Milagros frente a magia

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula CA

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VIII
El error de tomarse uno en serio su camino espiritual

Una vez más, el cuerpo no es real. ¿Cuántas veces en este curso, en los tres libros, Jesús dice que los ojos no ven, los oídos no oyen, los cerebros no piensan, los cuerpos no sienten; no nacen, no mueren, no se enferman, no se curan: no hacen nada? Eso también significa que no aprenden Un curso de milagros. Los cuerpos no aprenden.

Piensen en una marioneta. Una marioneta no hace nada. No puede pensar, sentir o actuar. El marionetista es el que hace que la marioneta se mueva, hable y aparente pensar. Eso es todo lo que somos. Esto no tiene nada que ver con el cuerpo. La persona que crees que eres, la persona que ves en el espejo no estudia Un curso de milagros. No puede. ¿Con qué lo lees, lo estudias o piensas en ello? Crees que lo haces con el cerebro y los ojos, pero los ojos no ven. El aprendizaje ocurre en tu mente. El Curso no es más que una proyección, un símbolo en forma, una serie de símbolos que reflejan el principio de la Expiación en tu mente, el cual dice que nunca ocurrió la separación de Dios. Ese no es un símbolo; es un pensamiento. Sin embargo, mientras pensemos que somos cuerpos, este simple pensamiento que deshace al ego debe expresarse en una forma con la que podamos relacionarnos. Un curso de milagros es una de tales formas: hay miles más, y Jesús es uno de tales maestros: hay miles más.

Tenemos la ilusión, la creencia mágica de que estamos aprendiendo y estudiando este curso. La gente se obsesiona con esto. Se obsesiona con las palabras, cree que son las palabras literales de Jesús. ¿Cómo podría haber palabras literales de Jesús? Él no puede pronunciar ni palabra. No tiene boca que hable. La única palabra que Jesús dice es: «Amor», y no es una palabra. Este no es un libro santo. Son hojas de papel (madera triturada) con marcaciones. Recuerden el pasaje donde Jesús se burla ligeramente de nuestro amor al dinero, refiriéndose a «fajos de tiras de papel moneda y montones de discos de metal» (L-pI.76.3:2).

Jesús también se burlaría afectuosamente de que la gente venerara este curso. Este libro es una serie de símbolos que reflejan el contenido único del amor, de la Expiación, que está en nuestra mente. Cuando estudias este curso, estás reflejando un proceso que se lleva a cabo en tu mente, donde estás dando la espalda a tu ego y a las mentiras del ego acerca de la separación, el especialismo y el pecado, etcétera, y te estás volviendo hacia el Espíritu Santo, cuya presencia representa la paz, el amor, la sanación y la Expiación. Todo eso es inespecífico, abstracto; no ocurre en el cuerpo ni en la forma y no tiene palabras. Pero esa es la realidad; ahí es donde está la acción. Cualquier acción que pueda decirse que ocurre dentro de la ilusión está ocurriendo en la parte tomadora de decisiones de nuestra mente, la que elige en contra o a favor del ego.

La elección a favor del Espíritu Santo, se refleja en el hecho de que seas un estudiante de este libro o de cualquier otra espiritualidad. Mientras seas un cuerpo, debes hacer lo que hacen los cuerpos. Los cuerpos leen y estudian un libro que les parece importante; practican las lecciones del libro; y piensan en ello. Pero este libro te ayudará a darte cuenta de que no eres tu cuerpo. Una y otra vez, no eres tu cuerpo. Jesús lo dice muy literalmente. El problema es que la mayoría de los estudiantes no toman en cuenta el hecho de que están pensando en esas frases con un cerebro que es incapaz de pensar. El mismo libro les dice que no piensan, que sus ojos no pueden ver y que sus cuerpos no son reales. Y entonces ¿qué pasa? Terminan tomándose el cuerpo muy en serio mientras estudian y practican este texto espiritual sumamente serio. También intentan que otras personas se lo tomen muy en serio. Después de todo, estas son las palabras de Jesús.

