Milagros frente a magia

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte V
Comentarios (cont.)

P: Cuando se extendió la alfombra, algunas cosas espectaculares formaban parte de ella, y algunos horrores y otras cosas también formaban parte de ella.

R: Cierto. El ego no fabricó un mundo terrible, siempre. Hay cosas bonitas en el mundo: hermosos días soleados y primorosas mañanas de primavera; bellas escenas de la naturaleza; Mozart y Shakespeare; carteras encontradas. Son muchas, las cosas bonitas. El problema es que nos aficionamos a la forma, en lugar de utilizarla como un medio de remontarnos al contenido.

. . . . . . .

P: Temo sentirme bien respecto a cualquier cosa porque me suscita tantas sospechas.

R: Sí, claro, pero es el mismo caso de alguien que toma vitaminas. A la gente normal le da gusto encontrar su billetera o que suceda algo agradable. Así que sé normal. Con que tengas conocimiento de la lección, eso es todo.

P: Después de hacer esto durante un tiempo, no hay nada normal.

R: Desafortunadamente, es cierto. Por eso siempre le digo a la gente que sea normal, pues tras quince días de esto, nadie es normal. Quince días, lo digo en broma; pero las personas sí olvidan cómo ser normales, porque se les olvida que son hijos de la magia. Como la magia está en su ADN, por supuesto que les va a gustar la magia. Y preferirán la magia blanca a la magia negra. Les gusta la magia que funciona, en lugar de la magia que no funciona. Así que nos van a gustar las cosas buenas. El Curso no dice que debas sentirte culpable porque te gusten las cosas buenas; simplemente señala que las cosas buenas no te darán la paz de Dios. Por lo tanto, tomas conciencia de lo que es la resistencia: hay una parte de ti a la que no le interesa la paz de Dios. Te interesa la paz de que funcione esta relación o se encuentre tu billetera o este trabajo te salga como esperas. En este momento en particular, estás dispuesto a sacrificar la paz del Cielo con tal de conseguir la paz de la magia. Si puedes tener conocimiento de eso y no juzgarte por ello, habrás aprendido una lección.

Todo lo que se te pide que hagas, reitero, es ver el problema tal como es y no como lo has urdido (T-27.VII.2:2). Eso es todo. Una manera de entender cuál es el problema es reconocer tu resistencia a deshacer o resolver el problema. Por lo tanto, la Lección 79 pide: «Que reconozca el problema para que pueda ser resuelto». Por eso no reconocemos el problema, porque no queremos que se resuelva. Si se resuelve el problema de la separación —el tema de la Lección 79—, yo desaparezco del mapa; reducido a nada; así que no quiero reconocer el problema. En cambio, quiero reconocer toda una serie de problemas de otro tipo, que, de nuevo, no son más que formas distintas de magia. Me sentiré de maravilla cuando estos problemas mágicos se resuelvan por arte de magia: trátese del problema de encontrar un sitio para estacionarme en una calle congestionada, del problema que ocasiona una enfermedad en el cuerpo o del problema que surge con la enfermedad de una cuenta bancaria. Preferiríamos mil veces ocuparnos de esos asuntos a reconocer el verdadero problema, porque si reconocemos el verdadero problema —ver el problema tal como es, a saber, una decisión que tomó mi mente— en ese mismo instante, también estamos aceptando la solución. Nuestro ego nunca nos dejaría ver el problema tal como es, porque queremos estar separados y permanecer separados. Si podemos mirar eso sin juzgar, automáticamente estamos eligiendo al Espíritu Santo como nuestro Maestro y en ese momento, podemos tener conocimiento de cuánta ambivalencia nos provoca tenerlo a Él de Maestro. Entonces lo único que tenemos que hacer es perdonarnos nuestra propia ambivalencia al respecto.

Recuerden, la separación no comenzó con la diminuta idea loca, sino cuando olvidamos reírnos de ella y nos la tomamos en serio. Por lo tanto, si podemos mirar a nuestro ego, mejor aún, si podemos mirar nuestra decisión a favor del ego y no tomarla en serio, habremos deshecho al ego. De ahí que no se nos pida que renunciemos a tomar vitaminas; se nos pide que renunciemos a tomarnos tan en serio el que tomemos vitaminas, cosa que sucede cuando nos juzgamos por tomarlas. Asimismo, tomamos en serio al ego cuando nos da gusto que algo sale bien en el mundo y luego sentimos culpa por el gusto que nos dio. Ese es el problema. Recuerden, el problema no fue la diminuta idea loca; fue haberla tomado en serio. Esto significa que el problema no es tu relación especial, no es tu ansiedad, tu depresión, tu situación financiera o física. El problema es tomarte en serio cualquiera de estas, o sea, darle el poder de quitarte la paz de Dios. Eso es lo que significa tomarla en serio. El perdón significa estar en paz en el momento en que adquieres conocimiento de tu resistencia a hacer el libro de ejercicios y a aprender este curso; estar en paz con aferrarte a tus juicios de la gente y a guardar resentimientos del pasado, que sacas a relucir de cuando en cuando, ya sean agravios contra ti mismo o contra otras personas. Tanto el milagro como el perdón implican que puedes mirar todo eso y no darle mayor importancia. El objetivo del perdón no es que deshagas tu culpabilidad, sino que la mires y no la tomes en serio. Eso la deshace.

