La metafísica de la separación y el perdón

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte III

Quiero retomar el desarrollo del sistema del ego, pero ahora centrándome específicamente en la noción de la separación. Otro término que podemos utilizar para la separación es desgajamiento. Básicamente todo lo que he dicho puede resumirse como una secuencia de cuatro desgajamientos o cuatro separaciones. Si entienden esto será más fácil captar por qué el Curso habla del perdón como lo hace y por qué Jesús habla mucho de integrarnos.

El primer desgajamiento, o la primera separación, se produce cuando la diminuta idea loca parece ocurrir y la única Mente ahora parece coexistir con una mente separada. Así que el primer desgajamiento, la primera separación, es la de la mente que se separa de la Mente. En el Comienzo —la mayúscula nos ayuda a comprender que estamos hablando de un estado intemporal eterno— solo había la Mente totalmente unificada de Dios y de Cristo. Una vez que el sueño pareció ocurrir, parecía que había dos mentes, la Mente y la mente: la Mente de Cristo y la mente desgajada.

El segundo desgajamiento, o la segunda separación, se produce a continuación cuando la mente desgajada misma se separa y se desgaja. Ahora la mente desgajada tiene dos partes: la parte donde está el ego y la parte donde está el Espíritu Santo. Con el primer desgajamiento la mente parece existir como separada y desgajada de la Mente, lo que parece establecer que la mente opera por cuenta propia. Tiene una existencia independiente de la Mente de Cristo y obviamente independiente de Dios. Entonces esa mente se desgaja en dos: lo que el Curso llama la mente errónea y la mente correcta. La mente errónea contiene el pensamiento de separación del ego; la mente correcta contiene el pensamiento de Expiación del Espíritu Santo que afirma que la separación nunca ocurrió.

Estoy hablando de esto como si ocurriera en una secuencia, tal como antes cuando describí el desarrollo del sistema del ego y parecía sugerir una secuencia. En realidad, nada de esto sucede en una secuencia, no transcurre en un intervalo de tiempo o espacio. Lo que estamos viendo aquí, y se aclarará aún más a medida que continuemos, es que el pensamiento de separación del ego sigue la misma ley que el Pensamiento de Dios. Los pensamientos son totalmente diferentes, pero el principio es el mismo. El Amor de Dios se extiende simplemente a Sí Mismo. Como el Amor de Dios es perfectamente unificado, pleno y eterno, Su Amor continúa extendiéndose y se convierte en Su Amor Mismo. Esto no tiene sentido aquí para nosotros, pero el principio es que el amor simplemente se extiende a sí mismo.

El pensamiento del ego sigue la misma ley de la mente: extensión (Dios, el Espíritu Santo) o proyección (ego). Como el pensamiento del ego es un pensamiento de separación, división y fragmentación, eso es lo que continúa extendiendo o proyectando. Lo único que estoy haciendo ahora es describir ese proceso. Así que la primera separación consiste en que la mente se separa de la Mente. La segunda separación ocurre al interior de la mente que ahora parece ser dos mentes. Como vimos anteriormente, el Hijo de Dios en tanto tomador de decisiones se integra al ego y cree que se ha convertido en ese yo pecador y culpable que merece ser castigado. Eso justifica su miedo.

Ahora es cuando sucede el tercer desgajamiento. Después de que la mente se desgaja primero de la Mente y luego se desgaja entre la mente errónea y la mente correcta, ahora la mente errónea misma se desgaja. Este es el tercer desgajamiento y es extremadamente importante que se entienda este paso. Tenemos este yo pecador y separado que indicaré con una línea vertical (ver el diagrama). Este es el Hijo de Dios que se experimenta a sí mismo como la morada del pecado y la culpabilidad, como una criatura pecaminosa y culpable. El ego le dice al Hijo que puede escapar del pecado y la culpabilidad, desgajándose en dos. Así es que el yo se desgaja en dos: se desgaja hacia la ira de Dios. Este es el nacimiento del miedo. El Hijo comienza como pecaminoso y culpable; entonces se desgaja a sí mismo, al proyectar la culpabilidad, así que ahora parece haber un ser separado. Donde antes solo había un único yo en la mente identificada con el ego —el yo pecador y culpable— ahora hay dos yos. Estos constituyen el elenco de personajes en el campo de batalla: el Hijo pecaminoso y culpable que ahora cree estar en guerra con su Padre iracundo y demente. Por supuesto que en realidad no hay ningún Padre iracundo y demente; todo el asunto es inventado. Es una parte desgajada de la mente del Hijo, que parece estar fuera de ella.

