Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte II
¿Cuáles son las características de los maestros de Dios?
Confianza (M-4.I)

Comenzaremos con la confianza, que, como explica el Curso, es la característica más importante, porque todas las demás se basan en ella. A medida que revisamos las características, veremos que el Curso casi siempre las describe como cualidades que niegan o deshacen alguna característica del ego. En otras palabras, no es que las diez características sean positivas de por sí; más bien son la negación o la negativa de lo que el ego ha hecho realidad.

Una línea importante en el texto, que en realidad es un principio que ayuda a aclarar todo el sistema de pensamiento del Curso, dice que «la tarea del obrador de milagros es… negar la negación de la verdad» (T-12.II.1:5). Esta idea extremamente importante se expresa de muchas maneras diferentes a lo largo del Curso, pero esta es la declaración más clara y sucinta de ella: nuestra tarea es negar la negación de la verdad. Nuestra tarea no es afirmar la verdad. Como dice la Introducción, el objetivo del Curso no es enseñar o explicar el significado del amor. Es ayudarnos a «despejar los obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor» (T-in.1:6-7).

Entonces nuestra tarea no es afirmar la verdad. No es seguir diciendo como mantra lo maravillosos que somos todos. La idea es mirar la negación de la verdad por parte del ego, comprender su sistema de pensamiento y luego decir: «Esta no es la verdad». Miramos esa negación de la verdad por parte del ego, y negamos que su negación sea la verdad. El ego dice que su negación de la verdad es verdad: dice que Dios no es amor, sino que Dios es odio, Dios es vengativo y Dios es de temerse. Y esa es la negación de la verdad.

Todos hemos aceptado como realidad la negación del ego. Y, como mencioné antes, esa negación desencadena toda la fabricación del mundo. El mundo entero está hecho como una defensa y, por lo tanto, un ataque contra el Amor de Dios. Entonces, queremos mirar el sistema de pensamiento del ego, que niega que Dios sea Amor, niega que seamos hijos del amor y niega que todos los demás sean hijos del amor; y tras mirar todo eso, queremos decir que no tiene sentido. No necesariamente hacemos esto confrontando la aparente enormidad del sistema de pensamiento del ego de un solo golpe. Esa enormidad se refleja cada vez que elegimos enojarnos, sentir culpa, miedo, ansiedad o estar enfermos. Podemos ver la negación de la verdad que el ego ha hecho realidad en cada uno de estos casos y decir: «Hay otra forma de mirar esto». Ese es el proceso de Un curso de milagros.

Por ejemplo, si tengo pensamientos asesinos hacia ti porque creo que me has tratado injustamente, esa es la negación de la verdad. Mi ego podría decir: «Es verdad, mereces ser asesinado porque eres tan pecaminoso, etc.». Pero otra parte de mí podría decir: «No solo tú mereces que te asesinen, sino yo también merecía lo que me hiciste por lo terrible que soy». Entonces, la idea es que simplemente miremos estos pensamientos y digamos: «Esto no tiene sentido». En otras palabras, no las tomamos en serio, y luego desaparecen.

Entonces, cuando el Curso comenta estas diez características, muy a menudo realmente habla de la característica opuesta. Un claro ejemplo es la sección posterior sobre la apacibilidad (M-4.IV), que comienza hablando de hacer daño o de la nocividad. La verdad es que Dios es apacible. La negación de la verdad es que Dios es nocivo, que Dios nos va a hacer daño y que tenemos que ser nocivos para protegernos. Miramos, pues, esta forma de pensar y decimos: «¡Qué tontería!». Cuando soltamos la nocividad del ego, lo que queda es la apacibilidad de Dios. Básicamente pues, las diez características en su totalidad constituyen la negación de la negación de la verdad.

La primera característica y la más fundamental es la confianza. La confianza niega la negación de la verdad por parte del ego. La verdad, por supuesto, es que se puede confiar en Dios. El ego nos dice: «No confíes en Dios. Ni siquiera te acerques a Él porque te destruirá por la cosa funesta que le has hecho». El ego nos ha enseñado a no confiar en el Amor de Dios. También nos ha enseñado a no confiar en la presencia del Espíritu Santo en nuestras mentes, porque el ego nos dice: «Si te acercas demasiado al Espíritu Santo, Él te llevará de regreso a Dios, Quien te destruirá». El ego continúa: «No confíes en el Espíritu Santo, pues Él te dice que es tu Amigo. Te dice que te ama. Te dice que la idea de que Dios está enojado y quiere destruirte es puro cuento. No le creas». Y todos hemos creído en el ego. Hemos aceptado que la negación de la verdad es verdad: que Dios y el Espíritu Santo no son de fiar, sino que mejor confiemos en el ego. Entonces, cuando hablamos de confianza, realmente estamos hablando de mirar lo que el ego nos ha dicho: que no podemos confiar en Dios. Y luego decimos: «Pero eso no es cierto. Puedo confiar en Él». De eso tratan los siguientes párrafos:

(1:1) He aquí la base sobre la que descansa su capacidad para llevar a cabo su función.

