«Perdonaré, pero nunca olvidaré»

Extractos del programa tipo Academia celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte IV

P: Dijiste que alguien podría lastimar al cuerpo. ¿No sería entonces con mi permiso?

R:  En el nivel de la mente, claro, porque es tu sueño. Pero en el nivel de nuestra experiencia en este mundo, no necesariamente. Por ejemplo, podrías ir conduciendo en la autopista cuando le fallaran los frenos al coche que viene detrás de ti y choca contra tu coche. Estoy diciendo que es parte de tu sueño, pero en el nivel de nuestra experiencia aquí, no sería así. Estoy tratando de ayudar a evitar que la gente se sienta culpable por creer que han provocado las cosas que les suceden. Ahora bien, tu mente ciertamente lo provocó, porque esto es un sueño; y no solo es un sueño, sino que es un sueño que ya pasó, un sueño que estás repasando.

P: La aleatoriedad de que alguien choque conmigo se siente peor que la idea de que aún queda algo por depurar en mi conciencia.

R: Una vez más, en cierto nivel, absolutamente; es tu sueño, y dentro de ese sueño has elegido volver a experimentar ese acontecimiento. Pero no quieres que el yo, que en tu experiencia sientes que eres tú mismo, se sienta culpable, como si tus pensamientos no sanados o tu culpabilidad atrajera este suceso. Mucha gente de la Nueva Era habla así. En realidad, es una confusión de niveles. Tú como persona no tuviste nada que ver con lo que pasó. La persona que experimentas como tú mismo conduciendo en tu auto no tuvo nada que ver con que la otra persona te chocara por detrás. En cuanto a la mente, de la cual tú como persona eres un personaje soñado, es completamente diferente. Esa mente eligió el color de tus ojos, de tu cabello; eligió tu familia, el auto que estás conduciendo, etc. A nivel práctico, sin embargo, eso no es útil. Para la mayoría de las personas, eso no sería más que una fuente de culpa añadida. La gente ve un programa de noticias sobre un terremoto o una bomba cayendo sobre algún lugar y sienten que forman parte de eso; que, por ser su sueño, ellos son responsables. Eso es una confusión de niveles.

En un nivel práctico, quieres centrarte en donde estás, que es con tu experiencia de ti mismo. Cuando el coche te embiste —ahora que es un hecho en tu sueño, que un auto te ha embestido— lo importante es con quién interpretarás ese acontecimiento, ¿con el ego o con el Espíritu Santo? Eso es mucho más importante, y en un nivel práctico es mucho más útil. Si practicas las lecciones en ese nivel, entonces al final, te quedará más claro que efectivamente, esto es algo que tu mente ha elegido. Así que ahora tienes otra oportunidad para ver una situación como esa, pero puedes mirarla de otra manera. En lugar de verte a ti mismo como una víctima, ahora puedes ver esto como un aula de clases en la que puedes aprender que, si bien tu cuerpo puede ser lastimado, tú no puedes ser lastimado, y que tú no eres tu cuerpo. No importa si tu viaje a casa es un recorrido directo por la autopista, si el tráfico avanza a paso de caracol o si sufres un accidente. Puedes estar en paz a pesar de todo. Pero una vez que ocurre el acontecimiento, lo que es útil no es por qué o cómo sucedió, o quién eligió que sucediera, sino con quién miras lo que sucedió. Eso es lo que es útil. De lo contrario, te estás saltando peldaños y acabas convertido en un idiota metafísico: metafísicamente muy correcto, pero dañándote tontamente y confundiendo el tema. En vez de eso, puedes mantener todo muy simple y percatarte de lo siguiente: «Y bien, sucedió tal cosa, ¿ahora la miro con Jesús o la miro con el ego?». Uno te brindará paz y el otro no te brindará paz.

Por lo tanto, para ser metafísicamente correcto, dirías: «Sí, este es mi sueño. Y, en efecto, yo elegí esto en un nivel del que no soy consciente. Pero, en un nivel del que sí soy consciente ahora mismo, puedo elegir: ¿A través de los ojos de quién voy a mirar esto?». Siempre es bueno remontarnos a la diminuta idea loca porque es un modelo útil. Una vez que la diminuta idea loca de estar separado de Dios pareció suceder, si te atormentas pensando cómo fue y por qué sucedió, no entenderás el punto y no te llevará a ningún lado. Una vez que aparece la diminuta idea loca, es mucho más importante decir: «¿La miro a través de los ojos del ego, o sea que me la tomo en serio, o la miro a través de los ojos del Espíritu Santo, en el sentido de que recuerdo reír?». Si elegimos esto último, la diminuta idea loca desaparece. Si nos atormentamos por ella —por qué y cómo sucedió—, simplemente la estamos haciendo cada vez más real, lo cual significa que nos la estamos tomando en serio; lo cual, a su vez, significa que ya hemos escuchado al ego.

