El significado del juicio

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VII
«El sueño de perdón» (T-29.IX) (conclusión)

Estamos preparados para el tercer paso del juicio, pero permítanme resumir brevemente antes de seguir adelante. El primer tipo de juicio es el sueño de juicio del ego, que siempre está basado en las diferencias y el ataque. El segundo juicio es poder mirar ese primer juicio sin juzgarlo, ser capaces de mirar toda la fealdad de nuestros egos —la crueldad, la falta de bondad, el odio, el asesinato y el canibalismo— y luego decir: «esto es simplemente un juguete». Mirarlo implica entender el propósito que cumplen estos sueños de juicio. Tenemos pensamientos poco bondadosos, críticos y odiosos porque nos aterra el Amor de Dios. La presencia de Jesús en nuestras mentes es lo que nos está volviendo locos y, para defendernos de esa presencia amorosa, inventamos ídolos de especialismo, y entonces nos sentimos incluso más culpables. Por lo tanto, en esta segunda forma de juicio, que realmente es mirar el juicio del ego, nos damos cuenta de que el juicio es un juguete con el que juega la mente de un niño. Juzgamos porque tenemos miedo del verdadero pensamiento de amor dentro de nosotros. Sustituimos ese pensamiento de amor real por el pensamiento de la culpa y el pensamiento del juicio, y luego lo proyectamos y lo vemos en los demás.

Solo necesitamos mirar ese proceso, no con el objetivo de cambiarlo, sino simplemente con el objetivo de mirarlo a través de la visión de Cristo. Al mirarlo a través de la mirada de Jesús, nos damos cuenta de que este es simplemente un tonto juego de niños que hemos hecho porque tenemos miedo del pensamiento de odio en nuestras mentes. Pero ese pensamiento de odio es una defensa contra el pensamiento de amor, lo que significa que no somos unos pecadores despreciables; simplemente estamos atemorizados. Tenemos miedo del amor de Jesús. Mas eso es todo lo que tenemos que hacer. Una vez que lo hagamos por completo y sin ninguna reserva nos encontraremos en el mundo real, que es lo que ahora comentaremos conforme continuamos con «El sueño de perdón».

En el mundo real miro sin culpa toda mi culpabilidad y miro sin odio todo mi odio, lo que significa que la culpabilidad y el odio desaparecerán. Si miro la culpabilidad y el odio con Jesús a mi lado y dejo de juzgarme por haberlo rechazado, traicionado y abandonado a él, mi única realidad será su presencia unida a la mía, mi presencia unida a la suya. Y desde ese amor conjunto contemplaré un mundo diferente. No será un mundo que haya cambiado físicamente, sino un mundo que veré de forma diferente porque yo habré cambiado. Ahora contemplaré lo que el Curso llama el mundo real, que no tiene nada que ver con lo que parece ser externo. Es simplemente el juicio que emito con respecto a mí mismo, que dice que no he hecho nada malo. Como Jesús dice antes en el Curso: «Hijo de Dios, no has pecado, pero sí has estado muy equivocado» (T-10.V.6:1). Y entonces me doy cuenta de que no he hecho nada pecaminoso. Simplemente he cometido un error y ese error es creer que podría estar separado de Dios. Ahora me doy cuenta de que no estoy separado. Y uniéndome a Jesús, la verdad de esa comprensión se hace realidad para mí. Desde esa presencia de amor dentro de mí, ahora miro al mundo y todo lo que veo son expresiones de amor o peticiones de amor. Solo hay amor dentro de mí, así es que eso es lo único que puedo ver fuera de mí.

(T-29.IX.6:8-9) El mundo real, no obstante, no se ve afectado por el mundo que él cree real ni sus leyes han cambiado porque él no las entienda. 

Mi incapacidad para entender lo que es el amor no cambia el amor. Mis ataques contra el amor no cambian el amor. El amor simplemente espera con paciencia dentro de mi mente hasta que yo regrese a él .

(7:1) El mundo real es también un sueño.

