La metafísica de la separación y el perdón

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte V
Conclusión

Permítanme concluir leyendo un pasaje de «¿Qué es el perdón?» en el libro de ejercicios (L-pII.1.1,4-5). Es un resumen de todo lo que hemos hablado. La idea es que no tengo que hacer nada. No tengo que cambiar lo que está pasando en el mundo. No tengo que cambiar lo que está pasando en mi mente. Solo tengo que mirar sin juzgar, con Jesús o el Espíritu Santo a mi lado, lo que creo que hice y darme cuenta de lo que me está costando. Al aprender que no tengo que sentirme culpable por todos mis pensamientos prejuiciosos, en realidad estoy aprendiendo que no tengo que sentirme culpable por lo que le hice a Dios.

Un último punto antes de leer este pasaje: es realmente importante que no caiga yo en la trampa del ego de intentar tenerlo todo en un mal sentido; pues quizás me sienta tentado de decirme a mí mismo: «Tengo todos estos pensamientos negativos y prejuiciosos de especialismo y los estoy observando mientras te estoy descalabrando con la constante repetición de algo incomprensible». Pero eso no es lo que el Curso quiere decir con mirar. Cuando miro a mi ego con Jesús también me doy cuenta del costo. El aferrarme a estos juicios me está costando literalmente la paz de Dios. En este momento quizás esté totalmente dispuesto a pagar ese precio, pero al menos sé que eso es lo que estoy haciendo. Mirar no solo significa que miro con Jesús mientras remato a todo el mundo en mi mente. También significa que soy consciente de lo que me está costando rematar a todo el mundo. Si realmente me doy cuenta de lo que me está costando dejaré de rematar a la gente en mi mente.

Ahora leamos esos párrafos:

El perdón reconoce que lo que pensaste que tu hermano te había hecho en realidad nunca ocurrió. El perdón no perdona pecados y los hace reales. Sencillamente ve que no se cometió pecado alguno. Desde este punto de vista todos tus pecados quedan perdonados. ¿Qué es el pecado sino una idea falsa acerca del Hijo de Dios? El perdón ve simplemente la falsedad de dicha idea y por lo tanto la descarta. Lo que entonces queda libre para ocupar su lugar es la Voluntad de Dios.

El perdón… es tranquilo y sosegado, y sencillamente no hace nada. No ofende ningún aspecto de la realidad ni busca tergiversarla para que adopte apariencias que le plazcan. Simplemente observa, espera y no juzga. El que no perdona se ve obligado a juzgar, pues tiene que justificar el no haber perdonado. Pero aquel que ha de perdonarse a sí mismo debe aprender a darle la bienvenida a la verdad exactamente como esta es.

No hagas nada, pues, y deja que el perdón te muestre lo que debes hacer por medio de Aquel que es tu Guía, tu Salvador y Protector Quien, lleno de esperanza, está seguro de que finalmente triunfarás. Él ya te ha perdonado, pues esa es Su función que Dios le encomendó. Ahora debes compartir Su función y perdonar a quien Él ha salvado, cuya inocencia Él ve y a quien honra como el Hijo de Dios.

Preguntas y comentarios extraídos del taller 

P: Me interesa saber qué es lo que produce el encendido del ego. Aunque ¿no equivale eso a preguntar cómo pudo ocurrir la diminuta idea loca?

K: No del todo; esta pregunta tiene una respuesta. El tomador de decisiones produce el encendido del ego. El ego en sí no tiene ninguna potencia por muy potente que parezca; y ciertamente todos experimentamos una gran potencia aquí en lo que se refiere a nuestros pensamientos y sentimientos. Pero lo que da potencia al sistema de pensamiento del ego no es el ego mismo. Es el poder de la mente para elegir. Esa es su fuente de potencia.

P: Pero todavía hay una parte de mí que no se cree que inventé todo esto y que lo elegí.

