La dualidad como metáfora
en Un curso de milagros

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte IV
La «diminuta idea loca»

Ahora vamos a dejar el maravilloso mundo de la Unidad —o pensar que vamos a dejar el maravilloso mundo de la Unidad— donde parece que sucedió lo imposible. En presencia de ese maravilloso resplandor en el que realmente no hay luz que se perciba, en presencia de esa canción increíblemente dichosa en la que no hay notas ni oídos que la oigan, parece suceder lo imposible. Dentro de la mente de la Filiación, parece surgir lo que el Curso llama una diminuta idea loca. El enunciado más claro al respecto probablemente sea el que se encuentra hacia el final del capítulo 27, donde Jesús dice: «Una diminuta idea loca, de la que el Hijo de Dios olvidó reírse, se adentró en la eternidad, donde todo es uno» (T-27.VIII.6:2). Esa es la diminuta idea loca que en esencia dice que quiero estar por mi cuenta, quiero algo más que todo. Es la idea que mira la realidad del Cielo y dice: «¿Es esto todo lo que hay? El Cielo es aburrido. Quiero liberarme de la tiranía de ser parte del Todo. Quiero algo más allá del infinito. Quiero algo más allá de la omnipresencia. Quiero algo porque en el Cielo no hay nada; en el Cielo, literalmente no hay ¡nada de nada!».

Estos solo son vocablos o símbolos para tratar de explicar, en términos muy humanos, lo que fue este pensamiento imposible, esta diminuta idea loca: el nacimiento de la dualidad. De nuevo, es la idea de que, de repente —y tengan en cuenta que estamos hablando de algo que nunca sucedió—, una parte de la Mente de Dios, una parte de la Mente de Cristo, pareció desgajarse, de modo que ya había dos mentes. Está la Mente de Dios con «M» mayúscula, totalmente unificada con la Mente de Cristo, y ahora está la mente con «m» minúscula (la mente dividida o la mente separada) que parece ser coexistente. Sin embargo,  una vez más, nunca sucedió.

Todo lo que vamos a relatar es parte de un sueño. No es real. Nunca sucedió. Parece muy real, y lo que el Curso hace —y lo que nosotros estaremos haciendo durante un rato— es describir el proceso de cómo lo que nunca sucedió pareció haber sucedido y la trayectoria que siguió. Este es el nacimiento de la dualidad. La no dualidad es la condición del Cielo, donde la Mente de Dios y la Mente de Cristo están totalmente unificadas. No hay un lugar donde una termine y la otra comience. En el estado dualista, que es el comienzo del sueño, sí que existe un sentido de dónde termina una y comienza la otra. Hay una clara demarcación entre la Mente de Dios (o la Mente de Cristo) y la mente con «m» minúscula. Este es el comienzo de la dualidad. De aquí en adelante, todo lo demás es totalmente irreal. Eso, de nuevo, es extremadamente importante. Ahora, al desarrollar este proceso de la separación hablaré de cuatro etapas, las cuatro divisiones. El Curso nunca utiliza el término cuatro divisiones —desde luego habla mucho de dividir—, pero describe en qué consisten estas etapas.

La primera división, entonces, es la que ya hemos descrito. Ahí es donde la mente del ego, la mente del Hijo, parece desgajarse de la Mente de Cristo; donde antes había una sola, ahora parece haber dos: la Mente de Cristo y la mente con «m» minúscula. Es sumamente importante entender que cuando el Curso habla del amor en el Cielo, Jesús está hablando del amor que se extiende continuamente, un concepto que no tiene ningún referente ni significado en este mundo. Por eso no hay manera de que nadie en este mundo pueda entender la extensión del amor o la extensión del espíritu. Cuando pensamos en la extensión, siempre es dentro de una dimensión temporal y espacial: yo te extiendo amor a ti; mi yo te extiende amor en el espacio y en el tiempo. Para nosotros, esa es la única manera de entender lo que significa extensión.

En realidad, la extensión no se produce en una dimensión temporal o espacial porque no hay tiempo ni espacio en el Cielo. Pero el amor se está extendiendo continuamente. Dios extiende Su Ser, que es el Amor, que crea el Amor, que es Cristo. Cristo, al ser parte de Dios y participar de todos los atributos de Dios, también extiende Su Ser, que es el Amor, y es a lo que Un curso de milagros se refiere como las creaciones de Cristo. Puesto que no hay forma de que nada de ello se entienda en este mundo, el Curso ni siquiera trata de explicarlo. De cuando en cuando Jesús introduce la idea de las creaciones de Cristo, pero no llega a más, pues como hemos visto dice básicamente: «no hay manera de que lo entiendas».

