El significado del juicio

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte II
«El sueño de perdón» (T-29.IX)

Pasemos ahora a «El sueño de perdón» (T-29.IX).

(1:1) El que es esclavo de ídolos lo es porque está dispuesto a serlo.

Esta parte del texto habla mucho de ídolos. En Un curso de milagros un ídolo es simplemente otro término para el ego y sus objetos de especialismo. En otras palabras, es algo falso a lo que otorgamos valor y realidad.

(1:2) Y dispuesto tiene que estar para poderse postrar en adoración ante lo que no tiene vida y buscar poder en lo que es impotente.

Claramente esto se refiere al sistema de pensamiento del ego. El sistema de pensamiento del ego no tiene vida porque está fuera de la Vida de Dios y no tiene poder porque está fuera del poder de Dios. Por supuesto, el ego dentro de su sueño cree que ha robado la vida de Dios, por lo que ahora el ego (el Hijo separado de Dios) tiene vida y Dios no tiene ninguna. El ego también cree que ha robado el poder de Dios para crear, así es que ahora el ego tiene ese poder y Dios no. Esto es a lo que Jesús se refiere aquí como el ídolo.

(1:3) ¿Que le sucedió al santo Hijo de Dios para que su deseo fuera dejarse caer más bajo que las piedras del suelo y esperar que los ídolos lo elevasen?

Jesús básicamente está preguntando cómo empezó todo esto: ¿cómo es posible que hayamos ido a parar en la situación en que nos encontramos, donde negamos nuestra realidad como Cristo, nuestro poder y el Amor de Dios? Con nuestra pecaminosidad y culpabilidad hemos caído «más bajo que lo bajo» debido a este terrible concepto de nosotros mismos. Y luego buscamos que algo fuera de nosotros nos ayude, nos haga sentir mejor. Ese es el propósito de los ídolos del especialismo: creo que Dios no puede ayudarme, pero esta persona especial, este rasgo especial, este acontecimiento especial o este objeto especial en el mundo pueden hacerme sentir bien elevándome por encima del estado rastrero en el que he caído.

(1:4) Escucha, pues, tu historia en el sueño que tejiste, y pregúntate si no es verdad que no crees que sea un sueño.

Jesús nos habla como individuos, pero también como una sola mente colectiva del ego que inventó esta historia. Él está diciendo (una vez que traspasas las dos negaciones) que debemos cuestionarnos honestamente si esto es lo que realmente creemos. De veras creemos que este mundo es la realidad. No importa cuánto tiempo hayamos estudiado este curso ni cuánto afirmemos que nos lo creemos, hay una robusta parte de nosotros que no cree que este mundo sea un sueño. Y podemos reconocer esto en la medida en que observamos cómo nuestras mentes se llenan de juicios; todas las pequeñas cosas del mundo que nos atraen; todos los odios y resentimientos mezquinos a los que nos aferramos; todas las cosas triviales que enarbolamos como símbolos de la injusticia; todas las cosas del especialismo que deseamos para nosotros y para los demás, etc. Por todos estos pensamientos es evidente cuánto nos identificamos con este sueño y lo hacemos realidad. Jesús lo dice una y otra vez en muchos lugares. Es sumamente importante prestar atención porque él nos está diciendo que, efectivamente, creemos que este mundo es la realidad; efectivamente, creemos que hemos acabado con Dios y que el especialismo nos dará lo que queremos. «Las leyes del caos» (T-23.II) es probablemente la exposición más fuerte en Un curso de milagros sobre el sistema de pensamiento del ego con toda su demencia. En esa sección, tras describir las cinco leyes del caos, Jesús dice que quizás insistamos en que no creemos en ellas, pero luego afirma: «Hermano, crees en ellas» (T-23.II.18:3). Creemos que estas leyes realmente son válidas. Y creemos que el mundo basado en estas cinco leyes del caos de hecho está ahí. Así que es sumamente importante no caer en la trampa de insistir en que estamos exentos de todo juicio tan solo porque hemos completado el Libro de ejercicios o porque llevamos cinco, diez o quince años estudiando el Curso. No es fácil revocar el sistema de pensamiento del ego porque no solo contiene todos los pensamientos de juicio, sino que es el pensamiento de juicio. Y mientras nos identifiquemos como un ser separado con nuestra propia personalidad y un cuerpo que está separado de otros cuerpos, entonces estamos creyendo la totalidad del sistema de pensamiento del ego. De nuevo, no es solo que creemos en un sueño de juicio, creemos que somos este sueño de juicio. Y sabemos que somos un sueño de juicio porque nos identificamos como una de las figuras en ese sueño de juicio.

