La sanación del sueño de la enfermedad

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
​Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VIII

A menudo en una charla sobre la enfermedad y la sanación surgen preguntas con respecto al uso de medicamentos y otras formas de curación disponibles en el mundo. Me gustaría abordar este comentario refiriéndome a «Un cambio de percepción», la segunda subsección en «¿Cómo se logra la curación?» en el manual para el maestro. Comenzaremos con el segundo párrafo.

(M-5.II.2:1-2) La base fundamental de la curación es la aceptación del hecho de que la enfermedad es una decisión que la mente ha tomado a fin de lograr un propósito para el cual se vale del cuerpo. Y esto es cierto con respecto a cualquier clase de curación.

Como hemos dicho repetidas veces, la enfermedad no tiene nada que ver con el cuerpo; tiene que ver con una decisión, tomada en la mente, a favor de la culpabilidad en lugar de la Expiación. Una vez tomada esa decisión, la enfermedad es inevitable, independientemente de la forma que tome. La sanación trae el síntoma —emocional o físico— del cuerpo de vuelta a la mente, que es donde está la culpabilidad y donde está la curación o el remedio. Traes el problema de vuelta a la solución, que siempre está en la mente.

(2:2-6) Y esto es cierto con respecto a cualquier clase de curación. El paciente que acepta esto se recupera. Si se decide en contra de la recuperación, no sanará. ¿Quién es el médico entonces? La mente del propio paciente.

El médico no es la persona externa, y el llamado agente curativo no es lo que sana. El médico es la mente, como Jesús dice en este pasaje. Fue la mente la que hizo que se enfermara cuando se apartó del Espíritu Santo y se volvió hacia el ego; por lo tanto, la mente misma es la única que puede corregirse. De eso se trata pedir ayuda a Jesús, significa que volvamos a la mente y elijamos a un maestro diferente, lo que implica elegir en contra del ego. Básicamente, somos los que hicimos que nos enfermáramos eligiendo en contra del Espíritu Santo y somos los únicos que podemos producir la curación eligiendo ahora en contra del ego y a favor del Espíritu Santo. Esa es la sanación; ese es el sanador.

(2:7-13) El resultado acabará siendo el que él decida. Agentes especiales parecen atenderle, sin embargo no hacen otra cosa que dar forma a su decisión. Los escoge con vistas a dar forma tangible a sus deseos. Y eso es lo único que hacen. En realidad, no son necesarios en absoluto. El paciente podría sencillamente levantarse sin su ayuda y decir: «No tengo ninguna necesidad de esto». No hay ninguna enfermedad que no se curaría de inmediato.

Los «agentes especiales» serían cualquier cosa que tomes o hagas para aliviar un problema, cualquier cosa externa: una aspirina o algún otro tipo de medicamento, medicina alternativa, medicina homeopática, medicina china, una dieta particular, un ejercicio especial, una almohada especial para la espalda o el cuello por la noche. No importa lo que sea; todos ellos entran en la categoría de «agentes especiales». Jesús está diciendo que cuando nos sentimos mal y tomamos una píldora, nos sometemos a un procedimiento o hacemos cualquier otra cosa que alivie el dolor emocional o físico, solo nos sentimos mejor porque nuestra mente tomó la decisión de soltar el síntoma.