El caso aquí es que el amor siempre se está extendiendo. El Amor se convierte en amor se convierte en amor, no en un sentido cuantitativo (véase W-pI.105.4). No estás sumando amor como si sumaras fanegas de patatas, donde tienes una cantidad y simplemente le sumas otra y otra; o donde tienes dos progenitores que tienen relaciones sexuales y ahora hay un retoño que crece, conoce a su pareja, etc. Luego, tienes todas las apariciones de «engendró» en la Biblia. El amor siempre está fabricando más. La vida física parece estar fabricando más. El Curso se referiría a eso como una «cruel burla» o «parodia» del proceso de verdadera extensión que ocurre en el Cielo. No hay forma de comprender eso, excepto entender el concepto de que el amor siempre se extiende y se convierte en amor. La perfecta Unidad y unión extiende continuamente perfecta Unidad y unión.

Asimismo, sin embargo, el pensamiento de la separación, la idea de desgajarnos de Dios también se divide y se divide y se divide continuamente . Así como el amor ama y se extiende, la separación se separa y se separa, se desgaja y se desgaja. El Curso se refiere a eso como la ley fundamental de la mente: el amor o espíritu se extiende, el ego proyecta (véase T-7.VIII.1:2). Son palabras distintas para exactamente la misma dinámica. La única diferencia es que empiezan en lugares distintos. La extensión comienza con amor y es puro amor; la separación comienza con separación y es pura separación. La separación se está separando y dividiendo continuamente. Es muy importante que lo entiendan, porque eso es de lo que estaremos hablando.

Así que la mente del Hijo —ahora dentro del sueño— se separa de la Mente de Sí Mismo, que es Cristo. Ahora hay una mente con «m» minúscula y una Mente  con «M» mayúscula. A continuación, la mente dividida se divide en lo que llamaremos el ego o la mente errónea, y la otra parte es el Espíritu Santo, que es la mente correcta. Permítanme decir otra vez que todo esto es irreal. No estamos hablando de la realidad. No estamos hablando del ego como una sustancia, una entidad o una persona real. No estamos hablando del Espíritu Santo como una sustancia, una entidad o una persona real. Todo esto es dentro del sueño. Es simplemente otra expresión de la división. El ego es la parte de la mente dividida que dice que la separación es real. El Espíritu Santo es la parte de la mente dividida que dice que la separación no es real. Así que el Espíritu Santo es básicamente esa memoria o ese pensamiento que dice que nada ha sucedido. Es el recuerdo de quiénes somos como el Hijo de Dios. Es el recuerdo del Amor de Dios, que se encuentra dentro de la mente dividida. Esa es la segunda división. La primera división es cuando la mente se desgaja de la Mente. La segunda división es cuando la mente se divide en dos, porque la división siempre tiene que dividirse. Simplemente engendra más división. No puede evitar hacerlo. Esa es la naturaleza de la mente. En cierto sentido, lo que está en la mente continuamente se inventa o se proyecta o se extiende. El Amor se extiende continuamente. La separación se proyecta continuamente. Así que ya hay dos partes de la mente dividida.

Ahora vamos a encontrar la tercera división. Hay una parte de la mente que elige. La llamamos el tomador de decisiones porque decide entre el ego y el Espíritu Santo. Una vez más, recuerden, estamos hablando de forma mitológica o simbólica. No estamos hablando de la realidad ni de hechos. El ego es un constructo que hemos inventado, para entender un proceso en nuestra mente. El Espíritu Santo es un constructo que hemos inventado, para describir un proceso en nuestra mente. El tomador de decisiones es un constructo que hemos inventado, para describir un proceso en nuestra mente. Y todos ellos son diferentes. Todos ellos son básicamente ilusorios porque son parte de una sola totalidad. Las ideas no abandonan su fuente, pero parecen estar separadas.

La tercera división es cuando el tomador de decisiones, confrontado con la elección entre el ego y el Espíritu Santo, escoge al ego y se desgaja del Espíritu Santo. El tomador de decisiones ahora se une con el ego. Esta es la tercera división. La primera división, de nuevo, es la mente con «m» minúscula que se separa de la Mente con «M» mayúscula. Y una vez que tienes la mente con «m» minúscula, no puede sino dividirse continuamente porque esa es la naturaleza de la mente. El Amor se extiende, la separación se separa o se desgaja. Luego se divide en dos, que es la mente errónea y la mente correcta, lo que llamamos el ego y el Espíritu Santo. Entonces, el tomador de decisiones elige al ego, desgajándose y separándose así del Espíritu Santo.

