Milagros frente a magia

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte II
Introducción (cont.)

La magia funciona no solo a nivel de la forma, sino también a nivel del contenido, en la mente. La mente se divide en dos partes; los primeros capítulos del texto se refieren a estas como la mente errónea y la mente correcta: el hogar del ego y el hogar del Espíritu Santo. Toda la mente errónea también es magia, una solución mágica a un problema inexistente. Lo que el mundo está intentando resolver, que se reduce al problema de la culpabilidad en nuestras mentes, tampoco existe y también es magia. La culpabilidad no es algo que aparece así nada más. La culpabilidad tiene un propósito definido y es una fabricación del ego. Es importante recordar que, cuando hablamos del ego, no estamos hablando de una entidad separada: el ego somos nosotros. El ego es la parte de nuestra mente a la que le gusta estar por su cuenta y separada; ser autónoma, independiente, única, diferenciada y por supuesto especial. Esa parte es el ego. El ego, pues, no es una especie de entidad o cosa extraña que nos haya invadido. Somos el ego.

Nosotros, como una sola mente identificada con el ego, inventamos la culpabilidad como una solución a un problema, y, por lo tanto, la culpabilidad en sí es magia. Se fabricó para asegurar que nos sintiéramos tan mal con nosotros mismos y con nuestra mente, que quisiéramos abandonar la mente en un intento mágico de huir de las horribles consecuencias de nuestra culpabilidad. Ese es el propósito de la culpabilidad: convencernos de que habrá consecuencias terribles a causa de ella. Estas consecuencias son tan horribles —nada menos que ser aniquilados a manos de Dios—, que nos urge escapar de ella. La solución del ego, «la solución poco adaptativa al problema inexistente de la culpabilidad», es huir de la mente y fabricarnos un mundo. Pero la culpabilidad es inventada. ¿Por qué quiere el ego que tengamos miedo de permanecer en la mente? Porque si permanecemos en la mente, cambiaremos de decisión con respecto al ego. A la parte de nosotros a la que le gusta que estemos separados, a solas, por nuestra cuenta y libres, le da terror perder la libertad. La única forma de que perdamos la libertad es si otra parte de la mente, a la que llamamos el tomador de decisiones, elige en contra del ego. Ese es el miedo. Si elegimos en contra del ego, debemos elegir a favor del Espíritu Santo, el recuerdo de quien realmente somos. El ego es el pensamiento de quien realmente no somos.

Elegir al ego, por lo tanto, es elegir lo que no es nada, porque estamos eligiendo a quien no somos. Elegir en contra del ego es elegir a quien somos, como Dios nos creó. Esa es la realidad y la verdad. Cualquier otra cosa tiene que ser la negación de la realidad y la verdad, lo que automáticamente la convierte en una ilusión. La culpabilidad, pues, se vuelve el intento mágico de proteger y resolver la presunta amenaza de perder este yo imaginario e ilusorio. Así vemos que desde el inicio todo es una invención. Elegimos un yo que no existe, y luego construimos un reino y un castillo sobre lo que no existe. Después buscamos proteger este reino, proteger lo que no existe. Además, creemos que estamos rodeados de monstruos, amenazas y otras cosas de todo tipo que pueden invadir nuestro reino, y contra los cuales debemos protegernos. Todos estos monstruos y cosas terribles que nos dan tanto miedo en el mundo no son más que la proyección del monstruo que es la culpabilidad, también inventada en nuestra mente, para proteger al yo, que es inventado.

Por lo tanto, no es más que una cosa inventada que conduce a otra cosa inventada, que conduce a otra: son capas y capas de defensas para intentar protegernos contra nada. Todos los intentos de protegernos son magia. Pero, de nuevo, la característica principal de la magia es que no funciona. No puede funcionar porque se urde con la intención de que no funcione. Protege a lo que no es nada de lo que tampoco es nada, lo que significa que la magia siempre fallará. Sin embargo, como no sabemos que lo que está protegiendo no es nada, cuando invocamos soluciones de nada, para resolver problemas percibidos que no son nada, seguimos jugando el juego una y otra vez, por lo que nada cambia en el mundo.

