El significado del juicio

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte IV
«El sueño de perdón» (T-29.IX) (cont.)

(4:1) No puede haber salvación en el sueño tal como lo estás soñando.

Esta es la historia del mundo. Explica por qué todo intento de traer la paz ha sido inútil y ha fracasado. Siempre estamos tratando de lograr la paz en el marco del mundo. Siempre estamos tratando de mejorarlo todo aquí, cuando nada puede estar mejor aquí, porque, en primer lugar, este es un mundo de odio; en segundo lugar, aquí ni siquiera hay mundo. Lo que debe mejorar es nuestra decisión. Hemos elegido al ego, que fue un error. Deshacer ese error consiste en elegir a Jesús o al Espíritu Santo. Pero nada puede mejorarse aquí. Una vez que tratamos de mejorar el mundo, estamos cayendo en la trampa del ego. ¿Por qué querríamos mejorar el mundo a menos que primero creyéramos que algo no funciona en el mundo? Y si creemos que algo no funciona en el mundo, por lo visto creemos que aquí hay un mundo, que es exactamente lo que el ego quiere que creamos. Es preciso creer que hay un mundo aquí porque esa es nuestra defensa contra el mundo que hemos hecho real dentro de nosotros mismos y que nos aterra.

(4:2) Pues los ídolos no pueden sino ser parte de él, para salvarte de lo que crees haber hecho, y de lo que crees que hiciste para volverte un pecador y extinguir la luz interna.

Lo que creemos que hemos hecho es asesinar a Dios y ahora Dios nos va a asesinar a nosotros. Todos creemos que hemos robado la luz del Cielo, lo que significa que hemos destruido esa luz. La luz que consideramos real —el sol y las estrellas— es realmente artificial. Pensamos que la luz del sol difiere de la luz de una bombilla; una la llamamos natural y la otra artificial o innatural. Toda es innatural. Ciertas personas piensan que hay una diferencia entre los alimentos naturales y los procesados, los innaturales con químicos y otros aditivos artificiales. Todos los alimentos son innaturales porque todo en este mundo es innatural. No hay distinción entre los niveles de la ilusión. Tal como la primera ley del caos lo declara: hay una jerarquía de ilusiones (T-23.II.1). Todos creemos que hemos extinguido la luz.

Aquí la sección comienza a cambiar de enfoque. Jesús nos va a decir cómo lidiar con este sueño. Es obvio que este sueño de juicio es tan enorme que parece imposible de superar. No se nos pide que lo superemos por obra nuestra —y ciertamente no por obra de nuestro ego. Lo único que se nos pide que hagamos es inherente al segundo paso del juicio: mirar el sueño y verlo como es. No se nos pide negar lo que experimentamos en este mundo físico, emocional o psicológico. Solo se nos pide comenzar el proceso de negar que lo que experimentamos tenga poder sobre el Amor y la paz de Dios en nuestro interior. Con respecto a eso sí que podemos empezar a hacer algo.

No tenemos que experimentar la paz, pero al menos debemos darnos cuenta de por qué no experimentamos la paz. Si no estamos en paz no es por algo que me dijiste o no me dijiste, ni por lo que has hecho o no has hecho. Si me siento débil e indispuesto no se debe a alguna anomalía en mi cuerpo. Siempre es debido a una anomalía en mi mente: he escogido al ego en lugar del Espíritu Santo. Por eso Jesús dice una y otra vez cuán simple es su curso. Es simple porque todo es verdad o es falso, y nunca hay nada intermedio. La única causa de todo en este mundo es mi decisión de que sea real. Si soy feliz es porque he escogido estar feliz. Si estoy triste es porque he escogido estar triste. Cómo me sienta no tiene nada que ver con factores externos.

