La sanación del sueño de la enfermedad

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
​Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte IV
«La causa de la enfermedad» (S-3.I) (conclusión)

(3:1) El cuerpo puede sanar como efecto del perdón verdadero.

Jesús no está hablando aquí del cuerpo físico. En otras palabras, los síntomas desaparecerán cuando se vaya la culpabilidad; pero en principio es posible que se vaya la culpabilidad, y aún sigan presentes los síntomas físicos. Sin embargo, ya no son «enfermedad», porque los síntomas ahora servirán para cumplir un propósito diferente, cualquiera que este pueda ser. No deben definir la enfermedad por el síntoma. No quieran centrarse en la mejoría de sus síntomas como prueba de que este curso funciona. Céntrense en la mejoría de su culpabilidad, la cual solo podría ocurrir cuando reconozcas que la culpabilidad es elección tuya y entiendas por qué la elegiste. Así puedes tomar una decisión más equilibrada en contra de la culpabilidad y a favor de la Expiación. El cuerpo se cura cuando ya no proyectas tu culpabilidad sobre él.

(3:2-4) Solo eso puede traer el recuerdo de la inmortalidad, que es el don de la santidad y del amor. El perdón no puede sino ser concedido por la mente que comprende que debe pasar por alto todas las sombras que cubren la santa faz de Cristo, entre las cuales la enfermedad debe considerarse una de ellas. No es nada más que esto [no veas la enfermedad como otra cosa que no sea una sombra]: la señal del juicio de un hermano sobre otro hermano y del Hijo de Dios sobre sí mismo.

En primer lugar, me juzgo a mí mismo. Me considero culpable por lo que le he hecho a Dios. Entonces proyecto esa culpabilidad y ahora te juzgo y te culpo a ti de algo cuya responsabilidad no puedo aceptar en mí mismo: la decisión de estar separado.

(3:5) Pues ha condenado al cuerpo a ser su prisión, y olvidó que fue él mismo quien le adjudicó ese papel.

Esta es una línea muy, muy importante. «Quien le adjudicó ese papel» no es el «yo» que creo que soy. Es aquel al que nos referimos como el tomador de decisiones. La parte tomadora de decisiones de mi mente es la que eligió creer en la interpretación que el ego dio a la separación, en lugar de creer en la del Espíritu Santo; a continuación, siguió, paso a paso, toda la narrativa del ego que aceptamos como una verdad incuestionable: no solo me separé, sino que pequé; no solo pequé, sino que debo sentirme culpable; no solo me siento culpable, sino que debo ser castigado por mi pecado. Y para escapar de ese castigo, el ego añade rápidamente: «Abandona la mente, proyecta la culpabilidad, inventa un mundo y un cuerpo; conserva tu separación, olvida de dónde vino y dales la culpa a todos los demás». Luego, olvido que lo hice. Por eso hablamos de ese velo del olvido. Ahora creo que estoy atrapado en este cuerpo como una prisión. ¡No puedo zafarme de él! Y si creo que estoy atrapado en mi cuerpo, creeré que la liberación y la libertad vendrán cuando abandone el cuerpo. Por eso está esa línea muy importante, también en el capítulo 27: «Existe el riesgo de pensar que la muerte te puede brindar paz» (T-27.VII.10:2). La gente piensa: «Al desprenderme de mi cuerpo cuando muero, soy libre, me libero». Pues, nada de eso. Sigues en la misma prisión de la culpabilidad en la que estabas antes de «morir». O bien a veces se adopta la otra forma: «Sí, mi cuerpo es una prisión, pero podría embellecerla; le pongo flores y le pinto las barras, le confecciono cosas bonitas. Podría convertir esta prisión en algo maravilloso, tan maravilloso que nunca quiera dejarla». Todo esto es simplemente un intento de cubrir la culpabilidad en mi mente para nunca volver al interior y descorrer el velo.

