El significado del juicio

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VI
«El sueño de perdón» (T-29.IX) (cont.)

Retomemos ahora «El sueño de perdón», comenzando con el párrafo 5.

(5:1-5) Las pesadillas son sueños pueriles. En ellos los juguetes se han vuelto contra el niño que pensó haberles otorgado realidad. Mas ¿tiene acaso un sueño el poder de atacar? ¿Podría un juguete volverse enorme y peligroso, feroz y salvaje? Esto es lo que el niño cree, pues tiene miedo de sus pensamientos y se los atribuye a los juguetes.

Aquí, como en otros lugares del Curso, Jesús habla específicamente de lo que hacen los niños, pero luego toma ese ejemplo y lo generaliza a todos nosotros. Un niño siente mucha culpa y miedo. Si a un niño dormido de repente lo despierta un sonido fuera de la ventana, tal vez piense que es un hombre malo que va a lastimarlo o matarlo, pero no es más que el crujido del viento entre los árboles. No obstante, los pensamientos de culpa y miedo alojados en el niño ahora tienen una realidad fuera de él, porque primero los hizo reales dentro de sí. Primero cree que es culpable y temeroso, lo que significa que cree que merece ser castigado. Luego proyecta eso y toma un estímulo neutro —el viento que cruje entre los árboles— y lo traduce en un hombre que va a irrumpir en su habitación y matarlo. Sin embargo, esto es exactamente lo que todos hacemos. El niño «tiene miedo de sus pensamientos y se los atribuye mejor a los juguetes». Creemos que somos un pensamiento temeroso, el pensamiento que mató a Dios. Ahora bien, no tenemos que entrar en contacto con ese pensamiento ontológico original de destruir a Dios porque, siempre estamos en contacto con él en varias formas concretas. Cada vez que tengo un pensamiento negativo acerca de mí mismo, en cualquier nivel, es una expresión de la culpabilidad original. Cualquier temor o ansiedad que atribuyo a algo fuera de mí proviene del miedo original de que Dios me castigue. Y ese pensamiento proviene de la idea de haber hecho real y poderoso el pensamiento de separación, el pensamiento de juicio original. Una vez que fabricamos el pensamiento y le damos una realidad, lo proyectamos sobre el mundo.

(5:6) Y la realidad de estos [la realidad de los juguetes] se convierte en la suya propia porque parecen salvarlo de sus pensamientos.

Los juguetes serían cualquier cosa del mundo a la que le damos importancia. Aquí volvemos al propósito de todos los ídolos: el especialismo. Parece que tengo miedo de algo externo. En realidad, me encanta que algo externo me atemorice, porque preferiría mil veces lidiar con el miedo a algo que está fuera de mí que lidiar con el miedo que le tengo a Dios dentro de mí. Siempre, al parecer, hay algo que pueda hacer con mi temor de algo fuera de mí, pero no hay nada que pueda hacer para escapar de la presencia iracunda, vengativa y maníaca de Dios dentro de mí. Así es que negamos el miedo interior y lo ponemos fuera de nosotros. De nuevo, ese es el propósito de los juguetes externos: parecen salvarnos del pensamiento interior. Preferiría odiarte y creer que estás tramando contra mí que entrar en contacto con el horror subyacente de que Dios está tramando contra mí.

(5:7) Sin embargo, los juguetes mantienen sus pensamientos vivos y reales, pero él los ve fuera de sí mismo, desde donde pueden volverse contra él puesto que los traicionó.

Esta es la misma idea que se expresa anteriormente en la sección del texto, «Los dos cuadros», con el enunciado importante: «las defensas hacen lo que defenderían» (T-17.IV.7:1). El propósito de cualquier defensa es protegernos de nuestro miedo, de lo que nos esté dando miedo. Pero cuanto más creemos que necesitamos una defensa, nos identificamos con ella e invertimos en ella, tanto más estamos diciendo que algo dentro de nosotros es vulnerable y merece castigo. Así que «las defensas hacen lo que defenderían». Se supone que nos protegen de nuestro miedo, pero en lugar de eso, nos infunden aún más miedo. Esta línea expresa el mismo principio.

