La integración de la forma y el contenido

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte II
«La cara de inocencia»

Una vez más, somos la integración andante de la forma y el contenido, sin conciencia alguna de que eso es lo que estamos haciendo. Creemos que estamos sobreviviendo, al vivir en una guarida de iniquidad llamada el mundo, ese es el contenido. Aquellos que conocen la sección titulada «El concepto del yo frente al verdadero Ser» hacia el final del texto, recordarán que toda la primera parte de esa sección se trata de cómo fabricamos un yo que es un ajuste o reacción al mundo, y que ese yo es el que pone la «cara de inocencia» (T-31.V.2:6). El mundo es cruel y despiadado, y hacemos todo lo que está a nuestro alcance por sobrevivir, lo que significa que a veces tenemos que defendernos y atacar. Pero cuando lo hacemos, sentimos que el ataque está justificado porque nos han atacado primero. Así, por ejemplo, claro que soy un niño enojado; mis padres me golpean todas las noches. Por supuesto que odio la escuela; los niños me humillan y se burlan de mí, y los maestros ponen muchos castigos. ¡No es culpa mía! Esa es «la cara de inocencia».

Encontramos, pues, que nuestras vidas integran la forma y el contenido, pero nuestros pensamientos son el contenido del mundo. El contenido del mundo —odio, insensibilidad y desamor— es la causa de que yo sea lo que soy, de que mi cuerpo, mi forma, se haya evolucionado de la manera en que lo ha hecho. No es culpa mía. Ese es el propósito fundamental del ego. De hecho, en cierto sentido, ese es el grito imperante del ego, el que gobierna su reino: «¡No es culpa mía!».

Una de las primeras preguntas que la gente hace cuando sucede algo, bien sea un acontecimiento mundial o algo en su mundo personal, es: «¿Quién lo hizo?». «¿Por qué lo hicieron?». Y, por supuesto, la pregunta subyacente es: «¿Por qué me lo hicieron a mí?». Si no se formula explícitamente, sin duda está implícita. No nos importaría nada ni nadie en este mundo si no consideráramos que lo que sucede repercute de algún modo sobre nosotros. No nos importaría nada ni nadie —alguien en nuestro mundo personal o alguien en el escenario mundial—, a menos que nos identificáramos con esa situación. La dinámica de esa identificación es que somos la víctima.

También nos encanta identificarnos con otras víctimas, porque eso solidifica nuestra postura de que hay maldad fuera de nosotros. El mal perpetra el mal; el mal duele, mutila, castiga, tortura, mata, rechaza, abandona y traiciona. Eso justifica nuestro caso. A la desdicha le encanta hermanarse. A la demencia le encanta hermanarse. Siempre queremos que la gente se una a nosotros. Por eso nos encanta escuchar cosas devastadoras en las noticias y veneramos las crisis. Por eso los noticiarios convierten las crisis en cosa del otro mundo, ya sea un huracán, un tornado, un terremoto, un volcán, una guerra o un asesino en serie. Se convierte en noticia de primera plana. Y nos encanta porque justifica nuestra percepción de que este es un mundo de víctimas y victimarios, en el que se castiga a los inocentes.

Nos identificamos con todo eso, y no nos damos cuenta de que el contenido que estamos integrando en nuestra forma no está fuera de nosotros. El odio, la crueldad y el impulso asesino no están fuera. Están dentro. ¿Por qué? Porque las ideas no abandonan su fuente. Si me encuentro reaccionando al ego de otra persona, solo puede ser porque estoy viendo a mi propio ego en esa persona. Jesús no reacciona a los egos de otras personas, y no lo hace porque él no tiene un ego. La razón de que reaccionamos a los egos de otras personas es que nosotros sí tenemos ego. Esa es la diferencia. Por mucho que estiremos la imaginación —como los cristianos lo han hecho durante más de dos mil años—, sigue siendo imposible que Jesús juzgue, odie, apruebe las guerras, deje caer bombas sobre la gente y crea en las guerras santas. Solo alguien que tiene un ego puede juzgar, condenar, perseguir y librar guerras en aras de un ideal de verdad, unidad y amor.

