Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte III
¿Cuáles son las características de los maestros de Dios?
Confianza (M-4.I)(cont.)

(M-4.I.1:6-7) Este poder es el que mantiene todas las cosas a salvo. Mediante este poder los maestros de Dios contemplan un mundo perdonado.

Ahora, de acuerdo con las leyes del mundo, que es donde hemos depositado la confianza, ciertas cosas en el mundo nos protegen y nos mantienen a salvo. Las defensas nos mantienen a salvo. El ataque nos mantiene a salvo. El especialismo nos mantiene a salvo, asegurando mediante sus leyes que al manipular, engatusar, seducir y atacar a otros conseguiremos lo que queremos y necesitamos de ellos. Tenemos en gran estima a todas estas leyes que funcionan dentro del marco del ego. Obtengo lo que quiero de ti en este mundo haciendo que te sientas culpable para que me lo des. Por lo tanto, creo que lo que me mantiene a salvo es saber cómo controlar el mundo que me rodea.

Cuando nos identificamos con el Espíritu Santo y con Su Amor, no nos preocupamos por cuestiones de seguridad en el mundo. Sin embargo, eso no significa que no hagamos lo que todos hacen, sino que nuestra paz interior no depende de nada externo. Si mantengo mi mente enfocada en el Amor de Dios, siempre estoy a salvo porque mi percepción de peligro y amenazas no tiene nada que ver con el mundo exterior. Solo percibo una amenaza en el mundo porque me siento culpable por separarme de Dios y de la Filiación. Debido a esa culpabilidad, creo que se me debería castigar, pues la culpabilidad siempre exige un castigo. Todo mi miedo y sensación de vulnerabilidad proceden de mi sistema de pensamiento del ego, que me enseña que soy culpable. Y por ser un desgraciado tan culpable, terrible, inepto y pecaminoso, merezco que se me castigue.

Además, si algún aspecto de mi culpa proviene de mis pensamientos de ataque contra ti, he de creer que tienes justificación para corresponderme con un ataque. Y una vez que crea que vas a atacarme, debo creer que necesito defenderme contra tu ataque y que no estaré a salvo mientras no tenga una defensa. Pero si elijo identificarme con Aquel que realmente soy como el Hijo de Dios y como una extensión de Su Amor, no hay culpabilidad, lo que significa que no hay miedo ni amenaza de castigo. Y sé que estoy perfectamente a salvo.

Jesús sabía esto en la cruz. A pesar de lo que el mundo hubiera dicho que era una amenaza tremenda, él sabía que no podía sufrir daño porque él conocía Quién era. A pesar de lo que le estaban haciendo a su cuerpo, sabía que él no era su cuerpo. No había culpabilidad en su mente, que exigiera castigarse. Por lo tanto, a pesar de lo que los ojos del cuerpo estaban viendo, él no percibía que el mundo fuese amenazante y punitivo. La idea es no creerles a los ojos del cuerpo porque, al igual que con una marioneta, los ojos simplemente ven lo que el titiritero, o la mente, les dice que vean.

Casi cualquiera de nosotros que se encontrara en la situación en que Jesús se encontraba en la cruz diría: «Estoy en gran peligro». Y debajo de ese pensamiento está otro: «Me encuentro en gran peligro por el gran daño que he hecho». Nuestra mente, en ese momento, una mente de miedo y de culpa, dictaría que el cuerpo debiera reaccionar en consecuencia. En otras palabras, el cuerpo debería sentirse atemorizado y culpable, atacar, enfermarse, verse lesionado y morir. Dado que la mente de Jesús únicamente se identificaba con pensamientos de amor, su mente solo le impartió a su cuerpo un mensaje de amor. Por eso dice en el Curso que el mensaje de la crucifixión es: «Enseña solamente amor, pues eso es lo que eres» (T-6.I.13:2). Eso es lo que él enseñó: no había pensamientos de culpabilidad, ataque, sufrimiento, enfermedad o muerte en su mente.

