La metafísica de la separación y el perdón

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte IV

Puede que resulte útil contrastar el proceso del Curso de sanar nuestra relación con Dios con un proceso que refleje otras enseñanzas espirituales. De ahí que la gente diga con frecuencia que experimentan sentirse mucho más cerca de Dios a través de la naturaleza; por ejemplo, simplemente caminando por el bosque en un día hermoso.

Es difícil escapar de este problema típico y común porque tenemos una visión muy idealizada de la naturaleza. Podemos entender que Dios no tenga nada que ver con la ciudad de Nueva York ni con los trenes subterráneos ni con los taxis ni con el SIDA ni con las bombas o ese tipo de cosas. Pero pensamos que, con el hermoso bosque, con un hermoso árbol, con una puesta de sol espectacular, con este precioso lago, obviamente Él tuvo que haber tenido algo que ver.

Mas estos tan solo forman parte de la cortina de humo del ego. Sabemos que algo es del ego si está fuera de nosotros. Una manera útil de siempre distinguir si es del ego es la siguiente: ¿Qué sucede si hay un incendio forestal y el hermoso bosque desaparece? ¿Y si me rompo las dos piernas y no puedo pasear en el bosque? ¿O si el día está terrible, está helando, está cayendo aguanieve o está nevando y no puedo ir? ¿Significa eso que no puedo tener la paz de Dios? Sé que es una relación especial cuando digo que mi paz interior, que sentirme feliz, depende de que algo fuera de mí esté de cierta manera.

Eso no significa que la gente deba sentirse culpable porque disfruta de un agradable paseo por el bosque; ni que los que estamos aquí en la Fundación debamos sentirnos culpables por estar en un lugar tan bonito como este. Pero cuando el lugar bonito se convierte en un sustituto del Amor de Dios o del Amor del Espíritu Santo en nuestras mentes, sabemos que hemos cometido un error. Si lo que tenemos es externo tendremos miedo de que en algún momento nos lo quiten. Entonces sentiremos que Dios o el mundo terrible nos están privando de ello. De manera similar quizás pensemos que la civilización está estropeando esta finca hermosa y somos sus víctimas. En la dinámica de víctima y victimario siempre acabaremos como la víctima.

El verdadero valor de caminar en el hermoso bosque es que nos recuerda que el Amor de Dios está dentro de nosotros. Así que un hermoso paraje natural sería para nosotros —como obviamente para mucha gente— un símbolo del Amor de Dios. Eso no tiene nada de malo siempre y cuando no confundamos el símbolo con la realidad, por la razón que acabo de dar. ¿Qué pasa si por alguna razón no podemos salir a pasear por el hermoso bosque? ¿Significa eso que no tendremos el Amor de Dios dentro de nosotros? Pero como vivimos en un mundo de símbolos —de hecho, nosotros mismos somos un símbolo, un símbolo de este sistema de pensamiento— necesitamos otros símbolos que nos representen esa otra opción. Un curso de milagros puede ser semejante símbolo. Podríamos sustituir un paseo en el hermoso bosque por el Curso. Podría tomar la forma de un pensamiento como el siguiente: «Me siento terrible y deprimido, pero si leo mi lección diaria del libro de ejercicios me siento de maravilla».

Ahora bien, también puedo caer en una trampa del especialismo con esto a menos que vea el libro de ejercicios o el Curso de la manera que veo la caminata en el bosque: como un simple recordatorio de que hay un lugar en mi mente donde puedo elegir. La lección del libro de ejercicios o la caminata en el bosque simplemente se convierte en una forma de adentrarme en mí mismo para que pueda sentir la paz de Dios independientemente de dónde me encuentre o qué esté haciendo.

Para el ego, el mundo es una prisión en la que estamos atrapados como una forma de escondernos de la ira de Dios. Pero al final Dios nos va a atrapar de todos modos porque todos nos morimos. No hay salida y antes de que Dios me atrape tú me atraparás porque todos quieren robarme lo que inconscientemente creo que yo les robé.