Elegimos un enfoque conciliatorio porque el miedo al poder de la mente es aún demasiado grande, basado en la voz del ego, que nos dice que si volvemos a entrar en la mente y llegamos a tomar conciencia de su poder, elegiremos de nuevo el pecado, y Dios elegirá de nuevo destruirnos. Nosotros elegimos dejar ir el dolor, pero en lugar de ver el poder de la mente como el agente que deja ir el dolor, decimos que fue la píldora, el médico, el procedimiento, la dieta, etc. Todos tenemos una larga lista de cosas que nos ayudan. Ninguna de ellas es mejor o peor que cualquier otra. Lo desafortunado de las personas que usan enfoques alternativos es que se creen superiores a personas que practican la medicina tradicional. Uno de esos enfoques funcionará para algunas personas, uno de esos enfoques funcionará para otras personas. Eso no significa que no debas utilizar un método alternativo si eso es lo que te funciona ni significa que no debas seguir la medicina tradicional si eso te funciona. Pero si piensas que tu elección es mejor que cualquier otra cosa y que eres mejor porque desde tu punto de vista, estás haciendo algo que es santo, puro y natural, en lugar de las cosas horribles que otras personas hacen, es la arrogancia del ego. ¿Por qué? Porque estás excluyendo y separando; y sobre todo, estás cayendo en la primera ley del caos: estás diciendo que hay una jerarquía de ilusiones, que cierta magia es mejor que otra. Si Jesús creyera en el pecado, ese sería el pecado. Por eso hace tanto hincapié en que no convirtamos en realidad el error.

Deben buscar lo que les funcione a ustedes; simplemente no crean que es mejor que la magia de cualquier otra persona, o que una forma de magia es mejor que otra forma de magia. Si les funciona sería una tontería no usarla. Sin embargo, recuerden que uno podría curarse simplemente cambiando de mentalidad; uno podría sanar por tener un pensamiento bondadoso acerca de alguien. Pero la implicación última de tal sanación es que te sacaría de tu mundo y tu cuerpo y te remetería en tu mente. Todos abrigamos un miedo tremendo al respecto, porque, como comentamos anteriormente, la mayor amenaza para el ego es que ejerzamos el poder de la mente y elijamos en contra de él. Ese es el miedo. Lo que nos volvió locos fue creernos el cuento del ego de pecado, culpabilidad y miedo, y nos volvimos aún más locos cuando inventamos un mundo, y luego nos defendimos de todo eso olvidando lo que hicimos. Hay una razón por la que hicimos el mundo y seguimos viviendo aquí.

Nunca olviden que todo ocurre en la mente, y ocurre por nuestra propia elección. Desde un principio, todos aceptamos la evasiva explicación del ego. Nunca lo cuestionamos porque el ego nunca nos dio la oportunidad de hacerlo; tan pronto como elegimos al ego, borró toda memoria de nuestra mente; entonces, la mente simplemente desapareció. En ese mismo instante, se fabricó el mundo, nació el cuerpo gobernado por un cerebro sin conciencia alguna de la mente. Tenemos un elaborado conjunto de aparatos sensoriales por una razón: los órganos sensoriales fueron hechos específicamente para mirar hacia fuera y para saborear, oler y sentir lo que está al exterior. Y el propio cuerpo también está fuera. Entonces, el cerebro interpreta todos los datos sensoriales, suma dos más dos y le da cuatro y tres cuartos. Interpreta lo que ve como realidad y nos dice que es la realidad. Y como no hay nadie más a quien preguntarle, excepto a otras personas dementes, nos creemos la mentira. Y nos la creemos porque tenemos terror de volver a entrar en la mente y perder este yo, que sí perderíamos. Como dice Jesús en el capítulo 13, nuestro temor es que saltemos a los brazos de nuestro Padre y que este mundo desaparezca:

«Te das cuenta de que al despejar la tenebrosa nube que la oculta [la separación], el amor por tu Padre te impulsaría a contestar Su Llamada y a llegar al Cielo de un salto... Crees haber construido un mundo que Dios quiere destruir; y que amando a Dios —y ciertamente lo amas— desecharías ese mundo, lo cual es, sin duda, lo que harías» (T-13.III.2:6; 4:3).

Así pues, para preservar esta identidad, este yo individualizado separado, continuamente tenemos que elegir mantenernos fuera de nuestras mentes.

