El sueño feliz

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte IX
«El soñador del sueño» (cont.)

De regreso a «El soñador del sueño», párrafo 14:

(T-27.VII.14:3) Descansa en el Espíritu Santo y permite que Sus dulces sueños [los sueños felices] reemplacen a los que soñaste aterrorizado, temiéndole a la muerte.

¿Cómo descansamos en el Espíritu Santo? Descansamos en el Espíritu Santo despidiendo al ego, porque es uno o el otro. No elegiremos al Espíritu Santo mientras no despidamos primero al ego. Hay dos frases en el texto que siempre me gusta juntar a pesar de que ocurren con cientos de páginas de por medio: Renuncia ahora a ser tu propio maestro, porque se te ha enseñado mal (T-12.V.8:3; T-28.I.7:1). Antes de que podamos aceptar a Jesús como nuestro maestro, primero tenemos que renunciar a ser nuestro propio maestro reconociendo que nos hemos enseñado mal. En este curso, la forma en que le decimos «sí» al Espíritu Santo es decir «no» al ego. Decir «sí» es decir «no al no» (T-21.VII.12:3-4). Nuestra tarea, nos dice Jesús, es «negar la negación de la verdad» (T-12.II.1:5). No dice que nuestra tarea sea afirmar la verdad.

La forma en que elegimos al verdadero maestro es mirar al falso maestro y decirle: «Ya no quiero escucharte». Eso es lo que significa que uno esté en su mente correcta, y eso es lo que es el sueño feliz. Es mirar la pesadilla y decir felizmente: «Ya no tengo que escucharte». ¿Qué podría hacernos más felices que mirar todas nuestras pesadillas, todas nuestras historias de abuso, culpa, dolor, ansiedad y terror, todas nuestras inquietudes, preocupaciones y obsesiones, y decir que ya no tenemos que escucharlas, y decirlo en serio? Así es como descansamos en el Espíritu Santo. No podemos descansar en el Espíritu Santo con nuestro ego. Sin embargo, eso es lo que todos quieren hacer. Ese es el juego conciliatorio que todos juegan con Dios, con el Espíritu Santo, con Jesús y por desgracia con este curso.

No tiene sentido y es totalmente irrelevante hablar de un sueño feliz a menos que primero hablemos de lo que este tiene por objeto corregir. Su intención es corregir los sueños del ego, que son sueños de terror, crueldad, dolor, sufrimiento, culpa y muerte, lo que significa que primero debemos tomar conciencia de los sueños de nuestro ego. ¿Como hacemos eso? Prestamos atención a los sueños de nuestro mundo, a lo que nuestro cuerpo sueña, no necesariamente de noche, sino a lo que soñamos a diario, todos nuestros pensamientos de especialismo. Pedirle ayuda a Jesús en ese contexto significa pedir que nos ayude a mirarlos de una manera diferente, y la forma en que nos ayuda a mirar es recordándonos que son proyecciones de lo que hay en la mente. Como nos dice en el capítulo 21, son «la imagen externa de una condición interna» (T-21.in.1:5).

De eso se trata pedirle ayuda a Jesús en nuestras relaciones. No es pedirle que arregle nuestras relaciones ni que nos diga qué decir o qué hacer, o adónde ir para conseguir un empleo, o cuál número de lotería elegir, o en qué acciones bursátiles invertir. No sabe nada de eso. Como siempre me gusta decirle a la gente, Jesús no puede contar más allá del uno. Así que no le pidan que les diga cuánto dinero deben ganar, adónde deben ir, qué número de lotería deben escoger o a qué caballo deben apostarle (a menos que sea ¡el número uno!). No sabe de la especificidad. Él solo conoce la unidad del Hijo de Dios; y, por lo tanto, la unidad que su amor representa une automáticamente todos los fragmentos y los hace uno. ¿Y qué significa eso? Significa darte cuenta de que todos aquí son iguales: los agresores y los agredidos, los opresores y los oprimidos, los buenos y los malos. Todos tienen la misma mente escindida. Tienen el mismo ego, la misma mente correcta —el Espíritu Santo— y el mismo tomador de decisiones. Todos sin excepción, esa es la clave. Aprender eso es el sueño feliz. Pero primero miramos la necesidad del ego y nuestra inversión en ver separación y en ver intereses especiales y separados.

