Milagros frente a magia

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte III
Introducción (conclusión)

Refiriéndonos de nuevo a Freud: desde los inicios de su trabajo analítico, él aprendió lo importante que era lidiar con la resistencia de sus pacientes porque, de lo contrario, no mejorarían. Ese discernimiento fue genialmente perspicaz. Esa misma perspicacia se encuentra en Un curso de milagros; excepto que en el Curso es un poco más sutil. Es importante que presten atención a su propia resistencia. No quieren el milagro; ustedes quieren la magia. Quieren que este curso funcione por arte de magia. Quieren que Jesús sea como Merlín y que con un gesto de su varita mágica los libere del ego. Es típico que los estudiantes quieran traerle sus problemas al Espíritu Santo y entregárselos a Él para que ellos no tengan que ocuparse. De ahí, el pasaje muy importante en el texto justo al comienzo de «El miedo a la redención» en el capítulo 13:

«Tal vez te preguntes por qué es tan crucial que observes tu odio y te des cuenta de su magnitud. Puede que también pienses que al Espíritu Santo le sería muy fácil mostrártelo y desvanecerlo, sin que tú tuvieras necesidad de traerlo a la conciencia» (T-13.III.1:1-2).

La razón por la que estas dos líneas están en el Curso es que Jesús conoce a sus alumnos. Él sabe que no queremos mirar a nuestro ego; preferiríamos simplemente dárselo a él, con la mágica esperanza de que con eso quedara arreglado. Pues, el hecho mismo de que no queramos mirar al ego le está dando una realidad, un poder y una fuerza que no tiene. Por lo tanto, no hay forma de que Jesús pueda quitárnoslo. Tenemos que traérselo, lo que significa que tenemos que sostener al ego en las manos y mirarlo; y luego dárselo a Jesús. Esa es la diferencia entre la magia y el milagro. La magia quiere que él lo resuelva sin que nosotros hagamos nada.

Es muy importante —crucial— que miren su resistencia a aprender este curso. Aprenderlo con el intelecto es el primer problema; pero después, el verdadero problema es experimentar el Curso. Existe una tremenda resistencia a permitir que este curso impregne su vida, toda su forma de pensar y percibir y, finalmente, toda su manera de comportarse. Si no tienen conocimiento de esa resistencia, el libro de ejercicios los ayudará a adquirir conocimiento de ella. En cambio, si son compulsivos, en ese caso se asegurarán de pensar en Dios cinco o seis veces cada hora, como lo indican varias lecciones, o se comprarán un reloj especial que suene para que piensen en Dios cada diez minutos. Jesús no está hablando de eso ni es lo que quiere que hagan. No le interesa cuántas veces al día piensas en la lección. Mucho más le interesa cuántas veces al día no piensas en la lección y luego te perdonas por ello.

Hago hincapié en que es de suma importancia que reconozcan su inversión en la magia, porque ustedes son una criatura de la magia. Lo que literalmente fabricó el cuerpo fue el intento mágico de huir de la ira de Dios en la mente, que proviene de la creencia en la culpabilidad, que a su vez proviene de creer que pecaste egoístamente al separarte de Dios. Nada de eso sucedió. Por eso, he dicho que hablamos del cuerpo y del mundo como una «solución poco adaptativa a un problema inexistente». En tu mente correcta, ¿por qué querrías que Jesús o el Espíritu Santo te ayudaran con un problema inexistente o con una solución inexistente a un problema inexistente? ¿Por qué querrías que Ellos te ayudaran a encontrar una mejor solución a un problema que no existe? ¿Acaso no sería mucho más sensato pedir que Jesús te ayudara a mirar tu mente y tu culpabilidad, para que finalmente pudieras reconocer que ahí no hay nada? Eso tiene sentido. Eso no es magia. Tú lo que quieres es tomar prestados los ojos de Jesús y compartir su visión, a fin de que, con él, puedas mirar la devastación y darte cuenta de que lo que estás mirando es falso; nunca sucedió (L-pII.13.1:3).

Para reformular esto: Jesús lo que hace en este curso es examinar el meollo del sistema de pensamiento del ego, que es nuestra resistencia a dejarlo ir. Puesto que el ego somos nosotros, ¿por qué hicimos que el ego fuera este yo? ¿Por qué quisimos identificarnos con él? Tiene que haber una razón. La razón que explica nuestra identificación con el ego es la misma que explica la resistencia a dejarlo ir: el aprecio que le tenemos al yo separado. Por eso el Curso dedica tanto tiempo a hablar del ego. Durante muchos años he estado diciendo que suena increíble que un texto espiritual proveniente de un origen tan avanzado se ocupe del ego, pero eso es lo que hace este curso. Está escrito para niños espirituales —bebitos espirituales. En ese sentido, está escrito en un nivel muy bajo, aunque proviene del más alto nivel: un nivel libre de ego. No obstante, todo el Curso se trata del ego y de aprender a identificar el sistema de pensamiento del ego, de aprender a entender cómo y por qué funciona ese sistema de pensamiento, así como el propósito del mismo; y finalmente, se trata de que por fin entendamos por qué no queremos dejarlo ir. El folleto de Psicoterapia explica por qué le tenemos tanto aprecio a nuestra culpabilidad y nos empeñamos en abrazarla estrechamente; eso dice Jesús: «abrazarla estrechamente» (P-2.VI.1:3). ¿Por qué apreciaríamos la culpabilidad cuando no existe, si no es más que otra forma de magia? La apreciamos porque reviste a nuestro yo mágico.