Este temor es la razón por la que elegimos un enfoque conciliatorio: el uso de «agentes especiales». Realmente no necesitamos nada para deshacer el dolor en nuestro cuerpo, porque no hay dolor en el cuerpo. ¿Cómo puede tener dolor algo que no existe? El dolor es la culpabilidad en la mente, que proyectamos o desplazamos sobre el cuerpo. Entonces sentimos el dolor en nuestro cuerpo y tratamos de hacer algo con el cuerpo. Lo que hagan es irrelevante. Si algo alivia el dolor y ayuda a que se sientan mejor, desde luego, háganlo. Pero no piensen que eso es curativo. Simplemente estás eligiendo estos agentes o esta forma de magia con el fin de aportar forma tangible a tus deseos, a tu elección a favor de la sanación. No significa de ninguna manera que no deban elegir la magia. Un gran error que cometen los estudiantes de Un curso de milagros es pensar: «Estoy sufriendo, pero todo está en mi mente y no voy a tomar nada». Eso implica que tomar magia es maléfico. Jesús aborda esta idea en el capítulo 2:

«Todos los remedios materiales que aceptas como medicamento para los males corporales son reafirmaciones de principios mágicos. Este es el primer paso que nos conduce a la creencia de que el cuerpo es el causante de sus propias enfermedades. El segundo paso en falso es tratar de curarlo por medio de agentes no-creativos. Esto no quiere decir, sin embargo, que el uso de tales agentes con propósitos correctivos sea malo» (T-2.IV.4:1-4).

Este es un pasaje muy importante. Jesús no está diciendo que no debamos tomar una aspirina, ir a un médico, someternos a una cirugía o hacer lo que nos haga sentir mejor. Explica:

«A veces la enfermedad tiene tan aprisionada a la mente que temporalmente le impide a la persona tener acceso a la Expiación. En este caso, tal vez sea prudente usar un enfoque conciliatorio entre el cuerpo y la mente, en el que a algo externo se le adjudica temporalmente la creencia de que puede curar. Esto se debe a que lo que menos puede ayudar al que no está en su mente correcta o al enfermo es hacer algo que aumente su miedo. De por sí ya se encuentra en un estado debilitado debido a este. Exponerle prematuramente a un milagro podría precipitarle al pánico, lo cual es muy probable que ocurra en aquellos casos en que la percepción invertida ha dado lugar a la creencia de que los milagros son algo temible» (T-2.IV.4:5-10).

Esta es la misma idea que comentábamos: la estrategia del ego es convencernos de que si permanecemos en la mente, moriremos fulminados. Por lo tanto, solo podemos estar a salvo huyendo de la ira de Dios, creando un mundo y eligiendo nacer en un cuerpo. Puesto que obviamente todos creemos que somos un cuerpo, cuidamos de este cuerpo y nos importa lo que otros cuerpos piensan de él, Jesús dice que no finjamos creer lo contrario.

Al decir «a veces la enfermedad tiene tan aprisionada a la mente», Jesús se muestra algo benévolo porque casi siempre la enfermedad tiene tan aprisionada a la mente, de otra manera no la habríamos elegido. Nos provoca terror el poder de nuestra mente; ese poder es el que literalmente fabricó y sostiene este mundo. Está esa vocecita molesta que siempre está diciendo: «No vuelvas a tu mente porque si lo haces, pecarás de nuevo». Así que todos nos hacemos totalmente ineptos, desvalidos, impotentes y sin mente, con la esperanza mágica de que hacerlo nos protegerá de volver a pecar. Por supuesto, el tiro de gracia del sistema del ego es que toma ese pecado que tanto nos aterra, lo proyecta, y luego lo vemos en todos los demás. Ahora tenemos una doble protección: estoy totalmente desprovisto de toda ayuda y desprovisto de una mente, así que no hay manera de que pueda pecar. ¿Cómo podría Dios acusarme de eso cuando estoy tan desvalido? No solo eso, la otra persona —la «pecadora»— es la que tiene el poder, no yo. Esa persona es la que me ha causado dolor.