El sistema de pensamiento de juicio del ego comienza a deshacerse cuando reconocemos lo que es: un sistema de pensamiento de juicio que nos hace sentir molestos o felices. No tiene nada que ver con nada al exterior; es un sistema de pensamiento que hemos elegido. En otras palabras, no ha sucedido nada. El problema no es el sueño de juicio. El problema es que creemos en el sueño de juicio. No hay ningún sueño de juicio. No hay ningún pecado contra Dios. Dios ni siquiera sabe que algo ha sucedido, porque no ha sucedido nada. Si no hay pecado contra Dios no hay culpabilidad. La culpabilidad solo proviene del pecado. Y no puede haber miedo, porque el miedo proviene de la culpabilidad. No habrá pecado en mi mente que tenga que negar ni defenderme contra él. Y si no tengo que negarlo ni defenderme contra él no necesito un mundo, porque el único valor del mundo es que sirve como un escondite donde pueda protegerse mi culpabilidad.

Entonces Jesús dice:
(4:3-5) Criatura de Dios, la luz aún se encuentra dentro de ti. No estás sino soñando, y los ídolos son los juguetes con los que sueñas que juegas. ¿Quiénes, sino los niños, tienen necesidad de juguetes?

Este es solo uno de varios lugares (por ejemplo, T-11.VIII.7:1; T-12.II.4:6) donde Jesús se dirige a nosotros como niños. No es muy favorable su impresión de nuestra madurez; y describe el mundo entero de odio, crueldad, asesinato y especialismo como un juego de niños (por ejemplo, W-pI.153.7-8). Eso sin duda lo pone todo en un contexto totalmente diferente. Pensamos que son muy serios nuestros problemas y los de nuestros allegados, así como los del mundo en general. Y dentro del sueño, en efecto, son muy serios.

Pero cuando colocamos el sueño frente a la realidad, nos damos cuenta de lo trivial que es todo. Dentro del sueño no es trivial, así como en una pesadilla nocturna lo que transcurre en nuestras mentes no parece trivial. Solo cuando despertamos nos damos cuenta de que todo ha sido invención nuestra. Únicamente es trivial cuando lo miramos desde la perspectiva del Amor de Dios. Así que mi ansiedad e inquietud, mi temor, terror y culpa provienen de no mirar el sueño en el contexto del Amor de Dios y no provienen de nada de lo que creo que está sucediendo en mi vida.

Todo el propósito del Curso es ayudarnos a entender esto. Si me he alterado no es por lo que me estás haciendo. Me siento culpable porque una vez más he soltado la mano de Jesús o del Espíritu Santo y me siento solo. Y en mi soledad me aterra que la ira de Dios descienda sobre mí y me castigue por lo que he hecho. Por eso estoy molesto. No tiene nada que ver con algo que tú ni nadie más en el mundo diga ni con nada de lo que esté sucediendo. Es un error confundir el Curso con otros sistemas espirituales que enseñan que el Espíritu Santo interviene en el mundo. Si lo hiciera, Él se estaría dejando engatusar por el mismo ardid del ego que nosotros. El Espíritu Santo o Jesús permanecen dentro de nuestras mentes como un faro de luz que simplemente irradia su amor, recordándonos que podríamos elegir la luz de ese amor en lugar de la oscuridad del ego.

Toda la paz, el consuelo y la dicha que deseamos se encuentra en ese amor. Todo lo demás que estamos haciendo es como un juego de niños. Cuando los niños juegan — «a fantasear», como a veces se dice— lo que hacen no es real. En su momento, puede que les parezca real a ellos, pero el adulto que los está observando se da cuenta de que no es real. Jesús es el adulto que está contemplando nuestro pequeño espacio de juego con todos los soldaditos. Un grupo de soldados está acabando literal o simbólicamente con otro grupo. Pensamos que es serio, pero Jesús nos dice que no lo es. Por eso nos llama niños. Como tales, no entendemos la diferencia entre la apariencia y la realidad. Todos caemos en la trampa de pensar que es muy importante lo que hacemos y lo que decimos, el lugar donde vivimos, lo que acontece en el mundo, etc. Somos unos niños que solo vemos el mundo a través de la lente miope de nuestra percepción muy limitada.

