Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte I

He estructurado el tema, Qué significa ser un maestro de Dios, en tres categorías básicas, basadas en las secciones más importantes del manual para el maestro que tratan del maestro de Dios. La primera son las características de los maestros de Dios, al comienzo del manual (M-4). La segunda es el tema de la magia, un tema extremadamente importante en el manual y un tema crucial para cualquier persona que trabaje con el Curso. Comentaremos no solo qué son los pensamientos mágicos y cómo interfieren con nuestro funcionamiento, sino también la importante cuestión de cómo se maneja el enojo, que está estrechamente relacionada con el concepto de pensamientos mágicos. El tema final es la sanación y la relación entre esta y la enseñanza, que en realidad son lo mismo. Estas son las tres áreas básicas de ser un maestro de Dios, de las que hablaremos.

Comenzaré diciendo algunas palabras introductorias sobre lo que es y no es un maestro de Dios. La frase un maestro de Dios no aparece en el texto ni en el libro de ejercicios; se utiliza solo en el manual. Básicamente, un maestro de Dios es cualquier persona que haya aceptado su función, que es enseñar y aprender el perdón. El Curso dice que «la única responsabilidad del obrador de milagros es aceptar la Expiación para sí mismo» (T-2.V.5:1; T-5.V.7:8; M-7.3:2). En el momento en que aceptamos que para eso estamos aquí, nos convertimos en maestros. El Curso equipara repetidamente la enseñanza y el aprendizaje. Enseñamos lo que estamos aprendiendo y, a medida que lo enseñamos, lo aprendemos. Todos enseñamos y aprendemos a cada momento. Este tema de enseñanza y aprendizaje se refleja en la estructura misma del Curso. Sus tres libros incluyen un libro de texto, que obviamente debemos estudiar; un libro de ejercicios, que por lo visto debe enseñarnos cuando practicamos sus lecciones; y un manual para el maestro, que nos recuerda nuestra función de enseñar y aprender. Por su propia estructura, pues, el plan de estudios enfatiza que todos somos a la vez maestros y estudiantes.

Al principio del manual se ofrece un buen resumen de lo que significa ser un maestro de Dios:

Un maestro de Dios es todo aquel que decide serlo. Sus atributos consisten únicamente en esto: de alguna manera y en algún lugar eligió deliberadamente no ver sus propios intereses como algo aparte de los intereses de otra persona (M-1.1:1-2).

El criterio principal que establece a uno como maestro de Dios es que ve la unión, y no la separación, como su realidad. Esta es también una forma de caracterizar la diferencia entre una relación santa y una relación especial. En una relación especial, siempre vemos nuestros intereses como diferentes, separados y más importantes que los de cualquier otra persona. En nuestras mentes, entonces, esto justifica el ataque asesino que es el contenido subyacente del especialismo. En una relación santa, en cambio, no te percibo como separado de mí ni considero que tengas intereses separados de los míos. Más bien nos dirigimos juntos hacia el Cielo. Este cambio no se produce en el nivel de la forma, ocurre en mi mente, de modo que no percibo mi salvación como algo separado e independiente de ti.

Por lo tanto, atacarte con la creencia de que mi ataque contra ti me librará de toda responsabilidad para que me sienta mejor, me mantendrá en el infierno del ego. Al cambiarse a una relación santa, reconozco que realmente eres uno conmigo y ambos compartimos el mismo problema. Nosotros y todos los demás en esta tierra creemos que estamos atrapados en el mundo sin ninguna esperanza de librarnos. Y al unirme contigo, me doy cuenta de que compartimos el interés común de despertar de esta pesadilla. Eso es lo que caracteriza al maestro de Dios y hace que la relación sea santa. No es que nos identifiquemos con ese propósito a la perfección. Si lo hiciéramos, no estaríamos aquí. Simplemente en eso se ha convertido nuestra meta. Este es un tema al que volveremos una y otra vez en este taller.