Para el Espíritu Santo el mundo es un aula. Las mismas relaciones, los mismos objetos de especialismo que mi ego utilizó para convencerme de que no tengo una mente y de que este mundo es una prisión y un campo de batalla, ahora me pueden servir para darme cuenta de que el mundo es realmente un espejo que me refleja el conflicto en mi mente que yo ni siquiera sabía que existía. Así es que sentirme tranquilo al caminar en el bosque podría ser el recordatorio de que hay otro sistema de pensamiento en mi mente, no solo un sistema de pensamiento de ira, depresión, culpa, ansiedad y conflicto, sino un sistema de amor y paz. El error es cuando asocio el amor y la paz con el hermoso bosque. El simple hecho de ver el hermoso bosque como un símbolo que me recuerda lo que hay dentro de mí hace que el bosque sea «algo santo». Eso también puede convertir a Auschwitz en algo santo; la forma externa no importa. Lo que lo hace un símbolo santo es que tiene el propósito de ser un aula de clases que permite que el milagro me conduzca de nuevo a mi mente, donde ahora puedo hacer una elección diferente.

Si decido dar un paseo por el bosque o decido leer una lección del libro de ejercicios la decisión de recordar el Amor de Dios ya fue tomada. Entonces doy un paseo por el bosque o hago una lección y veo el recordatorio. En otras palabras, no estaría abierto a sentirme feliz y tranquilo caminando por el bosque o leyendo las lecciones del libro de ejercicios si no hubiera tomado primero la decisión de integrarme con el Espíritu Santo o con Jesús. Entonces lo externo se convierte en un símbolo o un reflejo de esa decisión. Parecen ocurrir en una secuencia, pero en realidad no es así. Todo sucede a la vez.

Comencé este taller diciendo que lo que hace que el Curso sea único como un camino espiritual, lo que no quiere decir que sea el único o el mejor, sino simplemente único, es que integra esta visión primordial de la relación entre el ego y Dios, entre el mundo y Dios, con pautas prácticas muy específicas para vivir en el mundo. De eso quiero hablar ahora.

En realidad, no importa cómo hemos llegado hasta aquí. Lo que importa es que todos tenemos la experiencia de estar aquí. El valor de entender la metafísica es simplemente que aclara por qué nos empeñamos en hacer las mismas cosas tontas una y otra vez. Aclara por qué tenemos muchos problemas para conocer realmente Quién es Dios y tener una imagen de Dios diáfana y libre de todas las proyecciones que el mundo —y nosotros— hemos puesto sobre Él. Explica que lo que creemos que le hicimos a Dios es lo que creemos que nos estamos haciendo uno a otro. Así es que no tenemos que saber por qué estamos aquí ni cómo llegamos. Lo único que tenemos que saber es que estamos aquí y que existen dos propósitos para que estemos aquí: uno es el del ego y el otro es el del Espíritu Santo.

El propósito del ego es establecer continuamente que la victimización es real. Ese es el principio del mundo: «uno o el otro», «mata o te matarán», «tú o yo». Este mundo es un campo de batalla y es una guerra que sé que perderé inevitablemente porque todos perdemos; todos nos morimos. El ego interpreta la muerte como el castigo que Dios nos da por lo que hicimos. En lo más recóndito de nuestras mentes todos creemos que le robamos la vida a Dios, que tomamos esa vida y la escondimos en nuestros cuerpos. El cuerpo es el microcosmos del mundo como escondite. Por lo tanto, cuando Dios acabe por dar con nosotros, como inevitablemente lo hará, Él nos robará lo que nosotros le robamos. Cuando Dios recupera esa vida, la vida sale de nosotros. Eso es lo que llamamos la muerte.