K: Cierto. Creo que lo que estás señalando es la idea de que al estudiar esto comenzamos a ver que este es un sistema de pensamiento absolutamente espantoso. Las cosas espantosas que pasan en este mundo en el que vivimos nos muestran la enormidad del odio y de la demencia dentro de nosotros. Es muy difícil entender y aceptar que no solo es algo que creemos, sino que lo hemos elegido. No solo lo hemos elegido, sino que continuamos eligiéndolo. No es que lo haya elegido una vez en el pasado. Lo estoy eligiendo ahora mismo. Uno de los valores reales del Curso (uno que al principio quizás parezca un tanto cuestionable, pero que al final resulta muy sanador) es que nos ayuda a destapar la masa bullente de odio, el odio hacia nosotros mismos que llevamos dentro y que el mundo entero fue fabricado para enmascarar. Leemos constantemente sobre el dolor y el sufrimiento en el mundo; en África, por ejemplo, o en Rusia, en nuestro propio país o en cualquier parte del mundo. Nuestra tendencia será decir: «Cierto, ¡qué terrible!, pero todo aquello es externo a mí. ¿Qué tiene que ver conmigo?».

Si me molesto por algo en el mundo —no si tan solo lo veo de forma objetiva— debe ser porque lo estoy viendo primero en mí mismo. Pero no quiero verlo en mi mente, así que lo proyecto para verlo fuera de mí. Esta dinámica básica continúa todo el tiempo con nosotros. Algo en nuestras mentes es tan horrible —el terrible sentimiento de culpabilidad y odio hacia nosotros mismos y el terror de ser aniquilados por ello— que elegimos no mirarlo. Lo proyectamos y entonces lidiamos con el asunto como si fuera algo externo a nosotros, como si no fuese nosotros. Esa es la importancia de esta dinámica de desgajamiento: no quiero ver algo en mí mismo, así que me desgajo en dos. La parte que no quiero ver en mí ahora se ve externo a mí, de modo que no soy yo. Está fuera de mí y lidio con eso fuera de mí. Nunca tengo que lidiar con eso dentro de mí porque ni siquiera sé que está en mí. El Curso nos ayuda —a través del milagro— a comenzar a borrar el velo (ver el diagrama). Pero el milagro no lo borra todo de una vez, lo hace poco a poco. Este proceso es lento porque, conforme se va borrando el velo, me doy cuenta por medio del milagro que el problema no está fuera de mí, está dentro de mí. Entonces, como la mayoría de los estudiantes informan después de trabajar algún tiempo con el Curso, las cosas parecen empeorar. Parece que se sienten mucho más ansiosos o atemorizados o que están más enfermos o más en conflicto, más que nunca en sus vidas. Pero no es que nunca hayan estado tan ansiosos o atemorizados, etc. Simplemente no tenían conciencia de ello.

En un pasaje hacia el final del capítulo 27 Jesús habla de cómo pudimos nombrar tantas cosas diferentes como causas de nuestro dolor, pero ni una sola vez pensamos que la causa era nuestra culpabilidad (T-27.V.7:4). Somos muy buenos para investigar las causas de todos nuestros problemas: todo el dolor, toda la desesperación, toda la incomodidad. Lo hacemos como individuos y a lo largo de la historia muchas personas brillantes nos han dicho las causas de nuestros problemas desde un nivel médico, desde un nivel político, desde un nivel económico, desde un nivel social, etc. Pero ni una sola vez hemos considerado que la causa de todos nuestros problemas es nuestra culpabilidad.

Hemos vivido nuestras vidas negando todo este dolor sin querer considerarlo nuestro. Incluso cuando comenzamos a sentir algo, lo atribuimos a algo fuera de nosotros. Entonces Jesús en el Curso nos dice que la causa de todos nuestros problemas no está fuera de nosotros. De hecho, la causa de todos los problemas del mundo reside en este punto azul: el poder de nuestras mentes para elegir al ego en lugar del Espíritu Santo. Ese es el problema. Una vez que aceptamos eso, nunca más podemos creer que estamos a merced de fuerzas más allá de nuestro control (T-19.IV.D.7:4). Pero todos creemos que lo estamos. En un pasaje de las «Leyes del caos», tras describir con cierto detalle las cinco leyes horribles que son claramente dementes y asesinas —representan no solo lo que creemos que transcurre entre nosotros y Dios, sino también lo que creemos que transcurre entre nosotros mismos y los demás— Jesús dice en esencia que parecería imposible que creyéramos en estas leyes dementes. Luego dice: «Hermano, crees en ellas» (T-23.II.18:3). La prueba de que creemos en ellas es que estamos aquí. ¡Nadie en su sano juicio vendría aquí!