Ahora Jesús nos va a contar un cuento, como un hermano mayor le contaría un cuento del mundo a sus hermanitos.

(2:1-2) En la mente que Dios creó perfecta como Él Mismo se adentró un sueño de juicios. [Esto es cuando la «diminuta idea loca» pareció surgir.] Y en ese sueño el Cielo se trocó en infierno, y Dios se convirtió en el enemigo de Su Hijo.

En ese sueño realmente creímos que éramos diferentes de Dios, que teníamos una conciencia que podía experimentarse en relación con Dios y en oposición a Él. En ese instante el Cielo y Dios desaparecieron. Si el Cielo y Dios son el estado de la Unión y Unidad perfectas, y ahora empiezo a experimentarme como diferente y esa diferencia es real, entonces el Cielo debe desaparecer porque he negado la realidad básica del Cielo. Eso es lo que significa «el Cielo se trocó en infierno» y por eso Dios se convirtió en el enemigo. Antes de ese pensamiento de diferencias Dios y Cristo estaban perfectamente unificados. Una vez que surge el pensamiento de una separación creemos que nos hemos separado de Dios. Le hemos robado nuestra identidad, y ahora Dios está en pie de guerra y quiere robárnosla. El Dios del Amor se ha convertido en un Dios vengativo. Este es el comienzo del sueño de juicio.

(2:3-5) ¿Cómo puede despertar el Hijo de Dios de este sueño? Es un sueño de juicios. Para despertar, por lo tanto, tiene que dejar de juzgar.

Esto suena bien y parece muy fácil. Pero como ustedes saben por su trabajo con el Curso, no es así de fácil. Si este es un sueño de juicios basado en diferencias, para despertar de este sueño y volver a la morada que nunca abandonamos, evidentemente debemos dejar de juzgar. El problema es que, debido al poder de nuestras defensas, no sabemos que estamos juzgando. Esa es la clave para entender el perdón. Es muy fácil decir que vamos a dejar de juzgar; pero no sabemos lo que realmente estamos diciendo porque no sabemos cuánto juzgamos. No sabemos hasta qué punto realmente somos hijos del especialismo y hasta qué punto el especialismo nos mantiene en marcha, día tras día. Es el aire que respiramos, el principio que nutre todas nuestras relaciones. El especialismo rige absolutamente todo lo que hacemos en este mundo. El problema es que no somos conscientes de ello porque no lo vemos en nosotros mismos, sino fuera de nosotros.

Cada vez que nos percatamos de ponernos a la defensiva con respecto a cualquier cosa, o de experimentar una resistencia a hacer o decir algo o a estar con alguien, hay algo de especialismo oculto, algún juicio que no queremos ver. Toda actitud defensiva —cada vez que sentimos que nuestro cuerpo físico o psicológico se tensa— es indicio de que sentimos el peligro de una amenaza externa a nuestro especialismo. En nuestras mentes, hay un pensamiento de juicio que no queremos mirar. El problema no es el pensamiento de juicio; la verdad es que no hay ningún pensamiento de juicio. Todo el asunto es inventado. El problema es que creemos que hay un pensamiento de juicio. Y una vez que creemos que hay un pensamiento de juicio nos sentiremos culpables por ello. Y una vez que nos sentimos culpables por ello deberemos negarlo y proyectarlo para que podamos verlo fuera. Esto es sumamente importante. El problema no es el sistema de pensamiento del ego. El problema no es todo el especialismo. El problema no son todos los juicios que emitimos. No existe el sistema de pensamiento del ego. No existe el pensamiento de especialismo. No existe el juicio. El problema es que creímos que existen. Y una vez que nos lo creímos jamás volvimos a mirar al interior de nuestras mentes. En su lugar inventamos el cuerpo y el mundo para que pudiéramos centrar toda nuestra atención fuera de la mente en el cuerpo, en los demás cuerpos que parecen existir fuera de nosotros y en el mundo en el que todos los cuerpos parecen existir.

