«Perdonaré, pero nunca olvidaré»

Extractos del programa tipo Academia celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte II

El mundo del tiempo lineal —pasado, presente y futuro— es uno de los marcos de nuestro universo físico y sin duda es uno de los marcos de nuestra experiencia aquí. Todos tenemos un pasado, todos nos experimentamos en el presente y todos anticipamos un futuro como individuos y como miembros de razas, diversos grupos y especies. Pero el tiempo lineal es una proyección de lo que normalmente llamamos la trinidad impía del ego, que es una constelación de los pensamientos de pecado, culpabilidad y miedo en la mente que precedió al universo físico. Son los cimientos de lo que Un curso de milagros llama la mente errónea: la parte de la mente escindida que es el hogar del ego, el hogar del sistema de pensamiento de la separación. El pecado dice que nos hemos separado de Dios y que hicimos algo nefasto. Nos abruma la culpabilidad, no solo por lo que creemos que hemos hecho, sino por aquello en lo que creemos que nos hemos convertido: personas pecadoras que nos hemos separado a expensas de Dios. Entonces la culpabilidad se vuelve tan intolerable que no podemos sino creer que merecemos ser castigados, el resultado inevitable de creer en la culpabilidad o el pecado: he hecho algo terrible, soy algo terrible; por lo tanto, merezco ser castigado. Y ahora me agobia el miedo al castigo. Cuando proyectamos eso, el pecado se convierte en el pasado, la culpabilidad se convierte en el presente y el miedo se convierte en el futuro.  He pecado en el pasado; experimento este enorme odio hacia mí mismo en lo que considero el presente y me aterra el futuro, que inevitablemente traerá el castigo que con toda justicia merezco. El pecado, la culpabilidad y el miedo proyectados hacia fuera conducen al pasado, al presente y al futuro.

Retomemos «perdonaré, pero nunca olvidaré»… Al hacer que el pasado sea real, estoy haciendo que el significado del pasado sea real: a saber, un pecado. Como Jesús señala una y otra vez en Un curso de milagros, así como en El canto de la oración, ¿cómo puedes perdonar un pecado que has hecho real? Para perdonarlo, primero lo tienes que hacer real y luego de alguna manera fingir por arte de magia que no existe; eso es lo que significa «perdonaré, pero nunca olvidaré». Esta es la razón por la que esa afirmación caería bajo la rúbrica del perdón-para-destruir. Tal vez sea una manera no muy sutil en que los egos de todos nosotros se aferren al sistema de pensamiento que dio lugar a nuestra propia existencia, un sistema de pensamiento de pecado, culpabilidad y miedo, que es protegido por la proyección. Veo el pecado, el mal y la perversidad en ti, no en mí mismo. El ego nos dice que así es como estaremos fuera de peligro; así es como conseguiremos la inocencia. En verdad, por supuesto, es justamente lo contrario, y no hay salida, a menos que estemos dispuestos a dar un paso atrás y a mirar las acusaciones que levantamos contra otros. No importa cuán justificadas parezcan, no importa cuántos miles, millones o miles de millones de personas estén de acuerdo con nosotros, mientras no retrocedamos y veamos más allá de la proyección y el deseo de justificarla, y no nos demos cuenta de que es una proyección de lo que llevamos dentro, no habrá esperanza de que se efectúe ningún cambio significativo en nosotros mismos y ciertamente tampoco en el mundo.

Aun cuando la mayoría de los estudiantes del Curso pueden en principio aceptar, entender y estar de acuerdo con todo esto —es difícil no estarlo cuando se presenta de esta manera—, les resulta casi imposible llevarlo a cabo debido a un gran temor; decimos que aparenta ser una terca negativa, pero detrás de esta, se encuentra el miedo de mirar nuestro propio pecado. En «El miedo a mirar dentro» en el texto, Jesús dice que el ego nos dice que no miremos dentro, «pues si lo haces tus ojos se posarán sobre el pecado y Dios te cegará» (T-21.IV.2:3). No mires dentro de tu mente porque si lo haces verás tu pecado, experimentarás tu culpabilidad y tu temor a las represalias de Dios estará justificado porque Dios te cegará, que es una manera más amable de decir que Dios te aniquilará: te destruirá y te arrojará al olvido. Así que no miramos al interior.

