La metafísica de la separación y el perdón

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte I

Un curso de milagros comparte muchas de las enseñanzas que se encuentran en las espiritualidades y religiones del mundo, tanto en las tradicionales como en algunas de la Nueva Era. Por ejemplo, el Curso nos enseña que Dios es un Creador amoroso, un Padre amoroso, no un Padre odioso y vengativo. El Curso nos enseña que debemos ser amorosos y estar en paz, en lugar de juzgar y estar llenos de enojo. El Curso enseña que la vida, la muerte y la resurrección de Jesús fueron expresiones de amor más que de juicio, castigo y sacrificio. El Curso enseña, como sabemos, que el perdón debe ser nuestro enfoque central.

Estas enseñanzas no hacen que el Curso sea único. Lo que hace que sea único entre todas las religiones y espiritualidades del mundo, tanto occidentales como orientales, es la forma en que integra su metafísica no dualista con una psicología muy práctica y sofisticada. El perdón es el concepto que unifica la enseñanza metafísica de que el mundo es una ilusión no creada por Dios —por lo tanto, no hay nada que perdonar— y lo integra con pautas prácticas muy sólidas sobre cómo debemos demostrar y practicar el perdón en nuestras vidas cotidianas.

Uno de los propósitos principales de este taller es presentar un resumen general de las enseñanzas del Curso, específicamente sobre cómo la metafísica de Un curso de milagros se convierte en la base de todo lo que el Curso enseña sobre el perdón. La idea clave en la metafísica es que el mundo es una ilusión y se creó como un escondite para que Dios nunca nos encontrara, una idea que puede parecer bastante abstracta y ajena a nuestra experiencia, pero que aun así es la base para todo lo que el Curso enseña sobre el perdón. Centrarnos en la metafísica también nos permitirá comprender con mayor profundidad por qué es tan importante conforme trabajamos con el material que no caigamos en la trampa de pensar que el Espíritu Santo es un ayudante mágico que se ocupará de todos nuestros problemas y necesidades, desde los «menores» de conseguir lugares de estacionamiento hasta los «mayores» de curarnos del cáncer o del SIDA, de traer la paz mundial o lo que sea. Una de las enseñanzas esenciales del Curso es que el propósito del Espíritu Santo o de Jesús es recordarnos la decisión que debemos tomar; esa comprensión no es posible sin primero entender el marco metafísico del Curso.

Repasaremos y resumiremos las enseñanzas básicas del Curso para ver cómo este hilo importante pasa por todo lo que el Curso enseña. Presentaré un marco visual básico para las enseñanzas (ver el diagrama). Así es que empecemos por el comienzo. Aquí la palabra «Comienzo» se escribe con mayúscula porque estamos hablando del Cielo donde no hay tiempo: no hay principio ni final ni intervalos de tiempo.

En el Comienzo hay Dios y Su Hijo, al que el Curso se refiere como Cristo. Quizás la característica más importante del Cielo es la idea de que Dios y Cristo son perfectamente uno. La unidad entre Ellos es la que caracteriza el estado del Cielo. Hay una definición en el texto donde Jesús dice que el Cielo es «la conciencia de la perfecta Unidad» (T-18.VI.1:6). Cuando el Curso dice que Dios y Cristo son uno y que el estado del Cielo es la perfecta indiferenciación o la perfecta unidad, Jesús lo dice en un sentido muy literal.

Permítanme decir algo más sobre este punto porque será importante cuando veamos lo que realmente significa el perdón. Decir que Dios y Cristo son perfectamente uno equivale a decir que no hay una conciencia separada en Dios para que pueda observarse a Sí Mismo en relación con Su creación, tal como no hay una conciencia separada en Cristo para que pueda observarse a Sí Mismo o experimentarse a Sí Mismo en relación con Su Creador. Hablar de dos seres, Dios y Cristo, es una formulación con la que nos sentimos cómodos en un mundo de dualidad o de separación. Sin embargo, no son términos que nunca se usarían en el Cielo. Nuevamente, Dios no se identificaría a Sí Mismo como Dios el Creador y la Fuente, y Cristo no se identificaría a Sí Mismo como el Efecto de Dios o Su creación.

