La sanación del sueño de la enfermedad

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
​Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VI
«El proceso de la enfermedad» (cont.)

(3:1) Una vez que se ha decidido que la culpa es real, el descenso al infierno [que es realmente en lo que el mundo termina] sigue paso a paso su inevitable trayectoria.

Jesús la describe en Un curso de milagros como la loca trayectoria a la demencia (T-18.I.7). También se refiere a ella como la escalera que la separación nos hizo descender (T-28.III.1:2). En el diagrama, esto se representa con Dios en la parte superior, el Dios que creemos haber abandonado. Luego está la parte tomadora de decisiones en la mente, que toma la decisión equivocada y busca destruir al Espíritu Santo. Ahora nuestro yo ya no es un Ser, ni siquiera un yo responsable; ahora es un yo ego, insignificante y diminuto, fingiendo en su grandiosidad ser algo importante. De eso descendemos finalmente al nivel del mundo. Eso es de lo que Jesús está hablando en este pasaje.

Este descenso es inevitable una vez que hacemos real la culpabilidad, porque la culpabilidad exige castigo y entonces por miedo al castigo, habrá que dejar la mente para huir de la ira de Dios, lo cual hacemos inventando un mundo. Esto no es algo que sucedió una sola vez en el tiempo. Sucede una y mil veces, a cada instante. Esa maravillosa sección del texto, titulada «El pequeño obstáculo», dice: «Cada día, y cada minuto en cada día, y cada instante de cada minuto, no haces sino revivir ese instante en el que la hora del terror ocupó el lugar del amor» (T-26.V.13:1). Volvemos a representar ese momento en el que le dijimos al Espíritu Santo que se fuera al cuerno y, en vez de escucharlo a Él, escuchamos al ego. Hacemos esto una y otra vez fuera del tiempo, pero experimentamos sus efectos en el tiempo. Como el problema está fuera del tiempo, la sanación tiene que hallarse fuera del tiempo. Eso es lo que es el instante santo. Es el instante fuera del tiempo y el espacio, cuando elegimos al Espíritu Santo en lugar del ego.

(3:2) La enfermedad, la muerte y la miseria fustigan ahora la tierra en implacables oleadas, a veces simultáneamente, y otras en siniestra sucesión.

Así describe Jesús el mundo. No es el único lugar en el material, donde habla de ello de esta manera. Está tratando de ayudarnos a darnos cuenta de que este no es un lugar agradable, y por lo tanto que no debemos tratar de convertirlo en un lugar agradable. El mundo es un lugar de «enfermedad, muerte y miseria». Como dice en el libro de ejercicios, es un desierto, «al cual criaturas hambrientas y sedientas vienen a morir» (L-pII.13.5:1). Además, esa no es la única ocasión en que usa la imagen de un desierto. Aquí no hay vida. No hay vida en el desierto del ego. Nos dice que fuera del Cielo no hay vida (T-23.II.19:1). El objetivo de todo esto no es importunarnos y hacer que nos sintamos culpables, sino motivarnos a querer dejar este infierno, este desierto. Jesús nos está motivando a no querer permanecer en un lugar, repetimos, «al cual criaturas hambrientas y sedientas vienen a morir», un lugar donde «la enfermedad, la muerte y la miseria» acosan la tierra. Esa es la mala noticia respecto al mundo que creemos que es tan real y maravilloso. La buena noticia es que:

(3:3) Todas estas cosas, no obstante, por muy reales que puedan parecer, son solo ilusiones.

El problema con esa declaración, como con muchas otras similares, es que, si acepto lo que está diciendo —que la enfermedad, la muerte y la miseria son ilusiones—, también debo aceptar el hecho de que este cuerpo es igualmente ilusorio. Una vez más, esta es la razón por la que a nadie le gusta realmente este curso. Jesús no solo está diciendo que renuncies a todos tus rencores, tus faltas de perdón, tus odios mezquinos y tu especialismo. Cierto, está diciendo que renuncies a todo eso, pero además está diciendo que hacerlo es el paso previo que a la larga conduce a la renunciación de todo este yo. Su propósito no es hacer que vivamos más felices en el sueño: que se erradique la enfermedad y la muerte, que la gente viva para siempre y todo el mundo sea feliz. Su propósito es despertarnos del sueño de los cuerpos, que solo es una sombra del sueño de la culpabilidad que está en la mente.

Se nos tiene que motivar. Si Jesús es nuestro maestro, comparte el desafío que enfrenta cualquier maestro, el de motivar a sus alumnos. Tienen que querer aprender los cursos que sus maestros les imparten. Bueno, la única manera en que Jesús conseguirá que aprendamos realmente este curso es que nos demos cuenta de lo desdichados que somos donde estamos. Si creemos que todo es maravilloso, estudiaremos el Curso durante seis meses, pensaremos que hemos captado lo esencial del mensaje y saldremos cabalgando felizmente hacia el atardecer. No tendremos la motivación de estudiar y practicar realmente tanto el texto como el libro de ejercicios, día tras día, durante el resto de la vida. Tenemos que estar motivados, dándonos cuenta de que nuestra vida no funciona.