Es muy importante recordar eso: nadie en su mente correcta podría venir a este mundo a menos —claro está— que el amor le guiara a hacerlo. Este mundo no es donde estamos ni donde debemos estar y ciertamente no es un lugar que nos pueda hacer felices. El Cielo es donde estamos y donde debemos estar, totalmente unidos con Dios. El hecho de que nos identifiquemos con estar aquí no es un pecado, pero ciertamente es un gran error. El hecho de que nos identifiquemos con nuestros yos físicos y psicológicos, que nos preocupe lo que otros yos físicos y psicológicos hagan con nosotros, es una prueba de que creemos en todo esto. Recuerda, lo que nos arraiga en este mundo es nuestro miedo a la culpabilidad en nuestras mentes. Así es como todo empezó. El ego nos dice que nuestra realidad no es el amor, sino el pecado y la culpabilidad. Nos dice que la forma de escapar del pecado y la culpabilidad es desgajándola y proyectándola sobre Dios para que Él se convierta en Quien nos castigará. Este es el tercer desgajamiento.

Entonces el ego dice: «Pero como eso es muy terrible y no tiene salida necesitamos otro desgajamiento». Ahora nuestra atención se arraiga en un mundo que literalmente creemos que está fuera de nuestras mentes. Creemos que nuestra identidad está en un cuerpo. Literalmente creemos que ¡ese es quien somos! Por lo tanto, según el ego nunca tendremos que lidiar con el campo de batalla en nuestras mentes. Ese es el pegamento que nos adhiere continuamente al mundo y a todo nuestro especialismo. Por eso no queremos soltar nuestro especialismo. Por eso las personas pueden leer este Curso una y otra vez, año tras año y literalmente no ver lo que dice del ego.

Muchos estudiantes solo quieren ver las partes encantadoras y amorosas del Curso que hablan de felicidad y de la paz y la dicha, y no prestan atención a todas las partes que se refieren al especialismo, porque es muy doloroso enfrentar lo que se suscita. Despierta un recuerdo de lo que tenemos en nuestras mentes, que es lo que hemos tratado de eludir. Ese es el propósito del mundo. Recuerda, el mundo es una cortina de humo, un escondite, un recurso de distracción para que nunca tengamos que ponernos en contacto con la culpabilidad dentro de nosotros. En vez de eso, la desgajamos y la vemos en otro. Cualquier persona con la que estemos involucrados donde haya algún grado de emoción —negativa o positiva— debe ser una parte desgajada de nosotros mismos; de lo contrario no sentiríamos la emoción.
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[Ken se refirió brevemente al ensayo de Freud, «Duelo y melancolía», en el que Freud habla sobre la sensación de pérdida que se experimenta con la muerte de un ser querido. Ken concluyó afirmando que cuando sabemos que el Amor de Dios está dentro de nosotros también sabemos que el ser querido es parte de nosotros y que nada de lo que sucede en un plano físico puede alterar eso, porque sabemos que no está sucediendo nada, porque todos somos uno. Ken luego continuó:]

Cuando eso se convierte en la única visión y la única comprensión que tenemos hemos alcanzado lo que el Curso llama el mundo real. El tomador de decisiones elige al Espíritu Santo de una vez por todas y deja de ser un tomador de decisiones porque el ego se disipa y desaparece. En ese momento sé que todos los Hijos de Dios aparentemente separados son uno. Entonces mi experiencia es que todos los fragmentos aparentes forman parte del todo y que yo formo parte de ese todo. No es que los demás formen parte de mí, como mi identidad, sino que todos formamos parte de un todo más grande. Así que no puede haber ninguna experiencia de pérdida.