Para decirlo una vez más, lo que el milagro hace es sacar todo esto a la luz. Eso hace Un curso de milagros. Una línea que cito a menudo dice que el milagro «simplemente observa la devastación y le recuerda a la mente que lo que ve es falso» (L-pII.13.1:3). Podríamos decir que el milagro observa la magia y le recuerda a la mente —al tomador de decisiones en nuestra mente— que lo que ve es falso. Expone la mentira. Observa la devastación del mundo como un reflejo o una sombra de la devastación de la culpabilidad en nuestra mente y nos recuerda apaciblemente que lo que estamos observando no es verdad. Si no es verdad, no necesita una defensa, ni nosotros tampoco. No tenemos que implorarles a Jesús o al Espíritu Santo que nos ayuden con la defensa, o que nos ayuden con el cuerpo o con el mundo.

Lo que ha fallado en el cristianismo —así como en toda religión institucionalizada desde su inicio— es que una vez que su fundador o visionario se ha ido, los seguidores invocan a dioses mágicos. Son mágicos si el dios, su representante o la enseñanza del representante tienen cualquier cosa que ver con el mundo; si les importa el mundo, si ven el mundo, si les preocupa el mundo, si se pelean con el mundo y/o si hacen cualquier cosa relacionada con el cuerpo. Solamente a un dios mágico que tiene contados «hasta los cabellos de tu cabeza», le preocuparía la guerra, el cáncer o la enfermedad. ¿Cómo podría importarle al verdadero Dios algo que no existe? No le preocupa más que a un dios mágico. Por desgracia, casi todos los dioses con los que se involucran los estudiantes de Un curso de milagros, llámenle Dios, el Espíritu Santo, Jesús o cualquier otra cosa son magia, porque son ruegos para que estas personas puedan hacer algo con respecto al mundo.

¿Por qué recurrimos continuamente a la magia e inventamos dioses para que sean magos? ¿Por qué no vemos que el mundo es una «solución poco adaptativa a un problema inexistente»? ¿Por qué no vemos que nuestra vida física individual es una solución poco adaptativa a un problema individual? Por una muy buena razón: porque somos hijos de la magia. Nacimos en la magia. La magia fue el principio que nos dio a luz, entonces, ¿por qué elegiríamos otra cosa que no fuera la magia? Si creo que yo soy magia, por supuesto que quiero un dios que también sea mágico. De hecho, no puedo entender a un dios o a un Jesús que no sean mágicos. No puedo entender este libro, este curso, a menos que sea mágico, porque yo soy mágico. Por lo tanto, cuando Jesús nos dice en el texto: «Ni siquiera puedes pensar en Dios sin imaginártelo en un cuerpo o en alguna forma que creas reconocer» (T-18.VIII.1:7), está hablando de la magia. Por supuesto que tengo que pensar en Dios como un cuerpo de alguna manera, porque yo soy un cuerpo.

¿Qué es el cuerpo? El cuerpo es parte de la solución mágica del ego al inexistente problema de la culpabilidad. Esto no se llama Un curso de magia; se llama Un curso de milagros. No se nos anima a pedirle al Espíritu Santo o a Jesús que hagan cosas por nosotros. Eso sería lo que el folleto El canto de la oración implicaría que es pedir-para-destruir. En el primer capítulo del folleto, Jesús habla de pedir, aunque no usa la frase «pedir-para-destruir». En el segundo capítulo, que se trata del perdón, habla del «perdón para destruir». Pero, en el primer capítulo, cuando habla de pedirle a Dios o al Espíritu Santo cosas específicas, dice que eso es lo mismo que contemplar el pecado y luego perdonarlo (S- 1.I.4:2), algo que más adelante llama «perdón-para-destruir» (S-2.II). Pedir algo específico es pedir-para-destruir, porque es un intento de destruir el poder del milagro. Es un intento de crucificar una vez más a Jesús dejándolo totalmente impotente. ¿Cómo podría ayudarnos si le impedimos ir al único lugar donde puede ayudarnos, que es en la mente? De hecho, no se lo impedimos; él ya está ahí. Lo que hacemos es impedir que nosotros vayamos ahí. El propósito de este curso es convencernos de que deseamos volver a la mente, porque ahí es donde está la verdadera solución. Todo lo demás, sea lo que sea, es magia.