Por eso todos estos pasajes están aquí. Si crees que este mundo funciona o puede funcionar, o que Un curso de milagros vino a este mundo para hacer del mundo un lugar mejor —para traer paz, prosperidad y felicidad al mundo— nunca estarás motivado para aprenderlo. El propósito de este curso es ayudarnos a dejar el mundo de forma voluntaria, así como el ego tuvo que convencernos justo al principio de que abandonáramos la mente. Lo hizo diciéndonos una mentira que nos creímos: la mente es un lugar peligroso. Inventando su cuento chino de pecado, culpabilidad y miedo, nos dio la motivación para dejar la mente, porque creíamos que si nos quedábamos allí, un Dios furioso, maníaco y enajenado se vengaría de nosotros, causando gran infelicidad y, con el tiempo, nuestra destrucción.

El ego fue muy buen maestro, loco, pero muy hábil. Sabía que tenía que motivarnos a dejar la mente e inventar un mundo enseñándonos que la mente nos haría muy infelices. Jesús hace lo mismo, excepto que su lección es de cordura. Ahora tiene que motivarnos a deshacer la motivación del ego. Tiene que enseñarnos que permanecer en el cuerpo y en el mundo nos matará y nos hará muy infelices, y que volver a la mente nos traerá verdadera dicha. El problema es que seguimos creyendo en el ego, y por lo tanto todavía prevalece la motivación de huir de nuestras mentes y vivir en el mundo. El ego dice: «Bien, ahora que estamos aquí, hagamos del mundo un lugar mejor». El propósito de este curso no es hacer del mundo un lugar mejor. A diferencia de la Biblia, Un curso de milagros no busca hacer una «Nueva Jerusalén» aquí en la tierra, ni mezclar el Cielo y la tierra, ni traer el Cielo a la tierra. No puedes integrar dos reinos mutuamente excluyentes.

Jesús tiene que motivarnos a mirar de nuevo este mundo y el cuerpo. Ese es el propósito en todo el material: el texto, el libro de ejercicios, el manual, los dos folletos y los poemas de Helen. Pero sentimos una gran tentación de decir que la intención de Jesús no es realmente decir que el mundo está mal, sino más bien que está mal la forma en que percibimos el mundo. Mas no es así. Jesús quiere decir que el mundo está mal porque fue hecho para ser una defensa contra lo que está bien, que es el principio de la Expiación en nuestras mentes. Deben entender eso; de lo contrario su trabajo con este curso se verá seriamente limitado. Pueden ponerle alrededor una banda muy apretada para que solo diga lo que quieren, o sea, cómo vivir mejor en este mundo y sentirse mejor en este cuerpo. Jesús está diciendo que no puedes sentirte mejor en un cuerpo porque no hay cuerpo, pero déjame ayudarte a sentirte mejor en la mente enseñándote que el ego te mintió. La mente no es un lugar peligroso. No hay un Dios iracundo y venenoso empeñado en destruirte. En tu mente, no hay ninguna persona pecaminosa, culpable, despiadada y malvada llamada . Todo es puro cuento. La mente es lo único que puede salvarte, porque la mente es lo único que podría condenarte.

Pero Jesús tiene que motivarnos; tiene que hacer que queramos aprender su curso. Por eso están aquí pasajes como este, para que no caigamos en la tentación de traérnoslo arrastrando al mundo y hacer del mundo un lugar mejor.

(3:4-5) ¿Quién podría tener fe en ellas una vez que ha entendido esto? ¿Y quién no podría no tener fe en ellas hasta que lo entienda?

Jesús quiere que nos demos cuenta de que la enfermedad, la muerte y la miseria son ilusiones. Habla de esto en muchos lugares, por ejemplo, en la Introducción al capítulo 13 del texto, donde dice que este mundo es «el sistema ilusorio de aquellos a quienes la culpa ha enloquecido» (T-13.in.2:2). Luego describe cómo es realmente este mundo: no es un lugar agradable y que «si este fuese el mundo real, Dios sería ciertamente cruel» (T-13.in.3:1). Quiere que entendamos lo que es el cuerpo. Solo entonces reconoceremos que el cuerpo es neutral, y solo entonces podremos darnos cuenta de que el cuerpo podría servir para un propósito diferente: como un aula de clase para conducirnos más allá del cuerpo, en lugar de como una prisión que nos lleva a la pudrición y a culpar de ello a todos los demás.

(3:6-7) La curación es terapia o corrección, y como ya hemos dicho y volveremos a repetir, toda terapia es psicoterapia. Curar al enfermo no es sino ofrecerle este entendimiento.

