La sanación del sueño de la enfermedad

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
​Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte V
«El proceso de la enfermedad»

Pasemos ahora al folleto de Psicoterapia, la sección llamada «El proceso de la enfermedad» (P-2.IV). El contexto de este folleto es, por supuesto, la psicoterapia y su práctica. Pero uno no tiene que ser un terapeuta profesional para beneficiarse de él, aunque iba dirigido específicamente a terapeutas. Es un maravilloso resumen de los principios del Curso sobre la sanación (que ya hemos visto y veremos de nuevo): básicamente, toda enfermedad es alguna forma de falta de perdón y, por lo tanto, toda terapia es realmente una forma de perdón.

(1:1) De la misma manera en que toda terapia es psicoterapia, del mismo modo toda enfermedad es enfermedad mental.

Cuando Jesús dice «toda terapia es psicoterapia», quiere decir que toda terapia es de la mente porque toda enfermedad es de la mente, «toda enfermedad es enfermedad mental». Dicho de otra manera, todos nuestros problemas son sombras de nuestra culpabilidad, como vimos cuando comentábamos el pasaje en El canto de la oración y, por lo tanto, toda terapia, toda sanación, es el deshacimiento de la culpabilidad, que viene a través del perdón. Dicho aún de otra manera, toda enfermedad es una expresión de la creencia de que mis intereses están separados de los tuyos. Un corolario de esta idea es el concepto de uno o el otro: no me importas tú; solo me importa que mis necesidades sean satisfechas. Ese es, por supuesto, el núcleo de cualquier relación especial y se basa en la idea de que tenemos intereses separados. Otro aspecto de este corolario es la idea de que puedo escapar de lo que mi ego me dice que es la fuente de mi dolor, arrojando mi culpa sobre ti, y así hacer que tú seas pecador y que yo esté libre de pecado. Eso es uno o el otro: tú tienes el pecado y yo no. Mis intereses están separados de los tuyos. Tú no me importas en absoluto; solo me importa deshacerme de mi pecado.

Otra forma de entender la enfermedad es que consiste en percibir intereses separados, una percepción que comenzó con la creencia original de que mis intereses diferían de los de Dios. No me importa Dios y no me importa Cristo. Solo me importo yo, mis intereses tienen prioridad. Quiero mi vida, y si eso significa que Dios tiene que ser sacrificado y Su Hijo crucificado, ¿qué se le hace?, es lo que hay. Pero yo tendré mi vida. Si definimos la enfermedad como la creencia en intereses separados, entonces podríamos definir la sanación como la creencia en intereses compartidos; a saber, que tenemos metas compartidas. No puedo estar sin pecado a menos que tú también lo estés. Si creo que yo soy pecador, entonces te haré pecador, y si creo que tú eres pecador, estaré reforzando la creencia en mi propia pecaminosidad. Pero si realmente quiero recordar mi inocencia como Cristo, como el verdadero Hijo de Dios, entonces esa inocencia tiene que percibirse en todos, porque el Hijo de Dios es uno.

Una vez más, esta primera frase significa que toda enfermedad es culpabilidad, que proviene de nuestra creencia en intereses separados. Toda terapia, toda sanación, es de la mente, porque ahí es donde está la creencia. La sanación corrige la creencia en intereses separados, reemplazándola con el reconocimiento de que nuestros intereses son compartidos. Como dice en el texto, nos vamos a casa juntos o no lo haremos en absoluto (T-19.IV-D.12:8), y al arca de la paz se entra de dos en dos (T-20.IV.6:5).

(1:2) Es un juicio acerca del Hijo de Dios (esa es la enfermedad), y todo juicio es una actividad mental.

Jesús está hablando de la mente, que casi siempre no es a lo que se refieren los psicólogos. Incluso cuando Freud hablaba de la psique, siempre tenía un modelo biológico en mente. Comenzó como neurólogo e investigador, y escribió una monografía clásica sobre la afasia antes de comenzar su trabajo psicológico. Cerca del final de su vida declaró que en algún momento del futuro, todas sus investigaciones, todo lo que había explorado y había sacado a la luz se entendería de forma electroquímica. Cuando los psicólogos hablan de la mente, no están hablando de ella de la manera en que lo hace Un curso de milagros. Se refieren a algún aspecto del cerebro. Una vez más, cuando Jesús habla de «actividad mental», él se refiere literalmente a una actividad «de la mente», que está totalmente fuera del cuerpo y el cerebro.

(1:3-5) Un juicio es una decisión que se toma una y otra vez contra la creación y su Creador. Es la decisión de percibir el universo como tú lo habrías creado. Es decidir que la verdad puede mentir y que es una mentira.