(T-27.VII.14:4) El Espíritu Santo te brinda sueños de perdón, en los que la elección no es entre quién es el asesino y quién la víctima.

Ese es el sueño del ego. ¿Quién va a ganar? ¿Quién va a perder? ¿Quién se va al Cielo? ¿Quién se va al infierno? ¿Quién es el auténtico estudiante de Un curso de milagros y quién no? ¿Quién está estudiando Un curso de milagros de forma correcta y quién no? No es cuestión de uno o el otro.

(T-27.VII.14:5) Los sueños que te ofrece no son de asesinatos ni de muerte.

No hay ganador y no hay perdedor. Solo hay uno; solo hay unidad. ¿Cómo podría haber un ganador y un perdedor si solo hay uno? Eso significa que, si te veo como un perdedor, yo también he de ser un perdedor, porque solo hay uno, cosa que en este mundo de multiplicidad se traduce en igualdad. Somos iguales. Si te convierto en el villano, si te convierto en el malo, si te convierto en «la morada del mal, las tinieblas y el pecado» y somos uno, es decir, aquí somos iguales, estoy diciendo lo mismo de mí.

Si por otro lado reconozco que tu ego es realmente una llamada de auxilio, y que subyacente a todo tu odio y a tu despiadada crueldad hay una vocecita que se lamenta de forma lastimera: «Por favor, demuéstrame que estoy equivocado; por favor, muéstrame que no tengo que hacer esto para sobrevivir, por favor muéstrame que soy amado a pesar de la persona despreciable en la que me he convertido», escucharé el mismo lamento lastimero en mí. Aquello que veamos en otro, lo vemos en nosotros mismos, porque no hay otro. Pero como creemos que hay otros, tenemos que practicar. Entonces practicamos en todas nuestras relaciones, comenzando el proceso de aprender que al final todos somos iguales y que más allá de esa inherente igualdad está nuestra inherente unidad. Como antes dije, todos somos fragmentos de la escindida mente única, y reconocer esto nos ayuda a despertar finalmente a la verdad de que todos somos uno como Cristo. Es el sueño de perdón, el sueño feliz del Espíritu Santo que nos guía apacible y seguramente por ese camino.

(T-27.VII.14:6) El sueño de culpabilidad está desapareciendo de tu vista, aunque tus ojos están cerrados.

No hemos despertado todavía, pero viajamos hacia el despertar. Todavía percibimos cuerpos separados. Todavía creemos que tenemos relaciones separadas. Todavía creemos existen situaciones en la vida y que algunas son buenas y otras malas. Todavía creemos que el cuerpo cambia y envejece. Todavía creemos que un día nuestro cuerpo y los de nuestros seres queridos morirán. Seguimos dormidos, pero empezamos a darnos cuenta de que todas las figuras en nuestros sueños son iguales. Esa es la clave.

No se nos pide que abramos los ojos porque la luz, nos dice el ego, nos cegaría. El ego nos dice que no miremos dentro, pues si lo hacemos nuestros ojos se posarán en el pecado y Dios nos cegará (T-21.IV.2:3), que es una forma amable de decir que Dios nos destruirá. Todavía no abrimos los ojos porque primero tenemos que aprender que la luz es nuestra amiga. De hecho, la luz es nuestro Yo, lo que significa que tenemos que aprender a desinvertir en este yo, porque mientras valoremos este yo, nos dará demasiado pavor desaparecer en el Yo único de Dios. Por eso todavía mantenemos cerrados los ojos, aunque empezamos a abrirlos un poco para que se filtre algo de luz. Esa es la luz que nos enseña que somos todos iguales. Nuestros ojos cerrados todavía perciben diferencias porque los cuerpos son diferentes. Pero nuestra mente, que está en proceso de sanarse, comienza a comprender que las diferencias no tienen importancia, y que a pesar de todas las diferencias de percepción que los ojos nos muestran, la percepción de nuestra mente nos dice que todos somos iguales.