Como en muchas otras áreas de sus enseñanzas, el Curso habla de un maestro de Dios en dos niveles. Está claro en la Introducción de la sección sobre las características de los maestros de Dios que las características corresponden a los que el Curso llama los maestros de Dios «avanzados» (M-4.2:2), aquellos que ya han aprendido algunas de las lecciones más básicas de perdón. Una vez aprendidas esas lecciones básicas, compartimos las diez características.

En otro nivel, sin embargo, todos somos maestros porque todos estamos aprendiendo. En este nivel, ser un maestro de Dios no significa que hayamos dominado todas las lecciones. De hecho, en el texto se halla un punto que se repite en las características de los maestros de Dios: siempre debemos recordar la noción reconfortante de que estar listo no significa haber alcanzado la maestría (T-2.VII.7; M-4.IX.1:10). Podemos estar listos para enseñar sin haber llegado a dominar el plan de estudios. Si eso no fuera cierto, ninguno de nosotros podría hacer nada porque, obviamente, ninguno de nosotros ha dominado el plan de estudios del Curso.

Entonces aprendemos el Curso —lo cual no significa a nivel intelectual, claro, sino a nivel de la experiencia— aprendiendo nuestras lecciones de perdón. Cuanto más las aprendemos, más las enseñamos. Y conforme las enseñamos, también las estamos aprendiendo. La enseñanza y el aprendizaje son siempre recíprocos.

Un maestro de Dios no es alguien que enseña o hace cosas de gran valor en el mundo. Un maestro de Dios es más bien alguien que ha aceptado que su propósito en este mundo es aprender a perdonar. Cuando el Curso habla sobre la función, no está hablando de nada externo. Se trata solo de aceptar una función de perdón. Por supuesto, a final de cuentas, no perdonamos a la persona que está ahí fuera. Nos perdonamos a nosotros mismos.

Una vez que aceptamos el perdón como nuestro propósito —no una vez que lo hayamos aprendido, sino una vez que lo hemos aceptado como nuestro propósito—, entonces nos establecemos como maestros. Y luego veré que todo lo que sucede en mi vida diaria, así como a lo largo de toda mi vida, forma parte de un aula de clase en el que aprendo mis lecciones de perdón. Por lo tanto, no importa si, a mi modo de ver, las cosas van bien o no. Me daré cuenta de que todas dan lo mismo porque todas comparten el mismo propósito. El Curso dice que la única pregunta que debemos hacernos en relación con todo es: ¿qué propósito tiene? (T-4.V.6:7-9). Si escuchamos al ego, todo tiene el propósito de establecer que somos víctimas, nosotros o alguien más. Todo se ve desde ese punto de vista: el tema de la victimización sigue sana y salva en este mundo. Y eso, por supuesto, mantiene sano y salvo al ego.

El Espíritu Santo, en contraste, ve que todo en este mundo tiene el propósito de deshacer esa creencia en la victimización; eso hace el perdón. Una vez que aceptamos el perdón como nuestra función, nos convertimos en maestros de Dios, que ven todo en este mundo como lo que nos permite aprender la lección de que no hay víctimas. Y a medida que la aprendemos, el Amor del Espíritu Santo y de Jesús se extiende a través de nosotros y enseña a otros. Nuestras palabras, acciones o comportamiento no son los que enseñan; el Amor de Dios es lo que enseña a través de nosotros simplemente por su presencia.

El Curso, como sabemos, hace una distinción entre forma y contenido. Nuestras palabras, acciones y comportamiento constituyen la forma. Pero esos no son los que enseñan. Nuestro contenido es el que enseña. En otras palabras, si el amor está en mi mente y no hay nada más que se extienda a través de mí, no importa lo que yo esté haciendo o dejando de hacer, el mensaje que estoy enseñando es amor. No importa si me encuentro frente a una clase enseñando Un curso de milagros o si estoy enseñando a un grupo de tercero de primaria a leer, escribir y sumar. La forma no es la que enseña; el que enseña es el contenido en mi mente. Las palabras y el comportamiento se convierten simplemente en los medios a través de los cuales se expresa ese contenido o ese amor en mi mente.