Al principio, solo hay un interior; solo hay una mente. De hecho, siempre solo hay una mente, pero el ego nos convence de que la psicosis es el camino a seguir, así que aparentemente proyectamos lo que está dentro. Digo «aparentemente» porque en realidad, la culpabilidad no abandona la mente; aparentemente la proyectamos y eso da lugar a un mundo. Luego inventamos un cuerpo con un aparato sensorial que percibe un mundo, pero todo es literalmente inventado, por lo que es una psicosis. Vemos un mundo y experimentamos un cuerpo que no están allí. En nuestra demencia, estamos muy seguros de que tenemos razón, porque el cuerpo y el cerebro nos dicen que la tenemos. Los cerebros más inteligentes del mundo nos dicen cómo llegamos hasta aquí, en qué consiste el mundo, cómo surgió y cómo es que algún día dejará de existir. Y todos están equivocados porque no miran dentro. Hay una razón por la que no miramos dentro: ¡nuestros ojos se posarán sobre el pecado y Dios nos cegará!

La proyección siempre llega al rescate, y luego atacamos fuera lo que creemos secretamente que está dentro. Eso es lo que se entiende por la línea en el libro de ejercicios que dice: «El pensamiento que no perdona protege la proyección» (L-pII.1.2:3). Los pensamientos que no perdonan, nuestros juicios, nuestros enojos, nuestra irritación y nuestros resentimientos protegen el hecho de que hemos proyectado sobre otras personas los rencores que abrigamos contra nosotros mismos, nuestro propio sentido de pecado y nuestra propia culpa, pero no sabemos que lo hemos hecho. Ese es el problema. No me canso de enfatizarlo. Es nuestro desconocimiento de lo que el Curso llama al final del texto nuestros «pecados secretos y odios ocultos» (T-31.VIII.9:2). Secretos y ocultos. Están fuera de nuestra conciencia, y mientras no tengamos conciencia de ellos, no hay manera de que puedan ser corregidos y deshechos. Si no se corrigen y se deshacen, se enconarán en el inconsciente e inevitablemente acabarán proyectándose, razón por la cual, una vez más, no hay esperanza legítima de que se produzca ningún cambio significativo en el mundo. La esperanza reside en cambiar de mentalidad, no en cambiar el mundo (véase T-21.in.1:7).

Una vez entendido el concepto del perdón-para-destruir y por qué no funciona «perdonaré, pero nunca olvidaré», es preciso tomar conciencia de por qué no vives y practicas el perdón. La clave es centrarse en eso. Volvemos a nuestra vieja amiga: la resistencia. En resumidas cuentas, oponemos resistencia a la verdad y nos aterra porque la verdad nos hará libres. No queremos ser libres porque el ego nos dice que ser libres implica que dejaremos de existir, pues la única libertad verdadera es estar de vuelta en el Cielo que nunca abandonamos. Esto es a lo que el Curso llama hacia el final del texto «La libertad de la voluntad» (T-30.II). Somos las extensiones de la Voluntad de Dios, la cual es para siempre libre porque no hay conflicto ni nada que la tenga entre cadenas o aprisionada.

Para el ego, la libertad significa estar libre de la Unidad de Dios. Por eso en nuestro mundo todos le dan tanta importancia a ser libres. La gente habla de la libertad externa, que no es necesariamente algo malo, pero si quieres ser realmente libre, es poner énfasis en el lugar equivocado. Ser realmente libre significa que te da igual lo que la gente le haga a tu cuerpo porque eres libre dentro de tu mente. Es posible que no seas libre de cambiar las circunstancias o las situaciones externas, pero llegarás a entender que las situaciones externas no son responsables de tu felicidad o de tu infelicidad, de tu aprisionamiento o de tu libertad. Nuestra decisión a favor del ego es la que nos aprisiona y nuestra decisión a favor del Espíritu Santo es la que nos libera. Todo lo demás da igual y no tiene importancia.