No negamos lo que dice el cuerpo. No negamos lo que el cuerpo ve, oye, huele o saborea. Solo negamos la interpretación del ego. El Espíritu Santo no nos quita los sueños. No nos quita las figuras en nuestros sueños ni nuestras relaciones con estas figuras. Nos da una forma distinta de mirarlas. Esa es la transformación. Por lo tanto, sigo en una relación contigo, pero ahora empiezo a ver que somos iguales. Mi ego es tu ego, el mismo ego. La corrección del Espíritu Santo en mí es la misma que en ti, y ambos tenemos el poder de elegir. Ambos tenemos pavor de ejercer ese poder de elegir, debido a la vocecita de odio que continuamente susurra: «Si logras remontarte a ese poder de elegir, ¿sabes qué? Vas a abusar de él de nuevo. Vas a atacar; vas a darte el gusto de satisfacer tus necesidades egoístas y egocéntricas y apropiarte del amor de otra persona y del yo de otra persona y hacerlo tuyo. Por lo tanto, no te acerques en lo más mínimo al poder de tu mente porque, si lo haces, volverás a pecar».

Y así seguimos manteniéndonos sin mente y comenzamos a ver que eso es lo que hace todo el mundo. ¿Qué tiene de particular? Después de un tiempo, todos estos sueños se vuelven aburridos porque todos son iguales. Habrán notado que hay ciertos artistas o escritores que no están muy inspirados, y todas sus pinturas, historias, obras de teatro y películas son iguales. Uno encuentra compositores mediocres y todas sus composiciones resultan iguales: aburridas. Bueno, desde una perspectiva de mentalidad correcta, así es como deberíamos empezar a ver nuestras vidas: todo es igual. Sin embargo, no será aburrido porque reconoceremos que ver a todos como iguales es el paso que nos ayudará a despertar del sueño. Eso no es aburrido, pues ahora el propósito de nuestra vida aquí ha cambiado notablemente. No se trata de conseguir lo que podamos ni de maximizar el placer y minimizar el dolor. Se trata de elegir estos sueños felices de perdón que nos llevarán a avanzar cada vez más, hasta que un día no le tengamos miedo a la luz; podremos abrir los ojos y darnos cuenta de que no estamos en nuestras camas. Estamos en casa en Dios. Solo soñábamos con el exilio y se acaba el sueño.

(T-27.VII.14:6-8) El sueño de culpabilidad está desapareciendo de tu vista, aunque tus ojos están cerrados. Una sonrisa ha venido a iluminar tu rostro durmiente. Duermes apaciblemente ahora, pues estos son sueños felices.

Todavía estamos dormidos; todavía estamos en un cuerpo. Jesús no está diciendo que, de repente, debamos dejarlo todo. No nos está quitando nada. No nos está quitando la familia, los placeres o las preferencias. Simplemente nos está ayudando a reconocer que aquí todas las cosas y todas la personas son iguales. Seguimos dormidos, pero «una sonrisa ha venido a iluminar tu rostro durmiente». Lo «ilumina» y lo «aligera» en el sentido de que la sonrisa pone fin a la oscuridad y a la vez nos quita la pesada carga de culpabilidad que llevamos a cuestas. Todavía estamos dormidos, pero ahora hay paz. Nada ha cambiado excepto nuestro reconocimiento de que somos el soñador. Nuevamente: «El milagro establece que estás teniendo un sueño y que su contenido no es real» (T-28.II.7:1).