Todas estas son formas diferentes de describir lo que sucedió en ese momento ontológico original cuando la «diminuta idea loca» pareció surgir en la mente del Hijo de Dios, y el Hijo tuvo la opción de escuchar la verdad del Espíritu Santo o la mentira del ego. La «diminuta idea loca», interpretada por el Espíritu Santo, dice que la separación nunca ocurrió; no hay ninguna «diminuta idea loca». Un curso de milagros se refiere a eso como el principio de la Expiación. La mentira del ego es que la «diminuta idea loca» no solo ocurrió, sino que es real, pecaminosa y justifica nuestra culpabilidad, por lo cual merecemos que se nos castigue. Escogimos que la mentira del ego ocupara el lugar de la verdad del Espíritu Santo.

Inherente a todo ello está un juicio tras otro tras otro. Primero juzgamos en contra de Dios, que Su Amor no era suficiente para nosotros. Luego nos marchamos a fabricar nuestro propio mundo interior, y después un mundo físico, donde creíamos que encontraríamos amor, felicidad, paz y dicha en la existencia individual e independiente. A continuación, nos juzgamos a nosotros mismos porque nos sentíamos tan culpables por lo que habíamos hecho: le dijimos a Dios que se fuera al cuerno, que Su Amor no era lo que queríamos, no era suficiente, y si eso significaba que fuera necesaria Su extinción, nuestra respuesta fue: «¡Que así sea!». Luego, por supuesto, tomamos ese juicio de nosotros mismos, lo proyectamos y ahora juzgamos a todos los demás. Eso es de lo que Jesús está hablando aquí. El universo que ahora percibimos tal como lo hemos creado —en realidad, como lo hemos creado en falso es el universo de separación, juicio, culpabilidad, castigo, sufrimiento, dolor y, finalmente, muerte. Ese es el universo de la mente errónea. Es el universo que se encuentra dentro de nuestras mentes, el que surge cuando lo proyectamos al exterior. Una vez más, es un mundo de sufrimiento, pecado, separación, especialismo y muerte.

(1:6-7) ¿Qué otra cosa, entonces, puede ser la enfermedad sino una expresión de aflicción y culpa? ¿Y por qué sollozaría alguien sino por su inocencia?

Esa es una línea maravillosa que cito muy a menudo. Todas nuestras lágrimas, penas, tristeza, soledad y todo nuestro dolor interior se deben a una sola causa: creemos que desechamos la inocencia del Hijo de Dios al separarnos de Dios, y que nunca la vamos a recuperar. Todas nuestras lágrimas son por haber perdido esa inocencia. Incluso si se nos pudiera devolver, sentimos que no la mereceríamos por haber querido primero destruirla. Eso afirma nuestra culpabilidad. Jesús nos dice que toda enfermedad, independientemente de la forma en que se exprese y en que la experimentemos, no es más que una sombra: una «expresión de aflicción y culpa». Una vez más, toda la soledad, la tristeza y la ansiedad que sentimos de cuando en cuando durante la vida tiene como única causa la decisión que tomamos una sola vez —y reforzamos continuamente— de repudiar el Amor de Dios.

Muy a menudo la forma en que experimentamos esto aquí es que alejamos el Amor de Jesús o el Espíritu Santo diciéndoles que Su Amor no es suficiente para nosotros: quiero el amor de esta persona especial; quiero el confort que me proporciona esta sustancia especial; quiero cualquier cosa que el mundo pueda darme, aparte de Ti. Lo único que hacemos cuando repudiamos a Jesús es reforzar la culpabilidad original cuando repudiamos a Dios y le dijimos que se fuera al cuerno porque Su Amor no era suficiente. Eso es lo que hacemos una y otra vez.

Recuerden, no hay mundo ahí fuera, excepto como una sombra o una proyección del mundo interior. En el mundo interior no hay tiempo ni espacio. El mundo del tiempo lineal y el espacio no surgió hasta la proyección del error. En la mente, todo es atemporal, no en el sentido de la eternidad, sino en el sentido de que no hay tiempo. Proyectado al exterior, el pensamiento de pecado, culpabilidad y miedo da lugar a la linealidad: el pasado, presente y futuro.

Una vez más, lo que quieren ser capaces de entender es que todo lo que sienten en su vida presente, en su momento presente —recuerdos de dolor en el pasado o cosas que están anticipando en el futuro— no es lo que ustedes piensan. Como expliqué antes, no son más que formas de mantener tu separación, y depositar la culpa o la responsabilidad de ello en algo o en alguien fuera de ti mismo.

(2:1) Una vez que al Hijo de Dios se le considera culpable…

Todo esto ocurre con anterioridad al tiempo y al mundo. Ocurre en la mente, pero no deja de ocurrir. Por eso es tan importante ver que el sistema de pensamiento del ego está más allá del tiempo. Simplemente lo proyectamos en el tiempo y pensamos que es secuencial, pero siempre se encuentra ahí y siempre buscará expresarse.