Pedirle ayuda a Jesús es pedir que te ayude a mirar la culpabilidad en ti, no en otra persona donde la pusiste. Es reubicar la culpabilidad en tu propia mente; reconocer finalmente que tienes una mente; entender el propósito que tiene la mente escindida; entender el propósito que tiene la culpabilidad; entender el propósito que tiene tu mundo. Solo entonces podrás cambiar ese propósito de culpabilidad a santidad, de pecado a salvación, de odio a amor, del ego a Dios, del mundo al Cielo, del cuerpo al espíritu —todos estos términos sirven para describir el mismo proceso.

Volviendo a la tercera frase: «El perdón no puede sino ser concedido por la mente que comprende que debe pasar por alto todas las sombras que cubren la santa faz de Cristo, entre las cuales la enfermedad debe considerarse una de ellas». Ese perdón solo puede ocurrir a través de mi entendimiento del propósito que esa falta de perdón ha cumplido en mi vida; ha servido tanto para mantener real la separación, como para protegerla de ser deshecha, proyectándola sobre otras personas.

El mundo así como nuestros cuerpos individuales son literalmente sombras del pensamiento de culpabilidad en nuestras mentes. La sombra no es la que tiene que curarse. La sombra no es la que tiene que cambiarse. Ciertamente, no es la que tiene que atacarse. A lo que hay que prestar atención es a la culpabilidad en la mente. El único valor que tienen el mundo y la vida corporal es que sirven para reorientar nuestra atención hacia dentro. De nuevo, reconocemos que el mundo es una imagen externa de una condición interna (T-21.in.1:5). Necesito el mundo porque ignoro que existe una condición interna. El mundo es el único vehículo del que dispongo, lo que Freud llamaba «el camino real», al referirse a los sueños que tenemos mientras dormimos. Dijo que los sueños son «el camino real para entender las actividades de la mente inconsciente». Jesús diría lo mismo. El sueño que es el mundo, que es el cuerpo, es «el camino real» para entender las actividades de la mente inconsciente. ¿Y cuáles son esas actividades? Son las decisiones continuas a favor de la separación y la culpabilidad.

Así que, cuando llego a entender cómo me estoy separando de ti —de qué manera estoy utilizando mi enfermedad para gozar del beneficio secundario de responsabilizarte de mí, de manipularte para que me cuides, te compadezcas de mí y te sientas culpable—, cuando entiendo todos los propósitos para los que he utilizado el cuerpo y específicamente cómo he utilizado la enfermedad, puedo reconocer que todas estas fueron las proyecciones de un propósito interno: la necesidad interior de verme a mí mismo como separado. Esa es la enfermedad original, pero quiero culpar de ello a todos los demás.

Cuando empiezas a centrarte en la enfermedad, ya sea en ti mismo o en otras personas, quieres verla en el contexto más amplio del propósito que el ego atribuye a los sueños de victimización. El cuerpo está hecho para que falle, así como los fabricantes construyen coches para que fallen y siempre tengamos que llevarlos al taller. Si podemos poner a un hombre en la luna, se diría que podríamos fabricar un auto que no tuviésemos que llevar al taller, pero no lo hacemos. Hemos fabricado, pues, al cuerpo para que falle. Y es obvio que el cuerpo fallará si no lo alimentas, le procuras agua, vestido, esparcimiento, etc. ¿Por qué fabricamos un cuerpo de esa manera? Es un sueño. Puedes hacer un sueño como te dé la gana, lo hacemos todas las noches. Hicimos nuestro sueño de esa manera porque queríamos que el cuerpo fuese el instrumento de victimización a manos de alguien o de algo más: de los mencionados poderes y fuerzas que no podemos controlar.