Esto solo nos parecería aburrido si pensáramos que la paz y el amor son aburridos. Para el ego, esto sería aburrido porque el ego se nutre del drama. Basta pensar en el pensamiento de separación original. Ese es un drama de alto nivel. Con eso se hacen las miniseries, ¿cierto? Destruimos a Dios y ahora Dios nos viene persiguiendo. Es un dramón de primera. La Biblia es un drama grueso, de ahí su popularidad. Es un mito tremendo y, desde el punto de vista del ego, comparado con ese drama, cualquier otra cosa resulta aburrida. Pero desde el punto de vista de mentalidad correcta, esto es motivo de enorme dicha porque es lo que nos va a sacar de aquí, y a un ritmo apacible, bondadoso y paciente, a un ritmo con el que nos sintamos cómodos. Ese es el amoroso encanto de este curso.

Jesús es autoritativo al distinguir entre lo que es la verdad y lo que no es verdad; no hay cabida para discusión, pero es apacible, bondadoso y paciente. Está diciendo que todo esto es un sueño, todo es inventado, pero que él nos va a enseñar a descansar y a dormir más cómodos hasta que estemos listos para abrir los ojos, y entonces todo habrá terminado. Así que este sueño tranquilo en el que soñamos que todos somos iguales no es aburrido. Se vuelve una experiencia maravillosamente dichosa porque ya no hay culpabilidad. Pero, para el ego que lo ve desde el exterior, por supuesto que es aburrido porque todo es parejo. Todos disfrutamos los altibajos. De esos se forjan los grandes dramas, ¿cierto? Eso es lo que capta nuestro interés.

Si descubrimos que nos gusta ese caos, podemos librarnos de él reconociendo que no nos ha hecho felices; eso tiene que venir primero. Al principio del texto, Jesús dice (recordándonos lo que sucedió originalmente con Helen y Bill): «La resistencia al dolor puede ser grande, pero no es ilimitada. A la larga, todo el mundo empieza a reconocer, por muy vagamente que sea, que tiene que haber un camino mejor» (T-2.III.3:5-6). Todos tenemos un umbral de dolor, y cuando cruzamos ese umbral, reconocemos que esto ya no nos reditúa; nada funciona. Las altas son grandiosas, pero las bajas son espantosas, y comenzamos a percatar que no podemos tener las altas sin las bajas. «Todo lo que sube tiene que bajar», así que debemos reconocer que nuestras vidas no funcionan. En el capítulo 14, hay una sección algo paralela llamada «El alumno feliz», que comienza con Jesús diciendo que el Espíritu Santo necesita que reconozcamos lo desdichados que somos:

«El Espíritu Santo necesita un alumno feliz en quien Su misión pueda llevarse a cabo felizmente. Tú que eres tan partidario de la aflicción, debes reconocer en primer lugar que eres infeliz y desdichado. El Espíritu Santo no puede enseñar sin este contraste, pues tú crees que la aflicción es felicidad» (T-14.II.1:1-3).

Mientras no reconozcamos cuán desdichados somos y que nuestras vidas de relaciones especiales no nos han funcionado, no estaremos motivados para dejarlos ir y pedirle ayuda a él. Por lo tanto, Jesús tiene que esperar pacientemente entre bastidores hasta que nos cansemos del teatro y del drama, y finalmente acudamos a él y le digamos: «Sabes, debe haber otra obra de teatro. Debe haber otro grupo de actores. Debe haber otro dramaturgo, porque esto ya no funciona. Es demasiado doloroso». Lo que intenta hacer en este curso es convencernos de lo miserablemente infelices que somos. Por eso, si ustedes creen que les está funcionando la vida, no estudien este curso. Ahorren su dinero, porque este curso es para aquellas personas que creen que sus vidas no funcionan, que están hartas de su sueño y quieren que se les enseñe otra cosa. Y, por supuesto, lo que se nos enseña es que nuestro sueño —el sueño del mundo— es un espejo del sueño secreto, que es una defensa contra nuestra elección de la Expiación.