La verdad es que no hay mundo ahí fuera; el mundo es un pensamiento inventado para ocultar otro pensamiento inventado. Pero si no miramos el pensamiento inventado original nunca sabremos que no está ahí. Esto no significa que tengamos que mirar el pensamiento original de atacar a Dios. Todo lo que tenemos que hacer es mirar el pensamiento dentro de nuestras mentes que dice: «Existo como una persona separada; soy importante y todos los demás son mis enemigos». Pero nadie quiere mirar eso. Por eso tratamos de convencernos de que este es un mundo encantador y amoroso con toda esta gente encantadora a mi alrededor, y la gente más encantadora son los estudiantes de Un curso de milagros. Basta asistir a una reunión de algún grupo de Un curso de milagros para convencerse de la ilusión que encierra ese enunciado. El problema es la negación. Creemos que, como estudiamos un libro sobre el amor, somos criaturas del amor, y como nos reunimos con otras personas que estudian este libro sobre el amor, todos somos hijos del amor. Todo lo que estamos haciendo es reprimir cantidad de pensamientos de odio, especialismo, competencia, celos y asesinato que no queremos mirar. Pero si no los miramos, seguiremos creyendo que son reales. De nuevo, el problema no son los pensamientos de especialismo. Los pensamientos de especialismo no existen, pero existe la creencia de que existen. Y una vez que aceptamos esa creencia tenemos que protegerla. Es entonces cuando se echa a andar el sistema defensivo. Y el mundo se fabricó literalmente como una manera de defendernos contra mirar hacia dentro y ver a nuestras propias mentes.

Lo más difícil es mirar hacia dentro. Jesús lo deja sentado en muchos pasajes del Curso. Dos secciones específicas —«Introspección» (T-12.VII) y «El miedo a mirar dentro» (T-21.IV)— lo dicen con toda claridad, pero la idea se expresa a todo lo largo del Curso. Si miráramos dentro nos daríamos cuenta de que ahí no hay nada excepto el Amor de Dios. No hay nada que provenga del ego porque no hay ego. El problema no es el sistema de pensamiento del ego. El problema es la parte de la mente dividida a la que normalmente me refiero como el tomador de decisiones, que cree que hay un sistema de pensamiento del ego y por lo tanto cree que tiene que defenderse de él.

Así que los juicios que emito contra ti, otorgando importancia y realidad a las diferencias, son realmente una proyección del juicio que he emitido contra mí mismo por hacer real la diferencia entre mí mismo y Dios. Insisto en emitir juicios contra ti porque eso me protege de realmente mirar el juicio que he emitido contra mí mismo. Todo lo que ha sucedido es que me he quedado dormido, he soñado un sueño en el que soy diferente de Dios y he juzgado pecaminoso ese sueño de juicio. Y luego dije: «Necesito otro sueño —el mundo— para defenderme contra el primer sueño. Una vez que he fabricado el sueño del mundo, creo que necesito más sueños para protegerme de todos los sueños de juicio anteriores. Así es que nunca logro volver al sueño de juicio original contra Dios.

Por consiguiente, lo más difícil del mundo es dejar de juzgar: «Para despertar, por lo tanto, tiene que dejar de juzgar». El problema, de nuevo, es que no somos conscientes de que estamos juzgando. Ustedes están malinterpretando este curso si piensan que se trata de cualquier cosa que no sea mirar a su ego y sonreírle: mirar al ego con el amor de Jesús o el Espíritu Santo a su lado y darse cuenta de que no hay nada ahí. Pero deben mirar, lo que significa que deben entrar en contacto con la parte de su mente que tanto teme y tanto se resiste a mirar todo el especialismo. Este no es un curso sobre el amor. Aquellos que apenas comienzan a trabajar con el Curso tal vez puedan evitar ese error y no caer en la trampa de pensar que este es un curso sobre el amor; no lo es. Es un curso sobre cómo mirar el especialismo con esta Persona de amor —Jesús o el Espíritu Santo— a nuestro lado. Una vez que podemos hacer eso el especialismo desaparece, la defensa se esfuma junto con la necesidad de defendernos contra el especialismo, y todo lo que queda es el amor que se extiende automáticamente a través de nosotros. Todo lo que tenemos que hacer es mirar sin juicio al especialismo. Pero eso es muy difícil, porque toda nuestra existencia como individuos se basa en la noción de que en nuestras mentes hay un pensamiento de juicio tan aterrador que si alguna vez lo miramos seremos destruidos. Así es que haremos cualquier cosa menos mirarla.