La razón por la que se escribió El canto de la oración un año después de que se publicara el Curso fue que la gente no entendía qué es orar y qué significa pedirle ayuda al Espíritu Santo. Unos estudiantes bienintencionados de Un curso de milagros ya comenzaban a convertirse en tristes «pecadores» —igual que unos dos mil cien años de cristianos—, por pedir cosas específicas e invocar a un dios de la magia. Les aseguro que a Jesús no le importa lo que ustedes hagan en este mundo, porque sabe que no están en este mundo. A él lo que le importa es la decisión que tomas en la mente, porque todo lo que hagas en este mundo, que ni siquiera está aquí, es el reflejo de una decisión tomada por tu mente. Esa es la causa.

El milagro, lo que hace es arrastrarnos a todos —pataleando y gritando como bebitos que hacen cualquier cosa con tal de salirse con la suya—; a rastras y en contra de lo que nos parece nuestro mejor criterio, el milagro nos lleva del mundo hasta la mente. Nos saca de nuestra fijación con el mundo, con el cuerpo y con el cúmulo de problemas, tanto personales como colectivos, y nos lleva del mundo de la magia al mundo de la sanación. El problema, una vez más, es que no queremos ir. Por eso, uno de los grandes desafíos que Jesús tiene para todos los estudiantes de este curso es convencernos de que en realidad queremos aprender lo que él nos está enseñando, pues no pensamos que así sea. Queremos que nos enseñe lo que nosotros queremos aprender, pero no lo que él está enseñando. De modo que tiene que convencernos. En otras palabras, para usar el término muy importante de Freud, Jesús trata de ayudarnos a superar nuestra resistencia. No es posible superar algo si no se tiene conocimiento de ello. Uno de los valores más importantes del libro de ejercicios es que, si realmente prestan atención a lo que están haciendo, así como a lo que no están haciendo, ustedes reconocerán cuán profunda es su resistencia a los ejercicios. Y si no es profunda, será o bien porque aún no tienen conocimiento de su resistencia, o bien porque están tan avanzados espiritualmente que ni siquiera hace falta que se molesten en hacer los ejercicios. Ese es el verdadero valor del libro de ejercicios. No habría modo de que pudiéramos aceptar el programa de entrenamiento mental de un año, que se propone el libro de ejercicios, si no tuviéramos conocimiento de la resistencia que oponemos a aprenderlo. Queremos un libro de ejercicios de magia, y el libro de ejercicios parece suscribirse a eso: se trata de 365 lecciones para un año civil, como si realmente existiera un año civil. ¿Por qué 365 y no 387 o 242? Porque nosotros hemos decidido que ¡un año tiene 365 días!

El libro de ejercicios viene en una forma mágica. Se rige en gran medida por nuestra concepción del tiempo. Jesús habla de minutos, horas y días. Se estructura cada jornada de 24 horas a lo largo de un año. Nos da tiempo para dormir; pero por lo demás el programa está minuciosamente estructurado y basado en nuestra concepción del tiempo que, como acabo de citar, es un truco de magia, «una gigantesca ilusión» (L-pI.158.4:1). Jesús usa nuestros conceptos y nuestras estructuras, que son mágicas, para llevarnos más allá de estas, al milagro. Les repito que es extremadamente importante prestar atención, no tanto a lo que dice el libro de ejercicios (aunque a eso también), sino a cómo reaccionan a lo que dice el libro de ejercicios. Eso significa no solo a nivel intelectual, sino en lo personal: con qué frecuencia se olvidan; qué tan dispuestos están a trivializar ciertas cosas o a hacer que otras parezcan de mayor magnitud. Observen cómo abordan el libro de ejercicios. Eso les ayudará a establecer contacto con su resistencia.