La sanación del sueño de la enfermedad

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
​Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XIV

(M-5.II.4:1-5) Con esta idea, el dolor desaparece para siempre. Y con esta idea desaparece también cualquier confusión acerca de la creación. ¿Cómo podría ser de otra manera? Basta con poner causa y efecto en su verdadera secuencia con respecto a algo para que el aprendizaje se generalice y transforme al mundo. El valor de transferencia de una idea verdadera no tiene límites ni final.

Esta noción del «valor de transferencia» es una idea clave en Un curso de milagros. Este curso contiene un plan de estudios, y los maestros siempre quieren que sus estudiantes generalicen lo que aprenden. La Introducción al libro de ejercicios lo indica muy claramente (W-in.4-7). La manera en que empiezo a «poner causa y efecto en su verdadera secuencia» es reconocer mi relación especial con otra persona. Empiezo a ver que la otra persona no es la causa de mi angustia ni la causa de mi salvación. De hecho, la otra persona no tiene absolutamente nada que ver con que yo esté disgustado o me sienta feliz. Si soy feliz es porque elegí al Espíritu Santo como mi Maestro; si estoy molesto, enfermo, si me siento decepcionado o culpable es porque elegí al ego. Es muy simple. Vuelvo a mi mente. Hay una línea en el texto que dice: «El milagro es el primer paso en el proceso de devolverle a la causa la función de ser causa y no efecto» (T-28.II.9:3). La causa es la mente. Empiezo a entender, tal como Helen lo hizo, que la otra persona no es la causa de mi angustia (el efecto). La causa es la interpretación que mi mente da al acontecimiento, a la persona o a la relación.

En cambio, lo que todos hacemos es sacar a colación nuestro pasado; el texto alude a las «sombras del pasado» (T-17.III). Lo hacemos para justificar nuestra reacción: La gente siempre me pisa la cabeza; siempre son injustos, crueles e insensibles conmigo. Mi madre nunca pensó en mí; mi padre nunca estaba en casa, y nunca se preocupó por mí. Yo no le importaba a nadie, siempre me dolía algo y eran dolores muy fuertes, y a nadie le importaba. Ando cargando con todo eso —cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta años de lamentos— y de repente una mujer camina con tacones altos sobre un piso de madera que se encuentra arriba de mi dormitorio y me enojo justificadamente. Y, como dice el texto, tras esa mujer habrá miles, y tras cada uno de estos mil más (T-27.V.10:4). Los veo a ellos y veo al mundo como la causa de mi infelicidad.

La curación ocurre cuando invertimos eso y le restituimos a la causa su función de causalidad. Devolvemos el problema a la mente, que es lo que hace el milagro: restituye a la causa su función de causalidad. El propósito de Un curso de milagros es que hagamos eso. Podemos practicarlo, dándonos cuenta de que, por ejemplo, cada vez que esperamos con ansias que algo suceda, estamos dando al suceso un poder que no tiene. Siempre estamos regalando nuestro poder. ¿Por qué? Porque el ego nos dice que una vez tuvimos ese poder, y mira lo que hicimos con él: el Cielo está en tinieblas, Dios está destruido, se ha conquistado el amor, y todo por lo que nosotros hicimos. ¡Así de poderosos somos! La culpabilidad de haberlo hecho es tan abrumadora que haríamos lo que fuera para nunca hacerlo de nuevo. Así que regalamos nuestro poder. Por eso nacemos como bebés desvalidos. Podríamos haber nacido como adultos plenamente desarrollados; el sueño es nuestro. Pero nada es tan impotente como un bebé; e incluso cuando la criatura crece y comienza a hacerse de poder mundano, todavía está a merced de un mundo superior a él. Esa es otra forma de entender por qué se fabricó el mundo: para que pudiéramos regalar nuestro poder. Para nosotros, el poder de la mente es el poder del pecado. Así que si te doy poder sobre mí, eres el pecador, y Dios te fulminará a ti, no a mí. Esa es la enfermedad. Es un pensamiento bastante enfermizo, porque lo que yace debajo es la acusación: «Mira lo que hice; ¡destruí a Dios! ¿En qué me convierte eso? Me convierte en Dios.» ¡Esquizofrenia paranoica, irrefutable! Por eso Jesús dice que todos estamos dementes.