Por lo tanto, cuando reaccionamos al impulso asesino de otras personas, no somos responsables de sus egos ni somos responsables de lo que sucede en el mundo. Somos responsables de nuestras reacciones a lo que sucede en el mundo. Cuando tenemos cualquier reacción que no sea la de una perfecta paz que abarca a todos, esa reacción no se debe a nada externo a nosotros; se debe al odio que está dentro y que hemos hecho real.

Al trabajar con este material, el primer reconocimiento que se presenta es cuando comprendemos que aquí todo es una integración de la forma y el contenido. Sin embargo, el ego nos haría creer que estamos integrando el contenido externo. Por lo tanto, el cambio que Jesús nos pide que hagamos es reconocer que el contenido que estamos integrando es el nuestro. La importancia de esto es que al menos nos ubica en el terreno de juego correcto, porque ahora estamos hablando de una mente, no de algo externo a nosotros que creemos que nos afecta. Estamos hablando de lo que es interno. Lo que nos hace dividir el mundo en bandos es nuestro propio contenido de odio. Nuestra propia culpa por creer que nos hemos separado del amor es la que nos hace ver la separación en el mundo que nos rodea: un mundo dividido entre el bien y el mal, entre víctimas y victimarios, entre opresores y oprimidos. De lo contrario, no lo veríamos.

Jesús no lo ve. Él solamente ve que todos los que están aquí, todos los que creen estar aquí, están pidiendo ayuda. Es lo único que ve. Cualquier otra distinción es puramente arbitraria y totalmente inventada. Él nos dice que la única distinción que el Espíritu Santo ve en el mundo es si alguien está expresando amor o está pidiendo amor; incluso esa distinción termina siendo irrelevante porque si alguien está expresando amor, tu respuesta naturalmente será amar, y si alguien está pidiendo amor tu respuesta naturalmente será amar. Entonces, ¿qué más da el comportamiento de otra persona? Ni siquiera tiene importancia esa distinción; es una corrección para la manera en que el ego mira las cosas.

A fin de cuentas, lo importante no es que yo trate de entender si estás expresando o pidiendo amor. Más bien, si no soy amoroso, bondadoso y considerado contigo, es solo porque me estoy acusando de haber sido cruel con Dios, y la culpabilidad por haber sido cruel con Él es la que siempre estoy proyectando. Así que mi vida es una integración de esa culpabilidad inconsciente con mi vida cotidiana. La integro al tomar esa culpabilidad inconsciente y creer que puedo depositarla en otra persona y luego acusar a esa persona, bien sea alguien en mi mundo personal o alguien del mundo en general.

El cambio que se nos pide es darnos cuenta de que el contenido que queremos integrar no es el odio, el juicio, la culpabilidad y la separación. El contenido que queremos integrar es el perdón y la paz, que da origen a la visión de ver a todos como iguales. Justo al final del texto, en esa gloriosa visión final, Jesús dice: «Mas tenéis que compartir esta visión con todo aquel que veáis» —todo aquel que veáis—, «pues, de lo contrario, no lo contemplaréis» (T-31.VIII.8:5). Esa es la visión. De modo que, si en algún momento del día, descubrimos que no estamos incluyendo a toda la Filiación en el amor y la paz que sabemos que Jesús representa, sabremos que hemos escogido el contenido de la culpabilidad. Es lo único que tenemos que saber. No tenemos que cambiarlo. Ciertamente no tenemos que sentirnos culpables al respecto, pero al menos ahora podemos identificar la fuente del problema. Nuestro problema no es otra persona, no son las condiciones meteorológicas, no es el mundo. ¡El problema reside en la demencia de nuestra mente!