Permítanme leer esas líneas, porque son cruciales:

(T-27.VIII.6:2-3) Una diminuta idea loca, de la que el Hijo de Dios olvidó reírse, se adentró en la eternidad, donde todo es uno. A causa de su olvido ese pensamiento se convirtió en una idea seria, capaz de lograr algo [sucedió la separación], así como de producir efectos reales.

Estos efectos son el mundo. Ahí mismo está el problema. Esa es la quintaesencia de Un curso de milagros: «A causa de su olvido ese pensamiento [la diminuta idea loca], se convirtió en una idea seria, capaz de lograr algo, así como de producir efectos reales». Ese es el principio. Jesús nos dice en casi todas las lecciones del libro de ejercicios, ciertamente en las de la Primera Parte, que entendamos ese principio y que lo apliquemos de forma muy concreta a lo que surja a lo largo de nuestro día. Nos da el principio abstracto e inespecífico —el título de la lección, seguido de las diversas cosas que dice al respecto— y al final de la lección nos dice que se lo apliquemos muy específicamente a lo que se nos presente durante el día. Debemos observar, pues, cómo convertimos algo en cosa seria: un embotellamiento; un accidente de tránsito, una relación, un noticiero. Entonces hacemos lo que Jesús dice a continuación:

(T-27.VIII.6:4-5) Juntos [es decir, tú y Jesús] podemos hacer desaparecer ambas cosas [el logro y los efectos reales; la creencia de que la separación es real y los efectos de dicha creencia: el mundo y el cuerpo y específicamente todas las cosas que suceden en nuestra vida diaria] riéndonos de ellas, y darnos cuenta de que el tiempo no puede afectar a la eternidad. Es motivo de risa pensar que el tiempo pudiese llegar a circunscribir a la eternidad, lo cual significa que el tiempo no existe.

La magia dice que tenemos que hacer algo con respecto al «logro» y los «efectos reales». Pensamos que tenemos que hacer algo con respecto a nuestra vida, al cuerpo o a este curso en el mundo. Eso es tomarnos en serio los efectos, tomarnos en serio el mundo, tomarnos en serio Un curso de milagros y, sobre todo, tomarnos en serio nosotros mismos. Otra forma de decir tomarte en serio tú mismo es hacerte especial. Ahora tengo esta función especial con este libro especial: sanar al mundo especial. Eso despide un tufo de especialismo y lo toma todo muy en serio. Este pasaje es muy importante, porque este es el problema. La magia toma en serio la diminuta idea loca, así como sus efectos. La magia toma en serio la solución a los efectos reales de la diminuta idea loca. La magia no es para tomarse a la ligera. El milagro simplemente se ríe, le sonríe con dulzura a todo y dice que la devastación que estás mirando es falsa.

Por lo tanto, no quieran hacer nada diferente en su vida. No cambien nada en su vida, simplemente sonríanle más. La mayoría de ustedes conocen el comienzo de la Lección 155, donde Jesús dice: «No cambias de apariencia, aunque sí sonríes mucho más a menudo» (L-pI.155.1:2). Eso es lo que significa ser un maestro avanzado de Dios. No cambias de aspecto, no cambias tu forma de hablar o de vestir; no cambias tu trabajo ni tus relaciones. No cambias nada. Sonríes más a menudo. ¿Qué significa eso? Significa que no haces las cosas con tanta seriedad. ¿En el plano operativo eso qué significa? Que no le das al mundo el poder de quitarte la paz.