Básicamente eso es la proyección. Tomamos simplemente algo del interior, lo ponemos fuera de nosotros y entonces olvidamos lo que hemos hecho. Lo que parece estar fuera de nosotros, en realidad aún forma parte de nuestras mentes. El efecto y la causa siempre permanecen unidos: las ideas nunca abandonan su fuente. Creemos que hay algo fuera de nosotros, pero es simplemente una proyección de lo que está dentro de nosotros. Este yo culpable y pecaminoso que es el Hijo se ha desgajado en dos, y ahora el pecado y la culpabilidad —la parte del yo que el hijo odiaba— parecen estar fuera del yo, colocados en un yo que ha surgido repentinamente. La culpabilidad ya no está dentro del Hijo. Se ha proyectado sobre el Padre; ahora este Padre —este Dios iracundo y vengativo— es el «matón». Él es Quien ataca, Quien está lleno de venganza. Él se ha convertido en el victimario.

En realidad, el Hijo cree que él es el victimario porque cree que ha victimizado a Dios. Dios es realmente la víctima. Por eso el Hijo es pecaminoso y se siente culpable. Pero una vez que el Hijo proyecta el pecado y la culpabilidad, Dios se convierte en el matón. Dios se convierte en el victimario y ahora el Hijo es la víctima inocente. Eso es lo que se encuentra en el gran mito occidental de Adán y Eva. Al final de este relato bíblico Dios es el matón. Él es el que castiga y ¡vaya castigo! Destruye a Sus propios hijos, les dice que morirán y entonces los expulsa de Su Reino. Obviamente un Dios amoroso no se conduce así.

Este maravilloso relato bíblico describe en términos gráficos el sistema de pensamiento del ego y cómo surgió. Dios acaba por tener todos los atributos del Hijo pecaminoso y culpable. Claro que tiene todos los atributos del Hijo pecaminoso y culpable porque Él es el Hijo pecaminoso y culpable. Es simplemente una parte desgajada de la mente del Hijo: el tercer desgajamiento. No hay un campo de batalla en la mente del Hijo. Todo el asunto es inventado. Para empezar, en otro nivel no hay ningún Hijo pecaminoso y culpable. Eso también es inventado.

Lo que comenzó como un solo yo ahora se ha desgajado en dos, tal como una célula se divide a través de la mitosis. El ego se ha desgajado y el Hijo olvida qué fue lo que él desgajó. Una de las características de toda esta procesión de desgajamientos es que, debido al velo de la negación (ver el diagrama), una vez que el Hijo se desgaja, olvida de dónde se desgajó. Cuando la mente nace, olvida cómo es la Mente de Cristo y la Mente de Dios. Lo único que sabe es que está por su cuenta. Ese es el primer desgajamiento. Una vez que la mente desgajada se desgaja y el Hijo elige al ego, el Hijo se olvida del Espíritu Santo. El Hijo se identifica con aquello hacia lo que se desgaja y olvida aquello de lo que se desgaja.

Con el tercer desgajamiento el Hijo de Dios olvida que él es pecaminoso y culpable, porque el pecado y la culpabilidad descansan sobre lo que se ha colocado fuera de él. El pecado y la culpabilidad ahora descansan sobre el Padre, a Quien se considera el vengador, el que ataca, el victimario. Aquello hacia lo que se desgaja se recuerda y aquello de lo que se desgaja se olvida. Es importante tener en cuenta que no hay nadie fuera del Hijo. El Dios a Quien se ve como externo, Quien tiene el poder de lastimar y victimizar, literalmente no existe. Él es simplemente una parte desgajada de la mente del Hijo. Asimismo, el yo pecador y culpable no existe; todo el asunto es inventado. El ego tan solo sigue desgajándose. Aquello de lo que se desgaja es inventado y aquello hacia lo que se desgaja es inventado. Pero aquello hacia lo que el Hijo se desgaja se vuelve más atemorizador que aquello de lo que se desgajó: cada paso sucesivo trae consigo un nuevo temor que requiere una nueva defensa que implica otro desgajamiento.