Debes entender tu vida en un cuerpo, y específicamente, entender la enfermedad de tu cuerpo en el contexto de esta perspectiva metafísica más amplia, que nos ayuda a entender el propósito: para qué sirve el mundo, y para qué sirve el cuerpo, así como todo lo que sucede con el cuerpo. Para decirlo de otra manera, la enfermedad —los síntomas físicos o psicológicos— representan relaciones especiales. Tengo una relación muy especial con mi cuerpo enfermo y con mi psique enferma. Me encantan porque me permiten conseguir lo que quiero. Utilizo mi relación especial con mi cuerpo, para promover mis relaciones especiales con otros cuerpos. Utilizo mi cuerpo para hacer que otros cuerpos se sientan culpables, para sacarles lo que yo quiero.

Todo niño conoce la ganancia secundaria de enfermarse: faltas a la escuela; recibes mucha atención; a veces mamá se queda en casa contigo, cuando normalmente no lo hace. Como adulto, si no te gusta lo que haces en el trabajo, enférmate. Si sientes necesidad de tomar un día libre, pero sin que te lo descuenten, enférmate. Enfermarse conlleva un enorme beneficio secundario. Si quieres que la gente se compadezca de ti, enférmate, lastímate, haz lo que el mundo llama un acto heroico, y todos dirán: «Pobrecito, mira cómo sufriste; perdiste la extremidad, pero ve qué maravilloso fue lo que hiciste». Convertimos a los mártires en héroes. Convertimos a las víctimas en héroes. Existe una inmensa ganancia secundaria .

Hay una razón para lo que le pasa al cuerpo. Nada sucede por casualidad. Es nuestro sueño. Fabricamos al cuerpo para que fallara, para que fuera víctima de poderes y fuerzas que no podemos controlar. No es por casualidad que el cuerpo sea de esa manera. Tenemos que pasar del efecto, que es el cuerpo enfermo, a la causa, que es la mente enferma, y entenderemos la causa comprendiendo el propósito. Queremos mantener la separación que le robamos a Dios, pero queremos desechar el pecado y la culpabilidad, y una de las maneras menos ofensivas de hacerlo es enfermándonos: «Hay este virus que me atacó, y por eso estoy enfermo».

Ahora bien, esto no significa que a nivel del mundo neguemos que hay virus y bacterias. Ciertamente los hay, pero su presencia es intencional. Forman parte de la misma Filiación enferma de la que todos formamos parte. Todos asumimos el papel de víctimas porque somos victimizadores secretos. Todos asumimos el papel de victimizadores porque somos víctimas secretas. Funciona en ambos sentidos. Todos somos victimizadores, pero alguien nos hizo de esta manera; por lo tanto, somos víctimas de la victimización de otra persona, y así sucesivamente.
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P: Hoy quiero salir de aquí con algunas realidades nuevas y siento que eso sucederá, pero estoy pensando si no será bueno tomar más a la ligera lo defectuoso que es el cuerpo, no darle tanta importancia.

R: Una de las razones por las que creo que es importante ser un poco serio, que es importante hablar del cuerpo de esa manera, es que a la mayoría de la gente no le gusta hablar de ello de esa manera. Y creo que Jesús se deja de sutilezas en este curso y dice las cosas sin tapujos, porque en el mundo hay una tendencia tan marcada a no entender al ego. Y Jesús realmente quiere que lo entendamos, porque, de lo contrario, no podremos tomar una decisión significativa en contra del ego. Ahora bien, el cuerpo al fin y al cabo no es nada. Eso es lo que «aligera» el asunto: el cuerpo no es realmente nada. Pero lo hemos convertido en algo horrible, porque primero nos fabricamos para que nosotros fuéramos algo horrible. Y no podemos entender que el horror que fabricamos no es nada hasta que primero miremos cuán horrible fue lo que pensamos. El Curso dice que debes mirar el odio. Jesús lo dice en varios lugares. Debes mirar el odio antes de poder mirar el amor. Debes mirar el odio, no porque el odio sea real, sino porque lo has hecho real; y luego hiciste el odio tan odioso y tan temible que no quieres mirarlo. Entonces el mundo y el cuerpo se convierten en una defensa contra mirar.