Otro término que podría utilizarse para caracterizar el Cielo es que es un estado de perfecta no dualidad. No hay dos Seres que interactúen entre sí. Una línea importante en el libro de ejercicios dice: «…no hay ningún lugar en el que el Padre acabe y el Hijo comience como algo separado» (L-pI.132.12:4). Hay otro pasaje en la Lección 169 que habla sobre este estado de unidad:

La unidad es simplemente la idea de que Dios es y en Su Ser Él abarca todas las cosas. Ninguna mente contiene nada que no sea Él. Decimos «Dios es», entonces guardamos silencio, pues en ese conocimiento las palabras carecen de sentido. No hay labios que las puedan pronunciar, y ninguna parte de la mente es lo suficientemente diferente del resto como para poder sentir que ahora es consciente de algo que no sea ella misma (L-pI.169.5:1-5).

Es la misma idea: no hay un lugar donde el Padre acabe y el Hijo comience. No hay una conciencia separada en el Hijo para que pueda observarse a Sí Mismo en relación con Su Creador.

El pasaje continúa:

Se ha unido a su Fuente, y al igual que su Fuente Misma, simplemente es. No podemos hablar, escribir, y ni siquiera pensar en esto en absoluto (W-pI.169.5:6–6:1).

Por eso no le vamos a dedicar mucho tiempo, y por eso Jesús no le dedica mucho tiempo en el Curso. Obviamente es imposible que nuestras mentes y cerebros separados conciban una realidad en la que no hay absolutamente ninguna separación. Nuevamente no hay ningún lugar donde Dios acabe y Su Hijo comience. Así es que el estado del Cielo es el de la perfecta unidad. Otra forma de caracterizarlo es decir que la Mente de Dios y la Mente de Cristo son totalmente una. Más adelante será más claro por qué es tan importante entender que el estado del Cielo es la indiferenciación absoluta y la perfecta unidad.

El Curso luego explica que lo imposible pareció suceder. En realidad, nunca sucedió, pero pareció suceder. En ese momento la «diminuta idea loca» (T-27.VIII.6:2) de estar separado de Dios pareció introducirse en la mente del Hijo de Dios. La caracterizaremos por medio de una pequeña línea vertical descendente (ver el diagrama): esta es «la diminuta idea loca». Es la idea de que el Hijo de alguna manera ahora está separado de su Padre; tiene una mente, una voluntad, un yo separado e independiente de su Creador. Así que ahora puede observarse a sí mismo y experimentarse a sí mismo en relación con Dios.

Antes de que esta diminuta idea loca (a la que el Curso también se refiere como el comienzo del sueño) pareciera surgir, semejante fenómeno era imposible porque el Hijo no tenía una mente o un yo distinto o separado de Su Creador. Pero una vez que comenzó el sueño —un sueño de separación— el Hijo de repente comenzó a observarse a sí mismo como alguien diferente y separado de su Padre. Eso dio lugar a lo que podemos llamar la mente desgajada (con «m» minúscula, para distinguirla de la Mente de Dios y Cristo).

Cuando el Hijo se queda dormido y comienza a experimentarse a sí mismo como un ser separado, tiene una mente que ahora parece coexistir con la Mente de Dios o la Mente de Cristo. Esa mente tiene dos partes que el Curso a menudo llama dos voces que hablan por ella. Una es la voz a la que el Curso se refiere como el ego y la Otra es el Espíritu Santo. Estas dos voces pueden entenderse básicamente como reacciones a la diminuta idea loca. En la realidad no hay dos personas instalándose en la mente del Hijo. Estamos hablando en el ámbito de la metáfora o del mito. Decimos que la mente del Hijo tiene estas dos partes —en breve agregaremos una tercera parte— y hablamos de estas dos partes como si fueran dos seres aparentemente separados: el ego y el Espíritu Santo. En el Curso siempre se habla del ego en tercera persona impersonal, mientras que siempre se habla del Espíritu Santo como una persona, como «Él». No obstante, el ego se describe en términos antropomórficos. El ego trama, busca venganza, odia, engaña, parece amar, etc.

