La sanación del sueño de la enfermedad

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
​Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XI

Veamos un pasaje importante de «La definición de la curación» en el folleto de Psicoterapia. Este es otro de esos lugares notables en el material donde Jesús resume todo en una o dos frases. En esta sección ha estado hablando de la enfermedad, termina diciendo que toda enfermedad es una forma de falta de perdón, y por lo tanto que el simple hecho de entender de dónde viene la enfermedad, lo que significa básicamente el síntoma, no te va a servir de nada. Esto se debe a que una sola cosa sana una falta de perdón: el perdón. Entonces dice:

(P-2.VI.6:1-3) Darse cuenta de esto es la meta final de la psicoterapia. ¿Cómo se alcanza? El terapeuta ve en el paciente todo aquello que él no se ha perdonado a sí mismo, y de esta manera se le da otra oportunidad de verlo, reevaluarlo y perdonarlo.

Eso es la curación. Lo increíble de esta declaración es que no dice absolutamente nada sobre el paciente, absolutamente nada sobre el proceso de psicoterapia. Muy llanamente, para alcanzar el objetivo de la psicoterapia y para que se produzca la curación, el terapeuta debe perdonarse a sí mismo. Así es como sanas. Así termina el sueño de la enfermedad. «El terapeuta ve en el paciente todo aquello que él no se ha perdonado a sí mismo». Este es un paradigma para lo que Jesús nos pide que hagamos todo el tiempo. Me encuentro en una situación o en una relación en la que estoy enojado, molesto, me siento culpable, deprimido, temeroso, o lo que sea. Y, por supuesto, creo que todo se debe a la situación o a la relación, a circunstancias sobre las que no tengo control. Hasta que finalmente le digo a Jesús: « Debe haber otra forma de ver esto, porque he visto este tipo de cosas toda mi vida, he lidiado con ellas y las he manejado toda mi vida, y no me ha hecho feliz. Puede que me haya hecho rico, dado satisfacción en lo que se refiere a cosas materiales, y me haya dado la posibilidad de avanzar, y otro tipo de cosas mundanas, pero no me ha hecho realmente feliz. Por favor, ayúdame».

Jesús no nos ayuda agitando una varita mágica para hacer desaparecer el problema. Nos ayuda ofreciéndonos sus gafas para que podamos ver la situación a su manera. Nos ayuda a darnos cuenta de que lo que estamos percibiendo es «la imagen externa de una condición interna» (T-21.in.1:5). Visto así, el conflicto no es entre yo y esta otra persona, entre yo y mi jefe, o entre yo y mi cuerpo. El conflicto es entre yo y un Dios inexistente: el Dios del ego. En el diagrama, vean el término campo de batalla en la caja de la mente errónea. Tomo un conflicto interno entre yo y este Dios loco que he inventado y lo traslado a mi cuerpo, ya sea yo mismo haciendo que me enferme o bien haciendo que me enferme debido a lo que otras personas están haciendo para que me enferme. En otras palabras, tomo la creencia en mi propio pecado por lo que creo haber hecho a Dios, lo proyecto y lo veo en ti. No soy víctima de lo que yo he hecho; soy víctima de lo que Dios está a punto de hacerme. Y ahora ese Dios punitivo está emergiendo como tú, quienquiera que seas. En los primeros años, por supuesto, son nuestros padres; y luego se convierte en cualquier figura de autoridad, cualquiera que tenga poder sobre nosotros, cualquiera que tenga algo que queremos y necesitamos: amor, atención, bondad, comprensión; el aprecio de alguien que valora nuestra inteligencia, nuestro trabajo, o lo que sea. Esa persona es simplemente una figura o un símbolo de un Dios punitivo que nos va a castigar a causa de nuestro pecado.

Cualquier cosa en la situación, que me esté haciendo infeliz es una proyección de lo que creo respecto a mí mismo, y eso es lo que Jesús quiere decir al afirmar: «El terapeuta ve en el paciente todo aquello que él no se ha perdonado en sí mismo». El valor de mi paciente, mi amigo, mi cónyuge, mis hijos, mis padres o cualquier otra persona es que me ofrecen la oportunidad de ver fuera lo que he estado tan aterrorizado de ver dentro. Se convierten en la pantalla sobre la cual proyecto lo que he tratado desesperadamente de mantener reprimido en mi propia mente. El ego me dice que, si miro dentro, mis ojos se posarán sobre el pecado y Dios me cegará al instante (T-21.IV.2:3). Así que no miro dentro porque la culpabilidad es tan horrible. En lugar de mirar dentro, miro hacia fuera y veo la culpa en ti. Mi demencia es tan perversa que una manera de demostrar lo culpable que eres es hacer que me enferme por tu culpa. Gustosamente sufriré con tal de poder repetir: Mírame hermano, por tu culpa me enfermo. Mírame, hermano, por tu culpa muero. Mírame, hermano, por tu culpa pierdo el empleo. Mírame, hermano, por tu culpa pierdo la familia. Mírame, hermano, por tu culpa pierdo la salud. Lo que sea.

