«Perdonaré, pero nunca olvidaré»

Extractos del programa tipo Academia celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte III

P: ¿Dónde encaja la sensación de vulnerabilidad en este modelo?

R: Encaja perfectamente. El cuerpo fue fabricado para ser vulnerable. Ser vulnerable es la idea de que ahí fuera hay algo que puede lastimarnos física o psicológicamente, una idea que encaja a la perfección en el sistema del ego. El ego quiere que nos sintamos vulnerables porque eso afianza la creencia de que alguien del exterior pueda lastimarnos y sobre todo niega el hecho de que la mente correcta es verdaderamente invulnerable. Cuando estamos en nuestras mentes correctas, nada puede lastimarnos porque sabemos que no somos nuestros cuerpos; y aun cuando estos pudieran ser lastimados y atacados, sabríamos que aquello no tiene nada que ver con nosotros. Por lo tanto, la idea de que somos vulnerables, que realmente significa que somos cuerpos psicológicos o físicos, es una negación de la verdadera invulnerabilidad de la mente y encaja muy bien en el sistema del ego.

P: ¿Qué intenciones podría yo establecer para liberar la sensación de vulnerabilidad? Todavía no creo que no soy un cuerpo, así que realmente creo que alguien puede hacerme daño. ¿Cómo puedo hacer que lo contrario sea real?

R: La liberas dándote cuenta de que ser vulnerable no te brinda paz y que reconocer tu invulnerabilidad como mente te brindará paz. Mirarías la situación desde un punto de fortaleza en vez de debilidad (véase T-31.VIII.2). Si aún no crees que no eres un cuerpo y que por consiguiente se te puede hacer daño, sigue siendo honesto al respecto y dite a ti mismo: «La razón por la que tengo miedo, me siento angustiado, enojado o molesto, es que me siento vulnerable; no obstante, aun cuando yo no esté dispuesto a aceptar el hecho de que soy invulnerable, ahora tengo conciencia de que esa es la verdad. Al menos ahora sé que ese es el problema. El problema no es lo que esta terrible persona está a punto de hacerme o lo que me ha hecho. El problema es que tengo miedo de retornar a mi mente donde está la verdadera invulnerabilidad». Al menos entonces estás siendo honesto. Eso constituye dar un paso adelante muy útil.

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P: Esto se refiere a limitar el perdón a un marco mundano... Supongo que este es el perdón al que estamos acostumbrados porque es sinónimo del perdón-para-destruir. Teniendo en cuenta eso, probablemente ni siquiera haría la pregunta que he hecho muchas veces: ¿Cómo olvida uno cuando se ha realizado el perdón? Eso probablemente implica que apenas sé lo que significa el perdón.

R: Probablemente así sea, y te acompañan muchos que están en las mismas. Esta es la razón por la que se anotó el folleto El canto de la oración y por qué hay tantas instancias en el Curso que se refieren a nuestra incomprensión del perdón. Pensamos que el perdón se da en el contexto de un cuerpo. Es inevitable porque pensamos que somos cuerpos. Así que obviamente cualquier cosa que pensemos estará matizada por la propia experiencia de que somos cuerpos. Por eso está esa línea muy importante que dice: «Ni siquiera puedes pensar en Dios sin imaginártelo en un cuerpo o en alguna forma que creas reconocer» (T-18.VIII.1:7). Puesto que somos cuerpos, no hay manera de que podamos pensar en Dios sin que Él también tenga cuerpo. Puede que sea diferente del nuestro, pero definitivamente pensamos en Dios como una persona. Él tiene que ser un cuerpo y una persona porque nosotros somos cuerpos.

Puesto que pensamos en nosotros mismos y en otras personas como cuerpos, naturalmente pensaríamos que el perdón es un proceso que ocurre entre cuerpos. Creemos que el amor es algo que ocurre entre cuerpos. Creemos que el ataque es algo que ocurre entre cuerpos. Creer eso es no entender el punto fundamental, pues el ataque y el especialismo, en cualquiera de sus formas, ocurre en la mente, no en el cuerpo. Ahí es donde está operando el perdón. De hecho, todo está operando en la mente porque no hay cuerpo ni mundo.

