Milagros frente a magia

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte IX
«¿Cómo debe pasar el día el maestro de Dios?» (M-16)

Veamos un pasaje de «¿Cómo debe pasar el día el maestro de Dios?», en el manual para el maestro (M-16). Es una sección maravillosa que aborda tanto la forma y el contenido como la magia: todo aquello de lo que hemos estado hablando. Comenzaremos a mitad de la sección, con el párrafo 6.

(M-16.6:1-2) Hay un pensamiento en particular que debe recordarse a lo largo del día. Es un pensamiento de pura dicha; de paz, de liberación ilimitada, ilimitada porque todas las cosas se liberan dentro de él.

Jesús está hablando del objetivo del libro de ejercicios, y ese objetivo es aprender a generalizar. Van a tomar este pensamiento que veremos en un momento, y luego todas las inquietudes que ustedes tengan a lo largo del día, se las van a traer a ese pensamiento. Subyacente a esto está el comienzo del Curso, el primer principio de los milagros: «No hay grados de dificultad en los milagros» (T-1.I.1:1). Eso significa que todos los problemas son iguales. Todos los problemas son el mismo. Y eso significa que ninguno de ellos, a nivel de la forma, debe tomarse en serio, porque la forma oculta el contenido subyacente, que siempre es uno solo. La forma podría ser la creencia de que estoy mejor estando separado de Dios, o la creencia de que el amor especial es mejor que el Amor de Dios. Cualquiera que sea la forma, el contenido es el problema. Todo aquí es simplemente una variante, un fragmento sombrío de ese problema, lo que significa que cada problema se resuelve de la misma manera; lo traemos ante la verdad de la Expiación que dice: no solo no te separaste del Amor de Dios, no solo no destruiste el Cielo, sino que no podrías haber destruido el Cielo. Entonces ¿por qué te alteras? No solo no lo hiciste; no pudiste hacerlo. Nunca podrías. Lo imposible, por definición, no puede suceder. Por lo tanto, ¿a qué viene tanto alboroto?

Recuerden el pasaje donde dice que el Espíritu Santo no presta atención a los efectos (T-27.VIII.9:1). Él con una risa apacible ha juzgado su causa, la creencia de que pudimos hacer lo imposible. Creemos que hicimos lo imposible. Pero en verdad, nos es imposible. Por lo tanto, no se hizo; por lo tanto, no hay culpabilidad; por lo tanto, no hay efectos. Así se sana todo.

Ahora veamos cuál es ese pensamiento:

(M-16.6:3-5) Crees que has construido un lugar seguro para ti mismo. Crees que has forjado un poder que te puede salvar de todas las cosas aterradoras que ves en sueños. Pero no es así.

Ahí está. Cuandoquiera que se alteren durante el día, cuandoquiera que se tomen algo en serio, ya sea en el mundo en general o en su mundo personal, dejen que Jesús les diga: «No es así». Hay una frase similar en el texto donde Jesús, tras describir la naturaleza demente y belicosa del ego, dice: «Y Dios piensa de otro modo» (T-23.I.2:7). ¡Ahí está! Si Dios piensa de otro modo, lo que nosotros pensamos no es así. Por lo tanto, ¿por qué acalorarnos y alterarnos por eso? ¿Por qué ponernos tan serios al respecto? ¿Por qué intentar solucionarlo o arreglarlo? ¿Por qué intentar curarlo?

(M-16.6:5-8) Pero no es así. Tu seguridad no reside ahí [en el ego]. A lo que renuncias es simplemente a la ilusión de que puedas proteger tus ilusiones. Ese es tu temor, y solo ese.