Por lo tanto, el objeto de la sanación y del perdón es recuperar el poder, no el poder para pecar o destruir, sino el poder para amar y aprender que todo lo que hayamos pensado que hicimos no tuvo ningún efecto. Así es como nos curamos uno al otro. Cuando estoy en mi mente correcta, estoy totalmente en paz y no estoy enojado con nadie ni estoy culpando a nadie. Entonces, partiendo de ese instante santo te demostraré que, independientemente de lo que esté pasando con tu cuerpo o en tu vida, puedes tomar la misma decisión que yo he tomado. Estoy diciendo que el poder que uno tiene en la mente es el amor, no el pecado y el odio. Eso es lo que es la sanación. De ahí que ese maravilloso pasaje que leí del folleto de Psicoterapia (P-2.VI.6:3) no diga nada sobre el paciente, sobre el diagnóstico del paciente, sobre la trayectoria del tratamiento, y ciertamente nada sobre opciones asequibles de atención médica. Todo lo que dice es que el terapeuta sana su propia mente al traer el problema para dentro, que es donde el Espíritu Santo se convierte en el terapeuta. Así es como se produce la curación. En ese instante, el terapeuta le refleja al paciente la misma elección que el paciente puede hacer, independientemente de lo que se diga en el consultorio, de las ideas brillantes que el terapeuta pueda tener, o de los problemas que aporte el paciente. Todo eso es totalmente irrelevante para el verdadero proceso de sanación, que consiste en que el terapeuta mire al paciente a través de ojos que no juzgan, porque él ha dejado de juzgarse a sí mismo. De hecho, el folleto también dice que la curación ocurre cuando el terapeuta se olvida de juzgar (P-3.II.6:1).

La única manera de evitar juzgarte es evitar juzgarme. Sin embargo, no sé si hay algo que tenga que juzgar y cambiar en mí mismo, porque no tengo conocimiento del juicio. Por lo tanto, debo observar cuidadosamente cómo reacciono ante ti, debido a quién eres en mi vida. Mis reacciones me mostrarán lo que proyecté de mi mente, de la que no tenía conciencia alguna. Una vez que redirijo mi atención de fuera hacia dentro y miro aquello de lo que me estoy acusando —todo el odio y aborrecimiento a mí mismo—, y lo miro con el amor de Jesús a mi lado, cuando realmente lo haga desaparecerá. En ese momento no hay juicio en mí, porque reconozco que no sucedió nada. Me doy cuenta de que mi grandiosidad y mis delirios paranoicos de grandeza no tuvieron efecto alguno sobre nada; no se ha puesto en peligro el Amor de Dios; la Unidad del Cielo no ha sido destrozada en miles de millones de fragmentos. ¡No sucedió nada! En ese instante, mi culpabilidad y mi juicio han desaparecido, y por consiguiente me es imposible juzgarte. Es entonces cuando se produce la sanación, porque te estoy demostrando que ahora tú puedes tomar la misma decisión que yo. Muy simple. Esto es aplicable, estés en psicoterapia, en la habitación de un hospital, en un consultorio médico, en un despacho de abogados, en una familia o en un negocio. No importa dónde te encuentres, el proceso siempre es el mismo.

(M-5.II.4:6) El resultado final de esta lección es el recuerdo de Dios.

La lección es que la mente fabricó el mundo, y ahora entendemos por qué lo hizo. El gran temor es que recordemos a Dios, porque entonces no habrá yo, ni individualidad, ni especialismo, ni singularidad. No habrá nada excepto el Amor de Dios.

(M-5.II.4:7) ¿Qué significado tienen ahora la culpa, la enfermedad, el dolor, los desastres y todo sufrimiento? Al no tener ningún propósito, no pueden sino desaparecer.

La palabra importante aquí es propósito. Es increíble la frecuencia con la que aparece en el Curso (más de 600 veces). El propósito de la enfermedad, del dolor, del desastre y del sufrimiento es probar que la separación es real, pero que fue obra de alguien más, no mía. Una vez que me doy cuenta de que no hay culpabilidad que deba expiarse, entonces no hay culpa de la que tenga que deshacerme atacando. Si no hay culpa alguna, toda enfermedad, dolor, desastre y sufrimiento desaparecen porque su propósito ha desaparecido. Ya no tengo que retener en la memoria un pensamiento que se deshizo y se sanó en el instante en que pareció surgir. Ya no tengo miedo de recordar a Dios. Todos nosotros, como un solo Hijo colectivo, elegimos en contra de esto cuando escogimos de maestro al ego en lugar del Espíritu Santo, y eso es lo que ahora podemos corregir. Cuando finalmente elegimos eso, se sana la mente, lo cual significa que el Hijo de Dios vuelve a ser uno. A eso se refiere Jesús en Un curso de milagros cuando dice que estuvimos con él cuando despertó (C-6.5:5). Esto no tiene nada que ver con la resurrección física, que es realmente absurda desde el punto de vista del Curso. ¿Cómo podría un cuerpo resucitar si nunca lo mataron? Y nunca lo mataron porque nunca vivió. En Un curso de milagros, resucitar es despertar del sueño de muerte (M-28.1-2). Jesús dice que cuando despertó estuvimos con él porque todos somos uno, y en esa unidad no hay Jesús, no hay Ken, no hay nadie: solo el Hijo único de Dios que no tiene nombre, porque Su Nombre lleva N mayúscula, como dicen las Lecciones 183 y 184 («Invoco el Nombre de Dios y el mío propio»; «El Nombre de Dios es mi herencia»).