Lo que es útil, de nuevo, es ser honestos con nosotros mismos y ser conscientes de que estamos leyendo el Curso a través de nuestros propios lentes: es decir, pensamos que Jesús se está dirigiendo a nosotros como cuerpos y que le está diciendo a mi cuerpo que perdone al cuerpo de otra persona. Claro que eso dicen las palabras, pero se nos está escapando toda la intención y el significado de las palabras si pensamos de esa manera. Las palabras están ahí porque creemos que somos cuerpos. Su propósito —muy importante— es llevarnos a una experiencia que está más allá del cuerpo. El propósito de Un curso de milagros es llevarnos de lo que no sabe de la mente (el cuerpo) a lo que es plenamente consciente de la mente. Así que Jesús usa palabras que tienen relevancia para el cuerpo porque ahí es donde creemos estar, la condición en la que creemos que estamos (T-25.I.7:4), pero las utiliza para llevarnos más allá del cuerpo. «Las palabras no son más que símbolos de símbolos. Por lo tanto, están doblemente alejadas de la realidad» (M-21.1:9-10). Por lo tanto, las palabras son símbolos que representan conceptos que son símbolos que denotan la realidad.

Nuestro verdadero yo (no nuestro verdadero Ser) es una mente, no un cuerpo. Esa es la realidad y esa es la verdad. Por lo tanto, necesitamos un concepto de nuestro yo, que es «soy un individuo». Luego necesitamos un concepto o un símbolo que represente ese concepto, que es «soy un cuerpo». El cuerpo simboliza, pues, el concepto del yo como individuo, que a su vez es un símbolo de quien realmente somos. Por lo tanto, mi yo dentro del sueño no es un cuerpo. Mi yo dentro del sueño es un soñador o un tomador de decisiones. Las palabras son, pues, símbolos de símbolos. La palabra cuerpo simboliza el símbolo del concepto que tengo de mí mismo como una entidad separada, que a su vez es un símbolo de un yo que es un tomador de decisiones en la mente. Nos vamos alejando cada vez más de esa identidad. Las palabras vienen a nuestro encuentro donde creemos que estamos, para conducirnos de regreso a donde realmente estamos: en la parte tomadora de decisiones de nuestra mente, que es lo único que hay.

Una vez que nos separamos de Dios, el único enunciado verídico que se podría hacer acerca de nosotros —el único concepto de nosotros mismos que es real dentro del sueño— es que somos tomadores de decisiones. Tenemos el poder de elegir. Cuando elegimos al ego, abdicamos de nuestro concepto como tomador de decisiones y nos convertimos en un ego, «la morada del mal, de las tinieblas y del pecado» (L-pI.93.1:1). Proyectamos eso y luego nos convertimos en un cuerpo, también «la morada del mal, de las tinieblas y del pecado», excepto que pensamos que «la morada del mal, de las tinieblas y del pecado» es el cuerpo de otra persona, no el nuestro. Ahora estamos muy, muy lejos de donde partimos, que fue siendo un tomador de decisiones que está haciendo una elección equivocada.

Otra vez, «Reflexiona sobre esto por un momento, y no intentes juzgar el perdón ni limitarlo a un marco mundano» (S-2.III.7:3). Lo que precede a esta declaración en El canto de la oración es un comentario que básicamente dice que el Espíritu Santo sabe lo que es el perdón, y que debemos permitirle enseñarnos. Lo que sucede, por supuesto, es que más bien nosotros le enseñamos a Él. Así que en lugar de leer el Curso con una mente abierta y dejar que Jesús nos diga lo que nos está enseñando, lo leemos con una mente cerrada que ahora piensa que es un cuerpo. En esencia, le decimos a Jesús lo que él nos está diciendo. ¡Y todos estamos equivocados! El canto de la oración se anotó un año después de que se publicara Un curso de milagros, para corregir lo que ya iba por mal camino en las mentes de los que estudiaban el Curso. Por desgracia, al parecer su labor de corregir a las personas no resultó muy eficaz, en parte porque la gente no lo lee. Y si lo hacen, lo leen de la misma manera que leen el Curso. Así que una línea muy clara como la siguiente —no pongas el perdón en un marco mundano— no se entiende. Hay una línea paralela en «Los dos cuadros», la sección del texto en que Jesús dice que hemos tratado de encajar el mejor cuadro en el marco equivocado (T-17.IV.13:1). En este contexto, diríamos que el mejor cuadro es el perdón y el marco equivocado es el cuerpo. Ponemos el mejor cuadro en el marco equivocado, el marco mundano. Por eso el perdón aquí se vuelve imposible. No lo hacemos, porque siempre nos estamos aferrando a lo que las personas han hecho, y lo que han hecho siempre está en el pasado. En el presente, experimentamos el dolor. El futuro se convierte entonces en: los perdonaremos, pero nunca olvidaremos, lo que significa que los estamos juzgando silenciosamente, por no mencionar a nosotros mismos. Por lo tanto, hemos tomado el proceso del perdón y lo hemos puesto en el marco mundano del tiempo lineal, lo que significa que lo hemos puesto en el marco de la mente errónea, la del pecado, la culpabilidad y el miedo. A esas alturas, no hay perdón ni esperanza.