«A lo que renuncias es simplemente a la ilusión de que puedas proteger tus ilusiones». Eso es lo que es la magia. De eso hemos estado hablando a lo largo de esta clase. El mundo es una ilusión que protege la ilusión de la culpabilidad, que en realidad proviene de la ilusión de creer que podemos estar separados de Dios. Por eso no debe tomarse en serio nada de lo que está aquí. Es una ilusión que protege una ilusión. Cuando intentas cambiar la ilusión, cuando luchas contra la ilusión, cuando te atormentas por la ilusión, cuando sostienes un calendario ante la ilusión, obviamente la estás haciendo real. Le estás dando poder sobre ti. Le estás dando el poder de quitarte la paz de Dios. Ese es el error, el único error.

(M-16.6:8) Ese es tu temor y solo ese.

¿Por qué? Porque tú eres el hijo de la ilusión: el bebé mágico. Sin la magia no eres nadie. Por eso nos aferramos a los guiones del ego, a las defensas y a creer en la magia. Por eso nos aferramos al pasado —al abuso, a la victimización y a las ofensas que hemos sufrido en el pasado—, porque eso es lo que nos define. Todas las defensas que hemos erigido desde que éramos muy pequeños, con el fin de protegernos y resguardarnos del dolor, de las amenazas y del peligro, ahora se convierten en nuestra identidad. Luego adoptamos todo tipo de magia para poner remedio a la identidad.

P: ¿Cómo sucede esto sin que uno se convierta en un iluso feliz?

R: La clave para no ser un iluso feliz es mirar todo esto. Recuerda el pasaje de «La "dinámica" del ego», que leí antes, donde Jesús dice que miramos juntos al ego para poder así trasladarnos más allá de él (T-11.V.1:5). Los ilusos felices nunca miran al ego. El iluso feliz diría: «¿Qué ego?». Si haces esto bien, no dices: «¿Qué ego?»; no, de entrada. Primero miras al ego. Esa es la diferencia.

(M-16.6:8-10) Ese es tu temor y solo ese [el miedo de renunciar a la ilusión]. ¡Qué insensatez estar atemorizado por nada! ¡Por nada en absoluto!

No sabrás cuán insensato es mientras creas que es algo, y no sabrás que no es algo mientras no lo mires. Mirar no requiere esfuerzo. No es difícil. Simplemente miras. No arreglas ni cambias ni estudias ni analizas nada. Solo miras. «Lo único que necesitas hacer es ver el problema tal como es y no de la manera en que lo has urdido» (T-27.VII.2:2). Todo lo que tienes que saber es que te quitaste el zapato para no tener que mirar la verdad. No te molestas en preocuparte por la razón de que no traigas puesto el zapato. Todo lo que tienes que saber es que naciste en este mundo, para no tener que mirar la verdad, y que todas las situaciones en tu vida que promueven el placer o te ocasionan dolor a cualquier nivel, se fabricaron para que no tuvieras que mirar la verdad en tu mente.

Eso te ayudará a dejar de tomar en serio lo concreto de tu vida o de la vida de cualquier otro. Si todo es igual, ¿qué más da el color, el tamaño, la magnitud o el aspecto que tiene? Si es bonito o feo, si está enfermo o sano, vivo o muerto, ¿qué más da? Luego observa cómo quieres darle importancia, cómo quieres dar importancia a las diferencias. Simplemente obsérvate mientras lo haces. No lo cambies. No lo compongas. Solo mira lo que estás haciendo. Ve qué pronto te apartas de solamente mirar y quieres hacer algo. El ego siempre quiere hacer algo. No puedo decirles cuántas personas se han quejado, a lo largo de los años, de que este curso no es práctico. Ellos van a escribir un Curso mejor o un libro mejor que hará que el Curso sea más accesible y más fácil para la gente. El Curso es muy fácil. No necesita ninguna otra cosa. Recuerdo que Bill Thetford solía decir en broma, aunque un tanto en serio: «Si no está en el libro de ejercicios, no lo hagas». Todo está aquí. No necesitas más. Es tan simple y tan amenazante que todo el mundo quiere hacer algo más. Lo único que tienes que hacer es mirar. No tienes que hacer ni practicar algo más.