Por eso este tercer paso de juicio no es el último. El cuarto y último paso es la finalización total del sueño. En el mundo real todavía estamos dentro del sueño, pero somos plenamente conscientes de que es un sueño. ¿Y cómo podríamos enojarnos con el sueño de otra persona? No nos enojamos con algo que sabemos que no es real. Solo nos enojamos con algo que creemos que tiene el poder de afectarnos. Por eso Jesús no se enojó al final de su vida ni sentía miedo ni culpabilidad ni, sobre todo, dolor. Él sabía que no le pasaba nada. Sabía que él no era su cuerpo.

(7:1-3) El mundo real es también un sueño. Excepto que en él los personajes han cambiado y no se ven como ídolos traicioneros.

Esto no significa que las figuras cambien físicamente. Cambian en cuanto a lo que representan. Así pues, solo te veo como un enemigo porque me he visto primero a mí mismo como enemigo: creo que soy el que ha traicionado y destruido el Amor de Dios. Pero si ahora siento el amor de Jesús dentro de mí, ya no me veré a mí mismo como un enemigo. Si siento su amor dentro de mí, sé que no he matado el amor. Y si no lo he matado, no hay pecado, no hay culpabilidad y no hay necesidad de protegerme proyectando la culpa fuera de mi mente. Así que ahora miro a la misma persona que está hincando un clavo en mi cuerpo, pero ya no veo que esté traicionándome. La veo como un hermano en Cristo, que tiene miedo. Y en la demencia del miedo, cree que se pone a salvo destruyéndome a mí. Así es como Jesús percibía.

(7:4) El mundo real es un sueño en el que no se usa a nadie para que sea el sustituto de otra cosa ni tampoco se le interpone entre los pensamientos que la mente concibe y lo que ve.

Ya no necesito que seas una defensa contra estos pensamientos de juicio en mi mente ni que te coloques entre mí y la venganza de Dios. Al proyectar mi culpa y juzgarte, mi ego espera que cuando Dios venga en busca del pecador que le ha robado, no vea al pecador en mí, sino en ti. Así que estoy a salvo porque ahora Dios te va a pillar a ti en lugar de pillarme a mí. Pero una vez que mi culpabilidad ha desaparecido ya no necesito esa defensa.

(7:5) No se usa a nadie para lo que no es, pues las cosas infantiles hace mucho que se dejaron atrás.

Te estoy utilizando como parte de mi sueño, negando así Quién eres como Cristo. Estoy negando tu realidad porque te veo como lo que quiero que seas. Al negar primero mi realidad como Cristo y verme a mí mismo como un ego pecaminoso y culpable, debo negar tu realidad como Cristo y verte a ti como un ego pecaminoso y culpable. La forma en que me veo automáticamente se convierte en la forma en que te veo a ti; no puede ser de otra manera. El único valor del mundo es que me muestra que lo que veo al exterior es una proyección de lo que está dentro. Si quiero saber de quién es la mano que he tomado —la de Jesús o la del ego— solo tengo que monitorear cómo estoy experimentando el mundo. Y si algo en el mundo perturba mi paz o me trae paz, sé que he soltado la mano de Jesús y he tomado la del ego.

(7:6) Y lo que una vez fue un sueño de juicios se ha convertido ahora en un sueño donde todo es dicha porque ese es su propósito.

Esto no significa necesariamente que el mundo cambie. No estamos hablando de un cambio externo. El mundo exterior de Jesús ciertamente no dio un giro favorable al final. Estamos hablando del propósito que damos al mundo: cambiar del juicio y la culpabilidad a la dicha y la paz. Nuestra percepción del mundo necesariamente cambiará en consecuencia, es inevitable.

(7:7) Ahí solo pueden tener lugar sueños de perdón, pues el tiempo está a punto de finalizar.

El tiempo no ha terminado por completo porque no estamos al final de la ilusión; pero estamos al final del uso de la ilusión por parte del ego. Así es que también estamos al final de toda ansiedad, miedo y dolor.

