El sueño feliz

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte II
Dos niveles de sueños

Vamos a comentar un pasaje en el texto y un pasaje paralelo del poema en prosa "The Gifts of God" («Los regalos de Dios»), una serie de mensajes que Helen anotó en 1978, que constituyen un resumen maravilloso de toda la gama de enseñanzas del Curso, con un comentario incisivo sobre estos dos niveles de sueños. Hablaré un poco al respecto antes de que veamos estos pasajes. El sueño comienza con la idea de que podríamos estar separados de Dios. A eso se refiere el Curso como la diminuta idea loca, de la que olvidamos reírnos, o sea, que nos la tomamos en serio (T-27.VIII.6). Eso nos lleva automáticamente a calificar de pecaminosa la diminuta idea loca, el pensamiento de la separación. Este es el comienzo del sueño del ego, al que se le llama el primer sueño en "The Gifts of God". En el texto, se le denomina el sueño secreto (véase T-27.VII.11). Es el sueño en la mente, que está basado en la trinidad impía de pecado, culpabilidad y miedo. El pecado dice que hemos pecado contra Dios; la culpabilidad dice que nos sentimos abrumados por la enormidad de nuestro pecado, tanto así que no solo creemos que hemos pecado, sino que terminamos creyendo que somos el pecado. Esa es la peor experiencia de todas. No solo es que hayamos cometido una falta, somos una falta. Cada fibra de nuestro ser apesta a esta «incorrección», a esta pecaminosidad, a tal grado que lo único que podrá resultar de ello es que seamos castigados. Además, dado que nuestro mismo yo es el que es una falta y es pecaminoso, un yo que le robamos a Dios al habernos apropiado de la vida de Él, ese yo es el que sufrirá la derrota. Es la vida que le robamos a Dios, la que ahora Dios vendrá a quitarnos, y eso nos infunde un miedo tremendo, por no decir terror, el terror de nuestra propia aniquilación: ser aniquilados y desaparecer en el olvido.

Ese es el espantoso sueño del ego, el sueño de pecado, culpabilidad y miedo. Todas nuestras peores pesadillas aquí en este mundo, todas las peores películas de terror, las peores cosas que suceden en el mundo no pueden compararse con el grado de odio hacia uno mismo y de terror que encierra ese sueño original. Es tan terrible que no hay forma de que podamos tolerarlo, de que podamos permanecer en presencia de esos pensamientos, porque lo que esos pensamientos dicen es que, con tal de satisfacer nuestras propias necesidades egoístas y egocéntricas, destruimos el amor. Dios no cometió falta alguna. Fingimos que la cometió. Lo único que sucedió fue que el Amor de Dios nos pareció insuficiente y quisimos más, más que Todo, más que el Todo, más que el total Amor que todo lo abarca. Así que nos propusimos conseguirlo —o eso creímos—, y de ese modo destruimos el Amor del Cielo y crucificamos al Hijo de Dios, tomando al Ser de Cristo y diciendo que este yo nuestro es Su sustituto y ahora ocupa Su lugar. La culpabilidad a raíz de eso, una vez más, es extraordinaria, al igual que el miedo al inevitable castigo que nos espera.

Así que el ego ha convertido este primer sueño de nuestra mente en un campo de batalla en el que nos enfrentamos a Dios y no tenemos ninguna posibilidad de ganar. Ahí es cuando surge la idea de un segundo sueño. En el segundo sueño el ego mira por nosotros, o eso nos dice. Nos dice que la forma en que podemos escapar de este terror, de esta aniquilación instantánea, es que dejemos el campo de batalla por completo y nos escondamos donde Dios nunca nos encontrará. Con eso ocurre la versión que el Curso plantea del Big Bang y nos vemos catapultados fuera de la mente hasta terminar en un universo físico. El pensamiento original de separación, cristalizado ahora como pecado, culpabilidad y miedo, se fragmenta en miles de millones de pedazos para reforzar la idea de que somos individuos separados, y cada uno de esos pequeños pedazos ahora se ha vuelto un pensamiento revestido por una forma que llamamos cuerpo. Nos atendremos simplemente a Homo sapiens, aunque dicha forma podría ser cualquier cosa, y lo es; todas y cualquier cosa animada o inanimada, grande o pequeña. Como dice un pasaje del texto: por infinitesimal que sea un grano de arena, ese grano de arena forma parte de la Filiación (T-28.IV.9:4). No estamos hablando de la forma, sino únicamente del contenido o del pensamiento, pero nos centraremos en el grupo particular de formas llamadas cuerpos que pertenecen concretamente a la especie Homo sapiens.