Y eso es lo que significa la confianza. Jesús confiaba en que el Amor del Espíritu Santo es el Amor de Dios y que él era ese Amor. A esas alturas, sabía que cualquier otra cosa, cualquier otro pensamiento, formaba parte de un sueño irreal. En el Curso, Jesús no nos pide que aprendamos o enseñemos esa lección de la misma forma que él lo hizo, pero sí dice que debemos adoptarlo a él de modelo. Debemos aprender de lo que él nos enseñó, es decir, cómo permanecer sin defensas, estar en paz y ser del todo amorosos, así como sentirnos totalmente seguros y a salvo en una situación que al mundo le parecería abrumadoramente temible y amenazante.

El miedo, por lo tanto, no proviene de nada externo; el miedo proviene de nuestra propia culpabilidad. Confianza significa que confío en el amor dentro de mí, que no me castigará ni crucificará, sino que me protegerá simplemente por ser lo que es. Debido a este poder —el Amor de Dios o el Espíritu Santo en mi mente— contemplo a un mundo perdonado. En mi mente, no hay pecado que yo tenga necesidad de proyectar sobre ninguna otra persona. En este sentido, Jesús no tenía necesidad de perdonar a ninguno desde la cruz, pues nada en él estaba atacando a nadie. El perdón es simplemente deshacer. Mirar un mundo perdonado es ver un mundo en el que no hay pensamientos de pecado o ataque. Lo que vemos fuera de nosotros es simplemente el espejo de lo que está dentro, en nuestras mentes. Entonces, si solo veo amor dentro, afuera solo veré amor, en la forma en que se corrija o se deshaga el ataque del ego.

(2:1) Una vez que hemos experimentado ese poder, es imposible volver a confiar en nuestra insignificante fuerza propia.

Una vez que hemos tenido una noción de la experiencia del Amor de Dios en nuestro interior, todos los demás pensamientos que tenemos se deshacen totalmente. Incluso si la experiencia dura tan solo un instante, ese instante será suficiente; nunca más, creeremos en el ego cien por ciento del tiempo. Con una sola experiencia del Amor de Dios, realmente sabemos, aunque sea por un instante, que hemos sido perdonados. Entonces, no importa cuánto intentemos bloquear o borrar esa experiencia en el futuro, el recuerdo siempre permanecerá dentro de nosotros.

(2:2) ¿Quién trataría de volar con las minúsculas alas de un gorrión, cuando se le ha dado el formidable poder de un águila?

El «gorrión» obviamente es el ego y «el formidable poder del águila» se refiere al Espíritu Santo. Esas mismas imágenes se usan en el texto: «No le preguntes a un gorrión cómo se eleva el águila, pues los alicortos no han aceptado para sí mismos el poder que pueden compartir contigo» (T-20.IV.4:7). En este mundo, siempre le pedimos al ego que nos hable de Dios y de la salvación, la felicidad y la paz, en lugar de pedírselo al Espíritu Santo, la presencia del Amor de Dios en nuestras mentes. Esta es la misma idea: una vez que comencemos a permitirnos tener la experiencia de dejar que el Amor de Dios sea nuestra seguridad en el mundo, en lugar de todas las pequeñeces que el mundo nos dice que nos pondrán a salvo, será muy difícil que volvamos a confiar del todo en las cosas del mundo. Eso no significa que no vamos a oscilar entre el ego y el Espíritu Santo, o que no nos sintamos tentados de reconstruir la vida de nuestro ego. Pero siempre habrá una parte de nuestras mentes que ha tenido la experiencia del Amor de Dios, que nos recordará que, cuando nos desprendimos de la inversión en nuestro ego, cuando realmente soltamos un rencor que anduvimos acarreando durante años, nos sentimos mejor. Entonces, en el futuro, cuando nos sintamos tentados de aferrarnos a un resentimiento, al menos ahora, en esta vida, llevaremos dentro un recuerdo que dice: «Hubo aquella vez que solté mi resentimiento, y funcionó».