Por lo tanto, inventar un mundo, experimentar que somos un cuerpo y experimentar dolor, malestar y sufrimiento en el cuerpo, forman parte de la estrategia concebida por el ego para mantenernos fuera de nuestras mentes —literal y figurativamente— porque todos estamos dementes. Sería aterrador saber, no solo intelectualmente, sino de verdad saber que lo inventamos. Sin embargo, saber eso nos sanaría, porque entenderíamos por qué lo hicimos y lo estúpido que fue, y entonces elegiríamos la otra opción.

No tiene nada de malo el enfoque conciliatorio. Como estudiantes serios de Un curso de milagros, si se enferman o algo no anda bien, utilicen cualquier forma de magia que les ayude, pero tengan presente que es magia. No traten de imponerse una espiritualidad o una verdad metafísica cuando todavía están anclados en el mundo y en el cuerpo. Eso es una tontería. No es espiritual y termina convirtiéndote en una persona absolutamente terrible para contigo mismo y para con los que te rodean. Por eso a menudo me burlo de los estudiantes de Un curso en milagros; pueden ser horribles en este sentido. Se les dificulta mucho este tema porque, si bien quizás entiendan intelectualmente una verdad metafísica, ciertamente no viven como si se la creyeran. Por eso la imagen de una escalera que Jesús nos da en El canto de la oración es tan útil (véase S-1.II, III). La idea de que la oración o el perdón son una escalera significa que son un proceso, y solamente hasta llegar a lo más alto de la escalera, entiendes que todo esto es inventado. Sabes, no solo intelectualmente sino a nivel experiencial, que tu identidad está fuera del sueño. Esto es lo que te permite pasar tus días y tus meses y tus años aquí, sin ser afectado por el mundo.

Así es como Jesús estuvo aquí. Nadie sabe realmente cómo era cuando estuvo aquí, pero comoquiera que haya sido, y cualesquiera que hayan sido sus experiencias, podemos tener la certeza de que él sabía que no estaba aquí. Eso es lo que significa estar en el mundo real, pero eso no sucederá hasta que llegues a la cima de la escalera. Mientras tanto aún sigues aquí atado y cada mañana cuando entras tambaleándote al baño, ves algo en el espejo, que erróneamente piensas que es tu propio yo. Algunos días te puede gustar lo que ves, pero la mayoría de las veces, especialmente a medida que envejeces, no te gusta. En todo caso, piensas que lo que ves eres tú. Pero no finjan que no son un cuerpo; y si están enfermos, hagan lo que les ayude a sobrevivir el día y el resto de la vida. Como buenos estudiantes del Curso, al menos podrían practicar tener en cuenta que esto no es más que un enfoque conciliatorio, hasta que realmente sepan que es pura invención.

También es cierto, como he dicho en otras clases, que cuando te acercas a la cima de la escalera no necesitas el libro. El propósito del libro solo es ayudarte a subir la escalera. Cuando te aproximas a la cima, ya no necesitas escuchar cuan feo y horrible es el cuerpo ni lo despiadadas y asesinas que son las relaciones especiales, porque a esas alturas sabes que todo esto es un sueño. No se te tiene que motivar a dejar el mundo y el sueño porque ya lo habrás abandonado. Ese es el propósito de este curso: inculcarnos la motivación para despertar del sueño.

El Curso es una forma de magia, al igual que las píldoras. La gente forma la misma relación especial con Un curso de milagros que con el alcohol, con la comida, con las personas o con cualquier otra cosa. Sienten que no pueden sobrevivir el día sin su lección diaria del libro de ejercicios, así que tienen que hacer diariamente una lección de por vida; o algo parecido. La intención del Curso obviamente es ser muy útil, pero no pretende ser una muleta. Tiene el objeto de ser un recurso para entrenar a la mente. No hay nada en este libro que sea más santo que cualquier otra cosa, pero las personas forman relaciones muy especiales no solo con Un curso de milagros como sistema de pensamiento sino con su libro.