(2:1-2) Una vez que al Hijo de Dios se le considera culpable, la enfermedad es inevitable. Es lo que ha pedido y, por ende, es lo que recibirá.

Es imposible no tener alguna forma de enfermedad una vez que la culpabilidad se hace real en la mente. Mientras creamos que estamos aquí en este mundo y que somos un cuerpo; mientras creamos que somos la personalidad que tenemos; mientras creamos que este yo es lo que realmente somos, seremos culpables. Este yo únicamente podría haber emergido de la creencia previa de que nos habíamos separado de Dios, de que logramos lo imposible; de ahí que los sentimientos de odio y aborrecimiento a uno mismo están más que justificados. Para escapar de esos sentimientos, creemos que no nos queda más remedio que proyectarlos y encontrarles defectos a todos los demás. Eso es lo que Jesús quiere decir con: «Es lo que ha pedido y, por ende, es lo que recibirá».

(2:3) Todos los que piden enfermedad se han condenado a sí mismos a buscar remedios que no los pueden ayudar, pues han depositado su fe en la enfermedad y no en la salvación.

Aquí Jesús se refiere a la magia. Si se fijan en el diagrama, en la última línea de la caja del MUNDO DE SEPARACIÓN – PERCEPCIÓN, verán soluciones/magia. Cualquier intento de resolver un problema a nivel del mundo y el cuerpo, el Curso lo llama magia, porque no tendrá éxito. Cualquier cosa que intente resolver el problema a nivel de la mente, el Curso lo llama milagro. Por eso hay una línea en el lado derecho del diagrama que lleva del mundo al tomador de decisiones. Ese arco denota el proceso de retirar nuestra atención del mundo —donde el ego la puso para que pudiéramos culpar a todos— y redirigirla a la mente de la cual quisimos escondernos.

La magia es un intento de resolver un problema donde no existe: a saber, en el cuerpo y en el mundo; mientras que el milagro resuelve el problema donde existe, que es en la mente. Continuamente buscamos remedios para nuestro dolor en niveles que nunca ayudarán, porque fueron diseñados para no ayudar. Recuerden, la estrategia fundamental del ego es evitar que cambiemos de mentalidad respecto al ego. El sistema de pensamiento del ego es una ingeniosa estrategia elaborada con gran cuidado y es absolutamente genial. El temor del ego es que en algún momento tomemos conciencia de lo que hemos hecho, reconozcamos nuestra elección equivocada y cambiemos de mentalidad. Y en el instante en que elijamos en contra del ego y a favor del Espíritu Santo, el ego desaparecerá, porque todo en la mente errónea y en el mundo literalmente no tiene significado ni sustancia, no es real. Solo aparenta ser una realidad en la medida en que creemos en ella.

En el texto Jesús habla de la fe, y no en el sentido habitual de la palabra. Está hablando de poner fe en el ego o en el Espíritu Santo (T-17.VII). Poner fe en el ego es lo que él describe como infidelidad, porque no estamos poniendo la fe en nada. Pero una vez que lo hacemos, dotamos de credibilidad al ego y en ese momento el ego parece real, tan real y monstruoso de hecho que tenemos que proyectarlo e inventar un mundo que creemos que es real. Pero como dice el rey Lear: «nada obtendréis de nada». El mundo no es nada porque surgió de lo que no es nada, pero creemos que es todo, sólido, real y muy doloroso, porque creemos en él. Cuando retiramos nuestra creencia, retiramos nuestra fe y el ego se colapsa como un globo al que se le ha salido el aire. El ego tiene miedo de esa eventualidad; por lo tanto, concluye que la manera de escapar de nuestro inevitable cambio de mentalidad es dejarnos sin mente. Para eso hay un mundo.

Esa es otra forma de entender el propósito del mundo. El propósito del mundo es que olvidemos que hay una mente. Una vez más, para volver a lo que comentábamos anteriormente, olvidamos que la mente es la causa y el mundo es solo el efecto. Dejándonos sin mente —lo cual significa que un velo opaco cae frente a nuestras mentes—, el ego se asegura de que no tengamos memoria de la mente y que sigamos para siempre sin mente porque nos hemos olvidado de la causa. Todo lo que sabemos es que mi cuerpo está enfermo y necesito ayuda; me duele la psique y necesito ayuda; me siento solo y aislado, y necesito el consuelo de abrazar a otro cuerpo; siento un vacío en el estómago y está produciendo rugidos, por lo que tengo que llenarlo con algo del exterior; tengo una fuerte jaqueca, así que necesito tomar una píldora que ayude a dilatarme las arterias para que el dolor desaparezca; y no paramos. Pero ninguno de estos remedios funcionará porque no deshacen la causa. Solo se entretienen con la sombra, pero la causa de la sombra sigue siendo exactamente lo que era.

