El sueño feliz

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte X
Conclusión

P: Siento como si hubiese conectado con lo que dices y coincido con ello, pero no me gusta . . . ¿Qué me impide simplemente decidirme a abrir los ojos? Si todos nos sentimos así, ¿por qué estamos aquí?

K: Es porque hay una parte de nosotros a la que le gusta ser la figura en el sueño, por la misma razón por la que creemos que abandonamos el Cielo en un principio: queríamos independizarnos. Hay una línea maravillosa en el capítulo 13 del texto, o sea que viene antes del comentario sobre las relaciones especiales que no comienza sino hasta el capítulo 15. Se usa la palabra especial. Jesús dice:

«Estabas en paz hasta que pediste un favor especial. Dios no te lo concedió, pues lo que pedías era algo ajeno a Él, y tú no podías pedirle eso a un Padre que realmente amase a Su Hijo. Por lo tanto, hiciste de Él un padre no amoroso al exigir de Él lo que solo un padre no amoroso podía dar» (T-13.III.10:2-4).

El favor especial que le exigimos a Dios fue que nos prestara atención, que se fijara en nosotros: ¡Soy un individuo! ¡Soy una persona! ¡Soy una entidad! ¡Préstame atención! Y Dios simplemente miró a través, porque no había nada que ver. Ahora bien, todo esto es mitológico. No significa que sucedió de esa manera, pero ese es el contenido de nuestro deseo de estar separados. Queríamos ser individuos. Queríamos ser singulares. Queríamos ser especiales, lo cual es imposible en el Cielo. En la perfecta unidad, totalidad y plenitud no puede haber diferenciación. Una de las formas de describir a Cristo es que Él es una indivisa Unidad indiferenciada. En el Cielo, no existe la distintividad.

Y bien, eso es lo que nos gusta. De modo que henos aquí como individuos distintos, singulares y diferenciados que estudian un curso que nos enseña que todo esto es inventado y que en realidad formamos parte de la perfecta Unidad. Y decimos, como solíamos decir en los años sesenta [1960]: «¡No voy, ni loco! ¡Yo quiero un Cielo que se fije en mí! ¿Te acuerdas, Dios? Eso es lo que me metió en un aprieto en un principio. Voy a hacerlo todo de nuevo. Quiero un favor especial. ¡Yo quiero que se me preste atención!». Y Jesús dice: «Lo siento, amigo. Dios no puede prestarte atención porque no existe un "tú" en quien se fije». Entonces decimos: «Bien, al diablo contigo, Jesús. Voy a inventarme otro Jesús. Voy a inventarme un Jesús que me diga que hasta los cabellos de mi cabeza están contados. Voy a inventarme un Jesús que me diga que Dios me ama más que a los lirios del campo. Voy a inventarme un Dios que me creó. Voy a inventarme un Dios que se enfurezca conmigo, lo cual significa que mi yo existe. Voy a conseguirme un Dios que sienta misericordia. Es misericordioso un martes sí y un martes no, y entonces me perdona. Claro, hay que tener cuidado los jueves. Es entonces cuando Él te destruye. Pero ese es un Dios que al menos se fija en mí».

Así que nos gusta ese Jesús; nos gusta ese Dios. Eso es lo que hacemos. Incorporamos a Jesús y a Dios en el sueño para que Ellos queden entretejidos en el sueño. En El final del sueño, del que he estado leyendo, Jesús dice: «No soy un sueño que viene en son de burla» (The Gifts of God, p. 121). Ahora bien, ¿que está diciendo? Está diciendo que no es el Jesús bíblico que hemos creído, el que forma parte de nuestro sueño, el que se burla de su realidad como Cristo, como espíritu. «No soy un sueño que viene en son de burla». No formo parte de tu sueño, no me hagas parte de tu sueño. Eso es lo que la gente hace con este curso. Hace que Jesús forme parte del sueño. ¿Por qué? Porque quieren hacerse notar. Quieren un Jesús que se fije en ellos. Les gusta la idea de un Dios que llora por ellos, aunque obviamente es una noción simbólica y no debe leerse textualmente. Les gusta un Dios que los extraña, que se siente solo sin ellos. Les gusta un Jesús que es un amoroso hermano mayor que siempre está ahí a su disposición día tras día y los infantiliza continuamente para que nunca maduren, aunque les dice que él quiere que lleguen a ser como él. A todos nos aterroriza dejar el sueño. Nos aterroriza dejar de ser quienes somos.

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P: Yo no me siento aterrorizado. Entonces, ¿por qué sigo aquí?

K: Si crees que todavía estás aquí, ha de haber cierta parte inconsciente de ti a la que le gusta ser tú. Puede que esto no sea algo malo, estoy seguro de que eres una persona encantadora. Pero sigues siendo una persona y nos gusta ser personas. Me temo que a fin de cuentas se reduce a eso. Pero nuevamente, no tenemos que saltar de la separación a la unidad. No tenemos que saltar de ser una persona a ser Cristo. El sueño feliz consiste en los pequeños pasos que damos para reconocer que todos somos iguales. Todos en esta sala tienen la misma mente correcta, la misma mente errónea y el mismo tomador de decisiones. Todo el mundo en este planeta, todo el mundo en el universo, toda cosa en el universo tiene una mente correcta, una mente errónea y un tomador de decisiones. Al aprender eso, nuestro temor empieza a disiparse, comenzamos a sentirnos menos identificados con nuestra singularidad individual. Si todos somos iguales, nadie es especial. Ese es un pensamiento con el cual podemos comenzar a identificarnos o, cuando menos, considerar.

