento del ego. En ese instante, Dios se convirtió en el efecto del Hijo, pues el Hijo era ahora la causa de Dios. El Curso se refiere a esto como la usurpación del papel de Dios. El Hijo se establece como su propio creador, de manera que Dios —como verdaderamente es— deja de existir, al menos dentro de la mente del Hijo. Dios ya no es la Fuente de todo Ser, sino que ahora el Hijo lo es.

El juicio inicial es que hay una diferencia desleal o injusta entre mí mismo y Dios, lo que me deja en un estado de escasez o carencia. Mi ego concluye que me falta la condición de creador —de estar en el trono— porque Dios me ha privado de ella. Por lo tanto, estoy justificado en recuperar de Dios lo que es legítimamente mío. Ese es el juicio inicial. Entiendan que un aspecto crucial de este juicio inicial es que se basa en las diferencias. Antes de que pareciera surgir la «diminuta idea loca», no existía una conciencia separada que pudiera observar, percibir ni pensar en diferencia alguna.

Ahora saltándome unos cuantos pasos: de esta «diminuta idea loca» y de su sueño de juicio inicial surgió todo el universo físico. Cuando Jesús dice en Un curso de milagros que este mundo es una ilusión, quiere decir que todo el universo físico es una ilusión. Es irreal. Sabemos que es irreal porque el mundo que vemos y experimentamos es un lugar de diferencias. Así es como percibimos. Al trabajar con Un curso de milagros, es sumamente importante que reconozcamos que todo en el mundo es completamente irreal. Por consiguiente, cualquier pensamiento de que Dios o el Espíritu Santo hagan algo en este mundo debe ser falso. Si Ellos hicieran cualquier cosa en este mundo por nosotros, estarían dementes porque estarían haciendo real el mundo de la dualidad, lo que desacreditaría Su propia integridad como espíritu puro que es perfectamente uno.

El mundo entero del tiempo y el espacio —un mundo de diferencias— surge del pensamiento de que el Hijo podría ser diferente de Dios. Somos este mundo al que creemos venir cuando nacemos. Pero no «venimos» a él; el mundo viene de la proyección del pensamiento de separación y diferencias dentro de nuestras mentes. Por eso el principio, «Las ideas no abandonan su fuente» (T-26.VII.4:7), es tan crucial para entender las enseñanzas del Curso. El mundo no es más que la proyección de este pensamiento de separación y culpabilidad. Y no ha abandonado su fuente en nuestras mentes donde también permanecemos nosotros, lo que significa que no hay mundo ahí fuera.

El juicio que todos emitimos es que hay un mundo al que venimos, un mundo dentro del cual nos experimentamos a nosotros mismos fuera de nuestras mentes y que existirá después de que muramos. Luego exploraremos eso con más detalle. Sin embargo, todo este mundo es un sueño de juicio. Es un sueño porque está fuera de la realidad de la Mente de Dios; y es de juicio porque cualquier cosa fuera de la Mente de Dios debe percibirse como diferente de ella, y eso es un juicio.

Es imposible que existamos en este mundo sin este tipo de juicios. Nuestro mundo es de hecho un mundo de percepción. Todos nos percibimos en relación con los demás y con las cosas que están fuera de nosotros, y Jesús no dice que debamos negar que esta es nuestra experiencia. Al principio del texto dice que es casi imposible negar nuestra experiencia física en este mundo (T-2.IV.3:10). Pero, según veremos, nos pide que la miremos de otra manera. El caso es que no podemos existir en este mundo como individuos separados —creyendo que cada uno de nosotros tiene un cuerpo real y una personalidad distintos de los cuerpos y las personalidades de otras personas —y no juzgar. A todos se nos da muy bien negar cuánto juzgamos. Un claro ejemplo de cómo los estudiantes del Curso caen en esta trampa se presentó al estallar la guerra del Golfo. Cuando ciertos estudiantes expresaban su preocupación por lo que sucedía en el Golfo Pérsico, otros les decían: «¿Cuál guerra? No hay guerra ahí fuera. Si dices que hay una guerra ahí fuera, si ves un noticiero y hablas de ello, le estás dando una realidad que no tiene». No se daban cuenta de que ellos estaban emitiendo un juicio aún peor porque estaban diciendo: «Hay algo terrible ahí fuera que no quiero ver. Así que lo espiritualizaré y diré que Un curso de milagros afirma que aquí todo es irreal, que nadie es diferente, que la guerra es imposible; por lo tanto, no hay guerra ahí fuera». Desde un nivel metafísico por supuesto que es cierto; pero —salvo contadas excepciones— aquí en el mundo nadie está en ese nivel.