Todo el libro de ejercicios —si entiendes el contenido detrás de esos ejercicios— tiene el objetivo de que observes a tu ego y comprendas que hay dos formas de mirar. Una es la del ego, que no mira, sino que juzga. Y la otra es la del Espíritu Santo, que es mirar con una sonrisa apacible. Eso es todo lo que tienes que hacer. La gente quiere hacerlo más fácil, o sea, quiere hacerlo más complicado. ¿Qué podría ser más fácil que esto: «No tengo que hacer nada»? No hagan nada. No lo trabajen. No se pongan serios al respecto. Todo el mundo quiere cambiar este libro.

Muchas personas sienten que pueden escribirlo mejor que Jesús; eso es lo que yace tras su deseo de que quieran cambiarlo. Este curso se anotó en la década de 1960, y el mundo actual parece diferente. A nivel de la forma, sin duda es diferente, pero el contenido es el mismo. Este curso no necesita que se le haga ningún cambio. La gente quiere cambiarlo porque eso refleja el pensamiento subyacente: puedo hacer las cosas mejor que Dios. Yo sé lo que es el amor; Dios no lo sabe. Yo sé lo que es la felicidad; Dios no lo sabe. Yo puedo inventar un mundo donde el amor triunfe y esté por todas partes; donde el amor sea universal y maravilloso. Yo puedo hacer las cosas mejor que Dios. Esa es una de las formas de entender lo que sucedió en aquel instante original, que en realidad no sucedió en absoluto, pero creímos que sucedió. Yo puedo hacer las cosas mejor que Dios, mejor que este curso. Yo sé lo que el mundo necesita. Jesús no lo sabe. A este curso le falta ser más práctico. Yo lo sé. Lo reescribiré para que la gente lo entienda.

De nuevo, no es necesario que se comprenda estrictamente cada una de las oraciones. Eliminen todas las que les desagraden por tener una doble o triple negación. Con que retengan una sola oración que realmente comprendan; con que se pasen toda la vida dedicados al primer principio: «No hay grados de dificultad en los milagros», es suficiente. Si ustedes entendieran a la perfección cualquier frase dada en este curso, se les aclararía todo, así que no se quejen de la forma en que está escrito el Curso. Eso no es lo que se les dificulta. Lo que se les dificulta es lo que dice el Curso. Tienen la mágica esperanza de que, si cambian el lenguaje, si cambian esto o aquello, si lo traducen a un inglés llano y comprensible, será diferente: lo entenderán, el mundo lo entenderá y el mundo será mejor. El problema detrás de todo eso es que sabes lo que dice, y te da pavor, porque este curso te dice que estás atemorizado por nada. «¡Qué tontería dejarte atemorizar por nada! ¡Nada en absoluto!» La siguiente frase también es aterradora:

(M-16.6:11) Tus defensas son inservibles . . . 

Tu vida es tu defensa; tu cuerpo es tu defensa; tu personalidad es tu defensa. Olvídate de las cosas especiales que haces en la vida, porque ahora Jesús dice: «Tus defensas son inservibles . . .»; y enseguida:

(M-16.6:11) . . . pero tú no estás en peligro.

Eso no es lo que nos dice nuestro ego. Dentro de los confines de la vida individual, cuando nacemos el ego dice que, si no hacemos algo para que nos satisfagan las necesidades, correremos peligro. Por lo tanto, las tenemos que dar a conocer. La gente tiene que sentir nuestra necesidad y hacer algo al respecto para ayudarnos. Aprendemos a muy corta edad cómo manipular y seducir a nuestros padres, y luego a los padres sustitutos que nos rodean, para que nos satisfagan las necesidades; de lo contrario correremos peligro. Y nos preguntamos: «¿Por qué hacen eso los bebés?». Lo hacen porque así nos programó el ego a todos; en la mente, no en el cerebro. Todos estamos programados para tomarnos la vida muy en serio, y luego exigir que las personas que nos rodean tomen muy en serio nuestras vidas, que compongan las cosas, que nos compongan a nosotros. No hace falta componer al ego. No hace falta componer el mundo. Solamente hay que mirarlo con esa sonrisa apacible. Eso te llevará a lo que hay que componer o cambiar, que fue la decisión a favor del ego en lugar de Dios. Ese es el único problema. Ni siquiera tienes que decidir a favor de Dios. Simplemente miras tu decisión a favor del ego y te das cuenta de la bobada que es, de la insensatez que es estar atemorizado por nada: eso es lo único que es el ego.

