La sanación del sueño de la enfermedad

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
​Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte IX

Ahora hablemos de lo que realmente es la sanación. Al igual que con cualquier cosa en el Curso, ya sea la sanación, el perdón, el milagro, la salvación o la Expiación, una vez que entiendes el problema, entonces la solución es muy simple: miras el problema donde está y no donde crees que está. Hay una línea muy importante en el capítulo 27 donde Jesús responde con una sola frase a la pregunta ¿cómo se supera todo sufrimiento y dolor en el mundo? Hay otros lugares donde declara algo similar, pero allí dice: «Lo único que necesitas hacer es ver el problema tal como es y no de la manera en que lo has urdido» (T-27.VII.2:2). ¿Qué podría ser más sencillo? Por eso Jesús dice que este es un curso simple y sin complicaciones. Lo diré de nuevo, la manera de salir de todo sufrimiento, dolor y enfermedad es simplemente «mirar el problema tal como es y no de la manera en que lo has urdido».

Esto puede verse claramente en el diagrama. Inventamos el problema de estar en el mundo. Tomamos el problema de la culpa que surgió de optar por la culpabilidad en la mente, la proyectamos y luego abdicamos toda responsabilidad de esa decisión. Renunciamos al poder de decidir y quedamos desvalidos ante fuerzas mayores. Por lo tanto, ya no vemos el problema «tal como es» (nuestra decisión de estar enfermos primero en la mente y luego en el cuerpo), sino que lo vemos como lo hemos urdido, que es ver el problema en el mundo y en el cuerpo. Y luego decimos: «No es mi culpa: yo no elegí venir. No fue mi decisión nacer, fue un accidente. No pude elegir el color de mi pelo, de mis ojos o de mi piel ni la composición genética que determinó mis habilidades y mi inteligencia. No pude elegir mi entorno, el tipo de relación que tenían mis padres, su salud, su situación financiera. No pude evitar nacer en Afganistán y que una bomba destruyera a toda mi familia. No pude evitar nacer judío en la Alemania nazi. No es mi culpa.

Urdimos el problema para que seamos impotentes y luego consideremos que otras personas y fuerzas son la causa de nuestro dolor. Jesús dice que todo lo que tenemos que hacer para superarlo es ver el problema tal como es y no de la manera en que lo inventamos. Eso es lo que es la sanación. Enseña que el perdón «es tranquilo y sosegado, y sencillamente no hace nada… Simplemente observa, espera y no juzga» (L-pII.1.4:1,3). También en el libro de ejercicios dice: «[el milagro] Simplemente observa la devastación y le recuerda a la mente que lo que ve es falso» (L-pII.13.1:3). Dichas declaraciones básicamente dicen lo mismo: «Tan solo mira el problema conmigo y permíteme ayudarte a verlo a través de mis ojos; entonces entenderás, como yo, que tu problema no está fuera, porque no hay nada fuera. Pones el problema fuera para que creas que está fuera. Al mirar a través de mis ojos, reconocerás que el mundo es “una imagen externa de una condición interna” (T-21.in.1:5)».

Al dejar que Jesús te ayude a mirar el mundo a través de sus ojos en lugar de los tuyos, empezarás a entender que lo que ves afuera es una proyección y por qué lo proyectaste. Las razones tienen que ver con lo que decíamos antes: la estrategia del ego de hacer que estemos sin mente. Miras tu decisión de repudiar a Dios y usurpar Su lugar en el trono; miras tu decisión de destruir el Cielo y crucificar al Hijo de Dios, y de ese modo matarlo psicológica (si no es que a veces físicamente) y culpar de ello a todos los demás. Miras toda esta devastación y recuerdas que no es verdad; todo es una invención; es una pesadilla. Miras lo que está en tu sistema de pensamiento y has proyectado, y lo traes de nuevo para dentro. Lo miras en silencio, con paciencia y sin juzgar, lo cual equivale a mirar el problema tal como es y no como lo urdiste. Eso es lo único que tienes que hacer. No hay nada más sencillo.

