La sanación del sueño de la enfermedad

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
​Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XII
«La causa de la enfermedad»

Antes de continuar con nuestro comentario sobre la sección del manual, «¿Cómo se logra la curación?», permítanme abordar dos preguntas que se plantean con frecuencia.

1) ¿Cómo se llega a la experiencia a partir de la parte intelectual del aprendizaje? Mi respuesta es que de hecho no hay una fórmula, porque esto no es algo que haces tú. El texto está escrito en un nivel intelectual muy elevado y requiere mucha lectura difícil de comprender, más de lo que requieren el libro de ejercicios y el manual. El proceso mismo de esforzarte para entender lo que las palabras están diciendo se convierte en parte de la experiencia de aprenderlo. Eso forma parte de la pedagogía del Curso. La gente se queja de que el texto es demasiado difícil de entender, pero en realidad no lo es. Muchos de los pasajes que he leído son muy claros y directos. Si el significado no es muy evidente de inmediato, no se debe a la dificultad del lenguaje; el miedo y la resistencia que oponemos hacen que el significado nos parezca elusivo o poco claro. Es como si nuestro ego no quisiera que entendiéramos lo que está escrito. Por lo tanto, el cerebro recibe un mensaje de no entender lo que estamos leyendo, y por lo tanto no entendemos. El proceso de aprender a dominar intelectualmente el material no es realmente intelectual, sino más bien un proceso de ir oponiendo menos resistencia, y eso simplemente sucede. Es mucho mejor si sucede sin que intentemos hacer que suceda.

En cierto sentido, el programa de entrenamiento de un año de duración en el libro de ejercicios es una forma de comenzar el proceso de integrar lo que entendemos con el cerebro y lo que entendemos desde el interior. El programa de entrenamiento del libro de ejercicios tiene como objetivo aplicar a la vida cotidiana los principios de la lección basados en el texto. Se nos pide que pensemos en Dios cada hora, cada media hora o seis veces por hora, y que pensemos o usemos la lección durante el día cada vez que sintamos la tentación de alterarnos. Por lo tanto, hay una integración de lo que parece ser la comprensión intelectual de la teoría con la aplicación práctica. En realidad, no se definen de forma muy nítida. La lucha por aprender lo que dice el texto lleva de forma inherente el proceso de convertirnos en lo que dice el texto. Una vez más, las palabras no son tan difíciles. El miedo y la resistencia que oponemos es lo que nos impide entender realmente lo que estamos leyendo. El que lo estudiemos y practiquemos durante muchos años es un reflejo del deseo de aprender y convertirnos en lo que dice.

2) Si me pisas el dedo del pie y te perdono, ¿implica eso que no me dolerá? Podría contarte muchas experiencias que tuve mientras crecía en la ciudad de Nueva York y viajaba en metro; a menudo iba tan abarrotado que era casi imposible que no te empujaran o te pisaran los pies. Los neoyorquinos tienen la reputación algo merecida de no importarles, aunque no siempre es así. No obstante, si alguien te pisa y luego se vuelve rápidamente hacia ti para disculparse, te garantizo que te dolerá menos que si, no solo te pisa el pie, sino que te tumba al suelo por su prisa de llegar a la salida.

Cuando acudes a la mente correcta y perdonas verdaderamente, la experiencia en este instante santo es que no te tomarías a mal algo que pareciera un ataque, aunque la otra persona haya tenido la intención de atacarte. En ese momento, eres un «sanador sanado», hasta que te asustas, retrocedes y te conviertes de nuevo en un «sanador no sanado». En el contexto de la psicoterapia, un sanador no sanado sería alguien en una profesión curativa, que no considera que el propósito de estar allí sea su propia sanación. Por lo tanto, los sanadores no sanados son aquellos que tratan de ayudar a otras personas, pero no consideran que ellos mismos formen parte del proceso.

Permítanme abundar un poco en la idea de no tomar a mal un ataque. Perdonar significa que no haces la conexión que el ego quiere que hagas, entre el ataque —ya sea verbal o físico— de la otra persona y tu persona. Helen tuvo una serie de experiencias que incluí en mi libro Ausencia de felicidad. La clásica, posiblemente previa al comienzo del Curso, fue la que ocurrió cuando Helen vivía en un edificio de apartamentos en la ciudad de Nueva York. El dormitorio del apartamento de arriba estaba directamente arriba del suyo. La mujer que vivía en ese apartamento tenía una costumbre muy molesta desde el punto de vista de Helen: a eso de la medianoche, le daba por caminar en zapatos de tacón alto sobre el piso de madera de su dormitorio. Helen solía acostarse a una hora razonable porque tenía que madrugar para llegar al Centro Médico y, realmente furiosa con esta mujer por ser tan insensible, se ponía a echar humo y pestes en la mente y a pensar en las cosas que iba a hacer. En algún momento de esta virulenta arremetida interior, Helen se dijo a sí misma: «En realidad, el problema es que pienso que hay un cordón que conecta sus tacones con mi cabeza, de tal modo que creo que ella está pisoteándome la cabeza. Si es así, lo único que tengo que hacer es cortar el cordón. Puesto que Helen era una persona muy visual —y auditiva— en su mente sacó unas tijeras, cortó el cordón y enseguida se durmió.