La idea es ver Un curso de milagros como un viaje que nos lleva, de estar sin mente, a ser una mente plena; un viaje que nos remontará a la mente. Ahí es donde hay que practicar el perdón. Ahí es donde está el problema. La decisión a favor del ego es el problema, no lo que tú me has hecho o lo que yo te he hecho. Eso no es más que una proyección de lo que nuestras mentes han hecho. Así que quieres usar tu experiencia en una relación aquí como el vehículo para volver a la mente, viendo lo que haces aquí como una proyección de la mente.

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P: Nuestro miedo al perdón es que nos llevará al Amor de Dios, que, por supuesto, significaría nuestra aniquilación como un yo, la desaparición de nuestro yo en el Amor de Dios, ¿no es así? Pero, la cara opuesta es que, si no perdonamos, tenemos el temor del castigo de Dios. Total, menuda situación en la que nos hemos metido: ¡hagamos lo que hagamos, salimos perdiendo!

R: Sí, desde la óptica del ego, eso es precisamente lo que hace el ego. Su propósito es tener esa situación sin salida. Date cuenta de que, cuando sientes que te irá mal si haces algo y te irá mal si no lo haces, es que has elegido al ego, lo que significa que debe haber otra manera de mirar el asunto, una manera que trascienda lo que te parece terrible hacia la izquierda e igualmente terrible hacia la derecha. La respuesta a eso es que no te esfumas al interior de Dios. Como mencioné antes, eso sucede al final del proceso, en lo más alto de la escalera. Entonces tú desapareces, la escalera desaparece, todo desaparece. Sin embargo, a medida que vas subiendo la escalera, desaparecen aquellas cosas del ego que te resultan muy dolorosas: la ansiedad, la culpa, el miedo, la depresión, la rabia, etc. Aún conservas un sentido del yo. No es sino hasta el mero final que te das cuenta de que ese mismo yo también es una ilusión, y para entonces habrás llegado al punto en que dices: «Ya no quiero esto, ya no lo necesito». Entonces desaparece. Recuerda la frase: «No temas que se te vaya a elevar y a arrojar abruptamente a la realidad» (T-16.VI.8:1), es decir, no temas que te vayas a extinguir de un soplido. No sucede de esa manera.

El ego utiliza el miedo del futuro como una forma de reforzarse. Recuerda, cada vez que te dejas involucrar con el tiempo, sabes que ese es el ego: hice algo terrible en el pasado, ahora me siento pésimo; Dios sabe lo que sucederá en el futuro; no va a haber suficiente tiempo para que yo aprenda este curso: voy a tener que morirme, regresar otra vez y volver a comenzar el libro de ejercicios. Cada vez que te dejas involucrar con el tiempo, sabes que ese es el ego. Una regla general aplicable a toda situación es que cada vez que te preocupa el pasado, que te afliges o sientes ansiedad respecto al futuro, ese es el ego. En ese momento, ni siquiera discutas contigo mismo porque digas lo que digas, saldrás perdiendo. Lo que te ayudará a superarlo es darte cuenta de que todo aquello es tu ego. Cualquier ansiedad sobre el futuro y cualquier recriminación que te hagas con respecto al pasado son parte de la estrategia del ego para mantenerte arraigado en el tiempo; y si estás arraigado en el tiempo, tu yo separado es real.

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P: Después de unos 20 años de trabajar con este curso, me doy cuenta de que prácticamente siempre estoy mirando con el ego.