(2:3) ¿Y quién pondría su fe en las miserables ofrendas del ego, cuando los dones de Dios se encuentran desplegados ante él?

Una línea en el texto dice que el Espíritu Santo enseña a través del contraste (T-14.II.1:2-3). Cualquier buen maestro sabe que el contraste siempre es una forma útil de comunicar una lección. Y para darse a entender, el Curso siempre usa de una u otra forma el contraste entre lo que el ego nos ofrece y lo que el Espíritu Santo nos ofrece. En el Curso, el objetivo de Jesús es que, con cada situación que enfrentemos, podamos ver con mayor claridad el contraste en nuestras mentes, y que podamos reconocer con el tiempo lo que el ego nos ofrece. Así que si procedo con el rumbo que llevo —es decir, enojándome y buscando venganza— eso generará más culpabilidad y miedo, pero ciertamente no me dará paz ni sensación alguna de estar a salvo.

Pero si procedo —y no tiene nada que ver con la forma sino con una actitud— sin venganza ni enojo, y estoy en paz, el Espíritu Santo me brindará la paz. En ese momento, ¿por qué elegiría yo el mísero regalo del ego, que sería malestar, ansiedad, miedo, culpa, etc., cuando puedo tener el regalo de Dios, que sería Su paz? Entonces, el propósito de Un curso de milagros es ayudarnos a aprender a diferenciar en todo momento entre estos dos regalos. Y siempre son los mismos: el regalo del miedo o el regalo del amor. Repito, no estamos hablando de comportamiento, estamos hablando de una actitud.

Por lo tanto, si tenemos una experiencia de este poder y luego sentimos que estamos volviendo a confiar en nuestra propia fuerza insignificante, eso reflejaría una elección de no tener el Amor de Dios. Es sumamente útil, cuando caemos en la tentación de sentirnos molestos, enojados, culpables, ansiosos, temerosos, furiosos, enfermos o lo que sea, que nos demos cuenta en ese momento que hemos devaluado el Amor de Dios y básicamente hemos dicho: «No lo quiero». Hemos cambiado el regalo de Dios por el regalo del ego. Esto se manifestará, sin excepción, con enojo, culpa, miedo, etc. Es imposible tener un pensamiento, una emoción o una reacción que no sea lo que hayamos elegido. Imposible, porque ninguna mente tiene el poder de hacernos nada, ningún cuerpo tiene el poder de afectarnos de modo alguno, a menos que le demos a esa mente o a ese cuerpo el poder. Y ese es el problema.

Si estoy molesto, es porque te di mi paz. Ahora bien, la mayoría de las cosas que nos molestan son relativamente triviales. Si pudiéramos ver eso y luego decir, por ejemplo: «Viste, le regalé mi paz de Dios a este niño de diez años que me hizo enojar. ¡Le regalé la paz de Dios! Se la entregué». Es absurdo, pero eso es lo que hacemos. O voy conduciendo por la carretera, felizmente acompañado de Dios y sintiendo Su Amor, y de repente me dejo fastidiar por otro conductor. He renunciado a mi experiencia de paz y amor para dársela a ese conductor. Ahora bien, si me pudiera quedar bien claro lo que he elegido hacer, sería muy difícil que tuviese justificación de culpar a todas las cosas de este mundo que he considerado responsables de mi malestar.

En cierto sentido, podríamos reducir todo Un curso de milagros a esa enseñanza. Nos vendría muy bien entender que cada vez que estamos molestos es porque deliberada y resueltamente —aunque sin darnos cuenta— hemos tomado la decisión de no valorar el Amor y la paz de Dios. Le atribuimos más valor a enojarnos, a enfermarnos o a estar ansiosos. Pero, dado que nosotros elegimos al ego, con la misma facilidad podemos revocar nuestra decisión en la mente. De modo que ese es el significado de: «¿Quién trataría de volar con las minúsculas alas de un gorrión, cuando se le ha dado el formidable poder de un águila?».