Para decirlo otra vez, es mucho más útil aceptar el aula de clases cuando se nos presenta, sin preocuparnos de cómo fue ni preguntarnos por qué habrá sucedido. Eso es realmente un callejón sin salida, y no te llevará a ninguna parte. Lo único que ayudará es la idea de que ahora que ha sucedido, ¿hago que sea una fuente de enojo, angustia y conflicto? ¿O bien, la veo simplemente como otra forma de aprender que puedo estar en paz, a pesar de lo que suceda en el mundo? Esto último es mucho mejor. En un nivel práctico funcionará. Realmente te infundirá paz, momento en el que no te importará por qué sucedió.

Basta decir que el hecho mismo de que estamos en este mundo es un error. Casi todo lo que hacemos aquí es, por consiguiente, un error. ¿Qué caso tiene, pues, agravar el error atormentándonos por él o tratando de analizarlo? Ese es un excelente ejemplo de lo que el folleto El canto de la oración también dice del error: no lo hagas real (S-2.I.3:4). De nuevo, es mucho más útil decir: «Esto efectivamente es un error, y ahora ¿cómo voy a mirarlo?». Recuerda, el problema no fue la diminuta idea loca. El error fue olvidar reírnos de ella (T-27.VIII.6:2). Esa es una línea muy importante, por lo que la cito en casi todos los talleres. El problema no fue la diminuta idea loca. El problema no fue que te embistieron por detrás en la autopista. El problema es: ¿me lo tomo en serio o recuerdo reírme del incidente? Esa es la única cuestión a discutir.

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P:  Estoy pensando que es mejor no tener pensamientos en mi mente de que alguien me va a chocar por detrás o que alguien va a meterse en mi casa a robar. Simplemente no elijo cosas por el estilo, para que no me sucedan. Estoy eligiendo lo correcto en mi mente; estoy eligiendo los pensamientos correctos, para que las cosas sucedan de la manera que creo que es mejor para mí.

R: Entonces el problema es que piensas que es importante que sucedan las cosas correctas. Por consiguiente, quieres elegir los pensamientos correctos para que sucedan las cosas correctas. ¡No hay cosas!

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P:  Mi forma de pensar ha sido que, si sucede algo malo, digo: «Elegí el pensamiento equivocado, lástima». Eso es todo. 

R: Pero ese es el mismo error. Simplemente di: «Pasó algo malo, pero tal vez haya sido lo correcto. ¿Y qué más da? Yo podría estar en paz». Mira, cada vez que te tomas en serio algo en el mundo, te estás adhiriendo al cuerpo y al mundo. El cambio de poner énfasis en qué sucedió a con quién vas a mirar lo que sucedió, constituye el cambio del cuerpo a la mente, de lo que no tiene mente a una plena conciencia de la mente. Las formas de mirar en tu mente se originan ya sea con el ego, o con el Espíritu Santo.

La Lección 294, «Mi cuerpo es algo completamente neutro», alude a esta cuestión de una manera muy útil. Curiosamente, a primera vista la lección parece estar diciendo exactamente lo contrario de lo que dice el resto del Curso. El Curso dice que el mundo se fabricó «como un ataque contra Dios» y que el cuerpo fue hecho para ser un límite que se le impone al amor (L-pII.3.2:1; T-18.VIII.1). Estos son pensamientos muy cargados de ego. El cuerpo es una parodia de la creación de Dios, una imitación absurda de nuestra Identidad como Cristo. Estos pensamientos reflejan el propósito del mundo y del cuerpo. Sin embargo, una vez que estamos aquí en un cuerpo, una vez que vamos conduciendo por la autopista y hay un accidente, el cuerpo, el accidente, la situación y la relación son neutros y están a la espera de que elijamos al ego o al Espíritu Santo. Por lo tanto, ya no importa por qué sucedió el accidente.

Preocuparse, pues, y tratar de analizar por qué sucedió nos vuelve a arraigar en el pasado. Recuerden, la idea es permanecer en el presente, el instante santo; no estar en el mundo del tiempo lineal, que es estar en el corazón del sistema de pensamiento del ego. Preguntarnos por qué causamos esto es una declaración sobre el pasado. Lo importante es que ahora mismo estamos eligiendo estar con el ego, o bien, con el Espíritu Santo. Eso es significativo. En ese momento, el accidente de tránsito, el cáncer que el médico acaba de decirte que tienes, la guerra que se está librando en el Medio Oriente, se vuelven neutros. La relación en la que te encuentras es neutra. No importa por qué se entabló o cómo surgió; lo que importa es lo que haces con ella en este momento.

Cada una de estas circunstancias ahora es neutra, a la espera de ver si eliges mirarla a través de los ojos del ego, que significa tomarte la situación en serio y otorgarle poder y realidad, o si la vas a mirar a través de los ojos del Espíritu Santo y luego reír, en el sentido de ver que es una tontería pensar que esto afecte de algún modo tu paz. En otras palabras, podrías sufrir un accidente y seguir tranquilo. Tu cuerpo quizá resulte lastimado, tu coche quizá resulte lastimado, la otra persona quizá resulte lastimada, pero tú podrías seguir en paz recordando reírte de la diminuta idea loca que se ha expresado ahora en esta forma.