Nos encontramos ahora en un cuerpo, en un mundo, y el ego hace que un velo de amnesia caiga entre la mente y el cuerpo, por lo que no tenemos ningún recuerdo de dónde hemos venido. Solo nos percatamos de que ahora estamos sin mente, aunque no describimos así nuestro estado porque ni siquiera sabemos que existe una mente de la cual podamos estar desprovistos. Todo lo que sabemos es que ahora estamos en un cuerpo regido por un cerebro con un genoma que gobierna cómo somos, cómo vivimos, qué aspecto tenemos, en qué estado de salud nos hallamos, etc. Esto, junto con todas las influencias ambientales que entran en juego, ahora determina quiénes y qué somos.

Este es el segundo sueño, el sueño del mundo. Es un sueño que no es secreto. Es un sueño del que somos plenamente conscientes, excepto que, al no poder recordar su origen, no sabemos que es un sueño. Es similar a cuando estamos dormidos por la noche; a menos que seamos un soñador lúcido, no sabemos que estamos soñando. No es sino hasta despertar que reflexionamos en lo que acabamos de experimentar y decimos: «Todo fue un sueño». Nunca salimos de la cama ni de la casa, y todavía estamos donde estábamos cuando nos quedamos dormidos. Pero mientras dormimos, no nos damos cuenta de que es un sueño. Bueno, como Jesús nos explica una y otra vez, no somos conscientes de que todo este universo, incluyendo nuestras vidas individuales aquí, forman parte de un sueño. Y los sueños individuales, que nos parecen tan particularmente nuestros son en realidad partes escindidas de un solo sueño colosal que es colectivo. Cada fragmento de ese sueño colectivo piensa que es su propio sueño: una muestra de la arrogancia de estar en el mundo de formas separadas.

Ahora bien, lo que es importante comprender sobre el sueño del mundo es su propósito. Se nos dice una y otra vez en el Curso que el propósito lo es todo. En un lugar, Jesús dice que la única pregunta por hacer con respecto a cualquier cosa en este mundo es: ¿Qué propósito tiene? (T-17.VI.2:1-2). Comprender el propósito de algo te dará su significado. Bueno, el sueño del mundo, nuestras vidas aquí como una especie (como organismos dentro de todo el cosmos) y todas nuestras vidas individuales son intencionadas. El propósito es ocultar el sueño secreto y así garantizar que siga siendo secreto. Y dado que también se nos enseña en el Curso que las ideas no abandonan su fuente (véase, por ejemplo, T-26.VII.4:7; T-26.VII.13:2), la idea del sueño secreto de pecado, culpabilidad y miedo nunca ha abandonado su punto de origen en la mente.

Eso significa que el sueño del mundo no es realmente el sueño del mundo. En cierto sentido, es simplemente parte del sueño secreto que creemos que se ha separado y ahora tiene su propia existencia. Por eso Jesús nos dice que no hay mundo (L-pI.132.6:2); por eso dice que el mundo es una ilusión; por eso dice que el mundo desapareció hace mucho tiempo (T-28.I.1:6); por eso dice que no hay cuerpo. Son simplemente proyecciones de lo que hay en la mente, pero lo que se proyecta desde la mente no deja de seguir en la mente porque las ideas no abandonan su fuente. Ese es uno de los principios más importantes del Curso. El ego dice que las ideas sí abandonan su fuente; así responde a la verdad de que las ideas no abandonan su fuente. El ego dice que el sueño secreto sí puede abandonar su fuente y parecer que tiene una existencia independiente fuera de la mente; es decir, en el mundo.

