La sanación del sueño de la enfermedad

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
​Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

​​​Parte II
«La causa de la enfermedad» (S-3.I)

Pasemos ahora al folleto El canto de la oración, la primera sección del capítulo 3, «La causa de la enfermedad» (S-3.I). Solo leeremos los tres primeros párrafos, que presentan declaraciones muy claras del principio de causa-efecto que ya hemos visto. Recuerden, en el Curso, la enfermedad es la creencia en la separación, de ahí viene la culpabilidad. Esto será muy importante cuando comentemos después el carácter de la sanación.

(S-3.I.1:1) No confundas el efecto con la causa...

En otras palabras, no confundas el síntoma —la enfermedad como se manifieste psicológica o físicamente en el cuerpo— con la causa, que es la decisión en nuestras mentes de creer en el ego en lugar del Espíritu Santo: elegir la separación en vez de la unidad, la culpabilidad en vez del amor.

(1:1) ... ni pienses que la enfermedad se encuentra aparte y separada de lo que no puede sino ser su causa.

Este es nuestro viejo amigo, el principio de que las ideas no abandonan su fuente. Aquí Jesús se refiere a los síntomas. La enfermedad no se encuentra aparte o separada de su causa, que está en la mente y solo en la mente. Por eso es tan importante siempre tener una comprensión subyacente de la metafísica de Un curso de milagros; de lo contrario confundirás todo lo que dice sobre el mundo: su propósito y aparente realidad. Pensarás que el perdón y la sanación tienen que ver con el mundo o con los cuerpos. Estos errores te van a descarriar. Literalmente no hay mundo porque las ideas no abandonan su fuente.

(1:2) La enfermedad [síntomas corporales] es una señal, la sombra de un pensamiento malvado que parece ser real y justo de acuerdo con las normas de este mundo.

Esta idea de una sombra es importante en el Curso, y se encuentra en todo el material. El mundo no es más que una sombra de nuestra culpabilidad. Muchos de ustedes conocen la importante sección, «Los dos mundos», al final del capítulo 18 (T-18.IX), donde Jesús habla del mundo y del cuerpo como sombras de la culpabilidad, simplemente hacen lo que la culpabilidad les dice que hagan. Sabemos por nuestra vida cotidiana que una sombra no tiene sustancia. Sales al exterior y ves la sombra de un árbol en el suelo. Podemos considerar que el árbol es la realidad dentro del mundo, entonces la sombra sería simplemente la ausencia de luz, causada por el árbol mismo. La sombra no tiene sustancia; no es nada. Por eso Jesús utiliza el término sombra a lo largo del Curso y aquí en el folleto.

Nuestra enfermedad es una sombra. Es una proyección del pensamiento malvado que parece tener realidad, y el pensamiento malvado es la creencia de que nosotros somos malvados —«la morada del mal, de las tinieblas y del pecado» (L-pI.93.1:1)—, debido a lo que hemos hecho. Hemos destruido egoísta e inconsideradamente a Dios, hemos crucificado a Su Hijo, Cristo, para que pudiéramos tener lo que queremos. Cuando piensas en la palabra pecado, es útil equipararlo con el egoísmo porque eso es algo con lo que todos estamos familiarizados en nuestra vida cotidiana. El pecado básicamente está diciendo: «Dios me importa un bledo, yo quiero mi vida. Y si mi vida tiene que ser comprada a expensas de Dios, ¡que así sea! Voy a tener lo que quiero. Quiero mi existencia separada. Quiero librarme de Él. Quiero ser autónomo. Quiero ser independiente. Quiero tener pensamientos que sean míos, que no estén ligados a Él. Quiero amar por mi cuenta, conforme a mis propios términos. No quiero que ese amor esté asociado con Él. No me gusta este asunto de que las ideas no abandonan su fuente. Me gusta tener mi propia identidad. Y no me importa qué estragos pueda causar; no me importa si destruye al Cielo. ¡Conseguiré lo que quiero porque lo quiero!».

Ese es el pecado del egoísmo, y así es como todos vivimos aquí. Es la médula misma del especialismo. No me importa de qué modo utilizo a otras personas mientras queden satisfechas mis necesidades físicas y emocionales. Por supuesto que es mucho mejor si puedo engalanar todo este afán con términos espirituales o religiosos y darle cierto contexto. Pero simplemente estoy tratando de disimular lo que en realidad estoy tramando: mi canibalismo egoísta es el que quiere tomar de afuera y traer adentro, porque eso es lo que necesito y lo que quiero. Y no me importa quién sufra; lo único que me importa es conseguir lo que quiero. Esa es la verdadera culpabilidad. Ese es el pensamiento que catalogamos como malvado y pecaminoso. Y la enfermedad es una sombra de ese pensamiento.

(1:3) Es la prueba externa de «pecados» internos, y da testimonio de pensamientos rencorosos que hieren y procuran hacerle daño al Hijo de Dios.