Eso es en esencia lo que Jesús enseñó desde la cruz: literalmente no pasó nada. Las personas que lloraron su muerte fueron quienes se identificaban con su cuerpo —era obvio que lo hicieran— y sentían que el amor de él los salvaría. Entonces él desapareció, murió y creyeron que el amor murió y que con Jesús, murió la salvación. Mas todo el mensaje que Jesús estaba enseñando era que el amor que la gente sentía en él era un reflejo del amor que estaba en ellos, y que si de verdad pudieran entenderlo se darían cuenta de que ellos y Jesús eran uno mismo: compartían el mismo Ser amoroso, lo que significa que no podría haber una experiencia de pérdida.

Por supuesto Jesús realmente nos estaba enseñando, dentro del simbolismo de nuestro sueño, que eso es exactamente lo que creímos que sucedió con Dios. Creímos que nos desgajamos de Dios, creímos que hubo una sensación de pérdida y entonces inventamos todo el cuento de que Dios estaba enojado con nosotros y quería castigarnos, etc. Pero si podemos saber que somos literalmente uno con el Amor de Dios no hay ninguna sensación de pérdida. Entonces nos damos cuenta de que el pensamiento de separación del ego no tiene ningún poder: «no se perdió ni una sola nota del himno celestial».
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[Otro participante le estaba pidiendo orientación a Ken para aplicar los principios de los que había estado hablando:]

K: Creo que básicamente tu pregunta es ¿cómo se desarrolla esto en la vida cotidiana? ¿Qué debo hacer? En cuanto me doy cuenta de un pensamiento o de un sentimiento del ego —después de un tiempo no es difícil detectarlos: alguien me irrita, me siento ansioso, me siento físicamente enfermo, estoy emitiendo juicios sobre otros— quiero darme cuenta de que «nunca estoy disgustado por la razón que creo», como dice una de las primeras lecciones del libro de ejercicios (L-pI.5); lo que veo afuera es realmente una parte desgajada de mí mismo. La razón por la que estoy ansioso, enojado, irritado, asustado, enfermo y demás no tiene nada que ver con lo que siento o pienso de la situación. La razón es que he soltado la mano de Jesús y he vuelto a tomar la mano del ego. Ese es el problema. Entonces me siento terriblemente culpable, porque una vez más he rechazado a Dios, en la persona de Jesús o el Espíritu Santo. Como me siento culpable por eso, tengo miedo de que ahora se me vaya a castigar por eso. Así que escapo de toda esa culpabilidad y miedo, implicándome en cualquier cosa externa a mí que creo que me está molestando.

Al ir trabajando todo esto, siguiendo la línea del milagro (ver el diagrama), me voy dando cuenta de que no estoy molesto por algo fuera de mí. Estoy molesto por algo dentro de mí. Estoy molesto porque elegí al ego en lugar de elegir a Jesús o al Espíritu Santo. Es lo único que tengo que hacer: ya terminé. A eso se refiere el Curso con «estar levemente dispuesto». Si lo hago y todavía no me siento mejor entonces digo:

No me estoy sintiendo mejor porque, aunque entiendo lo que estoy haciendo —en realidad estoy rechazando el Amor de Dios— obviamente todavía quiero rechazar el Amor de Dios. Creo que el Amor de Dios me lastimará. Creo que si tomo la mano de Jesús y emprendo el camino de regreso a casa desapareceré; y toda la maravillosa importancia que atribuyo a mi persona y creo que me hace quien soy también desaparecerá. Eso me aterra. Así que en este momento estoy completamente dispuesto a pagar el precio de rechazar a Jesús para que pueda mantener mi propia identidad miserable; estoy dispuesto a hacer eso.

Eso lo puedo hacer. En cierto sentido puedo tenerlo todo. Puedo seguir aferrado a mi enojo, mi ansiedad y mi victimización justificada. Pero también sé por qué lo estoy haciendo y a qué estoy renunciando. Soy consciente de que el Amor de Dios me da más miedo que este dolor. Preferiría mantenerme separado de ti —lo que logro enojándome— que saber realmente que tú y yo formamos parte de un yo más grande. Eso es lo único que tengo que hacer, tan solo ser consciente de lo que estoy haciendo.

P: Ken, ¿quién o qué es Jesús?