(7:8) Y las figuras que entran a formar parte del sueño se perciben ahora como hermanos, no en juicios, sino en amor.

De nuevo, no cambia nada externo. Solo lo que es interno cambia. Y debido a que mi mente cambia, identificada ahora con el amor de Jesús en lugar del odio del ego, automáticamente veré a todos bañados en ese amor. Pero como sigo formando parte del mundo de los sueños y de la mente dividida, me daré cuenta de que dentro de la mente todo es un pensamiento de amor o un pensamiento de miedo. Así, pues, reconoceré que cualquier acción tuya que parezca un ataque falto de amor proviene del miedo y no es realmente un ataque. En otras palabras, dentro de la mente dividida solo hay pensamientos de miedo y pensamientos de amor. El ego interpreta los pensamientos de miedo como pensamientos de especialismo, ataque, asesinato y canibalismo. Pero en mi mente correcta yo los percibo todos como meras expresiones de miedo. Y el miedo es realmente el miedo al Amor de Dios, que ha sido negado por el sistema de pensamiento de separación y culpabilidad del ego. Entonces eso es todo lo que estoy viendo. Puede que las imágenes, las formas del sueño, sean exactamente las mismas, pero el significado es completamente diferente.

(8:1-2) No es necesario que los sueños de perdón sean de larga duración. No se concibieron para separar a la mente de sus pensamientos…

Esta es la corrección de la aseveración del ego de que las ideas abandonan su fuente (T-26.VII.12; W-pI.167.4), que puedo tener un pensamiento separado de mi mente, que luego podría proyectar fuera de mi mente. En el mundo real, a través del perdón, me doy cuenta de que todo es uno. Y finalmente entiendo que ni siquiera Jesús está separado de mí. Tanto Jesús como yo somos pensamientos que formamos parte del mismo amor. En mi mente, nada está separado.

(8:3) … ni intentan [ los sueños de perdón] probar que el sueño lo está soñando otro.

Eso es lo que el ego siempre intenta probar: no es mi sueño de juicio ni mi sueño de traición. ¡Es tu sueño de juicio y traición!

(8:4-6) En ellos se puede oír una melodía que todos recuerdan, si bien no lo han oído desde antes de los orígenes del tiempo. El perdón, una vez que es total, hace que la atemporalidad esté tan cerca que entonces se puede oír el himno del Cielo, no con los oídos, sino con la santidad que nunca se ausentó del altar que se encuentra eternamente en lo más profundo del Hijo de Dios. Y cuando este vuelve a oír este himno, se da cuenta de que nunca había dejado de escucharlo.

Esto es lo que se llama el canto de la oración en el folleto del mismo nombre (S-3. IV.1:10), y lo que en la hermosa sección al comienzo del capítulo 21 se conoce como la canción olvidada (T-21.I), la canción siempre presente en nuestras mentes. No es una canción que se escucha con los oídos. Jesús está hablando metafóricamente acerca de la experiencia de la unión del Amor de Dios con Cristo.

(8:7) ¿Y adónde va a parar el tiempo, una vez que se han abandonado los sueños de juicios?

Esta afirmación deja muy clara la razón por la que vivimos en el mundo como lo hacemos: no queremos recordar la canción. Para recordar esa canción, debemos estar dispuestos a olvidar la canción del ego. ¿Y cuál es la canción del ego? Que yo existo como una persona separada, que tengo lo que le robé a Dios (la cuarta ley del caos [T-23.II.9]), pero que alguien más es responsable de ello. No queremos renunciar a nuestro especialismo, a nuestra singularidad, a nuestra individualidad. La gente elogia el maravilloso mundo de las diferencias que Dios ha creado. Todo el mundo es singularmente diferente; no hay dos objetos iguales: todos tenemos huellas dactilares diferentes; cada copo de nieve es único. ¡Y señalamos esto como prueba de que este es el mundo de Dios! Pero este es el mundo del ego. El mundo de Dios es la Unidad perfecta. ¡Este es un mundo de las diferencias perfectas! Esa es la canción del ego y no queremos renunciar a ella. Nos damos cuenta de que escuchar la canción del Cielo —que siempre se canta en nuestras mentes porque el Espíritu Santo la refleja— significa renunciar a la canción del especialismo y la individualidad del ego. Todos queremos conservar nuestro pastel, pero a la vez comérnoslo. Queremos ambas canciones, lo que no puede sino desvirtuar la verdad.