Las historias no siempre son tan nítidas y simples ni todas tienen un final feliz como esta, pero el principio es muy claro. El problema fue la interpretación que hizo Helen, y aquí lo que realmente era la exasperaba, más que el sonido de los tacones en el piso era la idea de que esta mujer fuera tan insensible, irreflexiva y desconsiderada. Eso fue lo que la enfureció. Es lo mismo que en mi ejemplo del metro atestado. Si alguien te pisa, pero enseguida se disculpa, no duele tanto como si la persona es muy insensible y además te echa la culpa del pisotón. En cierto sentido, de eso se trata el perdón —restauras la apropiada conexión causal: no estoy molesta y estoy dando vueltas en la cama por lo que la mujer está haciendo, ni por lo que esta persona hizo o dijo, ni por ninguna otra cosa. Estoy molesta porque estoy haciendo una falsa conexión causal, entre esa persona y yo. Esa es una interpretación, no es un hecho. El Curso hace hincapié en que la percepción es una interpretación, no un hecho (véase T-21.V.1; L-pII.304.1:3; M-17.4:1-7). La interpretación es que ella me está haciendo esto a mí. Si cambio mi percepción, entonces ya no veo que la causa de mi angustia son sus tacones o algo externo a mí, sino que más bien es mi propia interpretación de lo que ella está haciendo. Entonces no hay problema.

Este es un buen paradigma para describir cómo es el proceso. No niegas lo que hace la otra persona. Si un médico dice: «Lo siento mucho, pero ese tumor en su seno es cáncer», no te imaginas y dices que todo es ilusorio y que hace mucho que ese seno desapareció (T-28.I.1:6). Eso es absurdo. Pero puedes verlo de otra manera. No tienes que tomarlo como un ataque contra tu persona, un ataque proveniente ya sea del médico, de algo que comiste, de una píldora que no deberías haber tomado, de tu propio cuerpo, de Dios, o de lo que sea. En cierto sentido, es simplemente otro acontecimiento en el mundo. La elección entonces es si lo miro a través de los ojos de mi ego, que son los ojos de culpabilidad, odio y miedo, o lo miro a través de los ojos del Espíritu Santo, que me ayudará a ver esto como otra oportunidad para aprender que no soy mi cuerpo, sin negar el hecho de que existe un problema que debo atender médicamente. Así es como caminas por la vida. No intentas cambiar el mundo externo. Cambias de mentalidad acerca del mundo externo. El comienzo del capítulo 21 dice: «No trates… de cambiar el mundo, sino elige más bien cambiar de mentalidad acerca de él» (T-21.in.1:7). La idea, de nuevo, es que no te ofendas por lo que otras personas hacen o dicen. El ego siempre te haría interpretarlo como una ofensa personal.

Volviendo a lo que decíamos antes, el propósito del sueño del mundo es que tengamos una experiencia tras otra de culpar justificadamente a los demás, que alguien más me lo hizo; y por lo tanto, mi reacción inmediata sería, ¡por qué me hiciste esto!, ¡qué poco bondadoso, irreflexivo, poco amoroso, poco compasivo, mezquino, cruel, mortífero, etc. En cambio, te das cuenta de que esa es la reacción del ego, porque para eso se hizo el mundo, para que siempre pudiéramos echar la culpa a alguien más y a algo más. Recuerden ese principio muy importante: la percepción es una interpretación, no un hecho. Mis ojos físicos ven hechos perceptuales u objetivos en el mundo, pero mi cerebro interpreta esos hechos aparentes, y la interpretación del cerebro es un reflejo directo de la decisión en la mente. Si quiero encontrar gente a la que pueda culpar, la encontraré sin ningún problema. Pero, con la misma facilidad, podría ver que el ataque, como dice el Curso, es una expresión de miedo, la cual es una petición del amor que fue negado y que no siento que yo merezca, o que otros no sienten que merezcan. Así que el enfoque nunca está en lo que está fuera, sino siempre en lo que está dentro. La mayoría de las veces, no tengo poder sobre el mundo ni sobre otras personas en el mundo. Solo tengo poder sobre mi propia mente. Interpretaré el mundo ya sea a través de los ojos de mi ego, que siempre será en función de ganadores y perdedores, víctimas y victimizadores; o lo interpretaré a través de los ojos de Jesús, que verá a todos compartiendo los mismos intereses, la misma necesidad y el mismo objetivo.