Milagros frente a magia

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte I
Introducción

El tema sobresaliente en estos comentarios sobre milagros y magia será el de forma y contenido. El tema de forma y contenido nos lleva a la esencia de Un curso de milagros, y, en cierto sentido, podemos decir que el propósito de Un curso de milagros es enseñarnos la diferencia entre los milagros y la magia. Uno puede responsabilizar a la magia de gran parte de la confusión que prácticamente desde un principio —si no es que desde el principio mismo— los estudiantes han tenido con el Curso. Es una de las formas clave de distinguir entre el sistema de pensamiento del Espíritu Santo y el sistema de pensamiento del ego, y que se presta con mucha facilidad a la malinterpretación. Por eso, de vez en cuando me gusta hacer un taller sobre este tema o sobre variantes del mismo.

Comenzaremos con una definición de forma y contenido: la forma se refiere al comportamiento o la materialidad, cualquier cosa que tenga que ver con el cuerpo o el mundo físico; mientras que el contenido tiene que ver con la mente. Podríamos decir, pues, que la magia se ocupa de la forma y el milagro del contenido. De hecho, podríamos decir que el propósito de la magia —porque todo en el sistema del ego tiene un propósito— es alejarnos del contenido, de la mente. Por eso la magia es tan atrayente. No estamos hablando de la idea tradicional de la magia como algún tipo de artilugio cualquiera, sino de la magia que denota el artilugio del ego, que nos hace creer que algo está donde no está. El sello distintivo del mago es la ilusión: la idea de que vemos algo que no está ahí, y lo que no vemos está ahí. La destreza del mago tiene que ver con la habilidad de engañar al público y hacer que piense que están sucediendo cosas milagrosas, cuando lo único que está sucediendo es que la mano es más rápida que la vista. El mago es muy experto en perpetrar la ilusión. Cuando miramos el sistema de pensamiento del ego bajo esa luz, nos damos cuenta de que eso es exactamente lo que hace el ego. El propósito del sistema del ego es hacer que miremos algo (el problema) donde no está.

De cuando en cuando, me refiero a una definición que le asigné al mundo hace muchos años y que siempre me ha gustado; dije que el mundo es una «solución poco adaptativa a un problema inexistente». Eso es lo que es la magia. El mundo es una especie de expresión cósmica del principio de la magia: una «solución poco adaptativa a un problema inexistente». Es una solución «poco adaptativa» porque realmente no funciona (poco, en el sentido de «deficiente»; y adaptativa, en cuanto a «su capacidad de adaptación, para que podamos relacionarnos o convivir con ella»). Vivimos, pues, en el mundo como una manera de adaptarnos al problema del ego; pero no funciona, porque es un intento de solucionar un problema que no existe. El mundo, por lo tanto, es una solución ilusoria a un problema ilusorio.

Mirar las cosas desde esta perspectiva nos permite reconocer la absoluta demencia del sistema de pensamiento del ego; pero aún más importante, la demencia de la que todos padecemos por creer en él. De hecho, todo lo que hacemos aquí en este mundo es una «solución poco adaptativa a un problema inexistente». Incluso cuando hacemos algo que consideramos positivo, por ejemplo, estudiar Un curso de milagros, puede terminar muy pronto siendo tan poco adaptativo como cualquier otra cosa. Si no tenemos cuidado, el ego escurridizo tiene una forma de incursionar en algo que no es más que positivo y bueno, y darle la vuelta para que termine siendo exactamente lo contrario. Es entonces cuando los estudiantes de Un curso de milagros se confunden por no distinguir entre los milagros y la magia, y terminan usando el Curso como una solución mágica para el problema, en lugar de usar la solución milagrosa que el Curso tiene el propósito de fomentar.

Una vez más, lo que constituye un milagro, al menos a estas alturas del comentario, es que nos retorna a la mente. La magia siempre nos haría fijar la atención en lo externo, en el mundo. Como he mencionado en muchas otras ocasiones, esa es una de las maneras en que el ego nos hace usar al Espíritu Santo, a Jesús, a Dios o este curso. En lugar de usarlos como un medio para elegir el milagro y volver a nuestra mente, se convierten en el medio para enraizarnos aún más en el mundo de la ilusión. Esto se logra usando al Espíritu Santo, a Jesús o este curso para resolver problemas aquí, una práctica exactamente contrapuesta al propósito del Curso. ¿Cómo vamos a poder resolver los problemas de este mundo o del cuerpo? ¿Cómo vamos a poder hacer un mundo mejor, un cuerpo mejor, más feliz o más saludable si todo es inventado, pues eso enseña el Curso? Usarlos a Ellos con ese fin es la «solución poco adaptativa a un problema inexistente».