(9:1) Siempre que tienes miedo, de la clase que sea —y tienes miedo si no estás experimentando una profunda felicidad, certeza de que dispones de ayuda y una serena confianza de que el Cielo te acompaña— ten por seguro que has forjado un ídolo que crees que te va a traicionar.

Cuandoquiera que no sintamos un profundo contento, una certeza de que disponemos de ayuda y una serena confianza de que Dios siempre nos acompaña, hemos fabricado un ídolo del especialismo. Ese ídolo es lo que creemos que hemos hecho de nosotros mismos. Luego proyectamos el ídolo y creemos que ha de volver y nos va a traicionar.

(9:2) Pues bajo tus esperanzas de que el ídolo te salve, yace la culpa y el dolor de la autotraición y de la incertidumbre, tan profundos y amargos, que el sueño no puede ocultar completamente tu sensación de fracaso.

Los sentimientos de perdición, desesperación, temor y desesperanza que todos sentimos —y todos en este mundo los sentimos porque todos moriremos— realmente provienen de ese pensamiento dentro de cada uno de nosotros que dice: «Maté a Dios y eso es irrevocable. Nunca podré volver al lugar que abandoné». Por supuesto que nunca podré volver porque no quiero renunciar a lo que me impide volver: mi individualidad. El deseo secreto del ego, de nuevo, es conservar lo que robó, pero culpar a otra persona por ello.

(9:3) El resultado de tu autotraición tiene que ser el miedo, pues el miedo es un juicio que inevitablemente conduce a la frenética búsqueda de ídolos y de la muerte.

La autotraición es nuestra creencia de que hemos traicionado a Quien realmente somos como Cristo. Esa es la culpa que sentimos, que automáticamente conduce al miedo que proviene de juzgar que lo que hemos hecho es pecaminoso y está mal. Entonces debemos proyectar el pecado fuera de nuestras mentes y creer que hay algo ahí fuera, de lo cual ahora debemos escondernos. Así que el problema ya no está en nuestras mentes; está fuera de nosotros.

(10:1) Los sueños de perdón te recuerdan que estás a salvo y que no te has atacado a ti mismo.

Eso es lo que Jesús nos demostró y todavía nos enseña. El pensamiento de separación es irreal, nunca sucedió. Nunca ataqué a Dios. Nunca ataqué a Cristo. Nadie sufrió un ataque. Todo fue un sueño. Así que no hay culpa ni miedo de que me ataquen a cambio. Cuando nos sentimos en la presencia del Amor de Dios absolutamente nada puede hacernos daño ni afectarnos. Eso no significa que no respondamos a lo que sucede en el mundo, pero la respuesta vendrá del amor. No proviene del temor ni de intereses separados ni del interés propio.

(10:2) De esta manera, tus terrores infantiles desaparecen y los sueños se convierten en la señal de que has comenzado de nuevo y no de que has tratado una vez más de venerar ídolos y de perpetuar el ataque.

El siguiente capítulo se titula «El nuevo comienzo», así que esta línea es un anticipo de eso. Cuando comenzamos a perdonar, de repente nos damos cuenta de que hay esperanza, que finalmente hemos iniciado un nuevo comienzo. El propósito de Un curso de milagros es ayudarnos con este nuevo comienzo. El nuevo comienzo significa que ya no lucho contra mi ego. Simplemente doy un paso atrás, con Jesús a mi lado, y miro mis pensamientos del ego en acción sin justificarlos, racionalizarlos, espiritualizarlos, negarlos ni proyectarlos. Simplemente los miro y me doy cuenta de que: «Esto es lo que estoy haciendo. Y lo estoy haciendo porque tengo miedo del amor». Si puedo mirar mi miedo al amor con el amor a mi lado, estoy empezando a aprender que el amor ya no es mi enemigo.