Podemos ver aquí, como veremos una y otra vez, y por supuesto en cualquier página del Curso, cómo Jesús está redefiniendo el problema. Está diciendo que no está fuera; está en nuestras mentes. Queremos pensar que está fuera, y por lo tanto, llevamos siglos y milenios definiendo brillantemente las enfermedades y hemos llegado a entender lo que es un mal: de dónde viene, por qué viene, cómo viene y cómo tratarlo, que es exactamente lo que el ego quiere. Así que toda nuestra atención está arraigada en el mundo y el cuerpo. En el diagrama, la palabra enfermedad figura en la última línea de la caja rotulada MUNDO DE SEPARACIÓN – PERCEPCIÓN. Todo esto es una forma muy ingeniosa y astutamente disfrazada de proteger lo que Un curso de milagros denomina «el sueño secreto» (T-27.VII.11), que es la verdadera enfermedad. Ahí es donde está la culpabilidad, donde la aparente maldad está en nuestras mentes. Y solo restituyéndola a su fuente, que es la mente, podemos comprender lo que se halla en nuestras mentes, y que es totalmente inventado.

De nuevo, estamos definiendo la enfermedad, a grandes rasgos, como todo lo que me provoque intranquilidad y me impida estar en paz, ya sea porque tengo un órgano afectado, porque me duele el cuerpo, o me duele la psique por lo que una persona hizo, o por un recuerdo o la interpretación de un evento o relación. Todas estas instancias son una prueba de que he hecho algo malo por lo que merezco ser castigado. Recuerden, el sistema de pensamiento del ego se basa en ese sueño secreto que dice que Dios se vengará de nosotros por lo que le hicimos. Y entramos al sueño del mundo con esta culpabilidad a cuestas. Creemos que la mantenemos enterrada en la mente, pero aquello que enterramos nos acompaña. Freud nos ayudó a ver que estos demonios no son inexistentes; existen dentro de nosotros y por mucho que intentemos encubrirlos todavía están ahí. Así que nunca seremos felices ni estaremos en paz mientras no desenterremos a los demonios y domemos a las «bestias salvajes», como Freud las veía, tomando prestada la analogía de Platón de los corceles alados.

Así que llevamos a cuestas esta culpabilidad: el pensamiento de que merecemos ser castigados. Entonces cuando me enfermo, o algo anda mal en mi cuerpo o en mi vida, mi ego lo interpretará como el castigo de Dios. Juan Calvino erigió una religión entera sobre la idea de que Dios castiga a las personas pecadoras. Y sabes que eres pecador por el hecho de que algo toma un mal giro en tu vida; por ejemplo, no eres rico. La gente de la Nueva Era hace lo mismo que los calvinistas. Dicen que algo te pasa si estás enfermo. De lo que no se dan cuenta es que, cierto, algo te pasa si estás enfermo, pero todo el mundo está enfermo. La gente cuerda, la gente sana, no viene aquí. Los enfermos vienen aquí porque su enfermedad es una creencia de que están separados de Dios. En lugar de diferenciar a ciertos miembros de la especie como pecadores, personas fracasadas o gente mala porque algo les pasa o algo va mal en sus vidas, deberíamos ampliar ese criterio y darnos cuenta de que algo les pasa a todos, les esté yendo bien o no según la sociedad. Los cuerpos nunca son sanos. Los cuerpos siempre mueren. Freud también dijo que desde el momento en que naces te estás preparando para la muerte. Y lo decía desde una perspectiva tanto biológica como psicológica. Así que todos aquí están enfermos por muy bien que se sienta el cuerpo. Un cuerpo no puede ser sano porque, como veremos en breve, un cuerpo no es nada.

La enfermedad no está en el cuerpo. No es el cuerpo el que tiene que sanarse. La creencia en la muerte es el problema; no, el hecho de que el cuerpo muere. El cuerpo no muere, porque el cuerpo no vive. Eso no significa, sin embargo, que sea inmortal. ¡No vive! ¿Cómo puede vivir lo que no es nada? ¿Cómo puede morir lo que no es nada? La muerte es un pensamiento, como Un curso de milagros nos enseña una y otra vez. Es un pensamiento que tiene su origen en la creencia de que Dios murió para que yo pudiera vivir, y ahora tendré que morir para que Él pueda vivir. Esa es la interpretación del ego de la muerte física: es la venganza de Dios. Pero ya sea que el cuerpo viva o muera, el pensamiento de muerte está contigo de todos modos. El cuerpo no es a lo que hay que apelar; el cuerpo no es lo que hay que curar; el cuerpo no es a lo que hay que ayudar. A lo que hay que ayudar es a la mente, pero no puedes ayudar a una mente que no crees que existe.