Así es que no se nos pide que neguemos los juicios que emitimos; de ahí la importancia de hablar de este paso intermedio entre el sueño de juicio del ego y el juicio del Espíritu Santo: que estemos dispuestos a aprender a estar cómodos con todos los juicios que emitimos. Para empezar, eso significa entender que simplemente estar en este mundo, despertar por la mañana y creer que hemos despertado aquí, es un juicio y un ataque. Estamos diciendo: «Creo que estoy en casa aquí en mi cama». La verdad es que estamos en casa en Dios, y no estaríamos soñando que hemos despertado en nuestro dormitorio si no quisiéramos abandonar a Dios. Si todo transcurre dentro de nuestras mentes y todo es una elección —como Un curso de milagros nos dice una y otra vez— entonces simplemente creer que estamos aquí en el mundo es un pensamiento de ataque. Es un pensamiento de ataque, pues dice que prefiero estar aquí en lugar de estar con Dios, mi Creador y mi Fuente. Y peor aún, estoy diciendo que no solo creo que quiero y puedo estar aquí, sino que creo que estoy aquí, lo que significa que estoy aquí a expensas de Dios. He usurpado Su lugar. He acabado con Él y me he colocado en Su trono.

El simple hecho de respirar oculta este perverso pensamiento de ataque, este juicio que dice que estoy separado de Dios, soy mejor que Él, y mi individualidad y mi existencia fueron adquiridas a costa de Él. Ahora bien, esto no significa que debamos sentirnos culpables porque tomamos aire cada 15 ó 20 segundos ni porque despertamos por la mañana y nos sentimos bien. Significa que no debemos caer en el engaño de pensar que tales experiencias son santas o espirituales, que son reales y sobre todo que están exentas de juicio. No podemos hacer nada en este mundo sin juicio porque de eso se trata estar en este mundo. Así que la respuesta no es que no debemos juzgar. La respuesta es que debemos aprender a estar cómodos con todos los juicios que emitimos porque solo entonces podremos trascenderlos.

Permítanme añadir otro ingrediente relacionado con el mecanismo de la negación. Una vez que creemos que realmente estamos aquí, como he estado diciendo, suponemos que nosotros —en vez de Dios— somos el creador y la fuente de nuestro propio ser. La culpa que eso implica es enorme, porque el ego nos dice que no podemos matar a Dios y esperar salir impunes. Aquí nace nuestra culpabilidad, seguida del miedo aterrador de que, cuando Dios nos atrape, nos destruirá. Así que, para protegernos del horror de nuestra culpabilidad proveniente de lo pasmoso que fue el pecado de apoderarnos del trono de Dios, todos fingimos que no lo hemos hecho. Ese es el mecanismo de la negación o la represión. Y conforme a una ley inexorable de la mente del ego, una vez que negamos algo, debemos proyectarlo.

Así que primero nos juzgamos por atacar a Dios, pero luego decimos: «Yo no soy el que cometió esta barbaridad. Alguien más lo hizo». Tomamos nuestra propia culpabilidad por creer que hemos atacado a Dios separándonos de Él y la proyectamos. Encontramos a alguien más a quien culpar; así ya no somos conscientes de que este sueño de juicio se originó en nuestras propias mentes. Creemos que el sueño es realidad y que existe afuera, externo a nosotros. Pero la verdad es que el sueño de juicio nunca ha abandonado su fuente dentro de nuestras mentes. Aunque no lo recordemos, nosotros somos los que estamos soñando este sueño de juicio, pecado y ataque —de asesinar a Dios y sobre Su cadáver destrozado erigir nuestro propio yo.

El problema básico es que primero nos juzgamos a nosotros mismos como pecadores, luego decimos que esto es tan terrible que nunca lo volveremos a mirar. Entonces protegemos ese pensamiento escondiéndolo de nosotros mismos. El pensamiento es tan horrible y nos induce tanta ansiedad que juramos nunca volver a mirarlo: el primer nivel de protección. Luego tomamos el pensamiento, lo proyectamos y lo ponemos en otra persona: el segundo nivel de protección. Así es que nunca aceptamos la responsabilidad de ese pensamiento porque ya no sabemos de su existencia. Lo hemos echado al inconsciente. Nos decimos: «Yo no soy el que ha hecho esto; fue alguien más. Yo no soy el que es pecaminoso; alguien más ha pecado contra mí. Yo no soy el que cometió el error; yo no soy el que dio una vuelta prohibida o hizo esto o lo otro. Alguien más lo hizo». En otras palabras, protegemos el juicio y mientras lo sigamos protegiendo nunca se sanará. Por eso es tan importante esta segunda forma de juicio. Tenemos que aprender a ser conscientes, no de que somos en verdad unos miserables pecadores, unas criaturas desgraciadas del especialismo empeñadas en destruir a todo el mundo, sino de que creemos que lo somos. Es muy diferente. Dios no nos ve así. De hecho, Dios no nos ve en absoluto. Así nos vemos a nosotros mismos. Pero una vez que nos hemos visto así, negamos ese pensamiento y lo protegemos poniéndolo en alguien más. En el ámbito psicológico, cuando decimos que alguien se pone a la defensiva, significa que la persona erige un muro al sentirse amenazado por algo que se le dice. Esa persona realmente está diciendo: «No te me acerques. Este pensamiento de pecado y juicio que estoy emitiendo contra mí mismo es tan doloroso que no puedo mirarlo ni quiero que tú lo mires». Esto es lo que realmente significa estar a la defensiva. Es una actitud de proteger la idea de que soy una persona terrible. Ni Dios ni Jesús nos ven así; nosotros nos vemos así. Pero si nos negamos a reconocer lo que creemos que somos nunca podremos cambiar nuestra decisión en la mente en cuanto a esa creencia.