Así que, de nuevo:
(4:5-7) ¿Quiénes, sino los niños, tienen necesidad de juguetes? Los niños juegan a gobernar el mundo, y les otorgan a sus juguetes el poder de moverse, hablar, pensar, sentir y comunicarse por ellos. Sin embargo, todo lo que los juguetes parecen hacer tiene lugar en las mentes de los que juegan con ellos.

Una de las modalidades de psicoterapia para niños es la terapia de juego, donde el niño recibe muñecas y otras figuras para que representen lo que está dentro de su mente y que él no puede verbalizar. El niño da realidad a las figuras proyectando sobre ellas problemas irresueltos con los padres, con los hermanos y consigo mismo. Lo que el niño está haciendo no tiene nada que ver con las figuras en sí. El chiquillo hace que las figuras representen los pensamientos dentro de su mente. Pues bien, eso es exactamente lo que es este mundo. Y nos tomamos muy en serio lo que parece suceder en el mundo que creemos que está ahí fuera, para que no tengamos que entrar en contacto con el mundo de juicio en nuestro interior.

Así que una parte esencial del proceso de Un curso de milagros es desarrollar una relación con Jesús o el Espíritu Santo. Si ninguno de esos dos nombres les funciona sustitúyanlos con cualquier otro símbolo que les refleje una presencia amorosa, exenta de ego, que esté dentro de ustedes mas no provenga de ustedes. Una relación personal con Jesús o el Espíritu Santo les permite comenzar a separarse del yo y del mundo que parece estar fuera de ese yo. Ese proceso nos permite mirar lo que está sucediendo y darnos cuenta de que solo es un juego de niños. Dentro del juego parece muy real y muy potente, pero eso no significa que deje de ser simplemente un juego de niños.

Y de nuevo:
(4:7-8) Sin embargo, todo lo que los juguetes parecen hacer tiene lugar en las mentes de los que juegan con ellos. No obstante, ansían olvidarse de que ellos mismos son los autores del sueño en el que los juguetes son reales, y no quieren reconocer que los deseos de estos son en realidad los suyos propios.


Los niños se involucran mucho y se identifican con sus juegos de fantasear, al olvidar que todo es inventado. Pero eso es exactamente lo que todos hacemos. Nos conducimos como niños. Es risible pensar que somos adultos. Físicamente puede que lo seamos, pero ciertamente no somos adultos desde un punto de vista espiritual. Inventamos todo esto y luego olvidamos que lo hemos inventado. Si nos hallamos alterándonos por un reportaje en el noticiero o por algo en nuestros mundos personales, como estudiantes de este curso desde luego no queremos combatir ni negar lo que estamos sintiendo. Debemos dar un paso atrás y mirarlo con Jesús o el Espíritu Santo, observar cómo nos estamos alterando por algo que creemos que está fuera de nosotros.

Ahora bien, de nuevo, no estamos hablando simplemente de lo que los ojos ven. Estamos hablando de observar nuestra reacción ante lo que ven —nuestra interpretación de lo que los ojos contemplan— y darnos cuenta de que lo que estamos viendo fuera y creemos que es real y tiene un efecto en nosotros no es más que una proyección de un pensamiento que no queremos mirar en nosotros mismos. Eso es todo lo que tenemos que hacer. No tenemos que combatir el pensamiento ni tratar de cambiarlo. Simplemente tenemos que mirarlo, pero con honestidad. Y la honestidad dice que si estoy sintiendo algo —si me siento enojado, alterado, temeroso, culpable o con dolor— no se debe a algo fuera de mi mente. Es por una decisión que mi mente ha tomado de verme una vez más como separado del Amor de Dios. Y lo que estoy sintiendo es el efecto de esa decisión: la culpa, el miedo, el sufrimiento y el dolor, que automáticamente provienen de creer que he pecado. Eso es lo único que tengo que hacer. Solamente debo darme cuenta de que esto no es lo que pensé que era.