Por eso es crucial distinguir entre milagros y magia. Nuevamente, es muy útil entender esto porque así se explica por qué casi todos los estudiantes del Curso caen en la trampa de convertir esto en un curso de magia en lugar de lo que pretende ser: un curso de milagros. Esta distinción es muy simple. Todo lo que dirija tu atención al mundo, a los cuerpos, a las relaciones entre cuerpos, a un maestro interior que te aconseje y te oriente sobre el uso adecuado del cuerpo, es pura magia. El enfoque de este curso es comenzar donde estamos, que es en el mundo, para que en vez de centrar nuestra percepción en el mundo la remontemos a su fuente. Como dice la línea que cito muy a menudo: el mundo es «la imagen externa de una condición interna» (T-21.in.1:5). El Curso comienza donde creemos que estamos: en el mundo, en el cuerpo, en relación con otros cuerpos, lidiando con el mundo. Nos ayuda a darnos cuenta, en primer lugar, de que todo esto es magia: una solución mágica a un problema interno de culpabilidad.

Cuando dejamos que se nos conduzca de nuevo del mundo a la mente, nos damos cuenta de que el problema de la culpabilidad, para el cual el mundo es una solución mágica, es también una solución mágica al problema del poder de la mente para elegir en contra del ego. Por eso se fabricó la culpabilidad y por eso la colocamos en el trono de nuestro yo; es el centro de nuestro reino. La culpabilidad protege a quien creemos ser, garantizando debido a su naturaleza monstruosa que nunca nos remontemos a la mente para cambiar de decisión. Por lo tanto, la culpabilidad es la solución mágica al problema del poder de elegir que tiene la mente. Lo que estamos tratando de proteger es la decisión de optar por ilusiones. Usamos la magia para proteger una ilusión, y la magia en sí es una ilusión que está protegiendo una ilusión. Luego necesitamos otra forma de magia: para protegernos contra la primera magia. En breve, el ego inventa la magia; inventa la culpabilidad como el intento mágico de proteger a nuestra mente contra la posibilidad de que elijamos de nuevo; a continuación, dice que esta culpabilidad mágica es un monstruo, por lo que ahora necesitamos otro monstruo —mágico—, para protegernos contra la culpabilidad. Y acto seguido, surge un mundo monstruoso, monstruosamente cruel y despiadado, lleno de dolor y sufrimiento que culmina con la muerte.

Recuerden esa maravillosa línea al comienzo del capítulo 13. Tras describir este mundo, Jesús dice: «Si este fuese el mundo real, Dios sería ciertamente cruel» (T-13.in.3:1). Sin embargo, ese es el mundo venerado que todos quieren salvar, el mundo al que todos quieren traer Un curso de milagros. ¿Por qué querrías traer Un curso de milagros a un mundo inexistente lleno de gente inexistente? Quieres traer el Curso al único lugar en que puede ayudar, que es en tu mente. El «tú» al que Jesús se dirige en este curso no es el «tú» que lo está leyendo, que está estudiándolo, que se queda dormido mientras lo lee, que trata de practicarlo o de agobiar a la gente a base de repetirlo sin cesar. Él está hablando del «tú» en tu mente, que eligió la magia y ahora necesita un milagro para corregir la equivocación. Para ese se concibió el Curso, no para el mundo.

Siempre me gusta dirigir la atención de la gente a la pregunta del manual: «¿Cuántos maestros de Dios se necesitan para salvar al mundo?» (M-12). La respuesta es: uno. Ese uno no es Jesús, aunque él es un ejemplo de uno. Ese uno eres tú. Ese es. Jesús no dice: «muchas personas». Nunca les dijo a Helen y a Bill —como supuestamente les dijo a los apóstoles— que salieran por el mundo y predicaran a los gentiles, algo que nunca dijo, pero que el mundo cree que dijo. ¿Por qué querría que le predicaras a un mundo que no existe y está lleno de personas que ya están impregnadas de magia? Un curso de milagros se concibió únicamente para el «tú» que es la parte de tu mente que toma decisiones y que se equivocó a la hora de elegir. Por eso el objetivo de este curso, de principio a fin, es que elijamos de nuevo. Todo se trata del poder de la mente para elegir.

En respuesta a una petición por parte de Helen, para que, por arte de magia, interviniera y le ayudara con sus miedos mágicos, Jesús le dijo: «¿Por qué te enseñaría yo a menospreciar el poder de tu mente; eso se contrapondría a todo lo que propone este curso?» (originalmente destinado a ella en lo personal, este cuestionamiento ahora se halla en el segundo capítulo, véase T-2.VII.1). De esta manera, Jesús le estaba diciendo: «No me pidas que haga eso. En primer lugar, porque no puedo hacerlo. Además, dado que el propósito de este curso es enseñarte lo poderosa que es tu mente, ¿por qué me pides que la menosprecie?». Menospreciamos la mente cuando negamos el poder que ostenta de crear un mundo y todos los problemas de este mundo. Luego tratamos de circunscribir el poder de esta mente, resolviendo los problemas en el mundo; mejor aún, consiguiendo que Jesús, el Espíritu Santo, Dios, este curso o cualquier otra espiritualidad intercedan por nosotros, que intervengan en el mundo y arreglen las cosas. Da igual si se trata de algo trivial como encontrar un sitio para estacionarnos, o de algo aparentemente importante como curar un cáncer o el SIDA, o de traer la paz mundial, o de acabar con la miseria mundial y con toda la crueldad e injusticia en el mundo. Él no hace nada de eso. Eso le tiene sin cuidado. Jesús —como Platón hace dos mil quinientos años— conoce la diferencia entre apariencias y realidad. La magia es el mundo de las apariencias, el mundo de la ilusión. Eso es lo que creemos que vemos, oímos y entendemos, y eso es aquello en lo que creemos que pensamos. Ese es el mundo de las apariencias, el mundo de la magia. Un curso de milagros nos lleva al mundo de los milagros, en el que nuestra atención centrada en el mundo es redirigida hacia la mente.