Eso es lo único positivo que se puede decir de una enfermedad. Te alerta de un problema, y cuando realmente le pides a Jesús que te ayude, él te ayudará a entender que el problema no está en el cuerpo, no es por lo que otra persona o un agente patógeno hayan hecho para hacerte daño o enfermarte. El problema es tu proceso de tomar decisiones: se descarriló, tomaste la decisión equivocada. Ese es el problema. Una vez que reconocemos la existencia de un problema y que no podemos culpar a otras personas de ello o buscar su solución fuera de nosotros mismos, el cuerpo se convierte en un instrumento muy útil, pero no porque el cuerpo sea algo grandioso. No es nada grandioso. No es nada terrible. No es nada. Es simplemente un recurso sobre el que proyectamos, y una vez que proyectamos sobre él, podemos recordar que el ego habla primero y se equivoca (T-5.VI.3:5; 4:2). Por lo tanto, reconocemos que hay un problema para el cual necesitamos ayuda, y que esa ayuda consiste en acudir al interior de la mente, donde están Jesús o el Espíritu Santo. La ayuda que Ellos ofrecen constituye la sanación: nos enseña que el cuerpo enfermo —el organismo afectado, con el cual nos identificamos— es simplemente una sombra de una creencia en la maldad que hemos hecho real en la mente. Al entender eso, ahora podemos hacer algo con respecto al problema, porque nos damos cuenta de que el problema no está fuera; el problema está dentro. Como dice el comienzo del capítulo 21: el mundo es «la imagen externa de una condición interna» (T-21.in.1:5). Lo que está fuera nos indica lo que está dentro. Tenemos a un maestro en la mente que guiará nuestra visión, puesta en el exterior por los órganos sensoriales, para que la dirijamos de nuevo hacia el interior, donde está él. De eso está hablando Jesús aquí. De nuevo, cuando el cuerpo está enfermo o cuando hay dolor, el ego habla primero y lo interpreta como ¡estás recibiendo lo que te corresponde!

Cuando Jesús describe el sueño del mundo, como lo hace cerca del final del capítulo 27, habla de que hay un asesino ahí fuera que quiere que tu muerte sea «lenta y atroz» (T-27.VII.12:1). Eso es lo que hace el cuerpo y así es como muere. Desde el momento en que nacemos, nuestra muerte es inevitable, pero es lenta. Eso es lo que a un torturador le gusta hacer. No quiere acabar con tu vida así de fácil; quiere que pagues por tu crimen, tu pecado, tu injusticia. Y eso es lo que creemos que Dios está haciendo cuando creemos que Él hizo el cuerpo. Planea nuestra muerte, pero será prolongada, lenta y muy dolorosa. Por supuesto, todo eso lo transformamos al decir que Dios no fue Quien lo hizo. lo hiciste, alguien o algo es responsable de mi enfermedad. Así que no se me está castigando por mi pecado, sino que tu pecado es el que está tratando de hacerme sufrir. Una vez que yo lo perciba de esa manera —y nacimos para percibirlo de esa manera— sufriré gustosamente. Con gusto aguantaré el abuso y la victimización. Aceptaré, apreciaré y estrecharé firmemente contra mi pecho todas las formas en que he sido víctima de abuso, incomprensión y tratamiento injusto a lo largo de mi vida. Sufriré de buen grado, para que pueda decir: «Mírame hermano, por tu culpa muero» (T-27.I.4:6). Y eso significa que Dios te castigará a ti cuando vea mi cuerpo con todo el sufrimiento, abuso y victimización, tanto mental como físico que ha padecido. Ese sufrimiento está señalando con un dedo acusador a alguien y está diciendo: «¡Tú hiciste esto!». Y en la demencia de mi pensamiento mágico, creo que Dios me escuchará y seguirá mi dedo acusador que apuntará directamente hacia ti. Entonces Él te castigará a ti.

Por lo tanto, la enfermedad, el padecimiento (desasosiego) y la incomodidad son sombras. Son una señal de alerta que dice que aquí hay pecado, y siguiendo el propósito del ego de fabricar el mundo —dar cumplimiento a su deseo— veré que el pecado es algo que yace en ti o en algo, en algún agente externo, en lugar de yacer en mí. Aquí dice por qué:

(1:4-5) Curar el cuerpo es imposible, y esto queda demostrado por la brevedad de la «cura». El cuerpo acabará muriendo de todas formas, y así lo único que hace su curación es demorar su retorno al polvo, de donde nació y al que volverá.

Por eso a la gente le gusta que la vida dure cada vez más. Y en nuestra sociedad ahora es un premio. Antes si vivías cuarenta o sesenta años era la gran cosa. Ahora llegar a los ochenta no es nada. La gente quiere llegar a los cien o ciento diez años, incluso hasta los ciento veinte. Quieren vivir para siempre. ¿Por qué? Porque queremos engañar a la Parca. Queremos engañar a Dios. Y solo estamos haciendo real la muerte para tratar de timarla. Hacemos real la culpabilidad tratando de negar que hay culpabilidad alguna, porque si no muero, eso significa que Dios no me ha encontrado, y así puedo permanecer en este cuerpo. ¿Por qué alguien de mente sana querría quedarse en este cuerpo? Este no es mi hogar. Como dice el Curso, esta es una parodia, una farsa de la maravillosa creación de Dios: Cristo como espíritu, no como cuerpo (véase T-24.VII.1:11; 10:9). El cuerpo es el hogar de la culpa, no del amor. Eso es lo que Jesús está diciendo aquí. La «brevedad de la “cura”» se refiere a nuestra aparente cura de una enfermedad; pero al final el cuerpo muere, como prueba de que el sistema de pensamiento del ego de pecado, culpabilidad y miedo sigue vigente, y sobre todo que es verdad.