La versión de la muerte interpretada por el ego es exactamente lo que se encuentra en el relato de Adán y Eva. Todo el concepto de una vida en el más allá existe para que Dios no solo me pueda castigar aquí matándome, sino para que luego me pueda castigar después de la muerte expulsándome del Cielo. El mito de Adán y Eva es notable como una descripción del sistema de pensamiento del ego: Dios no solo me mata en el cuerpo, sino que luego me persigue a través del infierno. Me mantiene fuera de Su Reino. El ego ve este mundo como una prisión de la que nunca escaparemos. Mientras estamos aquí tratamos desesperadamente de postergar lo inevitable. Por eso a las personas en algunos ámbitos de la Nueva Era les gusta pensar que sus cuerpos podrían volverse inmortales. Es su manera de tratar de mantener a raya la ira de Dios. No estoy diciendo necesariamente que esa no sea una idea útil si es lo que les funciona, pero eso no es lo que el Curso enseña. El Curso preguntaría: ¿por qué querría alguien quedarse aquí?

Entonces el mundo es una prisión en la que tratamos de conseguir cuantas míseras migajas podamos; y cuando conseguimos esas migajas alguien tiene que prescindir de ellas. Siempre es la ley de la selva: o uno o el otro. Por eso nuestra culpa es tan fuerte. El especialismo —en el que no hemos profundizado porque nos llevaría demasiado tiempo— es el término del Curso para la dinámica del ego de tratar de robar a otro lo que siento que es legítimamente mío. Si es un hurto patente es odio especial, tan solo te ataco y te mato. Hago lo que tenga que hacer para conseguir lo que quiero. Si el hurto es sutil y manipulador es amor especial: parece que te amo, pero de todas formas te robo algo. Solo parezco cariñoso y amable para que no me ataques. Tú me estás haciendo lo que yo te estoy haciendo: es la versión del ego de un matrimonio feliz. Ambos estamos haciendo pactos de amor especial; y del altar —la metáfora del Curso para el lugar en nuestra mente donde escenificamos nuestra relación— chorrean gotas de sangre.

La versión del mundo desde la perspectiva del ego no tiene salida, pues por muy exitosos que seamos aquí, nuestros egos dirán que lo que tenemos lo hemos robado y al final Dios lo recuperará. Obviamente como nos morimos sabemos que el ego tiene razón. Así que no hay esperanza. Por eso el Curso dice que el sistema de pensamiento del ego es a prueba de todo (T-5.VI.10:6). Una vez atrapados en él no tiene salida. Pero este sistema de pensamiento no está hecho a prueba de Dios porque hay otra forma de mirarlo. Aquí es donde entra en juego el aspecto práctico del Curso. Como estudiantes del Curso se nos pide que seamos cada vez más conscientes de nuestro sistema de pensamiento del ego para que aprendamos a no tenerle miedo. El problema desde el principio cuando el ego nos contó su cuento de lo pecaminosos y culpables que éramos fue que escuchamos cuando el ego dijo: «Esto es tan horrible que nunca debes volver a mirarlo».

En uno de los pasajes del Curso Jesús dice que hemos hecho un pacto con el ego en el que juramos que nunca lo miraríamos (T-19.IV.D.3:3). El ego nos pinta este cuadro terrible en nuestras mentes: le hemos robado a Dios, lo hemos matado y Él a Su vez nos va a matar. Entonces el ego dice: «Es tan terrible que no debes volver a mirarlo nunca más. Simplemente bórralo de tu memoria. Lo proyectaremos en el mundo y veremos el mismo escenario, pero estará fuera de nosotros. ¡No será nosotros!».

Jesús nos dice que debemos ser conscientes de que eso es lo que hemos hecho. El problema no solo es que elegimos al ego, sino que juramos que nunca lo miraríamos. A través del Curso Jesús nos ayuda a comenzar el proceso de mirar. Quiero comenzar a mirar mi ego y todos mis pensamientos de especialismo: todas las formas en que quiero canibalizarte en nombre del amor, todas las formas en que quiero matarte en nombre de la justa indignación, todas las formas en que quiero sentirme como una víctima a expensas de otra persona; y me regocijo con la idea de que otros sean víctimas, pues así puedo culpar a quien los hizo sufrir, sea una figura política, una figura internacional o un miembro de mi familia. Cuando pueda ver todo esto sin sentirme culpable, sin tenerle miedo ni juzgarme por ello, estaré comenzando el proceso de deshacer el ego.