Todavía nos atemoriza un poco porque en realidad no queremos desprendernos aún de nuestros juicios, pero al menos podemos comenzar a ver que no tenemos que llegar al Cielo de un salto. Podemos tener un reflejo del Cielo aquí, que es el sueño feliz, dándonos cuenta de que aquí, a pesar de las apariencias exteriores, nadie sobresale o es especial, porque todos tenemos la misma mente. «Todos mis hermanos son especiales», dice Jesús (T-1.V.3:6). Todos los Hijos de Dios son especiales, lo que significa que la palabra «especial» pierde su significado.

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P: Dijiste que no trajéramos a Jesús al sueño. Hay una lección en el Curso que dice que no percibo lo que más me conviene (L-pI.24). Así que siempre he creído que desconozco qué es mejor para mí, por ejemplo, dónde vivir o qué trabajo me conviene. Siempre he creído que se me está enseñando que está bien preguntar si no sé qué me conviene.

K: Sí, está bien preguntar. No tiene nada de malo preguntar. En el folleto El canto de la oración, en la sección llamada «La escalera de la oración» (S-1.II), dice que pedir detalles específicos es el primer peldaño de la escalera. Eso no tiene nada de malo, porque al menos estamos en la escalera correcta con el maestro correcto. Pero, si eso es lo único que hacemos, terminamos en el primer o el segundo peldaño, y la idea en lo que Jesús está diciendo es que no queremos las partes específicas del canto. No queremos los ecos, las resonancias o las armonías; queremos el canto completo. No solo queremos subir uno o dos peldaños. Queremos llegar a la cima. Pero si seguimos insistiendo en que tenemos necesidades específicas y exigimos que el Espíritu Santo o Jesús satisfagan esas necesidades específicas, nos quedaremos apenas en el primer peldaño de la escalera, sin nunca aprender que lo que realmente nos conviene —y desconocemos tener— es la opción de elegir al Espíritu Santo, para que se nos conduzca ultimadamente hasta la cima.

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P: A través de esta sesión me he percatado de la tentación que tengo de hacerle remiendos a la forma en mí. El milagro mira el contenido y no la forma. ¿Dirías que todo lo que tienes que hacer es mirar con Jesús y decir que el contenido no es cierto? La forma puede seguir siendo la forma y quizá nunca cambie . . . Reconozco un pensamiento como algo que me meterá en problemas y luego empiezo a hacerle remiendos al pensamiento, en lugar de decir que el contenido no es cierto.

K: Correcto. No le hagas remiendos al pensamiento, solo hazle cosquillas. En lugar de hacerle remiendos, hazle cosquillas (ambos empiezan con hacer). Hacerle cosquillas al pensamiento es no olvidar reírte de él. Hacerle remiendos equivale a decir que es grave y que se necesita hacer algo al respecto, momento a partir del cual no funcionará nada de lo que hagamos

En otras palabras, lo que mucha gente ha hecho con este curso es simplemente reemplazar al diablo con el ego y decir que el ego es malo: «¡Ese es el ego! ¡Ojo con el ego!». Así lo convierten en algo importante. De modo que la terapia de cosquillas es muy buena. Recuerda, el ego quiere más que nada que se le tome en serio.

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Quiero volver a The Gifts of God, al final de la sección que comentábamos. Leeré de la sección El final del sueño, los dos últimos párrafos en la página 122. Toda la sección es realmente una maravilla, pero el final es particularmente hermoso y es una manera maravillosa de resumir todo lo que hemos comentado acerca de pasar del sueño del mundo al primer sueño y mirarlo con Jesús (con lo cual se convierte en un sueño feliz), para luego pasar completamente más allá del sueño cuando regresamos a casa al Dios que nunca hemos abandonado:

«Hay un silencio que cubre al mundo que fue un sueño ancestral hace tanto tiempo que nadie lo recuerda ahora. Su tiempo terminó y, en el corto espacio que pareció poseer, está la nada. El sueño se ha ido, y todos los regalos oníricos en él también han desaparecido. El primer sueño se ha visto y entendido como una mera ilusión del miedo en el que se basó el mundo. Más allá del sueño, alcanzando todo, abarcándolo todo, la creación y el Creador siguen en perfecta armonía y en perfecto amor. Esto se halla más allá del portal ante el cual nos hallamos. ¿Habremos de demorarnos para aguardar que pase un sueño?»

»Tu santidad es mía y la mía es de Dios. He aquí Su regalo, completo y sin profanar. Él Mismo es el regalo que Él da y que es la verdad en ti. Qué bello eres tú que te encuentras a mi lado ante el portal y llamas conmigo para que todos acudan y se aparten del tiempo. Extiende la mano para tocar la eternidad y desaparecer en su perfecto reposo. He aquí la paz que Dios pensó para el Hijo que Él ama. Entra conmigo y permite que su quietud cubra la tierra para siempre. Consumado está. Padre, tu Voz nos ha llamado por fin a casa. El sueño ya pasó. Despierta, niño Mío, en el amor».