La culpabilidad dice que he hecho algo tan nefasto, tan atroz, de una maldad tan descomunal que nunca podré estar en paz. Lo hice: destruí el Cielo, asesiné a Dios, crucifiqué a Su Hijo. ¡Es horrible, es abominable! Salvo que no pasó nada: ¡es una grandísima broma! «Es motivo de risa pensar que el tiempo pudiese llegar a circunscribir a la eternidad . . . ». Es motivo de risa pensar que tienes el poder de destruir la sinfonía del Cielo. Por eso Jesús dice que no se perdió ni una sola nota del himno celestial (T-26.V.5:4). La culpabilidad es un concepto muy grave que se desprende del concepto igualmente grave del pecado. Son tan graves, de hecho, que necesitamos una solución mágica para afrontarlos, la cual es el mundo, que como sabemos es muy grave. Este mundo tiene problemas muy serios: a nivel personal, tenemos que respirar, comer y beber con regularidad. A medida que el mundo se va poblando, estas necesidades se convierten en problemas potenciales, ya que no hay suficiente comida ni agua en el mundo. Debería haber suficiente comida en el mundo, pero no la hay. Debería haber suficiente agua en el mundo, pero no la hay. Estos son problemas graves. Luego están todos los problemas psicológicos y todas las cuestiones propias del especialismo que afligen a todo el mundo. ¡Es algo muy serio! Los cuerpos fueron hechos para que fueran serios. Cuando los bebés nacen el primer llanto del bebé dice: «Estoy en una situación muy seria aquí». Todo lo que hay aquí despide un tufo de seriedad, así como de especialismo; son lo mismo.

Otra forma de entender la resistencia es percatarnos de cuánta resistencia oponemos a dar un paso atrás con Jesús y sonreír ante todo esto. El mundo fue hecho para que no sonriéramos. Fue hecho para que el mundo mismo se tomara muy en serio. La magia es, nuevamente, este intento poco adaptativo de resolver el grave problema de encontrarnos en el mundo, que a su vez es un intento poco adaptativo de resolver el grave problema de la culpabilidad, que está en la mente. En la práctica esto significa que vives tu vida como es normal, y simplemente te fijas con cuánta seriedad te tomas todo. Entonces te perdonas por tomártelo en serio. Y prestas atención a la línea en la que Jesús dice: «Juntos podemos hacer desaparecer ambas cosas riéndonos de ellas. . . » (T-27.VIII.6:4). Unos párrafos después, habla del Espíritu Santo y dice:

(T-27.VIII.9:3) Él te exhorta a que lleves todo efecto temible [todo lo que te altera en el mundo] ante Él para que juntos miréis su descabellada causa y os riais juntos por un rato.

Eso significa llevarlo ante Él: mirar junto con Él. No finjan que lo que les disgusta no está ahí, y tampoco es que jovialmente «se lo entreguen a Él», como dicen algunas personas. Lo miras con Él, y cuando realmente lo haces, empiezas a comprender —pues eso es lo que significa mirar— por qué has elegido esto y cuánto te ha costado vivir con este tipo de magia. Entonces te das cuenta, como explica Jesús en una sección anterior, cómo es que todo esto no es más que un frágil velo incapaz de ocultar la luz que se encuentra más allá (T-18.IX.5). Pero no puedes mirar la luz sin darte cuenta de que esto no es más que un triste velo, porque para nosotros es una sólida y muy seria pared de granito. Las sólidas paredes de granito no son para tomarse a la ligera. Pero cuando de veras la miras, la pared comienza a desmoronarse, y luego te das cuenta de lo que la pared ocultaba: esta suave luz amorosa y dulce. Pero no lo sabrás mientras no mires. Por eso el propósito de este curso y del libro de ejercicios es entrenarte para que hagas esto cada día: Jesús dice que, al empezar a darte cuenta de que estás tomando las cosas muy en serio, «lleves todo efecto temible ante Él [el Espíritu Santo]». A continuación, dice:

(T-27.VIII.9:4) juzgas los efectos, pero Él ha juzgado su causa.

Él no se fija en los efectos. Jesús ya nos lo dijo antes en la primera oración:

(T-27.VIII.9:1) El Espíritu Santo, con una risa apacible, percibe la causa [la creencia en el pecado] y no presta atención a los efectos.

«No presta atención a los efectos». ¿Y nosotros qué hacemos? Arrastramos al Espíritu Santo y a Jesús al mundo y decimos: «¡Mira estos efectos! Por favor, haz algo». Y con toda dulzura, Ellos simplemente dicen (con acento neoyorquino, pues se criaron en Brooklyn): «¿Cuáles efectos? Aquí no hay nada. No creas lo que te dicen los evangelios; aquí no hay nada». Y respondemos: «¿Cómo que aquí no hay nada? ¡Mira los efectos! ¡Mira a los muertos de hambre! ¡Mira a los moribundos! ¡Mírame a mí! ¡Mira cuánto dolor tengo! ¡Mira cuánto abuso he sufrido! ¡Mira cómo se me ha victimizado! ¡Mira!». Y Jesús dice: «Estoy mirando, pero aquí no hay nada».

