La sanación del sueño de la enfermedad

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
​Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XIII

Volvamos ahora a lo que leí anteriormente del manual para el maestro, sección 5 «¿Cómo se logra la curación?». La segunda subsección es «Un cambio de percepción», y comenzamos con el párrafo 3.

(M-5.II.3:1-2) ¿Qué es lo único que se necesita para que este cambio de percepción tenga lugar? Simplemente esto: el reconocimiento de que la enfermedad es algo propio de la mente y de que no tiene nada que ver con el cuerpo.

Estamos hablando específicamente de la enfermedad, pero obviamente esto aplica para cualquier forma de disturbio, desasosiego o disgusto. Como dice la Lección 5: «Nunca estoy disgustado por la razón que creo». Podrías insertar cualquier palabra: nunca estoy desanimado, enojado, extasiado, emocionado, decepcionado o enfermo por la razón que creo. Esa lección en particular no explica por qué estamos disgustados, pero muchos otros pasajes en el libro de ejercicios, el texto y el manual lo explican. Una vez más, estamos hablando específicamente de la enfermedad, pero esto puede generalizarse fácilmente a cualquier cosa que nos moleste.

(M-5.II.3:3-4) ¿Qué te «cuesta» este reconocimiento? Te cuesta el mundo que ves, pues ya nunca más te parecerá que es el mundo el que gobierna a la mente.

Te cuesta literalmente el mundo, porque el mundo entero desaparecerá junto contigo justo al final, pero aún no hemos llegado al final. Así que mientras vamos subiendo la escalera, lo que cambia es la forma en que vemos el mundo. Hemos considerado que el mundo es aquello que nos gobierna a nosotros: somos las víctimas, los efectos, de causas que no podemos controlar. Mirar al mundo a través de los ojos del Espíritu Santo, o tomar la mano de Jesús y caminar a través de las nubes de culpabilidad no significa que ya no veamos el mundo a través de nuestros ojos; significa, más bien, que nuestra interpretación cambia. Ya no somos víctimas de algo que se nos ha hecho. Ese es el cambio. Una vez más, «te cuesta el mundo que ves, pues ya nunca más te parecerá que es el mundo el que gobierna a la mente».

(M-5.II.3:5) Con este reconocimiento se le atribuye la responsabilidad a quien verdaderamente la tiene: no al mundo, sino a aquel que contempla el mundo y lo ve como no es.

Ver el mundo «como no es» se puede entender en dos niveles. El nivel inmediato del que se habla aquí es que dejo de ver el mundo como lo que me gobierna, como la causa de mi angustia e infelicidad. Cuando me acerco a la cima de la escalera, de repente me doy cuenta de que veo el mundo como no es; es decir, veo un mundo que existe, aunque el mundo no existe en absoluto, solo es un sueño. Pero hasta que llegue a ser capaz de comprender que todo es literalmente un sueño, y la persona que me llamo es simplemente una figura en ese sueño, tengo lo que Un curso de milagros llama sueños felices, donde todavía experimento el mundo como una realidad, pero ya no lo experimento como atacándome. Cuando Helen cambió de mentalidad y cortó el cordón entre su cabeza y los tacones de la mujer (véase el extracto anterior), los tacones altos de la mujer seguían pisoteando la madera y Helen seguía acostada en la cama con la cabeza sobre la almohada. La diferencia era que ella ya no veía la conexión de la manera en que la había visto anteriormente. Ese es el cambio. No es que el mundo cambie externamente; lo que cambia es tu interpretación del mundo: ya no lo ves como algo que te afecta.

(M-5.II.3:6-7) Pues ve únicamente lo que elige ver. Ni más ni menos.

Esta es básicamente la idea de que la proyección da lugar a la percepción. Miro dentro y elijo al ego o al Espíritu Santo. Cualquiera que sea el maestro que elija determinará la forma en que percibo el mundo: ya sea como un lugar de pecado, culpabilidad, miedo, odio y sufrimiento; o como un aula de clase en la que todos, sin excepción, tienen que aprender la misma lección. Lo que nos une a todos es tener un solo interés y un solo objetivo, en lugar de intereses y objetivos separados.

(M-5.II.3:8-9) El mundo no le hace nada. Pero él pensaba que le hacía algo.

A nivel del cuerpo, el mundo ciertamente nos hace cosas. Jesús no está sugiriendo que caigamos en la negación, en la que fingimos que el mundo no tiene ningún efecto sobre el cuerpo. Por supuesto que lo tiene. Nos dice en el capítulo 2 que negar nuestra experiencia física en este mundo es «una forma de negación particularmente inútil» (T-2.IV.3:11). No está diciendo que hemos de negar el mundo, sino que simplemente deberíamos negar nuestra interpretación del mundo. El mundo no le hace nada. Él solo pensó que le hizo algo.