Los principios del Curso son muy simples y muy básicos, pero no los seguimos porque no queremos soltar el problema. Esto es lo que realmente hay que apreciar y entender respecto a uno mismo y a todos los demás. Por eso la gente hace cosas tan descabelladas, y las cosas más descabelladas las suelen perpetrar personas religiosas. Los estudiantes de Un curso de milagros no están exentos. Usamos la religión y la espiritualidad para defendernos del desprecio y odio a nosotros mismos por lo que creemos que hemos hecho. Tratamos de deshacernos de eso proyectándolo sobre los infieles, los paganos, los herejes, los no creyentes, etc. Cuando esto se hace en un contexto religioso, aparentemente lleva la bendición de Dios, lo que hace que Dios sea tan demente como todos los demás. Trátese del dios judío, cristiano, budista, hindú, musulmán, del dios de Un curso de milagros o del de la ciencia cristiana, es igual. Todos esos dioses están locos porque se les ve como formas de justificar el sistema de pensamiento del ego, que han adoptado sus seguidores, y se utilizan para consentir el juicio y a veces incluso el asesinato.

Deben apreciar con humildad y bondad para con ustedes mismos, el miedo que les infunde este curso, lo cual implica que tienen miedo de la sanación, mas no de la curación del cuerpo, sino de la sanación de la mente. Lo único que tienen que hacer para ver el problema «tal como es» consiste en ver lo que está fuera de ustedes, donde lo colocaron, y traerlo de vuelta al interior donde puedan mirarlo con el amor de Jesús a su lado. Como dice al final del capítulo 23: «¿A quién que esté respaldado por el Amor de Dios podría resultarle difícil elegir entre los milagros y el asesinato?» (T-23.IV.9:8). Esto significa que no puedes tomar esta decisión sin que te guíe su amor (o el amor de cualquier otro símbolo que elijas; no tiene que ser Jesús). Pero debes ver realmente que la elección es entre los milagros (el principio de la Expiación) y el asesinato. Debes ver que tu existencia se ha erigido sobre un ataúd en el cual descansa Dios. Y debes ver que tratas de liquidar a cualquier otro y convertirlo en el criminal, para que sea castigado por motivo del ataúd sobre el cual te alzas tú. Eso es lo que tienes que ver. La culpabilidad por eso es enorme.

Para vislumbrar la enormidad de nuestra culpabilidad, basta considerar que todo el universo físico descansa literalmente en la proyección del error de creer que nos separamos de Dios. Esta culpa fue la que literalmente nos volvió locos y nos impulsó a huir de la mente. Todo el universo físico es simplemente un mal sueño. Por complicado que parezca el cosmos —una infinitud que abarca billones de años, y contiene galaxias tras galaxias, conocidas y desconocidas, algunas en otras dimensiones temporales—, es todo un solo sueño. Todo proviene de una sola fuente: la culpabilidad. Eso nos da una comprensión de lo poderosa que es nuestra creencia en la culpabilidad. Casi todas las religiones o espiritualidades que comenzaron en un nivel muy alto inspiradas por su fundador terminaron muy mal. A la gente le aterra la verdad no dualista de que la realidad es inmaterial, atemporal y es lo único que hay. No tiene ninguna división. Es perfecta unidad.

No ha habido un movimiento religioso o espiritual que no haya experimentado eso. El hinduismo comenzó con los Vedas y los Upanishads —muy altas enseñanzas— y terminó como la Iglesia católica romana: con estatuas, rituales, odios y otras cosas ajenas a su inspiración original. El cristianismo comenzó con Jesús. Inmejorable punto de partida; pero ¡miren en qué acabó! Y no les extrañe que lo mismo suceda con Un curso de milagros. Eso no le resta validez a la inspiración inicial de un movimiento, como tampoco se lo resta al Curso; simplemente indica que la gente puede atemorizarse, y como dice el propio Curso, «los que tienen miedo pueden ser crueles» (T-3.I.4:2). Pueden ser muy crueles. Pero detrás de la crueldad está el miedo: ¿Quién sería yo sin mi rabia? ¿Quién sería yo sin mi odio? ¿Quién sería yo sin mi juicio? ¿Quién sería yo sin mí? Ese es el verdadero miedo.

Lo que nos define es el odio a nosotros mismos, porque ese es nuestro origen. El ego nació del odio a Dios, y luego del odio a nosotros mismos que experimentamos por lo que creemos haber hecho a Dios. De conformidad con las leyes de la mente dividida, cualquier cosa que creamos acerca de nosotros mismos será tan horrible y espantosa que lo reprimiremos, y lo que reprimamos lo proyectaremos. Ya que todos hicimos esto como un mismo Hijo, cuando colectivamente fabricamos el cosmos, el Único Hijo se fragmentó en billones de pedazos, y cada pequeño fragmento contiene la totalidad, tanto de la locura del ego, como de la cordura del Espíritu Santo que corrige y deshace al ego. Cada uno de nosotros lo lleva en su totalidad: el sistema hecho y derecho del ego y el sistema íntegro del Espíritu Santo. Todos nacimos del mismo miedo. ¿Por qué habría de extrañarnos pues que todo el mundo odie a todos los demás?

