«Perdonaré, pero nunca olvidaré»

Extractos del programa tipo Academia celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte I

Este tema de «Perdonaré, pero nunca olvidaré» es una forma de hablar de lo que el folleto El canto de la oración llama el «perdón-para-destruir» (S-2.II). La sección del capítulo 30 llamada «La justificación del perdón» es uno de los pocos lugares del Curso, en que se alude a este concepto del perdón-para-destruir; la Lección 126 es otro, aunque el término en sí solo se utiliza en el folleto.

La frase «perdonaré, pero nunca olvidaré» es bien conocida y muchos grupos y personas la utilizan. Por lo general, el mundo así concibe el perdón: Efectivamente, has hecho algo terrible, inconcebible y pecaminoso; aunque sí te perdono, no lo olvidaré. Una de las racionalizaciones para esa posición es que, si olvido lo que hiciste y si el mundo lo olvida, podemos terminar metidos en el mismo barco. Eso, por ejemplo, es lo que muchos grupos y personas judías dicen con respecto al holocausto: «Perdonaremos, pero no lo olvidaremos porque si lo olvidamos, volverá a suceder». Un curso de milagros explica con bastante claridad por qué eso no funciona. Por falta de sofisticación psicológica, la mayoría de las personas no se dan cuenta de que, cuando adoptan tal posición, han convertido el pecado en realidad. La única razón por la que convertirías el error en realidad y lo calificarías de pecaminoso es que crees que es real en ti. Eso es lo que es importante entender. Si acusas a alguien de un pecado, ya sea a escala global o a escala personal, y luego adoptas la posición que dice: «perdonaré, pero nunca olvidaré», estás acusando a la personas de un pecado porque no quieres ver ese pecado en ti mismo.

La Lección 134, «Quiero percibir el perdón tal como es», dice que, si te ves tentado de acusar a alguien de algo, primero pregúntate: «¿Me acusaría a mí mismo de eso?» (L-pI.134.9:3). No significa necesariamente que te estés acusando a ti mismo de haber cometido la misma forma del pecado, pero ciertamente de incurrir en el mismo contenido. Por lo tanto, cuando conviertes en realidad el error de otra persona calificándolo de pecaminoso, cuando lo acusas y lo juzgas por ello, te estás aferrando en secreto a tu propio error, sin saber que lo estás haciendo. Ese es el problema.

Aunque en el Curso Jesús no cree en el pecado, lo que sería un «pecado» es seguir inconsciente de algo que está dentro. Eso es lo peor posible. En cierto sentido, es no estar al tanto de la culpabilidad que nos permitió fabricar el mundo; ese desconocimiento es lo que sostiene el mundo y todo el universo físico. Una vez que tomes conciencia de ella, cambiarás de mentalidad y la culpabilidad habrá desaparecido. Entonces, en tu conciencia, experiencia y percepción, el mundo también habrá desaparecido, junto con todos los problemas que parecen tan flagrantes aquí.

Y así, el problema psicológico de afirmar que «perdonaré, pero nunca olvidaré» no es realmente que yo nunca olvide tu pecado; lo que nunca olvidaré es mi pecado. Si desconozco lo que pueda estar en mi inconsciente, las cosas horribles de las que me esté acusando a mí mismo inevitablemente se proyectarán. Una vez proyectadas, dado que desconozco su fuente, creeré que mis ataques están justificados porque, de nuevo, no tendré conciencia de dónde proceden. Todos somos muy habilidosos para justificar nuestros ataques.

Cuando uno de los grupos de gente, uno de los individuos, una de las razas, una de las naciones, uno de los grupos religiosos adopta la posición que dice: «perdonaré, pero nunca olvidaré», asegura que aquello mismo, de lo que está acusando al otro, seguirá sucediendo una y otra vez. Además, habrá una necesidad de que siga sucediendo una y otra vez porque continuará la necesidad de percibir el pecado en otro y no en uno mismo. De ahí que no funcione la posición del perdón-para-destruir, de la cual «perdonaré, pero nunca olvidaré» es una expresión. «Perdonaré al pecador, pero no el pecado» es otra.