«Su», por supuesto, se refiere a la de los maestros de Dios avanzados.

(1:2-3) La percepción es el resultado de lo que se ha aprendido. De hecho, la percepción es lo que se ha aprendido, ya que causa y efecto nunca se encuentran separados.

Este principio de causa y efecto es clave en el Curso, así que permítanme decir un poco más al respecto. En el nivel del Cielo, Dios es la primera Causa y nosotros, como Cristo, somos su Efecto. Si la causa y el efecto nunca se separan, nunca nos hemos apartado de Dios. Y si nunca nos hemos apartado de Dios, todo el sistema de pensamiento de separación es un error. Desde el mismo comienzo, el ego nos ha dicho que efectivamente nos apartamos de Dios, que el efecto se apartó de su causa y, por lo tanto, que la separación es real. Y dado que nuestro abandono de Dios constituyó un ataque contra Él, Dios está furioso con nosotros. El principio de Expiación, representado por la presencia del Espíritu Santo en nuestra mente, afirma que la separación nunca sucedió. Es solo una tonta idea loca que no ha tenido efecto alguno. Así que, en esencia, el principio de Expiación dice que causa y efecto son siempre uno: el efecto nunca ha abandonado su causa. El ego nos dice justo lo contrario.

El mismo principio de causa y efecto se aplica al mundo. El Curso dice: «La proyección da lugar a la percepción». De hecho, lo dice dos veces (T-13.V.3:5; T-21.in.1:1). Significa que primero miro hacia dentro y establezco lo que es real. Desde el punto de vista del ego, miro hacia dentro y establezco que la separación y la culpabilidad son reales, y luego las proyecto. Entonces tengo la impresión de percibir fuera de mí lo que realmente he percibido primero dentro de mí. De modo que, si me siento culpable y separado, miraré un mundo en el que juzgo a todos los demás como culpables; obviamente estoy viendo un mundo separado de mí. Pero el problema no es lo que estoy percibiendo fuera de mí; eso no es más que la proyección de lo que hay dentro de mí.

Por lo tanto, no quiero cambiar el exterior. Quiero cambiar mi mente, ahí es donde está el problema. En otras palabras, quiero cambiar lo que aprendo en mi interior, lo cual en realidad significa que quiero cambiar mi elección de maestro. Por eso el Curso dice que el proceso es simple: solo tenemos dos maestros en la mente. Y en cualquier momento dado, lo único que tenemos que elegir es de cuál maestro queremos aprender: del ego o del Espíritu Santo.

Nuestro problema es que no podemos distinguirlos. Todo el sistema de pensamiento y la práctica del Curso consiste en aprender a distinguir a estos dos maestros. Una vez que elija de quién voy a aprender, percibiré —experimentaré— el mundo (para el Curso percibir significa experimentar) a través de la lente de mi maestro. Cuando aprendo del ego, percibo y experimento el mundo de la separación y el ataque. Cuando aprendo del Espíritu Santo, experimento el mundo como un aula de clase en la que todos —víctimas y victimarios, buenos y malos— están aquí para aprender la misma lección: cómo despertar de esta pesadilla. Eso significa la frase «la percepción es lo que se ha aprendido».

(1:4-5) Los maestros de Dios tienen confianza en el mundo, porque han aprendido que no está regido por las leyes que el mundo inventó. Está regido por un poder que se encuentra en ellos, pero que no es de ellos.

Cuando el ego es mi maestro, creo en el poder de las leyes con las que se fabricó el mundo del ego. Y estas son siempre leyes de separación, ataque, pérdida, dolor, culpa y muerte. Cuando el Espíritu Santo es mi maestro, miro a través de Sus ojos a un mundo que opera bajo otra serie de leyes: las leyes del perdón. Esto significa que, aunque no estoy en control de lo que haces o de lo que hace el mundo, estoy en control de la forma en que los experimento. Por lo tanto, si elijo identificarme con el Espíritu Santo, me sentiré en paz, no importa lo que pase. Esa es la ley del mundo interpretada por el Espíritu Santo: no importa lo que pase en el mundo, no soy una víctima porque solo soy víctima de mis propios pensamientos. No puedo cambiar lo que el mundo hace, pero puedo cambiar cómo pienso con respecto a lo que el mundo hace.

Las leyes del ego que inventaron el mundo son las leyes de víctimas y victimarios. Según estas leyes, no soy responsable de cómo me siento, porque alguien me lo ha hecho. La ley del Espíritu Santo, el perdón, que es la corrección de las leyes del ego, dice que nadie es víctima en este mundo a menos que elija serlo. En este momento, el problema no es lo que el mundo me ha hecho; mejor dicho, es la manera en que he elegido mirar lo que sucedió.

Y reconozco que este poder de Dios está en mi mente, pero no es de mi mente. No es de mi mente identificada con el ego, mi mente escindida; proviene de Dios. Y el Espíritu Santo es la presencia de ese amor en mi mente.