Esto nos lleva al cuarto y último desgajamiento.

Una vez que el ego se ha desgajado en dos, con el Hijo ahora como la víctima inocente a merced del Padre —este Dios victimario que lo destruirá—, lo único que el Hijo puede hacer es echarse a correr. Así es que ahora viene el cuarto y último desgajamiento donde la mente se desgaja de sí misma al fabricar un cuerpo desgajado de la mente. Con este desgajamiento encontramos una explosión increíble que es una metáfora para describir la fragmentación del único Hijo de Dios en millones y billones y quintillones de pedazos. No hay un número lo suficientemente grande para describir y abarcar lo que este desgajamiento ha llevado consigo. Veamos una parte del texto que trata sobre esto, la sección que se titula «El sustituto de la realidad» (T-18.I.4:1-3). Es probable que esta sección sea el mejor relato en el Curso del origen del mundo; y es probable que la última sección de este capítulo, «Los dos mundos», sea la mejor explicación en el Curso del propósito del mundo: ocultar nuestra culpabilidad.

Tú que crees que Dios es miedo tan solo llevaste a cabo una sustitución. 

Cuando creemos que Dios es miedo, que es lo que el ego nos ha dicho, hemos hecho una sola sustitución; ha habido una sola equivocación. Sustituimos el sistema de pensamiento del Espíritu Santo por el del ego. Hubo una sola equivocación, una sola sustitución.

Esta ha adoptado muchas formas porque fue la sustitución de la verdad por la ilusión; la de la plenitud por la fragmentación. Dicha sustitución a su vez ha sido tan desmenuzada y subdividida y dividida de nuevo una y otra vez, que resulta casi imposible percibir que una vez fue una sola, y sigue siendo lo que siempre fue.

Este pasaje muy importante describe el cuarto y último desgajamiento, cuando la mente se desgaja de sí misma y se convierte en un cuerpo, al fragmentarse una y otra vez. Es como si todo el infierno se desatara. Ese único pensamiento del ego, ese único Hijo de Dios, se fragmenta en billones y billones de pedazos. El mundo resultante se convierte en un escondite muy efectivo, un recurso de distracción y una cortina de humo, porque venimos a dar en lo que los hindúes denominan el «mundo de la multiplicidad». Este mundo se vuelve tan increíblemente complicado, tan increíblemente vasto, que es casi imposible concebir que el error «una vez fue uno solo, y sigue siendo lo que siempre fue». No ha cambiado nada. Se cometió un solo error: el Hijo de Dios se volvió hacia el ego en lugar del Espíritu Santo. Ese error, cada mente fragmentada y cada cuerpo fragmentado lo lleva dentro de sí. Cada uno lleva dentro ese único error.

Cada uno de nosotros también lleva dentro la capacidad de hacer otra elección. Básicamente el Curso considera que la mente desgajada —especialmente como la experimentamos aquí— es holográfica, aunque Jesús nunca utiliza ese término. Una de las características principales de un holograma es que el todo se encuentra en cada parte. Cualquier parte o fragmento de una imagen holográfica contiene la totalidad de la imagen. Puedes reproducir una imagen completa a partir de un solo fragmento. Cada diminuto fragmento que cada uno de nosotros representa contiene todo el sistema de pensamiento del ego, el sistema de pensamiento del Espíritu Santo y la capacidad del tomador de decisiones para elegir uno o el otro. Pero todo proviene de este proceso de desgajamiento, en el que desgajamos continuamente uno del otro.