Mirar a mi ego sin juzgar significa que no estoy mirando con mi ego porque el ego no puede mirar sin juzgar. Eso es lo que es el ego: un pensamiento prejuicioso. Si puedo ver a mi ego en acción, con toda su fealdad y carácter asesino, y darme cuenta de que eso no es lo que soy, aunque en este momento esté eligiendo identificarme con eso, entonces debo estar mirando con Jesús en lugar de mirar con mi ego. Mi ego nunca miraría sin juzgar; si estoy mirando sin juzgar no puedo estar mirando con mi ego. Este es el principio del fin del sistema de pensamiento del ego porque estoy siguiendo la línea del milagro (ver el diagrama). Estoy volviendo al punto de elección en mi mente y estoy haciendo otra elección. Estoy diciendo que ya no tengo que temer el sistema de pensamiento de mi ego. El valor del Curso es que nos recuerda esa elección. Jesús dedica mucho tiempo a describir el sistema de pensamiento del ego, no porque sea real, no porque sea verdad, no porque haya hecho nada, sino porque nosotros creemos que es real. Creemos que el ego ha logrado lo imposible. Por lo tanto, tenemos que volver atrás y mirarlo y finalmente darnos cuenta de que no es nada. No es un león rugiente, es un ratón asustado (T-21.VII.3:11). Es una pizca de nada, una «diminuta idea loca».

Cuando puedo mirar a mi ego con el amor de Jesús a mi lado, estoy comenzando el proceso de cambiar mi decisión en la mente y volver al Espíritu Santo. Eso es el perdón. El valor del mundo como un aula de clases es que me muestra lo que nunca supe que existía en mi mente. Veo todo el horror a mi alrededor y veo cómo lo hago real, identificándome con el horror o sintiendo repulsión hacia él. Veo todo el horror en mí: todas las formas en que el especialismo ha gobernado mi vida. Me doy cuenta, al verlo fuera de mí —en tu cuerpo o en el mío— de que es una proyección de lo que está dentro de mí. Una vez que sé que está dentro de mí, puedo mirarlo con Jesús a mi lado y no tengo que juzgarlo. No tengo que cambiar mi ego. No tengo que luchar contra él. No tengo que sentirme culpable por él. Simplemente tengo que mirarlo sin juzgar.

Mirar al ego un instante sin juzgar es lo que el Curso llama el instante santo. En el instante santo me estoy integrando con el Espíritu Santo o con Jesús. Es un error considerar que el papel de Jesús o el Espíritu Santo es solucionar los problemas en el mundo porque si ese fuera Su papel serían tan dementes como nosotros. Hemos inventado problemas en el mundo —no importa si estemos hablando de no encontrar un espacio para estacionar mi carro o de tener SIDA— para distraernos del problema que enfrentamos en nuestras mentes cuando elegimos la opción equivocada. Si consideramos que Jesús está haciendo cosas en el mundo lo arrastramos a la ilusión. El Curso lo describe como traer la verdad a la ilusión, en lugar de traer la ilusión a la verdad (por ejemplo, T-17.I.5). Se nos pide que veamos que dar importancia al problema en el mundo es un desplazamiento que nos aparta del miedo a mirar el verdadero problema en nuestras mentes.

El papel de Jesús es ser un lugar de amor y luz en nuestras mentes —que es realmente un lugar de perdón— a quien acudimos cuando estamos tentados de ver el problema o la solución fuera de nosotros. Pedir ayuda a Jesús, en términos del Curso, significa realmente mirar nuestro propio especialismo con él, sin miedo ni culpa. Al hacerlo cada vez más, comenzamos a aprender que el ego no tiene efecto alguno. No importa lo terrible que pensemos que es nuestro ego, no se ha interpuesto entre nosotros y el Amor de Dios: «no se perdió ni una sola nota del himno celestial» (T-26.V.5:4). Esta línea púrpura (ver el diagrama), con la que podemos representar la eternidad, no se ha roto en absoluto. De modo que el papel del Espíritu Santo es ayudarnos a mirar nuestros egos sin juzgar y eso es el perdón.