Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte IV
¿Cuáles son las características de los maestros de Dios?
Honestidad (M-4.II)

Nos saltaremos la siguiente sección, «El desarrollo de la confianza». Es una sección importante, pero nos desviaría un poco.

Pasemos a la segunda característica, la honestidad. La honestidad en el Curso no es lo que pensaríamos. No tiene que ver con el comportamiento o las palabras. Se refiere a la coherencia de lo que hacemos o decimos con lo que pensamos. Por ejemplo, desde la perspectiva del mundo, visitar una funeraria y aparentar que estoy triste al arrodillarme junto a un ataúd y rezar por alguien que ni siquiera está allí es deshonesto. Pero no es deshonesto si mi comportamiento es coherente con el pensamiento amoroso en mi mente. Mi comportamiento es una forma de unirme en amor con los otros que se encuentran allí afligidos por su duelo. Y eso es lo que hace que mi comportamiento sea coherente con el pensamiento en mi mente.

(1:1-2) Todas las demás características de los maestros de Dios se basan en la confianza. Una vez que esta se ha alcanzado, las otras le suceden naturalmente.

Como sabemos, todo el sistema de pensamiento del ego se basa en nuestra negación de que se puede confiar en Dios. La aceptación del sistema de pensamiento del Espíritu Santo se basa en negar la negación del ego. Entonces, una vez que realmente sé que puedo confiar en el Espíritu Santo, no tengo necesidad en ese momento de aferrarme a las pequeñas alas de un gorrión. La única razón por la que me aferraría al miedo, al pecado, a la culpabilidad, a la separación, al ataque y a la soledad, es que le tengo miedo al Amor de Dios.

El sistema de pensamiento del ego es intencional. Su función es protegernos del Amor de Dios porque nuestras mentes no lo valoran. Al principio, en ese instante original, elegimos no valorar la enseñanza del Espíritu Santo de que el ego y sus efectos eran inventados. Dijimos que no queríamos la corrección del Espíritu Santo, sino que en Su lugar queríamos al ego. Pero una vez que cambiamos de mentalidad y decimos que ya no valoramos al ego, sino al Amor de Dios por ser lo único que deseamos y que no le tenemos miedo, todo lo que el ego nos ha enseñado ya no tiene un propósito para nosotros. Simplemente lo dejamos ir, y todas las demás características le siguen automáticamente.

(1:3) Solo los que tienen confianza pueden permitirse ser honestos, pues solo ellos pueden ver el valor de la honestidad.

Todo el sistema de pensamiento del ego se basa en una mentira. Al igual que en la historia de Adán y Eva, que es una forma maravillosa de simbolizar el nacimiento del ego, el diablo —o la serpiente— miente. Todo el sistema de pensamiento del ego se basa en un pensamiento deshonesto, a saber, que nos hemos separado de Dios y que Dios está furioso con nosotros. Dios ni siquiera sabe de nosotros, entonces, ¿cómo podría estar enfadado?

En otras palabras, desde el mismo comienzo, cuando elegimos al ego, valoramos la deshonestidad. Nos asustamos y no valoramos la honestidad. Entonces, cuando ahora decimos: «Confío en el Espíritu Santo y no en el ego», estamos valorando la honestidad o la verdad.

(1:4-6) La honestidad no se limita únicamente a lo que dices. El verdadero significado del término es congruencia: nada de lo que dices está en contradicción con lo que piensas o haces; ningún pensamiento se opone a otro; ningún acto contradice tu palabra ni ninguna palabra está en desacuerdo con otra.

Justo al principio, el pensamiento del ego se opuso al pensamiento del Espíritu Santo, de modo que la mente escindida se convirtió en un campo de batalla, un lugar de oposición. Desde el punto de vista del ego, está en guerra con Dios, se opone a Dios. El ego dice mentira tras mentira, primero inventando un Dios que está encolerizado, y luego inventando un mundo que según el ego nos pondrá a salvo y nos protegerá de la ira de Dios. Pero luego se hace evidente que el mundo no es un lugar seguro, porque todos los que están en el mundo sufren dolor y todo el mundo muere. Este mundo no es seguro.