Cuando se percaten de eso en sí mismos, no le den mucha importancia; díganse: «¿Qué tiene eso de nuevo? Por supuesto que voy a formar una relación especial con él». No se dejen engañar por su ego y no crean que será nada diferente. Me gusta recordar a la gente que el ego es un sistema de pensamiento al 100 por ciento; no disminuye, así como el Espíritu Santo representa un sistema de pensamiento al 100 por ciento; ese tampoco disminuye. El ego es lo que es; no se encoge; es odio, asesinato, sufrimiento, culpa, dolor, así como el sistema de pensamiento del Espíritu Santo representa perdón, amor y paz. Lo que cambia es la cantidad de tiempo que pasas ahí y la cantidad de fe que depositas en el ego o en el Espíritu Santo. El ego en sí no cambia. Por lo tanto, progresar en este curso no impide que de vez en cuando tengas ataques masivos de ego. La diferencia sería que cuando los tuvieras, reconocerías que no son lo que aparentan y no te dejarías devastar por ellos, y tratarías de no devastar a otra gente por causa de ellos. Una vez más, el ego no se encoge. Lo que se encoge o cambia es la cantidad de tiempo, energía y cavilación que inviertes en el sistema de pensamiento del ego.

Podemos considerar que el propósito del Curso es ayudarnos a reconocer cuánto mejor nos sentiremos sin pasar tiempo con el ego, y cuánto mejor nos sentiremos pasando tiempo con el Espíritu Santo. Eso es lo que nos motivará. Pero eso también es lo que hace que el proceso de este curso sea largo y difícil, porque no estamos tan convencidos de que estaremos mejor sin nuestros egos. La culpa, la seducción, la manipulación, las relaciones especiales son viejos amigos y aliados de confianza; nos han ayudado a superar muchas rachas miserables de la vida, y de cuando en cuando incluso parecen habernos procurado felicidad. Pero no traen la paz de Dios, la felicidad no dura, y el amor no es realmente amor. Mas aprender eso y aceptarlo lleva mucho tiempo. Como adultos, si pasamos por un período muy temeroso, practicaremos lo que se conoce como una regresión, cuando retrocedemos a una etapa anterior. De hecho, en ocasiones ves a adultos a los que les da por chuparse el dedo. Al sentir gran miedo y ansiedad, regresan a la seguridad que les proporcionaba chuparse el dedo cuando eran niños. Si estamos extremadamente molestos volvemos a cualquier patrón anterior que nos haya ayudado a superar situaciones difíciles, aunque intelectualmente sabemos que ya no funciona. Es algo estándar para la especie.

Pues cuando nos asustemos retrocederemos a lo que nos ayudó en el pasado, al ego. Esto se expresa de forma contundente al final del capítulo 19, donde Jesús describe cuánto miedo nos entra al encontrarnos ante el cuarto y último obstáculo, cuando está a punto de descorrerse el velo (T-19.IV-D.6). Este es el fin del ego, que equivale al fin de este yo que creemos que somos. Y en lugar de mirar a través del velo, bajamos la vista, al recordar las promesas que hicimos a los amigos. ¿Y quiénes son nuestros amigos? La culpabilidad, el pecado, el miedo y la muerte. Surge el anhelo de brincar a sus brazos, no porque ellos en sí sean tan atractivos, sino por lo que nos ofrecen: la certeza de que sobrevivirá este yo individual. Por lo tanto, pensamos, no me importa lo desdichado que soy mientras yo sea el que es desdichado. Por muy dolorosos que sean mi enfermedad, mi vejez, mi estado mental y todo el dolor que siento, es mi dolor; y no quiero que nadie, incluido Jesús, me lo quite. Así que él tiene que esperar. Y su forma de esperar es presentarnos continuamente las dos opciones. Dice: «Mira lo que el ego te ofrece y mira lo que te estoy ofreciendo yo». Y luego espera con paciencia. Afortunadamente no espera en el tiempo, por lo que no hay peligro de que se le agote la paciencia.

