Milagros frente a magia

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VII
Comentarios (cont.)

P: Escucho lo que estás diciendo, pero ¿por qué el Curso habla del ego así, de lo espeluznante que es, por ejemplo, cuando habla de los hambrientos sabuesos del infierno? ¿Cómo podemos sonreír ante eso? ¿Por qué no describió al ego como un payaso?

R: De hecho, a veces sí lo hace. Ahí tienes ese pasaje maravilloso donde describe al ego como un ratoncillo que se está desgañitando en un rincón del universo:

«Tal es tu "enemigo": un ratoncillo asustado que pretende enfrentarse al universo. ¿Qué probabilidades tiene de ganar? ¿Sería acaso difícil ignorar sus débiles chillidos que pregonan su omnipotencia y quieren ahogar el himno de alabanza al Creador que perpetuamente y cual una sola voz entonan todos los corazones del universo? ¿Qué es más fuerte, ese ratoncillo o todo lo que Dios creó? No es ese ratón lo que te une a tu hermano, sino la Voluntad de Dios. Y ¿podría un ratón traicionar a quienes Dios ha unido?» (T-22.V.4:3-9).

Jesús hace lo que describes porque está reflejando nuestra manera de mirar al ego: como un monstruo espeluznante y algo absolutamente horrendo, el mayor criminal en la historia del universo. El ego ha destruido el Cielo. Imposible ser más malo. Ahora bien, nada de esto es real; en realidad no ha sucedido nada, pero eso es lo que creemos. Por lo tanto, eso es lo que Jesús refleja. Como he dicho, él descorre el velo para que podamos mirar hacia dentro y ver lo que hemos fabricado. Solo entonces podemos mirar más allá y caer en la cuenta: lo que estamos mirando no está ahí.

Permítanme leerles algo que deja muy claro ese proceso. Está en el capítulo 11, en la sección titulada «La "dinámica" del ego»:

(T-11.V.1:5) La «dinámica» del ego será nuestra lección por algún tiempo, pues debemos primero examinarla para poder así ver más allá de ella, ya que le has otorgado realidad.

Jesús ahora nos está diciendo lo que hemos negado. Hemos convertido al ego en esta monstruosidad de pecado, culpabilidad y miedo, que culmina con la irrupción en nuestras mentes de la ira furibunda, maníaca, desquiciada y cruel de Dios, para aniquilarnos. Eso es lo que creemos que hicimos. Por eso, nos dice que, si hemos de ver más allá de esto, primero tenemos que mirarlo pues nosotros lo hemos convertido en una realidad.

(T-11.V.1:6) Tranquilamente desvaneceremos juntos este error, y después miraremos más allá de él hacia la verdad.

Antes de que podamos darnos cuenta de que el ego es un minino, un ratoncillo asustado que se desgañita rugiéndole al universo, tenemos que mirar esta monstruosidad que hemos fabricado. Solo entonces nos daremos cuenta de que no es nada, luego nuestra mirada traspasará el muro de granito que este monstruo parece ser, y veremos a través del exiguo velo que es incapaz de ocultar la luz. Ahí es cuando nos daremos cuenta de que el ego no es más que un payaso. De hecho, todo este pasaje es muy importante, pero en estas dos líneas tenemos delante todo el proceso del Curso. Repitiendo:

(T-11.V.1:5) La «dinámica» del ego será nuestra lección por un tiempo, pues debemos primero examinarla para poder así ver más allá de ella . . .

No puedes llegar a la luz mientras no mires primero la oscuridad. En un mensaje especial que no está en el Curso, Jesús les dijo a Helen y a Bill que no podían llegar al amor que los unía mientras no vieran el odio. Esa es la palabra que usó: odio. Les dijo que debían mirar su deseo de deshacerse el uno del otro (véase Ausencia de Felicidad, p. 329), que no es sino una forma ligeramente eufemística de decir su deseo de matarse el uno al otro. Por lo tanto, hay que mirar el odio antes de llegar al amor. Tienes que hacer eso primero porque lo has hecho realidad. Has hecho que el odio y la culpabilidad sean reales. Has hecho que esto sea muy grave. Jesús nos está diciendo: «¿Cómo puedo decirte que no es grave, si no lo miras conmigo?». Eso es lo que no queremos hacer, a causa de la vocecilla que murmura: «Si miro al ego, me destruirá. Si miro la monstruosidad que soy (la atrocidad que está transcurriendo en mi mente), se me destruirá». Por eso esta idea de mirar es un tema recurrente tan importante en la mitología. No miras el rostro de Medusa porque te convertirás en piedra. No miras, porque si lo haces te pasará algo terrible. Esa es la resistencia.

Ahora bien, queremos creer que nos sucederá algo terrible. Y creemos que sucederá algo terrible debido a lo que hicimos. Pero como somos lo que hicimos, si deshacemos lo que hicimos, que fue separarnos, dejaremos de existir. De modo que, si bien me es muy doloroso vivir una vida de negación y andar con este monstruo dentro de mí, al menos existe un yo dentro del cual el monstruo puede andar. No será un yo feliz, pero es un yo que existe. Mi ego me dice que, si dejo salir al monstruo, me devorará y dejaré de existir. Lo que no me dice, por supuesto, es que, si dejo salir al monstruo, me daré cuenta de que no hay ningún monstruo. Todo lo que quedará es la luz de Cristo, que es Quien soy.