(M-5.II.4:9-11) Y con ellos desaparecen también todos los efectos que parecían tener. Causa y efecto no son sino una réplica de la creación. Vistos en su verdadera perspectiva, sin distorsiones y sin miedo, restablecen el Cielo.

La Causa original es Dios. Es la Primera Causa, no hay segunda; y Cristo, Su Hijo, es Su Efecto. Esa es la Causa y Efecto original. El ego nos dice que nos separamos de Dios, y que el efecto abandona su causa, porque las ideas abandonan su fuente. Una vez que dividimos causa y efecto, continuamos escindiendo; ahora la mente es la causa y el mundo es el efecto. Pero una vez que volvemos a alinear causa y efecto, nos damos cuenta de que las ideas no abandonan su fuente. Entonces, el mundo vuelve a su fuente, que es la culpabilidad en nuestra mente. Ahora nos encontramos de nuevo en la mente para volver a mirar la culpabilidad, que desaparece. Lo único que se requiere ahora es que miremos dentro. Eso es lo que convierte a alguien en un sanador, y así es como se sana y se deshace el sueño de la enfermedad. Primero miro hacia fuera a través de los ojos de mi nuevo maestro, que me instruye que lo que veo afuera es una proyección de lo que he hecho real por dentro. Entonces miro dentro y empiezo a reír, con la «dulce risa» de la que habla Jesús. Me río de lo tonto que fue pensar que yo pudiera ser Dios, que siquiera deseara ser Dios, y que para poder yo existir y seguir existiendo, tuviera que rematar continuamente a Dios, y luego rematar a todos los demás en esta telenovela casi interminable de engaño, asesinato, dolor y muerte. Todo el sueño termina en el instante en que cualquiera de nosotros de repente reconoce lo que está pasando.

Como cierre, pasemos a los dos hermosos párrafos cerca del final del capítulo 2 del folleto de Psicoterapia. Jesús está hablando específicamente del consultorio del terapeuta, pero es fácil aplicar lo que dice a cualquier situación en la que estemos con otra persona. Recuerden que las relaciones no ocurren en el cuerpo; ocurren en la mente, por lo que puedes imaginarte esta escena con uno de tus padres que ya murió sin que lo hayas perdonado, o con un funcionario público, con el que tienes una relación especial aunque no lo conoces en persona. No importa, porque es puro pensamiento de todos modos. Por lo tanto, sea cual sea la naturaleza de tu relación, no es más que una proyección de tu relación con Dios en tu mente. Ese es el conflicto original; la relación especial original; y en lugar de mirarlo por dentro, lo proyectamos.

«Piensa en lo que en realidad significa la unión de dos hermanos. Y luego olvídate del mundo y de todos sus míseros triunfos, así como de sus sueños de muerte. Todos son uno y lo mismo, y ahora nada puede recordarse del mundo de la culpa. La habitación se transforma en un templo, y la calle, en un torrente de estrellas que suavemente se desliza más allá de todos los sueños enfermizos. La curación se ha dado, pues lo que es perfecto no necesita curación, y qué puede necesitar perdón allí donde no hay pecado?

»Siéntete agradecido, terapeuta, de que puedes contemplar cosas como estas solo con entender tu verdadero papel. Si no lo haces, habrás negado que Dios te creó y, por ende, no sabrás que eres Su Hijo. ¿Quién es tu hermano ahora? ¿Qué santo puede venir para llevarte con él a casa? Has perdido el rumbo. ¿Cómo puedes ahora esperar ver en él una respuesta que te has negado a dar. Cura y cúrate. No hay otra alternativa que pueda jamás conducir a la paz. Deja entrar a tu paciente, pues viene a ti de parte de Dios. ¿No es acaso su santidad suficiente para despertar en ti tu memoria de Él?» (P-2.VII.8-9).