Eso es de lo que Jesús está hablando aquí. Ponemos nuestra fe en la enfermedad porque no queremos salvarnos. A una parte de nosotros le gusta nuestra identidad individual. Le gusta ser única, ser una persona. Esa parte no quiere salvarse. En el contexto de Un curso de milagros, la salvación significa salvarnos de creer en el sistema de pensamiento del ego: un sistema de pensamiento de individualidad, separación, especialismo, etc.

Lo que Jesús trata de hacer en este folleto, tal como lo hace en el Curso, es que reconozcamos exactamente lo que estamos haciendo y por qué lo hacemos; por qué insistimos tan obstinadamente en tener razón, en que nosotros sabemos y el Espíritu Santo no, o en que el Espíritu Santo sabe lo que nosotros le enseñamos. El mundo ha venerado al Jesús que inventamos a nuestra imagen y semejanza. Este es el Jesús que confirma nuestro sistema de pensamiento de separación, pecado, salvación a través del sufrimiento, muerte, cuerpos, etc.; pero nos aterra lo que el verdadero Jesús enseña porque no queremos salvarnos de la manera en la que él quiere que nos salvemos. Queremos salvarnos de nuestro dolor haciendo que otra persona pague el precio.

(2:4) No hay nada que un cambio de mentalidad no pueda hacer, pues todas las cosas externas no son sino sombras de una decisión ya tomada.

Las decisiones se toman solo en la mente, y por eso hablamos de un tomador de decisiones. Al decir: «todas las cosas externas», Jesús se refiere a todo aquí: tanto al universo físico, como al universo personal. «Todas las cosas externas» no son sino sombras de una decisión que ya se ha tomado en la mente: la decisión de estar separados y, una vez más, mantener intacta nuestra separación proyectando la causa y echándoles la culpa todos los demás.

(2:5-6) Si se cambia la decisión, ¿cómo podría su sombra no cambiar? La enfermedad no es más que la sombra de la culpa, grotesca y fea, puesto que imita la deformidad.

La deformidad de la que habla Jesús es el pensamiento deforme que dice que soy un Hijo de Dios, independiente de mi Creador y Fuente; este yo ego —la morada del mal, de las tinieblas y del pecado— es quien soy. Esa es la deformidad. Una vez que tienes un pensamiento deforme, ¿cómo podría su sombra no ser deforme? Incluso cuando tu cuerpo parece funcionar a la perfección es deforme porque es una grotesca parodia y caricatura de quienes somos en realidad, pues el cuerpo nos mantiene separado de cualquier otro cuerpo. Los cuerpos cambian, por no mencionar que fallan y mueren, y esto es lo que proclamamos que es el glorioso Hijo de Dios. Como si eso no fuera suficiente, cuando miras el cuerpo en el contexto de la Biblia, se pone aún peor, porque entonces Dios se convierte en el Creador de esta deformidad. Esto, por supuesto, hace que Dios sea tan deforme como nosotros.

(2:7) Si una deformidad se ve como real, ¿cómo podría su sombra no ser deforme?

Todo lo que Jesús está diciendo aquí, en un lenguaje muy fuerte, es que el mundo y el cuerpo son el efecto de la causa, que es la decisión de nuestra mente de estar separados y luego sentirnos culpables. Lo que llamamos enfermedad no es la única forma de deformidad. El cuerpo en sí es una deformidad. El mundo es una deformidad. Todo lo que parece existir en este mundo, cualquier cosa que cambie, crezca, se marchite, se deteriore y muera es una deformidad, porque es una sombra del pensamiento deformado original que dice que existo fuera del Cielo y tengo una identidad individual que me mantiene separado y me diferencia de Dios, y finalmente me mantiene separado de todos los demás. ¿Cómo es posible que esto sea amor? ¿Cómo es posible que esto sea real? El propósito de esta identidad es demostrar que el amor es la mentira y la realidad es la ilusión; en otras palabras, que la ilusión es la realidad y el amor especial es la verdad. El amor especial siempre se trata de separación, de intereses separados y pactos. Siempre es excluyente, lo cual significa que no incluye a toda la Filiación.

Pueden ver que Jesús está transformando la idea y la comprensión de la enfermedad, llevándonos de la limitada perspectiva propia del mundo y el cuerpo a la mente. Está diciendo que cualquier cosa que suceda aquí es una sombra. Por lo tanto, lo que queremos hacer es volver a la fuente de la sombra. Eso es lo que hay que cambiar y deshacer.