La razón por la que la frase «toda terapia es psicoterapia» es tan importante es que se refiere a la idea de que toda curación es de la mente y no puede ser otra cosa. Jesús simplemente nos está ayudando a entender la diferencia entre magia y un milagro. Respirar y comer son cosas mágicas; es decir, creemos que moriremos si no comemos, bebemos o respiramos. Jesús no está diciendo que debas dejar de comer o respirar, o que no debas usar magia porque sea algo maléfico; no es malo. Simplemente está tratando de ayudarnos a entender para qué comemos y respiramos, con qué propósito.

(4:1) La palabra «cura» ha caído en desprestigio entre los terapeutas más «respetables» del mundo, y con toda razón.

El folleto de Psicoterapia fue dictado y anotado en la década de 1970, y esta frase es una referencia al debate que en aquel entonces se sostenía entre los psicoterapeutas a raíz del trabajo de Carl Rogers durante la posguerra. Se cuestionaban si existía o no una cura en la psicoterapia. Jesús está diciendo algo totalmente diferente de lo que los psicoterapeutas dirían respecto a su propio trabajo. Jesús está diciendo aquí que no hay cura porque la cura no tiene nada que ver con el cuerpo ni con la interacción entre los cuerpos. La cura, o la sanación, solo puede ocurrir en la mente.

(4:2) Pues ninguno de ellos puede curar, y ninguno de ellos entiende lo que es la sanación.

Todos los terapeutas del mundo, ¡nada! Por eso hay un folleto para psicoterapeutas, porque no entienden lo que son la psicoterapia y la sanación. Por cierto, si alguno de ustedes está en terapia, o está contemplando comenzar una terapia, esto no significa que deba parar o no ir. Una vez más, la magia no tiene nada de malo. Pero, si están en terapia o deciden iniciar una terapia, por favor no lleven consigo este folleto. Eso no ayudará, podría ser una expresión de ataque disfrazado de resistencia.

(4:3-7) En el peor de los casos, le otorgan realidad al cuerpo en sus propias mentes, y una vez que han hecho esto, apelan a la magia para curar los males con los que sus mentes dotaron al cuerpo. ¿Cómo podría este proceso curar? Es ridículo de principio a fin. Mas una vez comenzado, del mismo modo ha de concluir. [Comienza de forma ridícula porque ve el problema donde no está, y por lo tanto debe terminar de forma ridícula.] Es como si Dios fuese el diablo y fuera necesario encontrarle en el mal.

La sanación es de Dios y está en la mente, que no tiene nada que ver con el cuerpo. No es que el cuerpo sea malo, sino que el cuerpo no funciona. Al decir «cuerpo» Jesús implica también psique. Antes dije que cuando Freud hablaba de la psique se refería al cuerpo; lo mismo es cierto de Jung. No entendían la palabra mente en el sentido en que lo emplea el Curso. Veían la mente como un complemento o alguna expresión de la actividad cerebral. No hablaban de la mente.

(4:8-10) ¿Cómo podría haber amor ahí? ¿Y cómo podría lo enfermo curar? ¿No son acaso estas dos preguntas una y la misma?

¿Cómo podría haber amor en el cuerpo? ¿Cómo podría haber amor cuando estás buscándolo en el lugar equivocado? El amor se encuentra en el principio de la Expiación del Espíritu Santo en la mente correcta, donde está la memoria del Amor de Dios. La mayor amenaza para el ego es la posibilidad de que elijamos la mente correcta. Como explica Un curso de milagros, el ego no tiene concepto alguno del amor, de Dios, del Espíritu Santo o de la Expiación. El único concepto que entiende es una supuesta amenaza a su propia existencia. El ego sabe —como expliqué antes— que, si dejamos de creer en él, desaparecerá. Puesto que la mente escindida se rige por el principio de uno o el otro, retirar nuestra creencia en el ego significa creer y poner nuestra fe en el Espíritu Santo. Eso significa que parte de nosotros quiere recordar el Amor de Dios, en lugar de tratar de atacarlo continuamente. Negar el Amor y erigir en su lugar la culpa y el amor especial, es la enfermedad y dará lugar a una experiencia de enfermedad en este mundo, independientemente de la forma de los síntomas.

Elegir al Espíritu Santo nace de la idea de que «tiene que haber otra manera». Mi forma de vivir en este mundo no me funciona. Mi manera de hacer este curso no me está funcionando porque siempre estoy tratando de traer a Jesús o al Espíritu Santo al mundo en lugar de usarlos como el medio de abandonar el mundo. Sin embargo, abandonar el mundo no implica morir físicamente; significa gradualmente desprenderme de mi percepción del mundo como algo real y fuera de mí, y aceptar la verdadera percepción o visión del Espíritu Santo, que ve el mundo como la «imagen externa de una condición interna». Quiero volver a la condición interna, porque ese es el problema. Y quiero corregir el problema en su punto de origen: la parte tomadora de decisiones en mi mente, que eligió al ego en lugar del Espíritu Santo.