He aquí lo que dice esta lección:

(L-pII.294.1:1-5) Soy un Hijo de Dios. ¿Cómo iba a poder ser también otra cosa? ¿Acaso creó Dios lo mortal y lo corruptible? ¿De qué le sirve al bienamado Hijo de Dios lo que ha de morir? Sin embargo, lo que es neutro no puede ver la muerte, pues allí no se han depositado pensamientos de miedo ni se ha hecho de ello una parodia del amor.

A pesar de que el cuerpo es una burla del amor —se fabricó para ser una burla del amor—, una vez que estamos aquí, no añadimos nada a eso. Ahora podemos verlo como un aula de clases, en la que tiene un propósito santo. Se fabricó con un propósito impío, para ser una burla del amor y del Hijo de Dios, pero ahora que nos encontramos en él, ya no tiene que ser así. Ahora puede ser un aula de clases en la que aprendemos que no somos un cuerpo, y que el pensamiento de separación, que es la burla original del amor, ya no está operativo en nuestra mente porque ahora podemos ver a nuestro cuerpo igual que a cualquier otro cuerpo. Todos tenemos el mismo propósito. Esa es la diferencia.

(L-pII.294.1:6-10) La neutralidad del cuerpo lo protege mientras siga siendo útil. Una vez que no tenga ningún propósito, se dejará a un lado. No es que haya enfermado, esté viejo o lesionado. Es que simplemente no tiene ninguna función, es innecesario y, por consiguiente, se le desecha. Que hoy no vea en él más que esto: algo que es útil por un tiempo y apto para servir, que se conserva mientras pueda ser de provecho, y luego es reemplazado por algo mejor.

Aunque se hizo para atacar a Dios y a Su Hijo, ahora su propósito puede ser diferente. Ahora no es nada. «No es que haya enfermado, esté viejo o lesionado». No tiene función alguna. Una vez que le has dado la función de ser un aula de clases y aprendes las lecciones, ya no lo necesitas. Una vez más, atormentarte pensando por qué se fabricó el cuerpo, por qué naciste en este mundo y en esta familia —por qué esto y por qué lo otro— solo sirve para los fines del ego. Al ego le encanta eso. Recuerda la línea en el texto: «El ego analiza; el Espíritu Santo acepta» (T-11.V.13:1). Acepta que esta es la situación ahora y que es un aula de clases. ¿De quién aprenderás: del ego o del Espíritu Santo? Esto simplificará mucho tu vida. ¡Hará que vuelvas a ser una persona agradable!

 

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P:  Así que el pensamiento es inútil.

R: Exacto, así es. Volteando de cabeza la célebre declaración de Descartes, diríamos: «Pienso, por lo tanto, no soy». Luego hay una línea cerca del final del texto que dice: «La salvación se puede considerar como el escape de todo concepto. No se ocupa en absoluto del contenido de la mente, sino del simple hecho de que esta piensa» (T-31.V.14:3-4). Pensar es el problema. Esa es una forma de hablar del pensamiento de separación original. El Hijo de Dios tuvo un pensamiento que supuso que era suyo. En lugar de él formar parte del Pensamiento de Dios, que es el no-pensamiento, el Hijo tuvo un pensamiento. Entonces veneró ese pensamiento y se lo tomó en serio (que es el sentido de venerar); y luego construyó un mundo entero alrededor de ese pensamiento y siguió piense y piense.

 

El propósito de pensar sobre este curso es aprender a no pensar sobre él. Deja que el Curso piense a través tuyo. Por eso analizar el ego o la situación simplemente no funciona y es muy contraproducente. El análisis te arraiga en la situación; te la tomas en serio. No te pones a analizar algo a menos que pienses que es cosa seria. Cuando sonríes ante algo, estás diciendo que no tiene poder. No es nada. El problema, por lo tanto, es pensar.

Eso nos lleva de regreso a perdonar y a olvidar sin pensar en el pasado porque no existe. Y todo pensamiento tiene que ver con el pasado. Si piensas en aquello sobre lo que piensas y en lo que estás haciendo cuando estás pensando, te das cuenta de que todo ello gira alrededor del pasado, de tu aprendizaje pasado que ahora aplicas a algo aquí. Y todo es una defensa, diseñada para no conducirte a ningún lado en absoluto, bajo la ilusión de que estás avanzando. Recuerda, este no es un curso dirigido a tu cerebro. Eso es realmente interesante; es una especie de paradoja respecto a este curso, porque está escrito en un nivel intelectual relativamente alto, para que tu cerebro tenga que trabajar si has de leerlo. Pero cuando empiezas a entenderlo realmente, te das cuenta de que está tratando de llevarte más allá de tu cerebro, a tu mente donde no hay pensamientos, con la excepción del pensamiento del ego y el Pensamiento del Espíritu Santo, que en realidad no son pensamientos, como los que solemos considerar pensamientos.