Por lo tanto, cuando luchas por tu libertad externa, como han hecho los grupos a lo largo de la historia, la gran tentación es hacerlo con el ego, y sabes que lo estás haciendo con el ego si crees en la separación, en el ataque justificado, en las revueltas justificadas, o si crees que tu felicidad se puede comprar a expensas de otra persona: los malos tienen que morir para que nosotros podamos vivir. Esta es la razón por la que ninguna revolución funciona realmente: se basa en el principio de uno o el otro. Tú me oprimías, ahora voy a derrocarte y yo te oprimiré a ti. Entonces accedo al poder, y como sigo formando parte del mismo sistema de pensamiento que creo haber derrocado, hago lo mismo. Nunca cambia nada porque seguimos reciclando lo mismo una y otra vez, ya que ese es quien creemos que somos.

Hay una razón por la que reciclamos lo mismo una y otra vez. En este mundo, no creemos que somos criaturas del amor; creemos que somos criaturas de la culpabilidad. Las criaturas del amor no vienen a este mundo; se quedan en casa con el amor.  Las personas que vienen a este mundo son las que sienten que han abandonado y rechazado el amor, que han salido huyendo de un dios inventado que creen que viene detrás de ellos. Se encuentran con un mundo que han fabricado, y creen que el amor está aquí, cuando en realidad lo que está aquí es la culpabilidad que los acompañó cuando ellos, en primer lugar, se escaparon del amor. La proyección es lo que preserva la culpabilidad. Una vez más, el pensamiento que no perdona protege la proyección  (L-pII.1.2:3). La culpabilidad se preserva al nosotros proyectar sobre otras personas los juicios que formamos de ellas cuando les buscamos defectos y nos percibimos tratados de forma injusta. Ese es quien creemos que somos. Está en nuestro ADN, y por eso resistiremos firmemente todo lo que quiera deshacer o cambiar ese ADN. La pequeña voz que oímos dentro nos dice que, si dejamos ir nuestros juicios y nuestra rabia, si vemos a todas las personas como iguales y nos soltamos de la culpabilidad, vamos a esfumarnos, desaparecer en el olvido. Por supuesto que el proceso no funciona de ese modo. Al final, sí desaparecemos en el Corazón de Dios, pero antes de eso, lo que desaparece es la culpa, junto con la angustia, la depresión, la ansiedad, el miedo y el malestar. No perdemos el sentido del yo sino hasta el mero final cuando ya no tiene importancia para nosotros.

Es muy útil ser conscientes de que todos oponemos resistencia a aceptar el hecho de que el perdón-para-destruir no funciona. Si reconocemos que el perdón-mediante-separación no puede funcionar, pero que el verdadero perdón —no pasó nada y no hay nada que perdonar— sí funciona, el ego entonces nos advierte que eso implica el acabose de quienes somos. Ese es el miedo. Si no ves tu resistencia al aprendizaje y a la práctica del verdadero perdón, nunca lo aprenderás ni lo practicarás. Pensarás que lo estás haciendo, pero lo único que harás realmente es practicar el perdón-para-destruir.

Un último punto: en El canto de la oración, casi al final del segundo capítulo que es sobre el perdón, Jesús nos dice que no limitemos el perdón a «un marco mundano» (S-2.III.7:3). No limites el perdón a un marco mundano porque eso es perdón-para-destruir. ¿Qué quiere decir con «un marco mundano»? El cuerpo es el marco mundano. Por lo tanto, no veas el perdón como un proceso que ocurre entre tú y otra persona. El perdón es un proceso que ocurre en tu mente. Ultimadamente, es la expresión de tu perdón de ti mismo por haber elegido al ego en lugar de elegir al Espíritu Santo. Ese es el verdadero perdón; significa que no aplicarás el perdón de una manera que refuerce y, por lo tanto, genere mayor separación. Decir «perdonaré, pero nunca olvidaré» es claramente una declaración dualista. Hay un «yo» que te está perdonando, pero es también una declaración, como hemos visto, que refuerza la creencia en el pecado.