En El canto de la oración, Jesús enumera cuatro formas diferentes en las que se presenta el perdón-para-destruir (S-2.II). La primera forma es «perdonaré, pero nunca olvidaré». No usa esa expresión, pero es cuando le perdonas a alguien un pecado que ya has hecho real, y al hacerlo, asumes de forma automática una posición superior: «Soy un cristiano ejemplar, sincero y fiel; por lo tanto, te perdono lo que has hecho, pero lo has hecho». No hay manera de que podamos adoptar esa posición sin denigrar a la persona a la que supuestamente estamos perdonando. Decir «perdonaré, pero nunca olvidaré» no es realmente más que una expresión de esa primera forma del perdón-para-destruir. El problema, una vez más, con toda la dinámica del perdón-para-destruir y luego con «perdonaré, pero nunca olvidaré», en lo particular, es que no te das cuenta de tu propia complicidad, no necesariamente tu complicidad conductual en el sentido de que seas responsable de lo que otras personas hacen, sino tu complicidad por hacer que el pecado sea tan real y juzgarlo de forma adversa.

Si estuvieras experimentando el Amor de Dios dentro de ti, sería literalmente imposible juzgar a nadie por nada; no importa cuán abominable fuera el crimen, cuán atroz fuera el pecado, cuán execrable fuera el acto, no podrías juzgarlo. El amor no juzga, no condena, no hace comparaciones ni ve el pecado. Por lo tanto, si ves pecado, si acusas a alguien de lo que sea, en cualquier nivel, debe ser porque en el instante en que estás fabricando esa percepción errónea, has repudiado el amor en tu mente. Cuando quiera que repudiemos el amor, igual que todos lo hicimos —como un solo Hijo— justo al principio, cuando repudiamos el Amor de Dios, nos sentiremos culpables. Forzosamente. No hay manera de evitarlo porque nos acusamos del pecado de traicionar, descuidar, abandonar, atacar y rechazar el amor. A raíz de ese «pecado» sentimos una culpabilidad tan inmensa (la culpabilidad siempre lo es) que la única manera de sobrevivir es deshacernos de ella por medio de la proyección. Es entonces cuando enviamos a los que «La atracción de la culpa» en el capítulo 19 describe como «los hambrientos perros del miedo», que salen a merodear en una «despiadada búsqueda de pecados» (T-19.IV-A.12:7), listos para abalanzarse sobre el más mínimo asomo de pecado y culpa en otro.

Todos andamos merodeando por ahí, buscando despiadadamente el pecado en alguien, en quien sea. Cuando otras personas cooperan haciendo cosas que son claramente a los ojos del mundo pecaminosas, malvadas e inicuas, no lo pensamos dos veces. Es muy fácil atacar y acusar, y encontramos muchas otras personas que nos apoyan. Olvidamos que las personas a las que acusamos de pecado —hayan hecho lo que hayan hecho en el mundo— padecen la misma dolencia y enfermedad que nos aqueja a todos: la creencia demente de que nos hemos separado de Dios. Todo el mundo la padece. Algunas personas manejan la culpa generada por eso de maneras socialmente aceptables; otras personas la manejan de maneras socialmente inaceptables, y otras personas la manejan de maneras de lo más inaceptables en términos sociales: cometen asesinatos masivos o genocidio.

Muchos de ustedes conocen ese maravilloso parlamento en la obra El mercader de Venecia donde Shylock, el viejo judío prestamista, al que no pintan de forma muy favorecedora en la obra, habla de toda la persecución que ha sufrido. En esencia, dice: «¿Acaso no sangra un judío? Si le pincháis, ¿no sangra como todos los demás?». Bueno, ¿acaso no sangra un nazi? ¿No sangra un «terrorista»? ¿No sangra la gente que se sienta en la Casa Blanca? ¿No sangra todo el mundo? Todos sufren y tienen dolor. Esa es la verdadera percepción del Espíritu Santo, la visión de Cristo que ve como iguales a todos los que están aquí.