Cuanto más crea yo que hay cosas fuera de mí que pueden darme placer o dolor, más realidad otorgaré a los pensamientos que les dieron origen. La única razón por la que necesito los ídolos externos —ídolos de placer o ídolos de dolor— es para protegerme del pensamiento de juicio. El hecho de que tengo estos ídolos fuera de mí me dice que tengo un pensamiento de juicio que estoy protegiendo. Y veo que los ídolos fuera de mí se vuelven contra mí para castigarme por la traición que creo haberles hecho. En lo más profundo de mí, creo que yo soy un asesino. Mi existencia misma aquí como un individuo separado dice que maté a Dios. Y no solo maté a Dios, sino que tomé ese pensamiento de asesinato, lo desgajé, lo fragmenté y ahora creo que voy a acabar con todos los demás. Así funciona el especialismo. Yo quiero mi compañero especial, mi amor especial, mi objeto especial y mataré a cualquiera que se interponga en mi camino. Por supuesto todo el mundo se interpone en mi camino porque todos quieren el mismo especialismo que yo. Así que siempre me encuentro en estado de guerra. Este mundo es un campo donde se libra una batalla perpetua de especialismo. Creo que todos me van a hacer lo que secretamente creo que yo les hice. En secreto creo que yo soy el asesino; pero ahora lo proyecto y creo que todos los demás me van a matar.

(5:8) El niño cree que necesita los juguetes para poder escapar de sus pensamientos porque cree que sus pensamientos son reales.

Cada uno de nosotros es el niño, pensando que necesitamos estos ídolos de especialismo. Pensamos que nuestros pensamientos son reales y tenemos que escapar de ellos. Y ese es el propósito del mundo. Sabemos que todavía somos un esclavo de nuestro especialismo; basta percatarnos del interés invertido en ciertas cosas del mundo. Sin embargo, no se trata de negar todos nuestros juicios y nuestro especialismo. Más bien queremos mirarlos. Jesús no está pidiendo que nadie se desprenda de su codicia y sus ídolos de especialismo: de los amigos y de todas las cosas externas que creemos necesitar. Solo se nos pide que los miremos como lo que son.

Por supuesto que nos aterra hacer incluso eso. Así es que todos malentienden lo que dice el Curso, a pesar de que realmente es muy claro. Sabemos en cierto nivel que, si de verdad miramos nuestro especialismo con Jesús a lado, él no nos lo quitará —nosotros lo soltaremos. La parte de nosotros que todavía se identifica con el especialismo no quiere dejarlo ir. Si mirar las diversas formas de nuestro especialismo constituye la manera de soltarlas, entonces es obvio: si deseas conservarlas ¡no las mires! Y si el único papel del Espíritu Santo es mirar nuestro especialismo con nosotros, entonces para negarle ese papel, simplemente tenemos que creer que Él hace cosas por nosotros en el mundo. Es por eso que la gente malinterpreta las enseñanzas del Curso y tiene un interés tan desquiciado en creer que el Espíritu Santo hace cosas por ellos en el mundo. Si nos diéramos cuenta de que Su propósito no es darnos sitios para aparcar ni curar nuestros cuerpos ni buscarnos nuevos amantes ni conseguirnos mil dólares, sino más bien estar dentro de nuestras mentes para que podamos unirnos a Él y mirar nuestro ego, entonces toda la culpabilidad y el especialismo desaparecerían. Por consiguiente, para que no desaparezcan decimos: «No, eso no es lo que el Espíritu Santo hace. Él hace cosas en el mundo».

(5:9) Y así, convierte todo en un juguete para hacer que su mundo siga siendo algo externo a él, y pretender que él no es más que una parte de ese mundo.

Un niño sentado a solas, con el más mínimo ingenio, puede convertir cualquier cosa en un juego. Simplemente toma algo y comienza a jugar con él, lo que significa que le proyecta un significado. Y eso es lo que todos hacemos. Convertimos todo en un ídolo de especialismo. El Libro de ejercicios dice: «siempre es posible encontrar otra» (W-pI.170.8:7). Si esta forma no funciona, encontraré otra y si no otra: cualquier cosa que ocupe mi mente y la distraiga de donde en realidad están el problema y la respuesta: en mi mente. Todos creemos que el mundo está fuera de nosotros y jugamos dentro de él. Me introduzco en el mundo, juego con él mientras estoy aquí, lo abandono cuando muero, y aquí se queda para que el próximo niño se introduzca en él y se ponga a jugar.

