El significado del juicio

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte III
«El sueño de perdón» (T-29.IX) (cont.)

(3:1) Todas las figuras del sueño son ídolos, concebidos para que te salven del sueño.

Todo lo que percibimos y creemos que está fuera de nosotros forma parte del sueño. Estos son los ídolos y su propósito es hacer real el sueño exterior, para protegernos del sueño dentro de nuestras mentes, que no queremos mirar. Los estudiantes del Curso desvirtúan esta idea una y otra vez al intentar de cualquier manera posible hacer real algún aspecto del sueño externo. Es por eso que muchos estudiantes ponen gran énfasis en ver que Jesús o el Espíritu Santo hacen cosas por ellos en el mundo. Es una manera sutil de hacer que Ellos sean parte de la ilusión, mientras que en el Curso Jesús nos pide que llevemos la ilusión a la verdad, no que traigamos la verdad a la ilusión. Tenemos considerable interés en hacer real el sueño exterior porque, si es real afuera, no tenemos que mirar el sueño dentro de nuestras mentes. ¿Qué mejor manera de hacer que parezca real, que pedir que Dios o Jesús o el Espíritu Santo operen en él?

Es por eso que es un error confundir Un curso de milagros con los sistemas de pensamiento de la Nueva Era. El Curso no transige de ninguna manera con la verdad de que todo el universo físico es una ilusión. Pero queremos hacer realidad las figuras del sueño —incluidos el Espíritu Santo y Jesús— para protegernos contra el sueño subyacente dentro de nuestras mentes.

(3:2) No obstante, [todos estos ídolos] fueron concebidos para salvarte de aquello de lo que forman parte.

Estos ídolos fueron fabricados para salvarnos del ídolo que fabricamos dentro de nuestras propias mentes (el sistema de pensamiento del ego) que dice: «He robado de Dios y ahora existo. Tengo lo que me he robado. Ya no tengo que devolverlo y existo por mi cuenta. Y ahora Dios existe fuera de mí». El ego comienza con ese pensamiento de juicio inicial, que es el comienzo del sueño. Entonces dentro de nuestras mentes se convierte en un sueño en toda regla, en el que somos diferentes de Dios, le hemos robado y hemos pecado contra Él. Ahora la culpabilidad por lo que hemos hecho nos dice que Dios nos castigará. Este es el sueño aterrador dentro de nuestras propias mentes. Es tan aterrador que no lo miramos, sino que lo proyectamos para que ahora parezca estar fuera de nosotros. Y todo lo que nos arraigue más en el sueño exterior contribuirá convenientemente al propósito del ego, incluso si se hace en nombre de Dios, como las religiones lo han hecho durante siglos. Es sumamente tentador para la gente hacer lo mismo con Un curso de milagros: incorporar parte de la verdad a la ilusión haciendo que la ilusión sea real. Si ustedes hacen eso nunca lograrán escapar del sueño porque no sabrán que no es más que un sueño.

(3:3) De esta manera, el ídolo mantiene el sueño vivo y terrible, pues ¿quién podría desear un ídolo a menos que estuviera aterrorizado y lleno de desesperación?

El «tú» al que Jesús se dirige en estos pasajes es la mente, la parte de la mente que elige, lo que yo llamo el tomador de decisiones. Es la parte de nuestras mentes que se ha identificado primero con el sistema de pensamiento del ego. Es un sistema de pensamiento de terror y desesperación que dice que necesitamos protegernos del terror y la desesperación, negándolo; es decir, sin nunca volver a mirarlo. Acto seguido lo proyectamos y lo vemos fuera de nosotros mismos. Por eso necesitamos un mundo de personas y objetos específicos. Proyectamos todos estos pensamientos de pecado, culpabilidad y juicio, para que ya no se vean en el interior, sino fuera. Mientras creamos en la realidad del ídolo nunca sabremos que el ídolo realmente yace dentro de nuestras mentes.

(3:4) Esto es lo que el ídolo [cualquier cosa en el mundo externo a nosotros] representa. Venerarlo, por lo tanto, es venerar la desesperación y el terror, así como el sueño de donde estos proceden.

Esto es cierto para los ídolos del especialismo que pensamos que son maravillosos y nos hacen felices, así como para los ídolos del especialismo que odiamos. En una parte anterior del texto, «Los obstáculos a la paz» (T-19.IV), Jesús habla de esto de otra forma: «Y mientras creas que [el cuerpo] puede darte placer, creerás también que puede causarte dolor» (T-19.IV-A.17:11). El placer y el dolor son caras opuestas de la misma ilusión. Ambos hacen que el cuerpo sea real porque ambos dicen que hay algo fuera de nosotros que puede alegrarnos o entristecernos y ocasionarnos dolor. La verdad es que lo único que puede traernos felicidad es elegir el Amor del Espíritu Santo. Lo único que puede traernos dolor es elegir al ego. Eso es todo. No hay nada más.

Estas líneas representan la misma idea; de ahí que nuestro interés en el mundo se vuelva tan marcado. Es fácil caer en esta trampa, incluso como estudiantes de un curso que enseña que no hay mundo, pues todavía creemos que los comportamientos externos de alguna manera significan algo. Estos de por sí no significan nada. Su único significado es el que les damos. Lo importante nunca es nada externo —lo que los cuerpos hacen o no hacen—, sino nuestra decisión interna de elegir al ego y la separación, o de elegir a Jesús y la unión. Una vez que centramos nuestra atención en el exterior y creemos que lo que hacemos es importante, útil, sanador o amoroso nos hemos dejado atrapar por el especialismo, puesto que estamos venerando al ídolo del especialismo. Pensaremos que estamos cumpliendo una función de sanación o amor, pero realmente es un ídolo de desesperación y terror.