La percepción se enturbia y resulta distorsionada cuando se comienza con la percepción de la propia cualidad pecaminosa. Una vez que creemos, como dice el libro de ejercicios, que «somos la morada del mal, de las tinieblas y del pecado» (L-pI.93.1:1), no nos queda más remedio que proyectar eso mismo, en un intento muy poco adaptativo por parte del ego, de deshacerse del problema. Esta es una dinámica sumamente exitosa que ha funcionado desde el principio de los tiempos. De hecho, es el comienzo de los tiempos, así como del mundo. Muy eficaz, excepto que realmente ¡no funciona! Es muy eficaz porque no funciona. El ego no quiere que funcione porque si realmente pudiéramos deshacernos del pecado proyectándolo sobre otra persona y viéndolo ahí, ya no quedaría ningún pecado en nosotros para proyectar. El problema es que las ideas no abandonan su fuente: el pecado no abandona su fuente en la mente, lo que significa que tenemos que seguir proyectando. Mientras el pecado y la culpabilidad (términos que podemos usar indistintamente) permanezcan dentro de nosotros, los proyectaremos. No hay forma de que podamos evitar eso.

El mundo puede agradecerle a Freud ser el primero que enunció claramente esta dinámica que describió de manera genial. Después de él otros añadieron más al respecto, pero él fue el primero que describió de forma sistemática cómo funciona: todo lo que sea inconsciente, de una u otra manera, encontrará su salida, pero sin que lo sepas. Proyectas tu culpa, con la mágica esperanza de que puedas deshacerte de ella, pero ahí se queda, lo que significa que tienes que seguir proyectándola. No solo eso, sino que todo el asunto se refuerza porque en algún nivel sabes que tus acusaciones de otro son falsas, haya hecho la persona lo que haya hecho. No atacas porque la persona haya hecho aquello de lo que la acusas, sino porque crees que has hecho aquello de lo que acusas a esa persona.

Es un ciclo sin fin que es la historia del mundo y seguirá siendo la historia del mundo hasta que un individuo en el mundo (porque basta uno solo) sea capaz de alumbrar esa culpabilidad inconsciente con la luz de la verdad. Cuando alumbras la oscuridad, que es lo que significa llevar la oscuridad a la luz, la oscuridad desaparece; y si no hay culpabilidad, no hay proyección. Si no hay proyección, no hay odio, juicio, ataque, asesinato, matanza internacional o genocidio. No hay nada. Pero, si tienes la idea insana de que puedes perdonar y no olvidar, y crees que eso es algo bueno, estás asegurando que seguirá sucediendo.

Eso es siempre lo que sucede cuando hay un pueblo victimizado y oprimido. Es la historia del mundo. Si son religiosos, puede que traten de perdonar, pero sin olvidar lo que se les hizo. Cuando ellos, con el tiempo accedan al poder, todos sabemos lo que harán. La historia del mundo es como un sube y baja; subimos y bajamos, subimos y bajamos. La Revolución Francesa es probablemente uno de los ejemplos más descarados, flagrantes y sangrientos. Te rebelas y te sublevas por causas aparentemente justificadas, y luego, cuando accedes al poder, haces exactamente lo que se te hizo a ti. Terminas con un Napoleón que se declara a sí mismo emperador, como él lo hizo después de la Revolución Francesa, y luego las mismas cosas suceden de nuevo. Se reciclan los acontecimientos tan solo para volver a reciclarse. Cuidado con cualquiera que diga: «Perdonaré, pero nunca lo olvidaré». Eso es incluso peor que simplemente decir: «Nunca olvidaré», porque al menos cuando alguien dice: «Nunca olvidaré», no tienes la ilusión del perdón. Cuando le añades lo de «perdonaré», adoptas una actitud farisaica: soy muy buen cristiano, judío, musulmán o ateo y estoy perdonando porque eso es lo debido, pero sigo aferrado a lo que hiciste.

Es importante entender por qué no funciona, para que te sientas motivado a hacer lo que sí funciona, que es perdonar sin la parte de «nunca olvidar»; es decir, olvidas de verdad. Otra razón por la que «perdonaré, pero nunca olvidaré» no funciona es que estás diciendo: «Hiciste algo terrible en el pasado, y nunca lo soltaré». Obviamente estás haciendo que el pasado sea real, por definición. Bueno, ¿y qué es el pasado? Si nos apartamos de nuestro tema actual y miramos brevemente qué cosa es el tiempo, se vuelve muy evidente por qué eso no funciona.