Entonces en la mente del Hijo hay dos pensamientos o dos reacciones a la diminuta idea loca. El pensamiento del ego es que la diminuta idea loca realmente ha sucedido. De hecho, una forma de definir lo que es el ego es decir que es la creencia de que el Hijo realmente se ha separado de su Creador. Por lo tanto, el ego no es más que un pensamiento o una creencia que existe en la mente separada del Hijo, el pensamiento de que la separación ha ocurrido realmente. El Espíritu Santo, por otro lado, es el pensamiento de que la separación nunca ocurrió, de que «la diminuta idea loca» debe entenderse literalmente: la idea es «diminuta» porque fue inconsecuente y no tuvo ningún efecto, y es «loca» porque es propia de la demencia. Es demencial pensar que una parte de Dios, una parte del Todo, una parte de la unidad total se desgajara de algún modo y de repente quedara fuera de todo, que existiera una realidad más allá de la totalidad, algo más allá del infinito, un poder más allá de la omnipotencia. Hacia el final del texto una sección que se titula «El anticristo» (T-29.VIII) comenta específicamente esta idea. Anticristo es otro término para el ego. El anticristo es el pensamiento de que hay un poder más allá de la omnipotencia, un lugar más allá del infinito, etc. Así que el Espíritu Santo es el pensamiento que dice: «Esto nunca podría suceder».

También existe otra forma de entender Quién o Qué es el Espíritu Santo. Cuando el Hijo se quedó dormido y empezó a soñar, en el sueño llevaba consigo el recuerdo de quién es de verdad en tanto Hijo de Dios, el recuerdo del Amor de Dios. Ese recuerdo, que ahora descansa en su mente separada dentro del sueño, es lo que llamamos el Espíritu Santo. Ese recuerdo es lo que vincula el sueño a la realidad. Esto es similar a los recuerdos en nuestra experiencia cotidiana: cuando tenemos un recuerdo en el presente, es un enlace a algo que sucedió en el pasado. Eso significa la palabra memoria.

Lo que haya sucedido en el pasado —hace cinco minutos, ayer o hace treinta años— de repente se vuelve muy real y presente para mí. Si es un recuerdo desagradable experimentaré enojo, ansiedad, miedo o depresión. Si es un recuerdo agradable experimentaré ahora mismo felicidad y alegría, como si el pasado estuviera presente. Ese recuerdo es el vínculo entre el pasado y el presente. El Espíritu Santo funciona de la misma manera. Vincula la experiencia actual del Hijo —de creer que está en un sueño— con su realidad, que de hecho no está en el pasado en un sentido temporal. Este vínculo lo conecta pues con el Dios a Quien nunca abandonó de verdad. Por eso el Curso enseña que el Espíritu Santo deshizo el error original en el instante en que pareció ocurrir, porque cuando el Hijo se quedó dormido llevaba consigo ese recuerdo. Ese recuerdo es lo que le demuestra que nunca se separó de Dios, que fue simplemente un sueño.

Además de estos dos pensamientos en la mente del Hijo, hay una tercera parte de la mente desgajada, que caracterizaremos por medio de este pequeño punto azul (ver el diagrama). Esta es la parte de la mente que debe elegir entre estos dos pensamientos o voces. Llamaré al punto azul el tomador de decisiones. Aunque el Curso nunca utiliza el término en este contexto, es lo que debe entenderse por Hijo de Dios, el Hijo de Dios en su estado separado. En el Curso Jesús utiliza el término Hijo de Dios de dos maneras: para referirse a Cristo y nuestra Identidad como Cristo en tanto espíritu, o para denotar al Hijo dentro del sueño.

Nuevamente, aunque Jesús nunca utiliza el término tomador de decisiones, se nos pide una y otra vez en el Curso que elijamos de nuevo, que elijamos entre el sistema de pensamiento del ego y el sistema de pensamiento del Espíritu Santo, entre la crucifixión y la resurrección, entre un agravio y un milagro. La parte de nuestras mentes a la que Jesús apela continuamente en el Curso, cuando se dirige a nosotros como «tú», es esta parte que elige. Así que tan solo por conveniencia le he dado un nombre.