(2:6) Pues el sueño parecerá prolongarse mientras el Hijo forme parte de él.

Mientras creamos que somos criaturas del juicio, que somos parte de este pensamiento de estar separados de Dios, el sueño parecerá existir, porque el sueño no es más que una proyección de ese pensamiento.

(2:7) No juzgues, pues el que juzga tendrá necesidad de ídolos, que impedirán que el juicio recaiga sobre sí mismo.

Esto es básicamente de lo que he estado hablando. En resumen, Jesús nos está diciendo que no juzguemos. Cuando juzgamos, primero nos juzgamos a nosotros mismos. Nuestra culpa por hacerlo es tan enorme que tenemos que proyectarlo y fabricar un ídolo para que podamos ver que el pecado y la culpa residen en el ídolo en lugar de residir en nosotros mismos. Pero no es más que una proyección de nuestro propio ego. En el discurso popular un ídolo por lo general es una imagen de Dios. Pues bien, el ego se hace Dios, como pensamiento, entonces lo proyecta, le da un cuerpo, una forma y lo venera. Básicamente, ese es el ídolo del especialismo o del juicio.

Cada uno de nosotros tiene necesidad de ídolos «que impedirán que el juicio recaiga sobre sí mismo». Así que en lugar de mirar nuestra propia culpa que es nuestro juicio de nosotros mismos, la culpa ahora recae sobre otro. Por eso partimos de la necesidad de inventar un mundo. Como dice el Libro de ejercicios, el odio debe ser concreto (W-pI.161.7:1) y «así fue como surgió lo concreto» (W-pI.161.3:1). Teníamos que tener algo fuera de nosotros que creyéramos real, algo sobre lo cual pudiéramos proyectar nuestra culpabilidad. Por eso hemos forjado un Dios iracundo y vengativo, un Dios del especialismo. Por eso hemos inventado un mundo lleno de gente para que pudiéramos encontrar a alguien a quien culpar. Pero el juicio no recae en el mundo fuera de nosotros porque al final no hay mundo fuera de nosotros. El juicio que hago recaer sobre ti es realmente la proyección del juicio que he emitido con respecto a mí mismo. Pero tengo que mirar mi necesidad de emitir este juicio.

(2:8) Tampoco puede conocer al Ser que ha condenado.

Así que no solo desconozco quién eres , sino que ciertamente no conozco al Cristo que soy yo porque he dicho que el Hijo de Dios, como realmente soy, ya no existe. Cuando me separé de Dios y convertí la dualidad en la verdad convertí la unión de Dios y Cristo en una ilusión, lo que significa que Dios y Cristo desaparecieron. Creo que ataqué a Dios y a Cristo y que los he condenado. Pero nunca recordaré que todo esto es una invención mía, porque creo que esta realidad encierra una amenaza tan grande que jamás debo volver a mirarla. Así que sigo protegiéndome repetidamente al nunca mirar la culpabilidad en mi mente. Y la solución de todo esto es que realmente mire el hecho de que yo lo estoy inventando todo. Y eso no lo sabré mientras no lo mire.

(2:9) No juzgues, pues si lo haces, pasas a formar parte de sueños malvados, en los que los ídolos se convierten en tu «verdadera» identidad [verdadera está entre comillas, porque obviamente no es lo que somos], así como en la salvación del juicio que, lleno de terror y culpabilidad, emitiste acerca de ti mismo.

De nuevo, comenzamos con ese pensamiento básico de juicio: he traicionado y abandonado el Amor de Dios. Le he dado la espalda, lo he usurpado y lo he robado. Y la culpabilidad por lo que he hecho es tan abrumadora que automáticamente conduce al terror de que Dios —o el Amor— me vaya a atacar a cambio. Así que, para escapar, tomo toda la culpabilidad y el terror, los proyecto fuera de mí y fabrico un ídolo. Digo que el ataque provino de algo externo a mí. Yo no soy el que lo hizo; fue alguien más; alguien más es el asesino.

Y todo lo que tenemos que hacer es reconocer este escenario como lo que es.