Al comienzo del texto, Jesús le dedica cierto tiempo a esto, aunque no siempre emplea dichos términos. Hay un pasaje en el que habla específicamente de «la confusión de niveles» (véase T-2.IV.2). Por lo general, cuando hablo de confundir niveles, me refiero a confundir la verdad y la ilusión, pero en el Curso cuando Jesús comenta sobre la confusión de niveles, habla de confundir el nivel del cuerpo y el nivel de la mente: en un pasaje habla específicamente de la enfermedad como un ejemplo de la confusión de niveles, en la cual pensamos que el cuerpo está enfermo, cuando en realidad la mente es la que está enferma (véase T-28.II.11). Si pensamos que el cuerpo (emocional o físico) está enfermo y ese es el objeto de nuestra preocupación, eso es magia. También veremos que la enfermedad en sí es una solución mágica. Abordar la enfermedad como algo que tiene que ver con el cuerpo es confundir niveles, porque eso equivale a decir que existe un problema en un nivel, o sea, el cuerpo, cuando realmente existe en otro nivel, que es la mente. En la sección «Principios de los milagros», con la cual comienza el texto, Jesús habla de que el propósito del milagro es deshacer esta confusión de niveles orientando nuestra atención hacia donde está el problema, o sea, en la mente (véanse los principios 12 y 23).

Una vez que abordamos el problema en la mente, además podemos aceptar la solución al problema, que también está en la mente. En cambio, si la solución está en la mente, y retiramos el problema de la mente, lo ponemos en el cuerpo y allí mismo buscamos resolver el problema, la verdadera solución que es la aceptación de la Expiación en nuestra mente, resulta imposible. El ego lo que hace por supuesto es retirar el problema de la mente, ponerlo en el cuerpo y decir que así lo resolveremos; y, en efecto, lo resolvemos. Entonces el ego proclama a viva voz: «¡Misión cumplida!», tal como lo hizo nuestro ex presidente hace algunos años. El presidente Bush se equivocó; al igual que todos nos equivocamos cuando creemos que se ha cumplido la misión, que hemos resuelto el problema. Creer eso solamente acaba empeorando las cosas, porque el problema de siempre, que yace en nuestra mente, sigue ahí. Y, si no tenemos conocimiento del problema, es libre de hacer de las suyas. Corre desenfrenado en lo que Freud llamaba el inconsciente, donde hace cosas feas que tienden a trasminarse de forma inadvertida a nuestra conciencia, salvo que desconocemos qué es lo que se está trasminando. Así que continuamente generamos más problemas, seguros de que existen en el cuerpo o el mundo. Y continuamente estamos tratando de resolver los problemas en el cuerpo y el mundo, sin abordar en lo más mínimo el problema de fondo en la mente.

Lo peor de la magia es que no funciona. Y peor aún es el hecho de que creemos que funciona. Como si no bastara que no funcionase, para colmo de males, creemos que funciona, lo que significa que nunca miraremos ahí donde realmente está el problema. Por supuesto que el ego no es tonto. Si no miramos ahí donde está el problema —en la mente—, nunca podremos encontrar la respuesta al problema, que también está en la mente. Al ego no le importa el problema: no quiere que lleguemos a la respuesta; de modo que utiliza el problema en la mente para tapar la respuesta, que también se encuentra en la mente. Toma, pues, el problema en la mente, lo proyecta y lo pone en el mundo. Una vez que creemos que está en el mundo, sin memoria alguna de la existencia de una mente, no tenemos más remedio que buscar continuamente la solución del problema en el nivel donde no está. Eso es magia. Todo lo que hagamos para mejorar nuestra vida en este mundo es magia: «una solución poco adaptativa a un problema inexistente». No solo es que el problema sea inexistente, sino que también lo es el lugar donde creemos que está el problema.

En Un curso de milagros, Jesús nos revela el objetivo de todo el sistema de pensamiento del ego. El problema no es lo que hace el ego, sino que no tenemos conocimiento de lo que el ego hace. El ego no hace nada, pero creemos que es algo. Por lo tanto, Jesús tiene que mostrarnos que no es nada. Todavía más importante, tiene que mostrarnos por qué nos empeñamos en creer que el ego es algo, y que hace algo que exige atención y solución. Por eso Jesús expone lo que el ego está tramando. Primero, nos muestra que la solución que el ego está intentando no funciona. Luego nos muestra que el problema que esta solución aborda no existe. Y finalmente, revela que tampoco existe el lugar donde se supone que existe el problema. Con las palabras que Jesús usa en el libro de ejercicios, para describir el tiempo, podemos decir que el mundo es «una gigantesca ilusión en la que las figuras parecen ir y venir como por arte de magia» (L-pI.158.4:1). Todo el asunto es magia porque estamos viendo algo que literalmente no está ahí. Si observamos a un ilusionista cortar por la mitad a una mujer, nuestros ojos ven a una mujer a la que están partiendo por la mitad, excepto que sabemos que no se está cortando por la mitad a una mujer; es un truco. Asimismo, en este mundo vemos todo el tiempo a gente a la que «cortan por la mitad», pero lo que estamos viendo no está ahí. No obstante, como pensamos que está ahí, tenemos que hacer algo con respecto a lo que estamos viendo. Una vez más, lo que tenemos en Un curso de milagros es una forma de ver lo que realmente está sucediendo. No se está cortando por la mitad a la mujer; y no se están haciendo cosas sobre el escenario que es el mundo. Se están haciendo cosas en otro lugar que no vemos. El milagro nos lleva, pues, de regreso al lugar donde realmente está la acción, que es en la mente.