Cuando mires con Jesús, terminarás con esa risa apacible, porque te darás cuenta de lo absurdo que fue creer que esto estuviera sucediendo. El mundo entero, todo el cosmos que hicimos colectivamente como un solo Hijo, y luego el mundo individual, todos los infiernos individuales que nos fabricamos nosotros mismos, están basados en la necesidad de tener una defensa contra este monstruo interior, que en realidad no es nada. Esa es la «solución poco adaptativa a un problema inexistente». Cuando te tomas en serio el ego —las partes de tu vida y tus síntomas— estás cayendo directamente en la trampa del ego, algo que a este le encanta. Entonces, igual que en el ejemplo de mi supervisor, te pasas horas y horas (y en nuestro caso, vidas y milenios, eones) tratando de explicar cómo es este mundo, por qué este mundo está aquí, qué sentido tiene la vida y demás. ¿Qué es la vida? ¿Cómo se originó? La gente está dale y dale con esto. Están analizando por qué te quitaste el zapato, y te quitaste el zapato para que pudieras analizarlo y analizarlo y analizarlo más. Todos estamos haciendo eso. Andamos con un solo zapato, cojeando por la vida y tratando de explicar por qué estamos así. Algunas personas llevan un zapato marrón, otras llevan uno azul; algunos lo llevan de punta abierta; otras llevan zapatos de tacón; otros, mocasines castellanos; algunos, pantuflas; unos cuantos, mocasines indios. Lo analizamos todo, junto con todas las diferencias —de pie, de talla, de estilo— dale y dale. Eso hacemos. Lo analizamos todo sin darnos cuenta de que todo el asunto es inventado. Eso es lo que hace la magia. La magia trata de entender, controlar, predecir, explicar —todo lo cual, según nos dicen, es el quehacer de la ciencia— que se centra por completo en distraernos de algo que no está ahí.

. . . . . . .

P: El odio especial es la magia que me impide ver esto. Hay todo este miedo detrás del odio, y el miedo es mi motivo concreto para odiar a estas personas y querer asesinarlas. Cuando soy víctima, no tengo que mirar mi motivo de odiarlas. Esto solo me refleja aquello de lo que me estoy acusando a mí misma, ¿pero quizás en una forma diferente?

R: Siempre es así. El odio siempre es un intento de deshacerse uno del odio hacia uno mismo y ponérselo a otra persona. Conoces la frase de la Lección 161, que cito a menudo: «El odio es algo concreto» (L-pI.161.7:1). Tiene que haber alguien a quien puedas odiar. Tenemos que deshacernos de nuestra culpabilidad, que es el odio a nosotros mismos. La culpabilidad es la primera magia, porque la culpabilidad es la que nos va a sacar de la mente, para que no tengamos que elegir en contra del ego. Nos deshacemos de la culpabilidad y por arte de magia se la ponemos a otra persona. Ahora no tenemos que lidiar con este odio hacia nosotros mismos, este monstruo que acecha aquí dentro. Solo tenemos que lidiar con todos los monstruos que nos acechan «ahí fuera». Y es pura invención.

P: ¿Por qué lleva tanto tiempo?

R: No lleva tanto tiempo, pero mientras te atormentes por no conseguirlo, nunca lo conseguirás. Sabes, el peor «pecado» después de tomar en serio Un curso de milagros, es tomar en serio tu espiritualidad y tu camino espiritual, y luego atormentarte por ello. Eso es lo peor que haces. Incluso podrás estar pensando que a tu edad un tanto avanzada, quizás no te queden muchos años. Sin embargo, recuerda que no aprendes esto en el cuerpo, que es lo que el ego quiere que pienses. Ese es otro artilugio. Los cuerpos son estúpidos, son tontos. Aprendes esto en la mente, y la mente es atemporal. No es eterna, pero en la mente no hay tiempo. El tiempo y el espacio solo existen en el mundo de los cuerpos; no existen en la mente, razón por la cual esto no se aprende en el cuerpo. El cuerpo no aprende. ¡El ego es bien escurridizo!

Es muy difícil evitar algo así, porque empiezas a pensar que no te quedan muchos años y que ojalá hubieras encontrado el Curso a los 20 años. Si crees que se te dificulta entenderlo ahora en tu madurez, ¡imagínate el trabajo que te hubiera costado a los 20 años! Esto no tiene nada que ver con la cronología ni con el tiempo lineal. El ego quiere que creas que el cuerpo es real y quiere que pienses que aprender este curso es cosa seria. Cuandoquiera que te tomes algo en serio —tu espiritualidad o este curso incluidos— nunca lo aprenderás. El Curso jamás dice que el Espíritu Santo mira con seriedad. Mira con una risa apacible (T-27.VIII.9). Jesús dice: «Es motivo de risa pensar que el tiempo pudiese llegar a circunscribir a la eternidad, lo cual significa que el tiempo no existe» (T-27.VIII.6:5). Entonces ¿qué te preocupa? El ego solo quiere que te quites el zapato y coloques el reloj y el calendario dentro, que lo levantes en alto y digas que aquí hay un problema. El problema para empezar es ¿por qué llevas reloj? No lo digo para que físicamente te quites el reloj. Preocuparte por el tiempo no es más que otra trampa.