Permítanme repasar una vez más los desgajamientos. Primero la mente se desgaja de la Mente y olvida de dónde provino. Entonces la mente se desgaja en dos: el tomador de decisiones elige al ego, o la parte que es la mente errónea, y olvida al Espíritu Santo, o la parte que es la mente correcta. Entonces la mente errónea, que consiste en el pecado y la culpabilidad, se desgaja en dos: un pecaminoso Hijo culpable y un Padre iracundo. Pero el Padre iracundo ha asumido los atributos del pecaminoso Hijo culpable. Así que el Hijo olvida que él es realmente culpable. Lo que era uno ahora parece que son dos, excepto que lo que parece el otro ser es simplemente una parte desgajada del único yo. Finalmente, estos dos yos se desgajan, y la aparente realidad desgajada que es un campo de batalla en nuestras mentes ahora toma forma fuera de nosotros y el mundo entero parece un campo de batalla. Pero, si el campo de batalla en mi mente es un conflicto entre dos seres que en realidad constituyen un solo ser aparentemente desgajado en dos, significa que el campo de batalla que experimento aquí en el mundo, donde yo soy la víctima y tú eres el victimario, simplemente comprende partes desgajadas de mi único yo.

En el Curso, cuando Jesús dice que tu hermano es tu yo, lo dice literalmente. Hay muchos pasajes en el Curso que deben tomarse en sentido metafórico, por ejemplo, donde Jesús dice que Dios se siente solo sin Sus hijos (T-2.III.5:11), que llora por ellos (T-5.VII.4:5) y que Dios nos dio el Espíritu Santo en respuesta a la separación (por ejemplo, T-5.II.2:5). Estas son metáforas que no deben tomarse al pie de la letra. Pero, cuando Jesús dice que tu hermano es una parte de ti, lo dice literalmente; los desgajamientos explican por qué esto es así. El Dios iracundo y vengativo, Quien creemos que es el victimario que nos hace su víctima, es realmente una parte desgajada de nosotros mismos. Ese pensamiento está sepultado en la mente tras el velo de la negación. Proyectamos ese pensamiento e inventamos un mundo. El desgajamiento entre víctima y victimario en la mente —el campo de batalla— se ve fuera de la mente. Pero el principio es exactamente el mismo porque no ha cambiado nada. Mi cuerpo victimizado que está fuera de mi mente parece presa de tu cuerpo —el victimario— que también está fuera de mi mente. Pero ambos forman parte de mi único yo.

Así es que básicamente el perdón significa que estoy perdonando lo que nunca sucedió: nunca nos desgajamos. Cuando el Curso habla de sanar las relaciones —cambiar una relación especial a una relación santa con mi pareja especial— quiere decir que la persona especial en la que he invertido tanto odio o tanta necesidad es literalmente una parte desgajada de mí mismo. Me estoy integrando literalmente conmigo mismo —no con el yo que tiene un nombre— porque la persona con la que me identifico como la víctima y la persona a la que identifico como el victimario somos realmente partes desgajadas de un yo más grande. Todo el mensaje y todo el plan del Curso —en la medida en que podamos hablar de un plan, pues Jesús no tiene un plan como tal— es que nos reunifiquemos gradualmente con todos aquellos de quienes nos hemos desgajado. Ese es el círculo de la Expiación. Por eso el Curso pone gran énfasis en integrarnos uno con otro. Esa integración no es a nivel físico: no es una integración entre dos personas. Es recordar que somos realmente partes de un yo más grande. Cuando me reintegro contigo, lo que significa que ya no te veo como el victimario, debo estar haciendo lo mismo con Dios porque en realidad estoy huyendo del Dios desgajado que inventé. Toda la dinámica de proyectar mi culpabilidad sobre otro ser que inventé literalmente —y creo que es Dios— se reprime y luego se ve afuera.