R: La diferencia entre mirar con el ego y mirar con Jesús o el Espíritu Santo es que cuando miras con el ego, te sientes aún peor. Te sientes culpable y luego te sientes temeroso, etc. Cuando miras con Jesús, aprendes a sonreír. Mirar con él realmente significa que reconoces a qué estás renunciando por aferrarte a los odios especiales o a los amores especiales. Ese es el elemento clave: darte cuenta de que aferrarte a tus resentimientos o aferrarte a tu atracción por las cosas bonitas te está costando la paz de Dios. No tiene nada de malo que te gusten las cosas bonitas, pero si las usas como sustituto del Amor de Dios, después de un tiempo dejan de funcionarte. Una vez más, tenemos que comprender que aferrarnos al especialismo en cualquiera de sus dos modalidades nos está costando la paz de Dios, y que ya no queremos pagar ese precio. O, tal vez, para ser más honestos, deberíamos decir que seguimos queriendo pagar ese precio. El ego, sin embargo, nunca nos dejará mirar al ego mismo y ver el costo. Cuando miras con el Espíritu Santo, miras al ego y te das cuenta del costo. Esa es la diferencia entre las dos formas de mirar.

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P: Me atrae mucho el Curso porque me suena cierto; pero por otro lado no cuadra con la forma como piensa el mundo.

R: Hace tiempo, di un taller titulado «Cuando 2 + 2 = 5». El objetivo de ese taller fue decir que el mundo en el que vivimos es un mundo de 2 + 2 = 4, que es lógico, excepto que no funciona. El mundo del que procede Un curso de milagros, y que hace que el Curso sea lo que es, es un mundo de 2 + 2 = 5, el cual aquí no tiene sentido. Pero cuando lees el Curso, algo suena cierto. Por eso la gente no lo deja, incluso —como siempre me gusta decir— si no lo entienden. Algo les suena cierto y los atrae, y eso se debe a que procede de un mundo de 2 + 2 = 5. Cuando estás en presencia de algo que suena cierto, muy a menudo no tiene sentido desde el punto de vista del mundo. Pero algo suena cierto porque, en cierto sentido, sea lo que sea, abre un atajo por entre todo lo que el mundo conoce. Viene de otro lugar, y llega a otro lugar en ti, a lo que el Curso llama la mente correcta. Básicamente lo que dice es que vivir en un mundo de 2 + 2 = 5 te infunde paz porque te brinda una paz que no está supeditada a nada de lo que está sucediendo aquí. Podrías estar en paz pase lo que pase. Vivir en un mundo de 2 + 2 = 4 donde las cosas parecen cuadrar y tener sentido no conduce a la paz porque el mundo en sí no tiene sentido.

P: Ciertamente, he experimentado que el perdón de mis hijos y de otros miembros de la familia no funciona, que he fracasado en el perdón tanto en el mundo real como siendo un ego. ¿Es necesario tener esa experiencia en el proceso de avanzar hacia el perdón real y tomar conciencia de que algo de tu motivación como ego no va por buen camino? En otras palabras, ¿es ese el peldaño inferior de la escalera, y para pasar al siguiente peldaño, te das cuenta de que algo debe cambiar? Tiene que haber un camino mejor.

R: Creo que todo el Curso se basa en esa premisa. En esencia, como sabes, así fue como comenzó el Curso. Helen y Bill coincidieron en que tenía que haber otra manera porque lo que estaban haciendo no funcionaba. Y creo que todo el mundo tiene esa experiencia, ya sea que la verbalicen o no conscientemente. Han probado muchas cosas y no funcionan. Hay una maravillosa sección hacia el final del texto llamada «La verdadera alternativa» (T-31.IV), que habla de que todos probamos distintas cosas en el mundo, manteniendo la esperanza de que esta vez funcione, hasta que finalmente reconocemos que aquí no funciona nada y que la única alternativa verdadera es acudir al interior, porque ahí es donde hay una elección significativa en la mente, entre el Espíritu Santo y el ego. Esa es la elección significativa, y esa es la verdadera alternativa. El mundo ofrece miles y miles de alternativas, y ninguna de ellas funciona. Esa conciencia es lo que te lleva a la escalera correcta. Te baja de la escalera que, al parecer, el ego quiere que subas, aunque nunca pasas del mismo peldaño.  Te esfuerzas y te esfuerzas por subir la escalera, y sigues en el primer peldaño porque la escalera del mundo, la escalera del ego, no te lleva a ninguna parte. En breve, pues, reconocer que toda esa escalera es la escalera equivocada es lo que te ubica en la escalera correcta. Luego como que, simplemente, ni corto ni perezoso, la subes.