El ego miente a cada paso, desde el mismo comienzo hasta el final. Inventa un mundo a partir de una mentira, la mentira es que el mundo nos defenderá y nos protegerá, que el cuerpo nos protegerá. Pues, el cuerpo es una pésima protección: siempre se descompone y a la larga se va a morir. Desde el principio una incoherencia le sigue a otra.

(1:7-9) Así son los verdaderamente honestos. No están en conflicto consigo mismos en ningún nivel. Por lo tanto, les es imposible estar en conflicto con nadie o con nada.

Eso es lo que me permite, pues, acudir a una funeraria y unirme con todos, pareciendo que estoy dolido. Solo hay amor dentro de mí y el amor solo se une. Lo único importante es mi unión con todos los demás. Me uno con todas las personas en la funeraria, con toda mi familia y mis amigos que creen que han sufrido una pérdida y que algo terrible ha sucedido, lo cual les recuerda la pérdida original que creen haber sufrido.

Pero si llego pronunciando las palabras de Un curso de milagros, me estoy separando de ellos. Les estoy diciendo que su percepción de separación y pérdida es correcta porque les estoy demostrando que la separación es real. Todos están allí unidos en su dolor. Si yo llego enarbolando la bandera de «la verdad» y «el amor», etc., no me uno a ellos; me separo de ellos. Quiero unirme con ellos en un nivel que pueden aceptar y comprender: eso es honesto. Mi honestidad no radica en recitar la verdad de Un curso de milagros. Mi honestidad procede de unirme primero con el amor dentro de mi mente que luego me dirige y me guía a unirme con personas en el nivel de la forma.

Permítanme leer algo del texto que aclara este punto. Este pasaje es útil cuando nos vemos tentados de caer en la trampa de predicar la verdad de una manera que realmente es un ataque. El contexto de esta sección es el uso de la magia o la medicina. Está diciendo que usar la magia o la medicina no es pecaminoso y, de hecho, a menudo es amoroso porque nos unimos con personas en el nivel en el que se encuentran.

El valor de la Expiación no reside en la manera en que se expresa [en el nivel de la forma]. De hecho, si se usa acertadamente, se expresará inevitablemente en la forma que le resulte más beneficiosa a aquel que la va a recibir. [Entonces, si lo más útil para alguien que está penando por la muerte de un ser querido es unirnos al doliente allí, eso es lo que hacemos.] Esto quiere decir que para que un milagro sea lo más eficaz posible debe expresarse en un lenguaje que el que lo ha de recibir pueda entender sin miedo (T-2.IV.5:1-3).

Si entro a la funeraria, creyendo que soy el símbolo del perfecto Amor de Dios y pronunciando todas estas verdades perfectamente maravillosas, es casi seguro que las otras personas lo experimentarían como una amenaza. Por lo tanto, no sería útil porque solo aumentaría su miedo.

Eso no significa que ese sea necesariamente el más alto nivel de comunicación de que dicha persona es capaz. Significa, no obstante, que ese es el más alto nivel de comunicación de que es capaz ahora. El propósito del milagro es elevar el nivel de comunicación, no reducirlo mediante un aumento del miedo (T-2.IV.5:4-6).

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Lo que es honesto no es la forma. La forma no es la que es verdad, sino el amor que la inspira. Y el amor siempre conducirá a una expresión de unión. No queremos caer atrapados en la idea de que, para ser el perfecto maestro de Un curso de milagros y demás, tengamos que parecer y actuar como una persona santa y espiritual; esa es una idea del ego.

(2:1-2) La paz de la mente que los maestros de Dios avanzados experimentan se debe en gran medida a su perfecta honestidad. Solo el deseo de engañar da lugar a la pugna.

La razón por la que no estoy en paz no tiene que ver con nada fuera de mí. No estoy en paz porque he elegido no estar en paz: me he visto en guerra con Dios. Y cuando hago realidad mi guerra con Dios en mi mente, ese pensamiento debe proyectarse y fabricar un mundo que también cree estar en guerra. Por lo tanto, la experiencia de todos es que el mundo es un campo de batalla: tengo que cuidarme y asegurarme de que otras personas no me lastimen. Por lo tanto, no estoy en paz porque creo que estoy viviendo en una zona de batalla.