(6:1) Llega un momento en que la infancia debería dejarse atrás para siempre.

Esta línea se tomó de una afirmación de San Pablo (1 Corintios 13:11). Jesús está diciendo: «Ya no tienes que seguir siendo un niño. Toma mi mano y déjame enseñarte a mirar el mundo como te digo que es. Si me dejas mostrarte cómo mirar a tu ego —como algo que no es de temerse—, poco a poco irás madurando hasta llegar a parecerte a mí». Un niño aprende a crecer identificándose con los adultos. Decimos que, si un niño no tiene buenos modelos, ese niño no madurará bien. La idea es encontrar un modelo que nos ayude a convertirnos en adultos maduros.

Así que Jesús nos está diciendo: «Yo soy ese modelo para ti. Toma mi mano, déjame enseñarte y crece conmigo. Te ayudaré a madurar. Te ayudaré a mirar todo en tu mundo como parte del juego de un niño, a pesar de que parezca tan real y terrible. Si crees que es tan real y terrible, es porque has soltado mi mano y no estás aprendiendo de mí. Estás creyendo que tú ya sabes sin mi ayuda». Esa es la arrogancia del ego. Creemos que entendemos lo que está pasando. La verdad es que no entendemos nada.

He aquí alguien que nos ha dado un libro y permanece para enseñarnos, para ayudarnos a aprender. Queremos ser conscientes de que cada vez que convertimos algo en la gran cosa, hemos vuelto a soltarle la mano. Jesús nunca nos diría que algo es la gran cosa. Ni siquiera piensa que él sea la gran cosa. Solo Dios es la gran cosa. Pero, como Él es lo único disponible en este lugar, ni siquiera Él es la gran cosa, porque la palabra «gran» implica un contraste. Nada en este mundo es la gran cosa. Así que cuandoquiera que sientan la tentación de emitir semejante juicio, sepan que han olvidado quién es su maestro. Y no es que realmente hayan olvidado quién es —lo han rechazado porque tienen demasiado miedo.

(6:2-4) No sigas aferrándote a los juguetes de la niñez. Deséchalos, pues ya no tienes necesidad de ellos. El sueño de juicios no es más que un juego de niños, en el que el niño se convierte en un padre poderoso, pero con la limitada sabiduría de un niño.

Esto describe lo que creemos que hemos hecho con Dios; creemos que ahora somos el padre. En muchas obras de la literatura del mundo se ensalza la gran sabiduría de un niño. Pero ese no es el parecer de Jesús. No le entusiasman mucho los niños. Cree que no entienden nada. Por eso utiliza esto como una imagen. Los niños no son puros ni inocentes. Son tontos: con poca sabiduría. Y eso es lo que él dice de nosotros; no es que seamos malvados o pecaminosos, simplemente no entendemos. Nuestra arrogancia radica en pensar que sí.

(6:5) Lo que le hiere es destruido; lo que le ayuda, bendecido.

En pocas palabras, esto constituye el amor especial y el odio especial. Cualquier cosa que creamos que nos lastima, que por supuesto es una proyección de nuestra propia necesidad de lastimar, lo destruimos —física o verbalmente o dentro de nuestras mentes; o lo hacemos tramando con la gente contra otros. Lo que creemos que nos ayuda —en otras palabras, que ayuda a nuestro ego— sentimos que es bendecido. Eso es el amor especial.

(6:6) Excepto que juzga con el criterio de un niño que no sabe distinguir entre lo que le hace daño y lo que le sanaría.

Este es otro punto importante en el Curso. Una y otra vez Jesús trata de convencernos de que no entendemos nada. Confundimos el dolor y la alegría, nos dice (T-7.X). Confundimos el aprisionamiento y la libertad (T-8.II); y los avances con los retrocesos (T-18.V.1:6). No entendemos nada. No sabemos lo que más nos conviene (W-pI.24). Lo que creemos que nos ayudará —darnos gusto con nuestro especialismo— realmente nos lastimará. Y pensamos que no conseguir lo que queremos nos lastimará, pero eso realmente nos ayudará.

(6:7) Cosas adversas parecen acontecerle, y tiene miedo del caos que ve en un mundo que cree gobernado por las leyes que él mismo promulgó.

Las cosas malas parecen acontecer, y olvidamos que somos nosotros quienes lo inventamos todo. En realidad, no está aconteciendo nada.