K: Él es tanto un «quién» como un «qué». En tanto un «qué», es un símbolo del Amor del Espíritu Santo. Él es la misma presencia abstracta del amor en la mente que el Espíritu Santo. Justo al final cuando estemos en el mundo real lo sabremos. Hasta ese momento él es un «quién» y es un «quién» extremadamente importante. Mientras yo crea que soy un «quién», necesito un «qué» que tenga el aspecto de un «quién». [Risas] ¿Por qué será que eso me hace pensar en Abbott y Costello? Pero mientras yo crea que soy específico —todos creemos que somos específicos, que somos un «quién»— entonces necesitamos otro símbolo específico que represente para nosotros esa abstracta Presencia del Amor que es el Espíritu Santo; y estoy cometiendo un gran error si creo que no necesito un «quién».

Si Jesús es un símbolo difícil para ti, elige otro. Pero para la mayoría de las personas en el mundo occidental Jesús es ese símbolo porque casi todos tenemos problemas irresueltos con él. Al final Jesús es abstracto porque al final nosotros somos abstractos. Pero mientras sentimos que somos individuos específicos y distintos, necesitamos a alguien que pueda hablarnos en ese nivel. Jesús, como el símbolo más grande en el mundo occidental del Amor de Dios, también es el símbolo más grande del Amor de Dios, como lo ve el ego. Por eso Jesús no ha sido un símbolo amoroso para los cristianos y mucho menos para los judíos, para los musulmanes o para quienquiera que haya atacado a los cristianos. Siempre se le ve a través de los ojos del ego. Se le ve como un perseguidor, como alguien que exige un sacrificio y que cree en el pecado y la culpa. Debe creer en el sacrificio y en la muerte porque eso es lo que el mundo ha hecho de él: Jesús se ha convertido en un símbolo del dios del ego.

Pero Jesús también es un símbolo del verdadero Dios. Nuestras reacciones a él son un producto de la misma mente desgajada que afecta a nuestra manera de ver a todos los demás. Al final cuando estemos en el mundo real nos daremos cuenta de que no existimos como individuos separados, como tampoco Jesús existe como individuo separado. Pero mientras estemos aquí en el sueño, como todos lo estamos, él es extremadamente importante como una presencia fuera de nuestra personalidad, que podrá representarnos a nosotros mismos hasta que podamos recordar nuestra Identidad.

P: ¿Pero invalidaría el Curso que yo eligiera utilizar a Buda, a Krishna, a Mahoma o a quien sea como este símbolo?

K: No. En realidad, nada puede invalidar este libro. ¡Ese es el problema! Sin embargo, si elijo a Mahoma, a Krishna, a Buda o incluso a Perico de los palotes, por tenerle miedo a Jesús o sentirme culpable con respecto a mi relación con él, ese es un problema que tendré que enfrentar en algún momento. Por eso la presencia de Jesús en el Curso siempre ha sido evidente. La misma enseñanza podría haber llegado sin hablar de Jesús en absoluto. Todo este proceso que he descrito podría presentarse en el Curso sin referirse a Jesús. No fue necesario que él hablara en primera persona. El hecho de que lo hizo, de que utiliza la terminología cristiana, de que habla de su propia muerte y nos la reinterpreta, es una forma de decirle al mundo, como dice en el capítulo 19, que él necesita que lo perdonemos (T-19.IV.B.6,8).

No necesita que lo perdonemos por amor de él. Necesita que lo perdonemos porque no puede ayudarnos si seguimos rechazándolo. Así que, antes de elegir otro símbolo que no sea Jesús, primero debo ver por qué lo estoy haciendo. Siempre hay excepciones y no hay una manera correcta o equivocada de hacer el Curso. Sin embargo, para casi todos los que crecimos en el mundo occidental como cristianos o como judíos, sería extremadamente difícil que no tuviéramos algunos problemas irresueltos con Jesús. Él es el símbolo más grande del Amor de Dios que conocemos, lo que significa que el ego lo ha hecho su símbolo del Amor de Dios.

P: ¿Es la crucifixión de Jesús un ejemplo de «Dios como víctima»?