Por eso no podemos simplemente pasar del sueño de juicio del ego al juicio del Espíritu Santo, Quien ve que todo el mundo está pidiendo amor o expresando amor. Es esencial que primero nos entrenemos —y Un curso de milagros es ese programa de entrenamiento— para mirar el sistema de pensamiento del ego. Este no es un curso de negación o de fingir que en el mundo no suceden cosas terribles que expresan los terribles pensamientos que transcurren en la mente del Hijo. Una y otra vez Jesús usa palabras muy fuertes como asesinato y perverso para describir el sistema de pensamiento del ego. Él no dice que este mundo sea maravilloso. ¿Cómo puede ser un mundo maravilloso si se fabricó para escapar de Dios? ¿Cómo puede ser un mundo maravilloso si sirve como protección para que nunca miremos el sueño de juicio subyacente, que es irreal, pero que creemos que es real? ¿Cómo puede ser un mundo maravilloso si se interpone en el camino de la sanación?

Al trabajar con el Curso, queremos desarrollar una actitud de poder mirar con los ojos bien abiertos lo que es el mundo —ya sea a nivel internacional, a nivel interpersonal o a nivel personal dentro de nuestras propias mentes. El objetivo de Un curso de milagros es que seamos capaces de mirar estos pensamientos del ego sin juicio. Cuando ese juicio desaparece, cuando realmente podemos mirar todo el odio y el especialismo dentro de nosotros —la necesidad de ser importantes, todas las formas de exigir que se nos trate como si lo fuéramos—, cuando podamos mirar eso sin juzgarnos ni sentirnos culpables por estos pensamientos, sin temer ningún tipo de castigo, entonces desparecerán porque el pensamiento básico del ego es irreal. El pensamiento básico que subyace a la totalidad del sistema de pensamiento del ego —y de todo el universo físico— es un pensamiento irreal. Es un pensamiento que dice que realmente podemos intimidar a Dios, doblegarlo y establecernos como Dios. Si podemos mirar eso como lo que es, sin juzgarlo, nos daremos cuenta de que, como dice en un pasaje del texto: «Es motivo de risa pensar que el tiempo pudiese llegar a circunscribir a la eternidad, cuando lo que esta significa es que el tiempo no existe» (T-27.VIII.6:5). En otras palabras, la «diminuta idea loca» que dio lugar a este mundo es precisamente eso: diminuta porque es insignificante sin poder ni efecto alguno, y loca porque es demente. El ego no puede lograr lo imposible. Nos puede llevar a creer que lo imposible ha sucedido, pero no puede hacer que suceda. Mas si no lo miramos no sabremos lo que realmente es.

Así que el propósito de Un curso de milagros es que lleguemos al punto en que realmente podamos mirar al ego. Y cuando lo hagamos se disolverá como dice el Curso «en la nada de donde provino...» (M-13.1:2). En ese momento el juicio del Espíritu Santo se convierte en una realidad para nosotros. Puesto que entonces solo llevamos dentro el Amor de Cristo y dentro de nuestras mentes solo experimentamos el amor de Jesús por nosotros, cuando miramos el mundo vemos de la manera que él ve. Y entendemos, como explica el texto, que cada ataque es realmente una expresión de miedo (T-2.VI.7:1). Y debajo del miedo está la petición de amor que se ha negado, lo que significa que ahora contemplamos el mundo y vemos a todos como pidiendo amor o expresando amor. Así que nuestra respuesta es siempre la misma.

Ya sea que me pidas amor o me expreses amor, como tu hermano en Cristo te extenderé amor. Ya no veré ninguna diferencia. Las diferencias superficiales no me importarán. Lo único que importará es que estás pidiendo amor o expresando amor. Entonces el amor en mí te saluda, mi respuesta siempre es la misma. Ese es el juicio del Espíritu Santo. A partir de ahí, explica el Curso, Dios se inclina y nos eleva de nuevo a Sí Mismo y todo el sueño desaparece. Una vez más, lo que permite que ocurran este tercer y cuarto paso —el juicio del Espíritu Santo y el Juicio Final de Dios— es este segundo paso de mirar sin juicio nuestro sistema de pensamiento del ego, con toda su fealdad, perversidad y falta de bondad. Pero lo miramos con una sonrisa que dice que estos pensamientos no ejercen ningún efecto en Quién soy, ningún efecto en mi relación con Jesús y, por lo tanto, ningún efecto en mi relación con Dios.