«Perdonaré, pero nunca olvidaré»

Extractos del programa tipo Academia celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VI
Conclusión

La Lección 134 aborda el punto de cómo miramos las situaciones. El párrafo 6:

(L-pI.134.6) La irrealidad del pecado es lo que hace que el perdón sea algo completamente natural y sano; un profundo consuelo para todos aquellos que lo conceden y una silenciosa bendición allí donde se recibe. El perdón no apoya las ilusiones, sino que, sonriendo dulcemente, las congrega a todas sin muchos aspavientos y las deposita tiernamente a los pies de la verdad. Y ahí desaparecen por completo.

El perdón «no apoya las ilusiones» —no reconoce las ilusiones— «sino que, sonriendo dulcemente, las congrega a todas sin muchos aspavientos y las deposita tiernamente a los pies de la verdad» («sonriendo dulcemente… sin muchos aspavientos», una bonita aliteración [en inglés: "lightly, with a little laugh"]). Esto quiere decir que el perdón no toma las ilusiones en serio. Es la idea de traer las ilusiones a la verdad. Cuando miras con Jesús lo que ocurre, ya sea un accidente de tránsito, un cáncer, un terremoto o una guerra, lo miras «sonriendo dulcemente, sin muchos aspavientos», trayéndolo a la verdad. Cualquier cosa en este mundo siempre es alguna expresión de la oscuridad y, cuando la miras junto a esta gloriosa luz de quién eres, la importancia de la oscuridad —la situación— simplemente se atenúa hasta convertirse en insustancialidad y desaparece.

(L-pI-134.7) El perdón es lo único que representa a la verdad en medio de las ilusiones del mundo. El perdón ve su insustancialidad y mira más allá de las miles de formas en que pueden presentarse. Ve las mentiras, pero no se deja engañar por ellas. No hace caso de los alaridos auto-acusadores de los pecadores enloquecidos por la culpa. Los mira con ojos serenos, y simplemente les dice: «Hermanos míos, lo que creéis no es verdad».

Se nos pide que asumamos esta actitud hacia cualquier cosa que pase en nuestro mundo personal o en el mundo en general. El perdón no otorga realidad ni toma en serio «los alaridos auto-acusadores de los pecadores enloquecidos por la culpa» («alaridos auto-acusadores de los pecadores», ahí tenemos otra aliteración [en inglés: "self-accusing shrieks of sinners"].) «Los mira con ojos tranquilos y simplemente les dice: «lo que creéis no es verdad»; no lo dice necesariamente con palabras, sino con su indefensión, su paz y su reconocimiento de que nada de esto significa nada porque nada de ello es verdad. Esto les enseña a otras personas a no tomarse en serio la ilusión, ellos tampoco.

Por lo tanto, si tuvieras un accidente y todo el mundo estuviera alterado y tú estuvieras en paz, estarías demostrando lo antedicho. No implica que no harías todas las cosas que se deben hacer cuando ocurre un accidente. Solo significa que las harías tranquilamente. No prestarías atención a «los alaridos auto-acusadores de los pecadores», fueran acusaciones lanzadas contra sí mismos o contra ti. Te volverías como el ojo del huracán. Estarías en calma y tranquilo en medio de la masa arremolinada de energía, enojo, miedo, ansiedad, dolor y sufrimiento.

Una vez más, miramos todo en el mundo «sonriendo dulcemente, sin hacer muchos aspavientos». Reconocemos que una ilusión es una ilusión y no tiene poder alguno sobre la verdad.
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P:  ¿Entonces, cada decisión en el nivel de la forma se reduce a devolverle al César, haciendo lo que hay que hacer?

R: Sí. Le devuelves al César lo que es del César. Haces lo que dice el mundo, pero sabes que no estás sujeto a las leyes del César. Eso hace que cada situación sea exactamente igual. Ese es el punto clave: hace que cada situación sea exactamente igual. Siempre he dicho que, si la gente realmente entendiera el primer principio de los milagros, no necesitaría el resto del libro, y tampoco un libro de ejercicios. Si realmente entendiéramos desde el mismo inicio por qué no hay grados de dificultad en los milagros (T-1.1:1), lo entenderíamos todo porque de eso se trata el Curso. En cierto sentido, todo Un curso de milagros es una variación sobre ese tema básico. No hay grados de dificultad en los milagros porque cada problema es igual, pues aquí todo es una ilusión. La forma es diferente, pero el contenido es el mismo. Una ilusión es una ilusión es una ilusión. Por lo tanto, todas las ilusiones, independientemente de su forma o magnitud aparentes, se resuelven de la misma manera: «dulcemente sonriendo y sin muchos aspavientos, se las traes a la verdad». Por eso no hay grados de dificultad en los milagros. Cada problema es el mismo; por lo tanto, cada corrección es la misma. No es la magnitud aparente de la forma. ¡No es la forma en absoluto!