Pasemos a un párrafo en «El soñador del sueño» en el capítulo 27 del texto que explica esta idea con una claridad asombrosa. Al comienzo del párrafo 15, Jesús dice: «Sueña dulcemente con tu hermano inocente, quien se une a ti en santa inocencia». Entonces al final dice: «Él [tu hermano] representa a su Padre [tu hermano representa a Dios], a Quien ves ofreciéndote tanto la vida como la muerte» (T-27.VII.15:1,7). Parece que me está ofreciendo tanto la vida como la muerte porque tengo una mente desgajada. Mi ego me dice que Dios me está ofreciendo la muerte. El Espíritu Santo dice que Dios me está ofreciendo la vida. Como este es el desgajamiento en mi mente, que he hecho real en el mundo, cualquier persona con la que me esté relacionando llevará las mismas cualidades que proyecté sobre Dios. Estoy recreando el desgajamiento que todos llevamos a cabo cuando desgajamos nuestro yo pecador y culpable y lo colocamos sobre Dios. Entonces tú te conviertes en la representación de Dios para mí. Como Dios representa la vida o la muerte para mí, así también te veo a ti. Entonces Jesús dice: «Hermano, lo único que Él da es la vida». Dios únicamente da la vida: tan solo es otra declaración del principio de la Expiación. Jesús continúa: «Sin embargo, los regalos que crees que tu hermano te ofrece representan los regalos que sueñas que tu Padre te hace a ti» (T-27.VII.16:1-2).

Con este pasaje podemos comenzar a ver la conexión que mencioné justo al principio entre la metafísica del Curso y su énfasis muy práctico en cómo vivimos uno con otro. Todo es lo mismo. Podemos comenzar a entender por qué el perdón es central en el Curso y por qué es importante que reconozcamos nuestro odio y todo el especialismo que sentimos uno hacia otro. Son un reflejo del odio original que sentimos hacia Dios. No tengo que ponerme en contacto con ese odio original. Solo tengo que reconocer que, al sentirme victimizado por ti, estoy recreando el tercer desgajamiento en el que me sentía victimizado por Dios. Si puedo sanar mi relación contigo, lo que significa simplemente cambiar mi decisión en la mente (retomaremos esto en breve), en realidad estoy sanando mi relación con Dios, porque es el mismo problema.

Todo es el mismo problema. No importa cuántas veces yo desgaje y fragmente la sustitución, sigue siendo lo que siempre fue. La inmensa importancia de ese pasaje de «El sustituto de la realidad» es que muestra con gran claridad que el problema siempre sigue siendo el mismo. Sigue siendo un solo problema a pesar de que parezca presentarse en un sinnúmero de relaciones, cada una con sus propios problemas. Hay una sola relación. Comienza cuando me veo como culpable por haber escuchado al ego en lugar del Espíritu Santo. Esa culpabilidad es tan horrible que la desgajo y la veo fuera de mí. Pero eso a su vez se vuelve horrible porque significa que Dios me matará. Así es que eso lo desgajo; hago como que nunca sucedió. Invento un mundo poblado con miles de millones de cuerpos. Con todos y cada uno de esos fragmentos recreo el mismo problema que tengo con Dios: me considero una víctima inocente de lo que otra persona ha hecho. La relación viene en forma de odio especial o de amor especial, pero siempre acaba igual.

No tengo que remontarme en mi mente a mi relación con Dios. Simplemente tengo que optar por dejar que Jesús me ayude a mirar el desgajamiento. (Comentaremos esto un poco más adelante). Jesús me ayuda a entender que el problema no eres tú. El problema es que he desgajado algo en mí mismo que no quiero mirar. Por lo tanto, lo veo en ti. Si puedo decir que tu pecado aparente no tiene ningún efecto en mí, estoy diciendo en esencia que no existes fuera de mí. Así que en realidad estoy empezando a reintegrarme conmigo mismo.

Algunos de los antiguos textos gnósticos describen a Jesús hablando de cómo él «se está recobrando» o «se está reunificando consigo mismo», de cómo está «recolectando todos los fragmentos y reunificándolos dentro de sí». Esas fueron formas muy brillantes de describir este proceso a través del cual todos acabaremos como un mismo yo. En el Curso el concepto del Segundo Advenimiento consiste en que todos los fragmentos aparentemente separados de la Filiación se reunificarán como un solo Hijo.

El proceso comienza esté donde esté, cuando sienta que existe alguien fuera de mí que puede lastimarme o salvarme; no importa, es el mismo error. Quiero aprender que todo lo que yo vea afuera es una parte desgajada de mí mismo. Al perdonarte e integrarme contigo, realmente me estoy integrando conmigo mismo.