Durante dos mil cien años, la gente ha hecho eso con un libro diferente. No funciona porque es magia. Es pura forma en lugar de contenido. A las personas les da terror el contenido, de modo que gravitan hacia la magia, se dejan atraer por la forma. Mágicamente piensan que, si practican este curso, lo leen, lo estudian, escriben sobre él, lo enseñan, lo aprenden y hacen todas estas cosas, eso marca una diferencia. El único lugar donde eso marcaría una diferencia es en su mente, que no tiene nada que ver con lo que hacen en el nivel de la forma. Quizás lo que hagan fluya del amor en su mente, pero el amor en su mente es lo importante, no lo que hagan. Si están empeñados en hacer lo que hacen, sabes que ya no se trata del amor en su mente; es un amor especial. Tienen una inversión especial en el trabajo especial que hacen, en la persona especial que son, al enseñar estas palabras especiales a personas especiales de una manera especial, por medio de una técnica especial, con esto especial o aquello especial. En ese caso, sabes que no es amor, porque al amor no le importa. El amor solo es el amor mismo. Puedes intentar antropomorfizar el amor y decir que quiere algo, pero lo único que quiere realmente es que te le reintegres y seas parte de él. Entonces tu cuerpo, de forma automática, reflejará ese amor y hará lo que el amor haga. Dirá lo que diga, escribirá lo que escriba, hará lo que haga, pero a ti te dará igual, porque sabrás que lo que aparentemente se está haciendo no es en realidad lo que se está haciendo. Lo que en verdad se está haciendo es la identificación con el amor en tu mente. Todo lo demás es magia.

Así que no se esfuercen mucho en esto. Ni siquiera se esfuercen en no esforzarse mucho; eso también es una trampa. Tampoco se propongan seriamente no tomárselo en serio, pero no dejen de prestar atención. Cuando presten atención con el Espíritu Santo, habrá esa risa apacible. Su vida se volverá mucho más fácil, quizás no a nivel de la forma, pero la forma ya no les importará. Será mucho más fácil porque habrá una callada paz y una dulzura en ti, junto con un amor que abrazará a todas las personas sin excepción. Así es como sabes que has elegido al maestro correcto. Si la única palabra en el vocabulario de Jesús es «uno», que se equipara con amor, y puedes dejar que ese amor se extienda a través tuyo e incluya a todas las personas cual una sola, sin excepción, sabrás que lo has elegido a él en lugar de elegir a tu ego. El Jesús que has elegido no es «un sueño que viene en son de burla» (The Gifts of God, p. 121). No es una figura mágica ni un salvador. Al final, resulta que él eresy tú eres él, porque todo es uno. Creces en esa unidad a medida que aprendes a no ver a las personas como diferentes o separadas la una de la otra ni como mejores o peores que algunas. Ves a todos como iguales. A pesar de todas las apariencias, te darás cuenta de que todo el mundo es igual.

Cada día será dichoso para ti porque lo verás como una oportunidad de que aprendas, por medio de tus reacciones, a cuál maestro has elegido. Como explica Jesús en un pasaje, el sufrimiento, la infelicidad y la falta de sosiego que sientas, los comenzarás a asociar con haber otorgado realidad a las diferencias y haber elegido al maestro equivocado. Y ser realmente feliz y bondadoso, estar en paz, tranquilo y apacible, lo empiezas a asociar con estar eligiendo al maestro correcto. Para saber a cuál maestro has elegido, bastará observar tus percepciones, tus interpretaciones de las personas y tus juicios. Entonces, cuando empieces a reconocer estos juicios cada vez más pronto, aprenderás a perdonarte por emitirlos.

No se esfuercen por dejar de juzgar; simplemente tomen conciencia de que están emitiendo juicios y por qué. Si puedo establecer y justificar la importancia de las diferencias entre tú y yo, estoy diciendo que la separación entre Dios y yo también es importante y real. Así como las diferencias entre tú y yo son reales, las diferencias entre Dios y yo también lo son. Por eso juzgo y por eso siempre trato de alejar a la gente.

Siempre que logro justificar con éxito mis juicios, vuelvo a proclamar, junto con el ex presidente George W. Bush: «Misión cumplida. Hemos ganado la guerra». Hemos ganado la guerra contra Dios. He derrotado al enemigo. Sin embargo, el problema es que el enemigo no se ha ido. Así como la guerra no se ha ido en Irak, tampoco se ha ido en nuestras mentes. La culpabilidad sigue ahí y siempre hay otra guerra que librar. Siempre hay alguien más a quien condenar, juzgar y odiar. Siempre hay ahí otro amor especial por conquistar, al cual derrotar y canibalizar. Siempre hay otro, porque la culpabilidad sigue ahí. Todo lo que tengo que hacer para que se vaya la culpabilidad es mirarla. Pero necesito un maestro, para que redirija mi atención —centrada en las personas ahí fuera a las que creo odiar o en las personas a las que creo amar— y vuelva a centrar mi atención en la mente. Mi relación especial contigo no es la que necesita sanación; la que necesita sanarse es mi relación especial conmigo: el yo que se ha identificado con el ego. Cuando pueda hacer eso y perdonarme por haber elegido al ego, la culpabilidad desaparecerá. No tengo que trabajarla, irla minando o cumplir un horario. Se irá sin más. No tomarnos en serio el camino espiritual es lo que lo deshace todo. Ese es el mayor obstáculo, porque es el error de olvidar reírnos de la diminuta idea loca.