Así pues, desconozco lo que está dentro, de modo que sigo proyectándolo hasta que un día digo: «Auxilio, por favor, necesito ayuda. Tiene que haber otra forma de ver esto». Aquí está la respuesta de Jesús; por eso no le cae bien a nadie. No es la respuesta que queremos. Por lo tanto, se me da otra oportunidad de ver todo lo que no he perdonado en mí mismo y someterlo a reevaluación. En cuanto elegimos al ego, nuestras mentes se cerraron como una trampa de acero. Una maciza reja fundida se dejó caer, y le juramos al ego que jamás volveríamos a mirar nuestra decisión de ser pecaminosos, lo cual significa que, desde entonces, nunca hemos tenido la oportunidad de examinar esa decisión y decir que tal vez haya sido la elección equivocada y lo que elegimos no sea realmente nada. Nunca hemos tenido la oportunidad de reevaluarla porque el ego cerró el libro. ¡Asunto concluido! Ahora se nos da otra oportunidad de mirar nuestra elección.

(P-2.VI.6:4) Cuando esto ocurre, [el terapeuta] ve sus pecados desaparecer en un pasado que ya no está aquí.

Esa es la conclusión, y eso es lo que Jesús implica cuando habla de una dulce risa. Estamos aferrados desesperadamente a algo que no solo no está aquí, sino que ni siquiera sucedió. Al comienzo del capítulo 28 dice:

«Hace mucho que este mundo desapareció. Los pensamientos que lo originaron ya no se encuentran en la mente que los concibió y los amó por un breve lapso de tiempo» (T-28.I.1:6-7).

Este mundo entero fue construido como una defensa contra algo que no existe. ¡Eso es una tontería! No podría pedirse algo más tonto. Literalmente hemos construido todo este enorme sistema defensivo para protegernos de un enemigo que no existe. Por eso los gobiernos hacen cosas tan tontas: construyen sistemas de armamento contra enemigos que no existen. Todo este curso gira en torno a exponer la locura y la necedad de eso. No nos hace pecaminosos, pero nos hace muy tontos. Defenderemos esta defensa contra cualquier cosa. No dejaremos que nadie nos quite este mundo o este cuerpo, ni siquiera Jesús. Mejor mataremos. Mejor destruiremos su mensaje. Pero nos estamos aferrando a lo que no es nada. No hay nada allí. Eso es lo que está diciendo: «Cuando esto ocurre, ve sus pecados desaparecer en un pasado que ya no está aquí».

Al principio del párrafo Jesús dice:

«El milagro no hace nada. Lo único que hace es deshacer. Y de este modo, cancela la interferencia a lo que se ha hecho. No añade, sino que simplemente elimina» (T-28.I.1:1-4).

El milagro elimina el sistema de pensamiento del ego. Para volver a citar la línea del libro de ejercicios: «[el milagro] Simplemente observa la devastación y le recuerda a la mente que lo que ve es falso» (L-pII.13.1:3). Es falso porque no está allí.

«Y lo que elimina hace mucho que desapareció, pero puesto que se conserva en la memoria, sus efectos parecen estar teniendo lugar ahora. Hace mucho que este mundo desapareció. Los pensamientos que lo originaron ya no se encuentran en la mente que los concibió y los amó por un breve lapso de tiempo» (T-28.I.1:5-7).

Este gran cosmos maravilloso, ¡nada! —tan glorioso que nos parece este mundo. No está aquí. Los pensamientos que hicieron el mundo, los pensamientos de culpabilidad ya no están allí. Ya no están allí porque nunca estuvieron allí. Solo pensábamos que estaban allí; y luego tuvimos que construir esta defensa masiva contra un pensamiento que nunca existió. ¿Es eso inteligente? ¡Nada inteligente! El homo sapiens es un oxímoron, ya que significa «hombre sabio».