Así pues, estamos hablando básicamente de tres partes esenciales de la mente desgajada: (1) la parte de la mente que contiene el pensamiento de que la separación es real; (2) la parte de la mente que contiene el pensamiento de que la separación nunca ocurrió (a lo que el Curso se refiere como el principio de la Expiación); y (3) la parte de la mente que debe decidir qué sistema de pensamiento es verdad. Como el Curso explica repetidas veces, el Hijo no tiene otra opción; debe elegir entre el ego y el Espíritu Santo. No hay otras alternativas. Debe elegir uno de los dos. No puede elegir a ambos a la vez. No puede elegir a ninguno de los dos. Debe elegir al ego o al Espíritu Santo. El tomador de decisiones nunca es neutral.

Aquí es donde la historia se pone interesante porque el ego ahora se enfrenta con una verdadera amenaza. ¿Qué pasa si el Hijo de Dios escucha la Voz del Espíritu Santo y reconoce que todo esto es un sueño, que nunca sucedió realmente, que no existe ninguna separación? ¿Qué sucede entonces? El Hijo despierta de su sueño y el ego ha desaparecido, el sueño ha desaparecido. Por lo tanto, para sostenerse y mantener su existencia, el ego debe convencer de algún modo al Hijo de Dios —el tomador de decisiones— de que necesita elegir al ego en lugar del Espíritu Santo. Si podemos entender este punto y siempre tenerlo en cuenta hará que todo lo que mencionemos en este taller, y ciertamente todo lo demás en el Curso, sea muy claro. Nos ayudará a entender por qué siempre hacemos las cosas dementes que hacemos. Por ejemplo, puede que hayamos sido estudiantes de este curso durante diez o quince años y todavía sigamos aferrados a los agravios, seguimos eligiendo olvidarnos de Jesús e identificarnos con el ego cuando las cosas se ponen difíciles, y continuamos haciendo todas las cosas desadaptativas que hacemos.

Así es que el ego elabora un plan, una trama en la que espera atrapar al Hijo y convencerle de que el Espíritu Santo no es de fiar; no debe creerle y ciertamente no debe identificarse con Él. Para eso el ego inventa un cuento. Es un cuento totalmente inventado sin ninguna semejanza con la realidad, sin la más mínima base en la realidad. El cuento del ego descansa sobre tres pensamientos básicos: el pecado, la culpabilidad y el miedo. Ahora bien, recuerden nuevamente que el propósito de esta historia es convencer al Hijo para que le dé la espalda al Espíritu Santo y se identifique con el ego. Mientras el Hijo haga eso, el ego permanecerá intacto. Recuerden, el ego es simplemente un pensamiento o una creencia en un yo que asevera que la separación de Dios es real, que la realidad es el Hijo de Dios separado. Esto por supuesto contrasta con el «cuento» del Espíritu Santo que dice que el Ser del Hijo es el Ser de Cristo, Quien nunca ha dejado a Su Padre.

Entonces el propósito del cuento del ego es hacer que el Hijo acabe por no confiar en el Espíritu Santo y darle la espalda. Así que el ego le cuenta al Hijo esta historia:

Has hecho algo muy malo al separarte de tu Creador y tu Fuente. Allí tenías a este Padre perfectamente amoroso que era puro amor y compartía totalmente ese amor contigo. No se reservaba nada; lo que era del Padre era del Hijo. El Padre era perfecto Amor, así que el Hijo era perfecto Amor. Pero le diste la espalda a ese Amor y le dijiste de forma inequívoca a Dios que querías algo más que todo lo que Él te daba. Le dijiste a Dios que Su Amor no era suficiente, que Su Cielo no era suficiente.

Podríamos aderezar el cuento de muchas maneras: que el Hijo le dijera al Padre que el Cielo era aburrido y que se le antojaba un poco más de emoción; que el Hijo estuviera celoso y quisiera algo de lo que Dios tenía. Todos estos solo son distintos símbolos o metáforas para tratar de explicar en términos entendibles lo que pareció suceder en el momento de la separación que se transformó en el sueño que es este mundo. Pero lo fundamental es que el ego le da un nombre a este acto y es un nombre sucio, una palabra sucia: pecado. El ego le dice al Hijo:

Le has hecho algo pecaminoso a tu Padre. Él era totalmente amoroso y te dio todo. Lo tenías todo; todo lo que Él tenía tú lo tenías. Eras totalmente uno con él. Pero le diste la espalda y le dijiste: «Esto no es suficiente. Quiero algo más». Eso no fue muy amable de tu parte. De hecho, es pecaminoso y como consecuencia de tu pecado deberías sentirte culpable.