Al venerar a los ídolos del especialismo que están afuera, no solo estamos venerando el terror, la desesperación y la culpa, sino todo el sueño del cual el terror, la desesperación y la culpa no son más que componentes. Estamos venerando el sueño de que tenemos lo que le hemos robado a Dios y que nunca devolveremos, pues ahora existimos como individuos que podemos valernos por nosotros mismos. Si no nos encantaran el terror, la desesperación y la culpa, no los sentiríamos continuamente. Nos encantan porque hacen real el pensamiento de la separación —el pensamiento del juicio original contra Dios—, que hace real nuestra existencia separada de Dios. Por eso tenemos un tremendo interés en la propia importancia, en ser un individuo singular: establece que el sueño es real. El estado de terror o desesperación en nuestras mentes dice que el sueño es real; tanto la culpabilidad como el pecado son reales.

(3:5) Todo juicio es una injusticia contra el Hijo de Dios, por lo que es justo que el que le juzgue no eluda la pena que se impuso a sí mismo dentro del sueño que forjó.

Es importante darnos cuenta de que todo el sistema de pensamiento del ego es real dentro de sí. No es la realidad, pero dentro del sueño en sí es muy real. Cuando dormimos por la noche y soñamos, experimentaremos el sueño de forma muy real. Todo este mundo es un sueño. Tal como Jesús explica en otro lugar (por ejemplo, T-18.II.5:13-14), no hay diferencia entre lo que llamamos sueños cuando dormimos y lo que él llama sueños despiertos, como lo que estamos experimentando en este momento. Todos son iguales; no son más que diferentes expresiones de los pensamientos en nuestras mentes. Dentro del sueño del ego el miedo al castigo es muy real. Dentro de ese sueño, el miedo de experimentar daño —físico o emocional— es muy real. No se nos pide como estudiantes de Un curso de milagros que neguemos nuestras experiencias, sino que no las hagamos realidad. Hay una diferencia crucial entre esos dos enfoques.

En otras palabras, todos experimentamos miedo y creemos que nuestro miedo se debe a algo externo que puede afectarnos. La interpretación del ego es que seremos visitados por la ira de Dios; esa es nuestra experiencia. Es posible que no lo experimentemos conscientemente como la ira de Dios, pero sin duda experimentamos que el miedo es causado por algo externo a nosotros. Recordemos que nuestros cuerpos son tan externos a nuestras mentes como el cuerpo de cualquier otro. Pero eso no lo hace realidad. Ahí es donde las Iglesias cristianas se equivocaron; tomaron su experiencia del miedo y escribieron una teología al respecto. Dijeron que esta es la realidad de Dios: Dios ve nuestro pecado como real y tiene un plan para ayudarnos a expiarlo; básicamente es un plan de asesinato. Entonces el plan se convierte en un plan de sufrimiento y sacrificio. Si creemos que nos estamos sacrificando para aplacar a Dios, nos complacerá sacrificarnos. Pero eso no lo hace realidad. Nuestra experiencia es que sale el sol y se pone, pero eso no lo hace realidad. La verdad es que, al girar la tierra sobre su propio eje, nos da la impresión de que el sol gira alrededor de la tierra. De hecho, la tierra es la que gira alrededor del sol. Del mismo modo las personas podrán experimentar que el Espíritu Santo o Jesús hacen cosas por ellos en el mundo, pero eso no significa que realmente las hagan. No confundan la experiencia con la realidad. El ego siempre interpreta las experiencias con el fin de construir una teología que contribuya a sus fines que, por supuesto, es desde un principio la razón de que tengamos la experiencia. Dentro del sueño, cada vez que emitimos un juicio, afirmamos que somos diferentes de Dios, nos hemos separado de Él, hemos pecado contra Él y le hemos robado. Siendo así, nuestra culpabilidad exigirá que no podamos escapar del castigo que dicta la ira de Dios. Todo este mundo, que es un mundo de cambio y de muerte, es testigo del hecho de que es verdad lo que el ego nos ha enseñado. Si nuestra existencia que llamamos vida, en el fondo, se le robó a Dios, cuando Dios nos robe la vida que le robamos a Él, estaremos sin vida, es decir, muertos. Así interpreta el ego nuestra muerte.

(3:6) Dios sabe de justicia, no de castigos.

La justicia de Dios, por supuesto, no tiene nada que ver con nuestro concepto de la justicia. La justicia de Dios declara que no pasó nada. Si no pasó nada no hay culpabilidad ni castigo.

(3:7) Pero en el sueño de juicios tú atacas y se te condena; y deseas ser el esclavo de ídolos que se interponen entre tus juicios y la pena que estos conllevan.

Sin embargo, Dios no nos condena. Nos condena la proyección de nuestra propia culpabilidad, que inventa un Dios que está enojado. Entonces negamos toda la dinámica e inventamos un mundo en el que continuamente condenamos y juzgamos a los demás, pero creemos que ellos nos condenaron y juzgaron primero. No obstante, nuestro juicio está en nuestras mentes; es nuestra culpabilidad. La proyectamos e inventamos un mundo de ídolos que nos castigarán; y realmente pensamos que hay un mundo ahí fuera que nos afecta. Todo esto forma parte del sueño y, desde dentro del sueño, parece muy real.