Pasemos al párrafo 2.

«Todos los efectos de la culpabilidad han desaparecido, pues ya no existe [los efectos de la culpabilidad son todo en el mundo]. Con su partida desaparecieron sus consecuencias, pues se quedaron sin causa» (T-28.I.2:1-3).

Por eso hace mucho que este mundo desapareció. ¡No hay mundo! Es como si estuviéramos mirando una imagen incidental. A veces apagas un televisor y queda un poco de corriente en el aparato, por lo que puedes ver una breve imagen residual que luego se desvanece. Todo este mundo es una imagen residual. Ya no hay corriente en el sistema. El aparato está apagado, pero todavía creemos que vemos algo, y reaccionamos ante lo que creemos ver.

«¿Por qué querrías conservarla en tu memoria, a no ser que desearas sus efectos?» (T-28.I.2:4).

Esa es una línea muy importante. ¿Por qué seguirías aferrado a la causa —la culpabilidad— a no ser que quisieras los efectos: el mundo? ¿Por qué queremos el mundo? Porque el mundo demuestra que la culpabilidad es real; la culpabilidad demuestra que la separación es real; la separación demuestra que yo soy real. Quiero que haya un mundo porque quiero mantener mi identidad y culpar de ello a todos los demás. Necesito un mundo para eso. «El odio es algo concreto» (L-pI.161.7:1). Tiene que haber alguien a quien pueda odiar, así que tengo que inventarlo. Definimos a las personas psicóticas como aquellas que alucinan e inventan personas que no existen. La película Una mente brillante se trata de un hombre que inventa un mundo que no existe, y luego reacciona ante ese mundo como si fuera real. Todos hacemos eso. Por eso Jesús dice que el mundo entero es una alucinación (T-20.VIII.7:3). Todos estamos alucinando; pero actuamos como si el mundo fuera real. Realmente creemos que vemos algo en esa pantalla frente a nosotros. Eso es un trastorno, eso es la enfermedad. No importa si tienes un síntoma físico o no; el hecho de que crees que hay un mundo, un cuerpo y culpabilidad es el padecimiento. Esa es la enfermedad, lo cual significa que esa es lo que hay que sanar.

Volviendo ahora al pasaje del folleto de Psicoterapia, la manera en que sanas es reconocer que lo que estás percibiendo afuera en otra persona, en una relación, en una situación o en una circunstancia en tu propio cuerpo es una proyección de lo que no has perdonado en ti mismo. Una vez más:

(P-2.VI.6:4-5) Cuando esto ocurre, ve que sus pecados desaparecer en un pasado que ya no está aquí. Hasta que no lo haga, no podrá sino pensar que el mal lo asedia aquí y ahora.

No veo el mal en mí. Lo veo a mi alrededor. Todo y todos son un patógeno en potencia, porque todos podrían provocarme gran desasosiego.

(P-2.VI.6:6) El paciente es la pantalla sobre la que el terapeuta proyecta sus pecados, permitiéndole así deshacerse de ellos.

No se trata solo de la psicoterapia. El mismo principio obviamente es aplicable a todo lo que hacemos; a cualquier persona con la que estemos, incluso si el encuentro es en la mente porque la persona ha muerto o es alguien con quien estamos fantaseando. Cualquier cosa en la que pensemos es una pantalla para que proyectemos nuestros pecados. Cuando hacemos la pregunta correcta al maestro correcto, el mundo se convierte, para usar la frase de Freud, en «el camino real» que nos lleva de vuelta al interior para que finalmente podamos mirar lo que hay en nuestras mentes. Sin estas oportunidades, sin toda esta gente en nuestras vidas, no tendríamos la oportunidad de hacer esto, porque nuestras mentes quedaron herméticamente cerradas en el instante en que el ego hizo que la culpabilidad fuese real. Eso nos motivó a dejar atrás la culpabilidad y jurar no volver nunca más. Este mundo, entonces, es el testigo de esa promesa.

Eso implica Jesús en el texto cuando dice: «¡No jures morir, santo Hijo de Dios! Pues eso es hacer un trato que no puedes cumplir» (T-29.VI.2:1-2). Hicimos una promesa de que moriríamos, porque eso es lo que hace el cuerpo, para luego culpar de esa muerte a todo y a todos los demás. Pero no podemos cumplirla porque todo es una invención. Podemos pensar que el ego tiene razón y que podemos inventar un mundo que demuestra que el ego tiene razón, pero eso no lo convierte en realidad.