Es importante entender cuánto temor infunde realmente este curso y que el sanador entienda «el miedo a la liberación», del que Jesús habla en la sección llamada «La función del obrador de milagros»:

«Antes de que los obradores de milagros estén listos para emprender su función en este mundo es esencial que comprendan cabalmente el miedo que se le tiene a la liberación. De lo contrario, podrían fomentar inadvertidamente la creencia de que la liberación significa aprisionamiento, creencia que, de por sí, ya es muy prevaleciente» (T-2.V.1:1-2).

Nos da miedo liberarnos del miedo y del sistema de pensamiento del ego. Si no entendemos esto, nos impacientaremos y nos condenaremos a nosotros mismos y a los demás. Es muy importante entender el miedo a liberarnos de la prisión del ego porque el ego nos enseña que la liberación es aprisionamiento y que estar aprisionados por el ego es realmente libertad. Al final del capítulo 7 (T-7.X) y al comenzar el capítulo 8 (T-8.II), Jesús habla de la confusión entre la dicha y el dolor, y de la diferencia entre el aprisionamiento y la libertad. No sabemos distinguirlos, por lo que necesitamos un maestro que apacible y pacientemente, con cuidado y amor, nos señale las diferencias para que podamos hacer la elección nosotros mismos. Jesús nos pide que seamos tan apacibles, considerados y amorosos uno con el otro, como lo es él con nosotros, y que no nos impacientemos cuando la gente se asusta. Si la gente hace idioteces o cosas despiadadas, no es por estupidez o crueldad, sino por temor. Ese es el juicio y la visión del Espíritu Santo. El no ve el pecado. Ve expresiones de amor o peticiones de amor, y las peticiones de amor nacen del miedo. Puedes saber cómo te va, viendo cómo estás con los demás. ¿Pierdes la paciencia y los juzgas? Si es así, te está mostrando tu propia impaciencia y juicio hacia ti mismo, ya que el mundo es «la imagen externa de una condición interna» (T-21.in.1:5). La manera en que estamos con los demás nos muestra cómo somos con nosotros mismos.

No aceptamos lo que dice este curso, no aceptamos la verdadera fuente de la sanación y no perdonamos ni soltamos nuestros rencores porque estamos aterrorizados. Nos aterra la consecuencia de soltar el sistema de pensamiento del ego, lo cual significa que volveríamos a entrar en la mente. Por eso hicimos el mundo y a otras personas. Los necesitamos para poder proyectar sobre ellos el odio a nosotros mismo y nuestra culpa, por lo que odiamos a todo el mundo. Es forzoso entender que el mundo y específicamente nuestros cuerpos fueron hechos para cumplir este propósito. Eso les permitirá mejor apreciar su propio miedo. ¿Qué tal si se levantaran por la mañana y al mirar en el espejo literalmente no vieran a nadie, no solo visualmente sino que realmente supieran que ahí no hay nadie? Eso es aterrador, y a nadie le gustaría. Jesús pregunta:

«¿Qué pasaría si reconocieras que este mundo es tan solo una alucinación? ¿O si realmente entendieras que fuiste tú quien lo inventó? ¿Y qué pasaría si te dieras cuenta de que los que parecen deambular por él, para pecar y morir, atacar, asesinar y destruirse a sí mismos, son totalmente irreales?» (T-20.VIII.7:3-5).

Si no tienen cuidado, y si no vas muy despacio y con mucha calma, podrían volverse psicóticos, porque el terror sería demasiado abrumador. Por eso necesitas que un maestro te acompañe a paso muy lento. Jesús es más tolerante con nosotros que nosotros mismos. Es preciso apreciar debidamente el propio miedo a liberarse del aprisionamiento del ego.