Pasemos ahora al manual para el maestro y comenzaremos con las características de los maestros de Dios (M-4). Comentaremos a fondo estas diez características; es en realidad una buena manera de hablar de lo que se trata todo el Curso. Comenzaremos con la Introducción.

(1:1-2) Las características superficiales de los maestros de Dios no son en modo alguno similares. Si se les mira con los ojos del cuerpo, se observa que no hay parecido entre ellos, que vienen de ambientes totalmente distintos, que sus experiencias acerca del mundo varían enormemente y que sus «personalidades» externas son muy diversas.

Esto es obvio para cualquiera; todos nos vemos diferentes de todos los demás. Somos diferentes en forma. Las características que aquí se abordan son de contenido, de actitud; no cómo nos vemos, o qué decimos o qué hacemos, sino básicamente cómo pensamos y las características de ese pensamiento.

(1:3) Durante las primeras etapas en el desempeño de su función como maestros de Dios, aún no han adquirido las profundas características que los establecerán como lo que son.

Este es el nivel inicial de ser maestro, el primero de los dos niveles que describí anteriormente. Las «etapas iniciales» serían nuestro comienzo en el viaje del perdón, que viene con el reconocimiento de que ese es nuestro propósito al estar aquí. Todavía no hemos comenzado el proceso de aprender y de integrar verdaderamente lo que estas lecciones son; apenas estamos comenzando.

(1:4) Dios concede dones especiales a Sus maestros porque tienen un papel especial que desempeñar en Su plan para la Expiación.

Esta es una de esas declaraciones que, si se toma fuera de contexto, suena como si Dios tuviera favoritos, lo cual es claramente antitético a todo lo que dice el Curso. En realidad, dice que aquellos a quienes el Curso llamaría «maestros avanzados», aquellos que realmente han abandonado su inversión en la culpabilidad, la separación, el ataque, el miedo, etc., han aceptado los regalos que ya están allí. Y básicamente solo hay un regalo de Dios: el regalo del Amor. O podríamos decir el regalo de la libertad o el regalo de la vida eterna: todos ellos, diferentes aspectos del mismo regalo básico. Ninguno de estos aspectos puede conocerse en este mundo, como leeremos al final de esta sección sobre las características (M-4.X.3). Lo que se conoce en este mundo es el reflejo de este regalo de Amor.

Las diez características de los maestros de Dios son reflejos de este único regalo que Dios ya nos ha dado a todos. Entonces, cuando el Curso dice aquí que Dios da Sus dones especiales, realmente es que los maestros avanzados que han dejado a un lado sus egos, se están permitiendo aceptar y experimentar el Amor de Dios. Ese Amor entonces se manifestará en su vida diaria a través de estas diez características. Por favor, no piensen que Dios favorece a ciertas personas o que da Sus dones solo a aquellos que son buenos, etc.

(1:5) El que sean especiales es, por supuesto, una condición estrictamente temporal, establecida en el tiempo a fin de que los conduzca más allá de él.

En este sentido, alguien como Jesús es especial. Todas las relaciones especiales se basan en la idea de que somos diferentes uno del otro. Tienes algo especial que necesito y quiero obtenerlo de ti; eso es el amor especial. O tienes ciertos rasgos especiales que odio y, por lo tanto, tengo la justificación de atacarte; eso es el odio especial. Pero todos se basan en la idea de que somos diferentes. El Curso deja muy claro que somos diferentes en el tiempo, pero no somos diferentes en la eternidad. Por lo tanto, el Curso habla de las etapas iniciales y avanzadas de un maestro de Dios. La sección sobre confianza (M-4.I) describe seis etapas en el desarrollo de la confianza. Obviamente se trata de diferencias: diferentes personas estarán en diferentes etapas. Ahora bien, siempre existe el peligro de tratar de determinar quién está en qué etapa y cuándo llegó allí, etc.; ese es un truco del ego.