La Lección 79 dice: «Que reconozca el problema para que pueda ser resuelto», lo que significa que, si no reconozco el problema, es porque no quiero que se resuelva. Entender eso es muy importante. Si no reconozco que el problema es que mi mente tomadora de decisiones ha cometido un error cuando eligió al maestro equivocado, es porque no quiero que el problema se resuelva. ¿Por qué no quiero que se resuelva? Porque yo soy el problema, y si resuelvo el problema que soy yo, deja de haber un yo. Así que no quiero que el problema se resuelva. No quiero que mi culpa se esfume. Quiero proteger, preservar, sostener, nutrir y apreciar mi culpa, fingiendo que está en ti y luego atacándote. Puesto que las ideas no abandonan su fuente, mi culpabilidad continuamente se refuerza y se fortalece cuanto más busco negarla y proyectarla y atacarte a ti, porque en alguna parte dentro de mí sé que te estoy atacando falsamente. Sé que no eres mi problema. Puede que seas tu problema, pero tu ego no es mi problema, a menos que yo le dé el poder de afectarme.

La perfecta integración de la forma y el contenido propia de la mentalidad correcta es donde mi forma se vuelve indefensa. Como dice el comienzo de la Lección 155: «Sonrío mucho más a menudo, y mi frente se mantiene serena». Esa es la integración perfecta de la forma y el contenido, donde todo lo que hago, digo, creo, siento y pienso se hace con esa sonrisa apacible, con una frente serena que dice: «Nada en este mundo puede hacerme feliz. Nada en este mundo puede brindarme la salvación. Nada en este mundo puede lastimarme. Nada en este mundo puede condenarme, ¡nada!». Esto me libera para estar perfectamente presente en cada persona y en cada situación, sin salvedad. No importa si es un gran problema o un problema pequeño; si estoy con alguien que me cae bien o con alguien que me cae mal; si estoy con alguien a quien yo le caigo bien o con alguien que me odia. Mi respuesta es la misma porque, en vez de centrarme en lo que me rodea —donde todos somos sumamente paranoicos y nos importa lo que otros hacen y piensan, porque creemos que eso cambia las cosas—, mi enfoque se ha desplazado a lo que estoy eligiendo en la mente.

Si no estoy en un estado de perfecta paz que incluye a todos en esa paz, he escogido al ego. Eso es todo lo que tengo que saber. Es muy sencillo. Por eso Jesús nos dice que este es un curso muy sencillo; incluso en algunos pasajes dice que es fácil, porque es lo único que tienes que hacer. En uno de ellos nos dice: «Mira el problema tal como es y no de la manera en que lo has urdido» (T-27.VII.2:2). No dice: «soluciona el problema» ni «sánate» ni «trabájalo». Simplemente dice: «Mira el problema tal como es y no de la manera en que lo has urdido». Mirar el problema significa reconocer que si no estoy en paz es porque elegí al maestro del conflicto, y si estoy en paz es porque elegí al maestro de la paz. Cuando me acuerdo de que no estoy en paz porque elegí al ego de maestro, puedo decir: «Obviamente me entró la demencia; obviamente estaba realmente atemorizado; obviamente sigo demente porque no quiero soltarla».

Al menos ahora estoy diciendo la verdad. No la estoy encubriendo con todo tipo de proyecciones o autoengaños. Estoy diciendo que el problema es que aún tengo demasiado miedo del amor, aún tengo demasiado miedo de perder mi especialismo, aún tengo demasiado miedo de vivir una vida en la que cualquier abuso que yo haya experimentado desaparezca, no tenga absolutamente nada significativo que enseñarme y se vuelva del todo irrelevante. Mis problemas físicos o psicológicos —cualesquiera que sean— no tienen nada que ver con el estado de paz en mi mente, y me da demasiado miedo reconocer e identificarme con eso. Así, al menos estoy siendo honesto. Eso es lo único que Jesús nos pide: que seamos honestos con él y que no le ocultemos nada (T-4.III.8:2). No nos pide que nos libremos del ego. No nos pide que seamos perfectos. Simplemente nos pide que seamos honestos en cuanto a lo que están haciendo nuestros egos.