Una vez que este velo de amnesia cae y olvidamos el sueño secreto que es el origen del sueño del mundo, lo único que conocemos es el sueño del mundo: nuestras propias experiencias aquí en un cuerpo. No podemos más que estudiar, analizar y tratar de comprender el mundo, el cuerpo o el cerebro, y cómo funciona todo esto: cómo funciona el cosmos a nivel del macrocosmos y cómo funcionan nuestras vidas individuales a nivel del microcosmos. Los cerebros más geniales a lo largo de la historia han estudiado los diferentes aspectos tanto del mundo colectivo como del mundo individual desde todos los niveles: la teología, la filosofía, la psicología, la química, la biología, la astronomía, la astrofísica, la física, y demás. Todos ellos intentan explicar de distintas maneras lo que llamamos vida aquí, y nunca se dan cuenta de que lo que están estudiando es una proyección de lo que hay en la mente, porque una vez que estamos en el mundo (en el sueño), nos volvemos sin mente.

Otra forma de entender esta distinción entre no tener mente y tomar conciencia de la plenitud de la mente es que Jesús está tratando de que pasemos del sueño del mundo al sueño de la mente; del sueño externo al sueño interno. Pero mientras pensemos que el sueño externo es real y que es la única alternativa que tenemos, el único sueño del que disponemos, creeremos que ahí es donde se encuentra el problema, pues aquí todos experimentamos dolor, sufrimiento e infelicidad tanto en el nivel individual como colectivo. Por lo tanto, pensaremos que este curso o cualquier espiritualidad tienen por objetivo hacernos felices aquí, perdonarnos aquí, salvarnos aquí, para que el sueño infeliz del mundo se convierta en un sueño feliz.

Por lo tanto, cuando leemos el Curso, creemos que los ojos del cuerpo en realidad están leyendo con el cerebro interpretando lo que los ojos leen, y entonces automáticamente pensaremos en lo que hemos leído desde la perspectiva de unos cuerpos. Eso es lo que hay detrás de esa línea muy importante que dice: «Ni siquiera puedes pensar en Dios sin imaginártelo en un cuerpo o en alguna forma que creas reconocer» (T-18.VIII.1:7). Por supuesto que pensamos que Dios es un cuerpo, porque pensamos que nosotros somos un cuerpo, y la proyección da lugar a la percepción (T-13.V.3:5; T-21.in.1:1).

Percibiremos lo que pensamos que somos. Bueno, por la misma razón, dicho principio nos permite afirmar: «Ni siquiera puedes pensar en este curso sin un cuerpo o en alguna forma que creas reconocer». Todos creemos que somos cuerpos que están leyendo, estudiando y aplicando este curso. Creemos que lo leemos con los ojos. Creemos que estamos leyendo algo, y después creemos que estamos pensando en lo que hemos leído. Luego pensamos que lo que hemos leído lo estamos aplicando en función de nuestras relaciones y situaciones. Ese es el colmo de la arrogancia del ego, y podemos ver lo bien que funciona. Todo lo que tienen que hacer es pensar en sí mismos y en toda la gente que hace esto con el Curso. Creemos que Jesús se está dirigiendo a nosotros, a los cuerpos que vemos cada mañana en el espejo; a la persona con la que nosotros y otros nos relacionamos; a la que les cae bien a algunos y no les cae bien a otros. Creemos que de eso se trata todo esto. Creemos que se trata de arreglar el sueño externo; salvo que se trata exactamente de lo contrario.

El verdadero sueño feliz comienza cuando reconocemos que el sueño del mundo es simplemente una proyección del sueño secreto, y que el sueño secreto es el problema. Incluso más específicamente, el soñador del sueño secreto es el problema, y el soñador del sueño no es el yo que creo que soy. El soñador del sueño es lo que llamamos el tomador de decisiones, un término que el Curso nunca utiliza en este contexto, pero de ese está hablando Jesús todo el tiempo. Tenemos una elección entre dos sueños, entre dos maestros, entre la crucifixión y la resurrección, entre el milagro y el resentimiento. A lo largo de este curso, Jesús apela a la parte tomadora de decisiones de nuestra mente, también conocido como el soñador.