(M-5.II.3:10-11) Él tampoco le hace nada al mundo, ya que estaba equivocado con respecto a lo que este era. En esto radica tu liberación de la culpa y de la enfermedad, pues ambas son una misma cosa.

No es solo que el mundo no me hace nada, yo no le he hecho nada al mundo, porque mi creencia de que la gente me está atacando y victimizando es una proyección de mi pensamiento secreto de que soy yo el que ha victimizado a otras personas. Empecé con Dios, y luego inventé un mundo para poder victimizarlo. Pero cuando camino a través de estas nubes con Jesús, me doy cuenta de que lo que percibo fuera me refleja lo que hice realidad por dentro, y lo que hice realidad por dentro tampoco tiene ningún efecto. Esa es la buena noticia. No solo mi ataque contra ti es injustificado, independientemente de lo que hayas hecho; mi ataque contra mí es injustificado, independientemente de lo que yo haya hecho. Así es como se deshace la culpa. La culpa y la enfermedad son una.

(M-5.II.3:12) Sin embargo, para aceptar esta liberación, la insignificancia del cuerpo tiene que ser una idea aceptable.

¡Exacto! Ese es el problema. Te dejas llevar por estas palabras maravillosas, y dices: «Sí puedo hacer esto. Sí, aquello también puedo». Y de repente: «Uy, no creo que pueda hacer eso». Ese es nuestro miedo a la liberación. No nieguen su apego al cuerpo, a ustedes mismos, a su personalidad o a su historia, porque si lo niegan, no tendrán manera de sanarlo y dejarlo ir. Pero dense cuenta de lo difícil que es esto. En la sección importante, «La última pregunta que queda por contestar» (T-21.VII), hay cuatro preguntas. Las tres primeras preguntas son relativamente fáciles de responder. Son relevantes aquí, porque las tres básicamente tienen que ver con dejar de percibir que el mundo nos está victimizando. La cuarta pregunta, el escollo, es: «¿Y deseo ver aquello que negué porque es la verdad?» (T-21.VII.5:14). Esa es la que no queremos responder, porque es la que nos cambia la mente. Las tres primeras preguntas cambian nuestra percepción del mundo. Eso, ya de por sí, es bastante difícil, pero nos las arreglamos después de algún tiempo. La última, que es lo mismo que Jesús está diciendo aquí, es que debo mirar lo que elegí negar porque es la verdad. Si lo miro de nuevo porque es la verdad, la ilusión que es mi yo —razón por la cual mi cuerpo es insignificante— desaparecerá.

Por eso Jesús dice que el problema con esta pregunta es que aún no has entendido que responder con un «sí» implica decir «no al no» (T-21.VII.12:4). Con eso quiere decir que responder: «Sí, deseo ver lo que he negado porque es la verdad», significa que deseas volver a entrar en tu mente correcta y quedarte ahí. Para decir eso y decirlo en serio, debes mirar el sistema de pensamiento del ego, que es el «no», y decir que ya no quieres eso. Ese es el problema. El sistema de pensamiento del ego que hemos aceptado —de hecho lo fabricamos— es el yo. Queremos estar separados, con identidades individuales, especiales y únicas. Ese yo es quien es cada uno de nosotros. Eso es lo que tenemos que mirar y decir que ya no lo queremos. Por eso la última pregunta queda sin contestar, porque significa mirar al ego y decir que no lo queremos.

Lo que quieres hacer contigo mismo, que es dar comienzo al proceso de curación, es ser honesto y darte cuenta de que no estás seguro de que desees emprenderlo. «Sí, creo que me conviene ir desprendiéndome de los resentimientos; y realmente no quiero aferrarme al pasado y culpar a los demás de lo que estoy haciendo». Todo eso está perfecto y es muy importante. Les ayudará a recorrer las cuatro primeras etapas del desarrollo de la confianza (M-4.I.3-6), del que se habla en las primeras páginas del manual; pero no les ayudará a superar la quinta y la sexta etapa, porque la quinta etapa consiste en desprenderte de tu sentido del yo, y la sexta es cuando se alcanza el mundo real.

Hay muchos lugares en el Curso donde Jesús dice lo mismo; lo único que tienes que hacer es tomar conciencia, para que no niegues tu miedo o tu identificación con el ego y tu cuerpo, y que no trates de aparentar que es agradable. Tan solo di: «Pues sí, aquí es donde me encuentro y todavía no estoy listo. Hasta que esté listo para subir esos últimos peldaños de la escalera, puedo subir muchos peldaños intermedios. Puedo aprender, por ejemplo, a desprenderme de mis resentimientos. Puedo aprender a pedir ayuda a Jesús cada vez que me encuentre enojado, molesto, temeroso o culpable y percatarme de que estas son cosas que estoy eligiendo. Puedo aprender a no culpar a otras personas y a tratarme a mí mismo con paciencia, bondad y gentileza conforme vaya superando esto».