De nuevo, tan solo estamos describiendo lo que sucede en la mente, y obviamente lo describimos en términos humanos, antropomórficos, porque eso creemos ser nosotros. Así nos experimentamos a nosotros mismos. En realidad, no es así, pero no hay modo de saber cómo es. Esta mente no es la del homo sapiens. Un cerebro humano no es lo que está haciendo todo esto. De modo que simplemente intentamos, como homo sapiens, describir un proceso mediante el lenguaje, los términos y los conceptos nuestros, pero es una experiencia que trasciende lo que estamos diciendo.

Una de las características de este proceso es que, cuando la mente se desgaja, se olvida de aquello de lo que se desgajó. Más adelante, esto se volverá extremadamente importante, así que traten de captar el concepto ahora, y eso hará que lo que hagamos sea más entendible. Cuando la mente dividida se desgaja de la Mente de Cristo, olvida de dónde vino. Ahora cree que es la única cosa que hay: está por su cuenta. Y, por supuesto, resulta que le gusta lo que ve, lo que encuentra. No recuerda su fuente porque aquello de lo que te desgajas acaba por ser negado, reprimido u olvidado. Entonces, cuando la mente dividida se divide en dos y el tomador de decisiones elige al ego en lugar del Espíritu Santo, el tomador de decisiones se olvida del Espíritu Santo. Desgaja una parte de sí mismo, que ahora se vuelve casi inexistente y, desde un punto de vista práctico, es inexistente. No hay memoria de eso. Hemos olvidado que éramos parte de Dios. El Espíritu Santo acaba sepultado, y la única realidad parece ser el sistema de pensamiento del ego.

Lo que precede al siguiente paso es el gusto del ego ante lo que ha encontrado. Le gusta estar por su cuenta. Le gusta su libertad. Se deleita con la idea: «Soy libre; me independicé; soy un individuo». No tiene ningún recuerdo del Amor de Dios. En todos los sentidos, ha destruido el Amor de Dios, que se ha convertido en un recuerdo profundamente sepultado, por así decir. Se desgajó de ese recuerdo y ha olvidado aquello de lo que se desgajó. Solo es consciente de aquello en lo que se ha convertido: una mente desgajada, una mente separada, que está por su cuenta y le gusta, le gusta ser libre, le gusta su individualidad.

Todo lo que parecemos experimentar, aquí como seres humanos, es un reflejo de ese pensamiento. No queremos renunciar a nuestra autonomía. No queremos renunciar a nuestra identidad. No queremos renunciar a nuestro especialismo, porque entonces dejaríamos de existir. Nos gusta estar por nuestra cuenta. Ese es el pensamiento de separación. Nunca se nos ocurre qué fue lo que abandonamos porque, si alguna vez recordáramos lo que fue —como el Curso dice en un punto—, saltaríamos a los Brazos de nuestro Padre (T-9.VI.7:1-2). Eso es porque, en el fondo, a nadie le gusta estar por su cuenta. Es horrible, porque estás desconectado de la fuente misma de tu vida. A nadie le gustaría estar desconectado de lo que uno cree que es la fuente de su vida: el oxígeno. La experiencia de estarse asfixiando no es una sensación muy agradable. Y esa no es más que una expresión física de lo que sentiríamos —a un grado muchísimo peor— si nos permitiéramos tomar conciencia de que hemos estrangulado nuestra conexión a la Fuente de nuestra vida real. Pero no somos conscientes de ello porque una parte de la dinámica de la mente del ego es que se olvide de qué se desgajó, que olvide lo que dejó.

Así pues, primero olvidamos a Dios, a nuestra Fuente. Ahora pensamos que la fuente somos nosotros. Pensamos que somos nuestro creador. Pensamos que estamos por nuestra cuenta. Pensamos que somos autónomos e independientes, y estamos perdidamente enamorados de nuestro propio especialismo, de nuestra propia individualidad y singularidad. Esto se vuelve extremadamente importante, cuando más adelante descubrimos que nuestra manera de vivir aquí refleja ese pensamiento ontológico original que siempre nos acompaña, porque somos ese pensamiento. Entonces, cuando recurrimos al ego y nos desgajamos del Espíritu Santo, ese recuerdo de Quién somos también se desgaja. Por lo tanto, no solo es que nos hayamos desgajado de Dios, nuestra Fuente, sino también del recuerdo que nos vincularía de nuevo a esa Fuente. Así que ahora nos queda el ego que hemos elegido y con el que nos hemos identificado; y nos hemos desgajado y olvidado del Espíritu Santo, la otra parte de nuestra mente dividida. Esa parte de nuestra mente dividida es el vínculo que nos remite a la Mente de Cristo y a la Mente de Dios. A estas alturas, por supuesto, no hay esperanza. Pero, luego, el asunto empeora porque, una vez comenzado este proceso de división, es como si se abriera la caja de Pandora. No hay forma de jamás cerrarla pues el desgajamiento ya se ha vuelto desenfrenado.