K: Absolutamente. Su muerte es el gran ejemplo de eso. Entonces todos los cristianos, sean conscientes de ello o no, deben creer que él los está victimizando. Hay una estatua de Jesús en la cruz, un crucifijo, cerca de la entrada principal de un monasterio famoso; y al pie de la cruz hay una inscripción con las terribles palabras: «Esto es lo que hice por ti. ¿Qué has hecho tú por mí?». ¿Cómo podrías amar a un tío así? Quienquiera que haya crecido en el mundo occidental debe creer que Jesús es un victimario.

Hay una razón aún más profunda para esta percepción de Jesús, que no he tratado en este taller, pero lo haré brevemente ahora. El sistema de pensamiento del ego se basa en la idea de «mata o te matarán» (M-17.7:11) que equivale a decir es «uno o el otro». Todo el sistema de pensamiento del ego descansa sobre la creencia de que somos diferentes. Así comienza el sistema de pensamiento del ego. Dios es diferente del Hijo. Recuerda dónde comenzamos: Dios y Cristo están totalmente unificados. No hay manera de que Dios pueda percibirse a Sí Mismo en relación con Cristo o que Cristo pueda percibirse a Sí Mismo en relación con Dios. No hay diferencia. Dentro del sueño, cuando hablamos del Cielo, hablamos de una diferencia: Dios es el Creador, Cristo es el creado. Pero en el Cielo no hay una mente separada que vea de esa manera: Dios y Cristo no son diferentes.

El sistema de pensamiento del ego comienza con diferencias. Cuando el sueño pareció comenzar y la diminuta idea loca pareció surgir en la mente del Hijo, de pronto Dios y el Hijo eran diferentes. Así que el Hijo dijo: «Somos diferentes: Dios tiene algo que yo no tengo. Por lo tanto, lo tomaré». Por supuesto lo que Dios tenía era el poder para crear al Hijo, no era a la inversa. Así que el Hijo le robó a Dios el poder para crear y ahora él lo tiene. El Hijo aún es diferente de Dios, pero ahora está arriba, como en el juego del subibaja. Con el tercer desgajamiento, en el que el yo pecador y culpable se desgaja en dos (ver el diagrama), hay nuevas diferencias. Ya no soy pecaminoso; Dios es pecaminoso porque me va a atacar.

El sistema de pensamiento del ego se basa en la creencia en las diferencias. En contraste, el sistema de pensamiento del Espíritu Santo, que es el reflejo del Cielo, se basa en la creencia de que todos somos iguales. En el nivel del cuerpo y de la forma, claro que somos diferentes, pero esas diferencias no nos afectan en lo más mínimo.

El sistema de pensamiento del ego afirma —y el mundo refleja este pensamiento— que si Dios lo tiene yo no lo tengo. Pero si yo lo tengo Él no lo tiene. Es uno o el otro. O soy el miserable pecador o Dios lo es. Por supuesto es mucho más fácil exonerarme de mi responsabilidad, proyectando el pecado sobre Dios. Una vez que hacemos eso, que es el tercer desgajamiento, todo acaba proyectado sobre el mundo: veo que todos los demás tienen algo que no tengo. ¿Y por qué lo tienen y yo no? Porque me lo quitaron y eso justifica que yo se los robe. Eso es realmente la simiente de las relaciones especiales.

Volviendo a Jesús, si Jesús es el Amor de Dios encarnado, obviamente yo no puedo serlo porque es uno o el otro. No puede ser que seamos iguales. Si somos iguales el Espíritu Santo me está diciendo la verdad. Pero si Jesús es diferente a mí, mi ego está a salvo. Obviamente Jesús es la inocencia total, el amor total y la luz total. Entonces ¿qué me deja eso? Como creo que soy la morada de la maldad, las tinieblas y el pecado, creo que soy este yo malvado y culpable, y que Jesús es inocente, santo y amoroso. Al escuchar a mi ego, pregunto: «¿De dónde lo sacó él? ¿Cómo es que él es tan amoroso? ¿Cómo es que él es el favorito de Dios y yo no?». Pues la respuesta es obvia: me lo robó; tal como en la historia de Isaac y Jacobo en la Biblia, Jacobo engaña a su padre y le roba la primogenitura a Esaú.