Así es como sabemos por qué no lo elegimos a él desde un principio y elegimos en su lugar al ego; fue porque el ego miró de la manera en que nosotros queríamos mirar como un individuo separado. Y nos regocijamos con lo que vimos porque ese es el tipo de Jesús y el tipo de Dios que queremos: uno que mira el mundo de los efectos. No queremos un Jesús que no preste atención a los efectos y se limite a reír; no con una risa despectiva, claro, sino con una sonrisa apacible que dice: «Aquí no hay nada». Lo dice como el niño del clásico cuento infantil «El traje nuevo del emperador». Pero nosotros seguimos tratando de convencer a Jesús de que vea el traje lamentable que el emperador trae puesto, todos los furúnculos que tiene en la piel y el cáncer que le está carcomiendo los órganos. Y Jesús dice: «No solamente no trae nada puesto el emperador; no hay emperador». El problema es que miramos a través de los ojos del cuerpo y a través del cerebro interpretamos lo que los ojos del cuerpo «ven», y luego pensamos que vemos algo que en realidad no existe. Pensamos en lo que vemos y concluimos que lo que creemos ver es real. Por eso un tema muy importante de este curso es que no somos cuerpos. La frase más importante del libro de ejercicios, que se repite más que cualquier otra, es: «No soy un cuerpo». Tal como se nos enseña en el Curso, la percepción miente: «Nada es tan cegador como la percepción de la forma» (T-22.III.6:7). Los ojos no ven, el cerebro no piensa, los oídos no oyen. A pesar de esta enseñanza de Jesús, seguimos bajándolo a rastras hasta nuestro nivel, y en lugar de mirar a través de sus ojos, le exigimos que mire a través de los nuestros, que vea lo que no está ahí, y que luego lo arregle, lo que significa que queremos que él por arte de magia esté tan demente como nosotros. Por eso sobreponerle el Jesús bíblico a este curso nunca funcionará. No es el mismo tipo. El Jesús bíblico tiene ojos que ven y un cuerpo que hace algo al respecto. Su cuerpo cura a otros cuerpos que sus ojos ven, etcétera, etcétera. El Jesús de Un curso de milagros no hace nada de eso. No tiene ojos. Su vista se dirige hacia el interior (lo que llamamos visión) y ve más allá del cuerpo, al que considera simplemente como una sombría invención imaginaria del ego. Sin embargo, ese es el grave mundo, al cual le exigimos que él le ponga remedio; en otras palabras, queremos que Jesús se convierta en parte de nuestro sueño.

Hay una línea muy importante en "The Gifts of God" («Los regalos de Dios»), el poema en prosa que Helen anotó como una serie de mensajes destinados originalmente a ayudarla a superar una situación de mucho temor. Jesús le dijo: «No soy un sueño que viene en son de burla» (The Gifts of God [Los regalos de Dios], p. 121). En otras palabras, «No soy parte de tu sueño, cuyo propósito es burlarse de la realidad de Dios. Yo no soy un cuerpo. No soy parte de este mundo. No soy parte de este sueño. No me pidas que te quite el miedo. No me pidas que corrija la situación que crees que te está causando miedo y ansiedad. No soy un sueño que viene en son de burla». El Jesús del mundo, alrededor del que se han construido iglesias, se mofa de la verdad de que somos espíritu, tal como Dios nos creó. El hogar del verdadero Jesús se encuentra en nuestra mente. Él es un símbolo del Amor de Dios que nos llevamos cuando nos quedamos dormidos, un símbolo que nos recuerda quiénes somos en verdad. Sin embargo, exigimos que Jesús, Dios y este curso se conviertan en parte de nuestro sueño y lo arreglen. Por eso es tan importante este pasaje al final del capítulo 27. El párrafo termina con lo siguiente:

(T-27.VIII.9:7-8) . . . más óyele decir: «Hermano mío, santo Hijo de Dios, contempla tu sueño fútil [cualquier cosa que te esté molestando] en el que solo algo así podría ocurrir». Y saldrás del instante santo, con tu risa y la de tu hermano unida a la de Él.

Esa es la risa; les repito que no es una risa despectiva, burlona, sino una risa apacible que se da cuenta de la bobada que es todo esto. «Es motivo de risa pensar que el tiempo pudiese llegar a circunscribir a la eternidad». Es motivo de risa pensar que cualquier cosa en este mundo —y esto lo hace muy práctico— tenga el poder de quitarme el Amor y la paz de Dios en mi mente. Sin embargo, eso es lo que hacemos cada vez que nos sentimos ansiosos, deprimidos, molestos, levemente irritados, impacientes, etcétera. Todo lo que tenemos que hacer es ver el problema tal como es, no como lo hemos urdido (T-27.VII.2:2).