(10:3-4) Los sueños de perdón son benévolos con todo aquel que forma parte de ellos. Y así, liberan completamente al soñador de los sueños de miedo.

El perdón no es algo que hagamos externamente. Permítanme volver a citar la línea que mencioné antes: «El perdón... es tranquilo y sosegado, y no hace nada. Simplemente observa, espera y no juzga» (W-pII.1.4:1,3). El perdón no hace nada. Perdonamos a nuestro hermano por lo que no ha hecho (T-30.IV.7:3). El perdón no es activo. No hago nada para ti, por ti ni contigo. El perdón no es algo que mi cuerpo haga. Es algo que mi mente hace volviendo a su interior y mirando mis pensamientos críticos y faltos de perdón. El perdón tan solo mira esos pensamientos sin juzgarlos. «Simplemente observa, espera y no juzga»: esa es la idea clave. Entonces, puede que mi cuerpo haga o diga algo. Pero el perdón no es una acción. Es el deshacimiento de un pensamiento y, aún más importante, es mirar, con una apacible sonrisa, la fealdad del sistema de pensamiento del ego.

(10:5) Él [el soñador] deja entonces de tener miedo de sus propios juicios, pues no ha juzgado a nadie ni ha intentado liberarse mediante juicios de lo que los propios juicios imponen.

Ya no tengo que temer ni lo que he llamado mi juicio ni la proyección de mi juicio sobre ti, porque no he hecho nada. El juicio debe imponer castigo y dolor, y he tratado de evitar mi propio castigo juzgándote a ti: «Tú eres el pecador, no yo; así que no soy yo quien debería ser castigado». Así pues, he tratado de escapar de lo que mi juicio me dice que debo recibir, insistiendo en que yo no soy el que ha juzgado; eres tú quien ha juzgado y atacado.

(10:6) Y ahora recuerda continuamente lo que había olvidado cuando los juicos parecían ser la manera de salvarle de la sanción que ellos mismos imponen.

Estamos recordando el Amor de Dios que es lo que olvidamos. El juicio de los demás parecía ser la forma en que me salvaría de ser castigado por odiarme a mí mismo. Pero mientras yo juzgaba, el Amor de Dios yacía sano y salvo dentro de mí, esperando pacientemente mi regreso. Tan solo tengo que llamar a Jesús, no de una manera mágica, sino simplemente mirando con él mis pensamientos del ego, mirando lo que mi ego ha hecho y ha fabricado en el mundo, y decir: «He hecho esto solo porque te tenía miedo». Y si puedo aprender a decírselo cada vez más a menudo, sin temor de que él me juzgue, voy a aprender que no hay juicio. En el fondo, no ha sucedido nada.

Para concluir el taller, pensé que podríamos leer una breve lección del Libro de ejercicios, la Lección 352. Es una buena manera de concluir porque refleja el paso final del juicio, el Juicio de Dios, que dice que no ha sucedido nada. El puro título casi podría hacer las veces de una lección. La lección en sí es una oración de nosotros a Dios Padre.

Los juicios son lo opuesto al amor. De los
juicios procede todo el dolor del mundo,
y del amor, la paz de Dios.


El perdón ve solo la impecabilidad y no juzga. Esta es la manera de llegar a Ti. Los juicios me vendan los ojos y me ciegan. El amor, que aquí se refleja en forma de perdón, me recuerda, por otra parte, que me has proporcionado un camino para volver a encontrar Tu paz. Soy redimido cuando elijo seguir ese camino. No me has dejado desamparado. Dentro de mí yace Tu recuerdo, así como Uno que me lleva hasta él. Padre, hoy quiero oír Tu Voz y encontrar Tu paz. Pues quiero amar mi propia Identidad y hallar en Ella la memoria de Ti.