También como he estado subrayando, lo que estamos pensando no es el problema; es el hecho de que estamos pensando. El hecho de que estemos en este mundo tomándolo en serio es el problema, no lo que sucede en el mundo. Dicho de otra manera, las cosas específicas del mundo no son el problema, sino el hecho de creer en el mundo. El problema no es lo que son nuestros pensamientos. Es el simple hecho de creer que pensamos. Ese es el problema. Nunca es lo específico. Nunca estamos disgustados por la razón que creemos (L-pI.5). Creemos que estamos molestos por razones específicas de todo tipo. La verdadera razón por la que estamos molestos es que elegimos estar molestos, porque nos tomamos en serio la diminuta idea loca. 

Todo lo que Jesús hace a lo largo de este curso es darnos golpecitos en el hombro y decir: «Hermano mío, lo que crees no es verdad». En el capítulo 23 del texto dice: «Y Dios piensa de otro modo» (T-23.I.2:7). Y así, cuando llegamos a él con nuestras historias, nuestras ansiedades y nuestras preocupaciones, él dice: «Eso no es lo que te tiene molesto. Ese no es el problema. Lo que crees no es verdad». Implícito en eso está lo que le dijo a Helen (véase T-2.VI.4; VII.1): «No me pidas que solucione el problema aquí. Aquí no hay problema alguno. El problema es que crees que hay un problema. El problema no es lo que piensas, sino que pienses que puedas pensar. El problema no es que estés aquí. No estás aquí. El problema es que crees que estás aquí. El problema no es que te hayas separado de Dios. El problema es que crees que te has separado de Dios». Es una diferencia muy grande y es muy importante.

Por eso el perdón no consiste en perdonar a las personas por lo que han hecho. En términos metafísicos, literalmente no han hecho nada. En este nivel, no han hecho nada porque no te han quitado la paz. Puede que te hayan quitado pedazos del cuerpo, pero no te han quitado a ti; no te han quitado la paz.  Así que no hay nada que perdonar. No te hicieron nada. Ahora bien, es muy difícil vivir este principio cien por ciento del tiempo, pero al menos puedes darte cuenta de que cuando no eres feliz es porque has elegido no vivir bajo ese principio. No es un pecado, pero por lo menos ahora sabes cuál es el problema.

Eso explica por qué, acudir a Jesús o al Espíritu Santo con un problema y exigir que lo solucionen, se nos facilita más que acudir a Ellos en busca de ayuda sin predeterminar cuál sería la ayuda. Una vez más, Jesús nos diría: «Hermano mío, lo que crees no es verdad. No me pidas que te ayude con este problema, A, B, C, X, Y o Z. Pídeme que te ayude a ver el hecho de que quieres que haya un problema, porque, en verdad, sabes que no hay ninguno. Esto equivale a decir que quieres que haya un yo separado, porque en algún nivel sabes que no hay ningún yo separado».

Para resumir brevemente nuestros comentarios: Cuando acudimos a Jesús con un problema, en realidad le estamos pidiendo que nos convenza de que hay un problema y, por lo tanto, de que somos reales como individuos. Es como si le suplicáramos que nos acompañe a hacerlo real. Y como no lo hace, lo que hacemos es despedirlo y contratar a otro Jesús que sí preste atención a nuestros problemas. Entonces pensamos que ese es el Jesús que escribió este libro y que nos da respuestas. Hacemos eso porque no nos gusta la respuesta que da el verdadero Jesús del Curso, la cual es que no hay respuesta que dar porque no hay pregunta ni problema. Como dije antes, siempre hay una respuesta a un problema específico, y eso se debe a que la respuesta es siempre la misma, y esa respuesta adoptará una forma en que la podamos aceptar.