¿De dónde sacó Jesús su amor e inocencia? Me lo robó. ¿Cómo sé que me lo robó? Porque creo secretamente que yo se lo robé. ¿Y por qué creo que se lo robé? Porque eso es lo que creo que hice con Dios. Siempre se remonta a esta idea metafísica subyacente, con la que comencé este taller. Por eso siempre sentimos que estamos en guerra uno con otro. Creo secretamente que lo que tengo, me lo robé, porque esa es la premisa básica del sistema de pensamiento del ego. El hecho mismo de que crea que existo como una entidad separada —y todos creemos que existimos como entidades separadas— es una prueba de que le robé a Dios el poder, la vida de esa entidad separada. Si creo que la robé y me siento culpable por ello ¿qué hago? Desgajo el pecado y la culpabilidad; eso hacen los egos. Lo desgajo y digo: «Yo no soy pecaminoso y culpable; tú lo eres». La verdadera razón por la que me siento desdichado y miserable —todos en nuestro fuero interno nos sentimos desdichados y miserables— es que estoy aquí. Este no es un mundo feliz. El Cielo es el mundo feliz. En algún nivel siento que me falta algo, hay algo injusto y no soy feliz.

¿Por qué no soy feliz? En lugar de aceptar la responsabilidad de cómo me siento lo desgajo. ¿Por qué me falta algo? Porque tú me lo robaste. ¿Y por qué sé que me lo robaste? Porque creo que primero yo te lo robé, pero luego proyecté el ataque sobre ti, excepto que olvidé que lo hice. Lo único que sé conscientemente es que tienes algo que yo no tengo y por eso te odio. Por eso el mundo siempre ha odiado a Jesús: siempre se le ha visto como diferente de nosotros, que es exactamente lo contrario de lo que él enseñó. Él nos enseñó que:

El Amor de Dios que experimentas en mí es un reflejo del Amor de Dios en ti. La única diferencia entre nosotros es que yo lo sé y tú lo has olvidado. Así que ahora me encuentro delante de ti como un recordatorio de que puedes hacer la misma elección de recordar que yo hice.

Si el mundo aceptara eso el mundo desaparecería porque el mundo entero existe como una forma de mantener esa comprensión alejada de nosotros.

Recuerden que el máximo temor original del ego es que el Hijo de Dios entre en razón, regrese a su mente correcta y elija al Espíritu Santo, lo que significa que el Hijo de Dios recordará que él es el Amor de Dios. Por lo tanto, el ego ha inventado un cuento de pecado, culpabilidad y miedo, ha proyectado el pecado sobre un Padre iracundo, a Quien también ha inventado, y entonces ha inventado un mundo en el que se representan una y otra vez el pecado, la culpabilidad y el miedo. Llega Jesús y dice: «Todo esto es una tontería. Es puro cuento. No tienes que luchar contra el Amor de Dios, eres el Amor de Dios». Si el mundo aceptara su amor y su luz resplandeciente como propios, entonces toda la necesidad de que exista el mundo como una defensa contra el amor y la luz desaparecería. No necesitamos un escondite donde ocultarnos de Dios si sabemos que somos el Amor y la luz de Dios.

Sin embargo, en lugar de admitir eso —que equivaldría a admitir que el sistema de pensamiento del ego es un error y admitir que ya no tengo que existir como un individuo separado—, es mucho más fácil matar a Jesús, que es lo que el mundo hizo. No solo lo mató físicamente, sino que tomó su mensaje y lo masacró, lo volteó de cabeza para que significara literalmente lo contrario de lo que él enseñó. Por cierto, encontrarás que la gente está haciendo lo mismo con el Curso: voltean de cabeza su mensaje para no tener que mirar lo que el Curso y Jesús están diciendo realmente. Jesús está diciendo: «Mira conmigo la enormidad de lo que crees que son tus pecados y tu terrible culpabilidad» —lo que en un lugar llama tus «pecados secretos y odios ocultos» (T-31.VIII.9:2)— «y si miras conmigo te darás cuenta de que no hay nada allí. Entonces únicamente permanecerá la luz del amor que eres. Entonces te darás cuenta de que no estoy separado de ti y que tú y yo formamos parte de esa única luz y único Amor más grande».