Este es el comienzo de toda la culpabilidad, que podríamos traducir libremente como el odio a uno mismo. Terminamos odiándonos a nosotros mismos debido al terrible pecado que creemos haber cometido. La culpabilidad se sigue automáticamente del pecado y es básicamente el equivalente psicológico del pensamiento del pecado. El ego le dice al Hijo de Dios: «Has pecado contra tu Padre y mereces sentirte culpable por lo que has hecho». Esto conduce inevitablemente al tercer miembro de esta trinidad no santa. Ahora se le dice al Hijo:

Debido a lo que hiciste, porque robaste algo del Cielo y en esencia destruiste a Dios al proclamarte Dios cuando dijiste: «Soy creado por mí mismo en vez de ser lo creado. Estoy por mi cuenta, me he independizado y separado de mi Creador», Dios está muy enojado. Cuando se recuperó de la conmoción por lo que habías hecho, que le habías robado, se dio cuenta de lo que había sucedido y ahora lo único que quiere es venganza.

Entonces el ego le dice al Hijo de Dios:

Sabes, ese Espíritu Santo Quien está presente en tu mente, Quien solo parece hablar del Amor de Dios y te dice que no pasó nada, que Dios ni siquiera sabe que te has ido, no le creas ni una palabra de lo que dice. No es de fiar, porque Dios lo envió. Él es el general de Dios, a Quien Dios ordenó que se infiltrara en tu mente para atraparte, capturarte y devolverte al Cielo para que se te pueda castigar como mereces, lo que por supuesto significa tu aniquilación.

Este es el comienzo del miedo; de aquí proviene el «temor de Dios». Los que han trabajado con el Curso durante algún tiempo saben que el cuarto y último obstáculo a la paz es el temor de Dios (T-19.IV.D). Este es su origen. Comienza con la idea de que hemos pecado contra Dios, que nuestra culpabilidad por lo que hemos hecho es abrumadora y exige que seamos castigados. El ego advierte:

Esta Presencia del Amor de Dios en tu mente es el agente castigador de Dios. De hecho, por eso Dios le ordenó que se infiltrara en tu sueño, para que Él te capturara y te llevara de regreso. Si le crees la mentira, te va a seducir ¡y entonces sí que lo vas a lamentar!

Ese es el cuento del ego. Significa que el Amor de Dios, que el Espíritu Santo representa como el recuerdo del Amor de Dios en nuestro sueño, se convierte en otra cosa, en la ira de Dios. El cuento del ego ha hecho que el Dios verdadero sea inexistente porque ahora el Amor de Dios se ha convertido en lo contrario. El Amor de Dios se ve lleno de ira y venganza, y el Hijo es el objeto de esta ira. Por supuesto que de aquí provienen todos los terribles pasajes de la «ira de Dios», tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. No tienen nada que ver con el Dios amoroso Quien nos creó y a Quien nunca abandonamos. Pero tienen todo que ver con el cuento del ego.

Básicamente, con algunas excepciones por supuesto, la historia y la visión de Dios que obtenemos en la Biblia es la de este dios del ego. Es realmente un dios del especialismo: es amable cuando le das lo que quiere, pero cuando no lo haces se vuelve loco y mata. Ese es el dios del ego, que es lo que la ira de Dios representa; y eso es lo que el ego ha hecho del Espíritu Santo también. Entonces esa es la elección con la que el tomador de decisiones —el Hijo de Dios— se enfrenta: o bien le cree al Espíritu Santo que representa el principio de la Expiación y le dice que no ha pasado nada, que el Hijo nunca abandonó a su Padre y esto solo es un mal sueño; o se cree el cuento del ego de que la separación efectivamente sucedió: el Hijo se robó «las joyas de la familia», se apropió de todo el poder de Dios. Dios está que echa chispas y ha enviado a su secuaz, el Espíritu Santo, para encontrar al Hijo y traerlo de regreso. Ese es el cuento del ego.

Ahora por razones que nunca podrán explicarse el Hijo de Dios tomó la decisión equivocada. Se volvió hacia el ego y en esencia le dio la espalda al Espíritu Santo.