Hay un fluir constante de juicios y críticas, si no es que de matanza y mutilación, porque eso es lo que es el mundo. Comenzó con un asesinato; no lo olviden. Comenzó con el asesinato de Dios, y como las ideas no abandonan su fuente, todo lo demás es simplemente el fragmento sombrío de ese pensamiento original. Esa es la enfermedad. La enfermedad no tiene nada que ver con síntomas externos. La enfermedad es el pensamiento que dice: «Yo hice esto, y además, lo haría de nuevo». De hecho, no solo lo haríamos de nuevo, sino que ya lo estamos haciendo de nuevo. Cada momento que respiramos; cada momento que creemos que estamos aquí; cada momento que nos dejamos llevar por el especialismo, volvemos a matar a Dios. A eso se refiere Jesús en el capítulo 16 cuando dice: «Si percibieras la relación especial como un triunfo sobre Dios, ¿la desearías?» (T-16.V.10:1). Y la horrible verdad es que todavía la deseamos, aunque nos dice que es un «triunfo sobre Dios». ¿Cuántos estudiantes de Un curso de milagros han leído esa línea una y otra vez, y no obstante, dan rienda suelta a todo su especialismo?

Es importante entender y tener presente que todo lo que hacemos aquí, a nivel del microcosmos, es una sombra de lo que creemos que todos hicimos originalmente al principio. Esa es la culpa con la que cargamos. Si no se entiende, la culpabilidad permanecerá enterrada, y si permanece enterrada, aflorará continuamente por medio de la proyección. Eso es lo que ha sucedido a lo largo de la historia del universo; ciertamente, a lo largo de la historia de lo que conocemos como el homo sapiens. Por eso todos siempre están matando a los demás. Los individuos lo hacen, los gobiernos lo hacen, las razas y las religiones lo hacen, porque nadie se detiene a dirigir la mirada hacia dentro. Por eso este curso es un documento espiritual tan importante y tan impresionante. Más que cualquier otra enseñanza que yo conozca, documenta al ego, y el cuadro no es bonito. Pero el mundo fue hecho para tapar la fealdad del cuadro.

Probablemente todos conozcan la sección del texto llamada «Los dos cuadros» (T-17.IV), donde Jesús habla de la necesidad de mirar el cuadro del ego —que es el cuadro de la muerte— y de no dejarnos engañar por la apariencia del elaborado marco en que el ego lo encuadra. En ese contexto, el marco es la relación especial. No se dejen engañar por el centelleo de lo que parecen joyas en el marco. El propósito del marco es impedir que miren el cuadro. Esta es una de las secciones más importantes del libro, porque aborda el problema del mundo y de todos los problemas religiosos que encierra. La gente se deja absorber tanto por el brillo de la relación especial que es el marco —sobre todo si cabe encajar ahí a Dios—, que no ven la fealdad y lo mortífero que es el cuadro. La mayoría de las religiones y espiritualidades ignoran al ego, lo falsifican o lo endulzan, diciendo: «Simplemente déjalo ir; entrégaselo al Espíritu Santo. No es nada. Elige el amor y ya estuvo». Bueno, si fuera así de fácil, este mundo no existiría, y no habría necesidad de un curso que pasara tanto tiempo hablando del odio, el asesinato y la culpabilidad, en lugar del amor y la paz. Necesitamos algo que nos lleve a través del fango.

Como mencioné antes, eso es lo que Freud hizo para todos nosotros. Su contribución fue muy importante, a pesar de muchas necedades que dijo. Más que nadie, insistió con firmeza en que la gente mirara al ego. Uno de los reclamos principales que Jung libraba en su contra es que Freud solo quería ver lo feo y lo sucio. Desafortunadamente, Freud tenía razón y Jung estaba equivocado, porque Jung se valió de todas sus elevadas ideas espirituales o seudo espirituales como una manera de encubrir con sutileza lo que había dentro. Y Freud seguía diciendo que era esencial mirar dentro; lo que hay no es agradable. En Un curso de milagros Jesús dice lo mismo: Mira el cuadro. En la sección «Los dos cuadros», incluso está en cursiva: Mira el cuadro. El perdón mira (L-pII.1.4:3). El milagro mira la devastación (L-pII.13.1:3). Mira el problema tal como es, no como lo urdiste (T-27.VII.2:2). Eso es lo que es la sanación: mirar.