Pero en este mundo hay diferencias, así que Jesús en el Curso básicamente nos dice: «No soy diferente de ti en la eternidad, pero en el tiempo soy diferente porque soy más sabio que tú. He despertado del sueño y ahora me extenderé para ayudar a todos los que vienen detrás y no han despertado de ese mismo sueño». En el tiempo hay diferencias; no se nos pide que lo neguemos. El propósito sería que no emitiéramos juicios basados en las diferencias. El hecho de que Jesús ya despertó del sueño no significa que sea mejor que ningún otro o que Dios lo ame más. Simplemente significa que, a estas alturas, él se ama a sí mismo más de lo que nos amamos nosotros. Pero esas diferencias desaparecen cuando desaparece el ego. Esta misma idea se expresa cuando Jesús dice: «No eres inocente en el tiempo, sino en la eternidad» (T-13.I.3:2). En el mundo del tiempo, que es el mundo de la ilusión, el mundo del sueño, todos somos culpables. De lo contrario, no estaríamos aquí. Pero esa no es nuestra verdadera realidad en el Cielo: todos somos iguales en el Cielo. En este mundo no somos iguales.

(1:6-7) Estos dones especiales, nacidos de la relación santa hacia la que se encamina la situación de aprendizaje-enseñanza, se convierten en algo característico de todos los maestros de Dios que han avanzado en su aprendizaje. En este sentido todos son iguales.

Lo que da origen a estos dones especiales, entonces, es la relación santa. Evolucionamos y aceptamos estas diez características mediante el proceso de ir desprendiéndonos de todos los sentimientos negativos con respecto a nosotros mismos, entre uno y el otro y acerca de Dios. En eso estriba el perdón. Como dije antes, el perdón no hace nada: deshace. Simplemente quita lo que el ego ha puesto allí.

Dios nos ha dado Su amor como nuestra verdadera Identidad. Pero lo hemos encubierto con la culpabilidad, el odio y el miedo. Así que no tenemos que hacer nada con respecto al Amor de Dios en nuestro interior, ya está allí. Pero sí tenemos que identificar las interferencias que hemos colocado entre nosotros y la presencia del amor en nuestras mentes, para que el perdón pueda eliminarlas. Así es como avanzamos en nuestro camino espiritual.

Entonces, el perdón nos permite aceptar estos dones especiales al ayudarnos a deshacer o eliminar todos los pensamientos de ego que hemos puesto en nuestras mentes para ocupar el lugar del pensamiento de Amor que Dios nos dio. Estos dones especiales, por lo tanto, nos caracterizarán a todos una vez que elijamos el perdón. Al repasar la mayoría de estas características, veremos que tener una implica tener las demás. Las diez son realmente formas diferentes de hablar sobre lo que debe derivarse automática e inevitablemente de no creer en el pecado y la culpabilidad. Y el perdón es el proceso por el cual eso sucede.

(2:1-2) Todas las diferencias que puedan existir entre los Hijos de Dios son temporales. No obstante, puede afirmarse que, en el tiempo, los maestros de Dios más avanzados poseen las siguientes características:

Al final, todas las diferencias desaparecerán. Pero mientras estemos en el tiempo habrá quienes estén «más avanzados». Nuevamente, existe un peligro real en tratar de identificar quién ha «avanzado» y quién no; siempre es el ego el que haría eso, porque al ego siempre le interesan las diferencias. Y si el ego lo está haciendo, podemos partir de la suposición que será un error. Cuando el ego hace algo, siempre juzga basándose en la forma, nunca en el contenido. Y esa es una de las principales formas de distinguir entre una relación especial y una relación santa. Una relación especial siempre evalúa el amor basado en la forma: para el ego, el amor siempre es cuantitativo en lugar de cualitativo. Del mismo modo, el odio siempre se basa en la forma: odio algo en ti o te odio a ti. No reconozco que lo que odio en ti es realmente lo que odio en mí mismo, lo que significa que ambos somos iguales.

Todo especialismo —todo lo del ego— se basa en diferencias. Y todas las diferencias se evalúan según la forma. Entonces, cuando tratamos de determinar quién está más o menos avanzado espiritualmente, para hacer tal evaluación, siempre utilizamos una serie de criterios en la mente basados en la forma.