(M-16.6:11-12) Tus defensas son inservibles, pero tú no estás en peligro. No tienes ninguna necesidad de ellas.

Esta línea está aquí porque según los psicólogos, sin defensas te vuelves psicótico. Al proveer terapia, se aprende que no hay que quitarles las defensas a los pacientes. En cierto sentido, por supuesto que eso es cierto, porque no se quiere engendrar miedo. Sin embargo, el principio subyacente es que sin defensas te volverías psicótico, por lo que las necesitas. Sin duda eso es cierto en un mundo mágico, pero no es cierto en la realidad. Las defensas te mantienen alejado de tu seguridad, porque esta reside en tu Identidad tal como Dios te creó. No reside en nada en el mundo ni en el cuerpo. Hay que ver cómo quieres cambiar lo que este curso dice y amoldarlo a alguna imagen o semejanza que entiendas, a alguna forma de magia con la cual te sientas cómodo.

(M-16.6:13) Reconoce esto y desaparecerán.

Reconozcan que no necesitan sus defensas y estas desaparecerán. Por supuesto, eso es lo que nos dice el ego: yo soy mis defensas. Recuerden, nuevamente, por qué nos aferramos a la magia. Somos hijos de la magia, la magia del sistema de pensamiento del ego de tomar en serio la diminuta idea loca. Por lo tanto, tomarnos todo lo demás en serio está entretejido en nuestro ADN como individuos separados. De hecho, el ego estaría de acuerdo con esta afirmación: «Reconoce esto» (que no necesitas tus defensas) «y desaparecerán». Entonces el ego dice: «Cuando tus defensas desaparezcan, adiós a ti también; luego habrás desaparecido tú». Ese es el miedo. El ego nunca se molesta en leernos la siguiente frase:

(M-16.6:14) Y solo entonces aceptarás tu verdadera protección.

A medida que aprendes este curso, no sueltas tus defensas y te esfumas en el Cielo, así nada más. No pierdes tu yo. Solo al final del viaje desaparece tu yo. A medida que vas avanzando, lo que desaparece es tu ansiedad, junto con tu enojo, tu depresión, tu miedo, tus fobias, tus problemas; todo eso desaparecerá. En vez de eso sentirás más paz, bondad, apacibilidad, amor y compasión. La visión del ego que ve intereses separados, la reemplazarás con la visión del Espíritu Santo que ve intereses compartidos. Seguirás teniendo tu yo. Aún reconocerás tu forma en el espejo cada mañana. Pero con el transcurso de cada día, el rostro que veas por la mañana será uno más feliz con una sonrisa más apacible, más bondadosa. No desaparece todo sino hasta el mero final.

De nuevo, esto no es algo que tengan que trabajar. Simplemente observen lo que están haciendo, día tras día, y observen los efectos de elegir a su ego. El dolor se presentará al darse cuenta de que les duele emitir juicios, aferrarse a los agravios, andar enojados y juzgando a las personas todo el tiempo. Eso es lo que los motivará a dejarlo ir, y lo soltarán cuando estén bien listos. Recuerden, dado que Jesús existe en un estado atemporal, no está sosteniendo un cronómetro frente a ustedes ni va tachando los días en un calendario. Nadie los está apurando o presionando. Este es un proceso muy suave y amoroso en el que nadie perderá ni sufrirá daño alguno.