Pero si pudiera ser perfectamente honesto —es decir, identificarme con la honestidad de Dios y la verdad del Espíritu Santo—, sabría que no hay guerra. Y si no hay un campo de batalla en mi mente, no percibiré el mundo como un campo de batalla. Entonces, no importa lo que pase a mi alrededor, estaré en paz.

(2:3) El que es uno consigo mismo no puede ni siquiera concebir el conflicto.

Eso es básicamente una tautología. Si soy uno conmigo mismo, mi mente no está escindida y no puede haber conflicto.

(2:4) El conflicto es el resultado inevitable del autoengaño, y el autoengaño es deshonestidad.

El conflicto surge porque me he engañado acerca de quién soy. He escuchado la voz del ego, que es la voz deshonesta, y he bloqueado la Voz del Espíritu Santo, que es la Voz de la honestidad. Una vez que he elegido contra mí mismo, debo estar en conflicto. Debo estar en un estado de deshonestidad; eso significa que valoraré la deshonestidad y no valoraré la honestidad o la verdad. Una vez que creo que estoy en conflicto o en guerra conmigo mismo, también debo creer que estoy en guerra con todos los demás, y que todos los que habitan este mundo están en conflicto conmigo.

No solo me estoy engañando a mí mismo acerca de quién soy como hijo de Dios, sino que también me estoy engañando a mí mismo acerca de quién eres como mi hermano o hermana en Cristo. Como todos formamos parte del mismo yo, no solo estoy en conflicto en cuanto al yo que estoy experimentando como mí mismo, sino que también estoy en conflicto con el yo colectivo más grande. Estoy viendo a todos los que componen ese yo o mente más grande en desacuerdo con todos los demás. Entonces, todo en el mundo parece estar en conflicto y, por lo tanto, todo ha de ser un engaño, porque el conflicto no es la verdad. La verdad es que todos somos uno.

(2:5-6) Para un maestro de Dios nada supone un desafío, pues ello implicaría que se abrigan dudas, y la confianza en la que los maestros de Dios descansan con absoluta seguridad hace que les sea imposible dudar.

Nuestra sociedad siempre valora a las personas que superan grandes desafíos y adversidades. Estos son los héroes: personas que poseen una gran valentía. Desde el punto de vista del Curso, todos estos son aspectos del intento del ego de triunfar y demostrar que es más grande que Dios.

Consideremos a Jesús como un ejemplo: no era un hombre valiente. No tenía valor en absoluto. Simplemente era quien era. No había nada que él tuviera que superar, nada que le requiriera ser valiente. La valentía, el valor y demás son atributos del ego. El ego ha inventado un mundo que tiene que ser superado, y luego derrocha muchísimo tiempo y energía tratando de superar los obstáculos que él mismo ha fabricado. Su propósito es distraernos de lo único que tenemos que recordar, que es Quién somos. Eso no requiere valentía ni valor ni esfuerzo. Simplemente tiene que deshacerse todo lo demás que hemos interpuesto entre nosotros y Dios. Entonces no hay desafío alguno.

Pero una vez que somos deshonestos, nos hemos separado de la honestidad de Dios. Así que creamos un mundo deshonesto como respuesta deshonesta a una pregunta deshonesta. Nuestro gran desafío en la vida es superar todos los obstáculos. Pero todo es pura invención. No hay reto. Una vez que recordamos Quién somos, desaparecen todas las dudas, desaparecen todos los obstáculos y desaparece la necesidad de triunfar. Recuerden, el sistema de pensamiento del ego comienza con su premisa de que ha triunfado sobre Dios, que ha vencido a su enemigo. Finalmente se ha liberado de la tiranía del amor perfecto y ha establecido su mundo opuesto, el mundo de la oposición. A partir de ese momento, todo lo que haga el ego implicará algún tipo de triunfo. Y así, en este mundo siempre estamos tratando de triunfar unos sobre otros, sobre la adversidad, sobre otros que están tratando de atacarnos, y así sucesivamente. La expresión popular, «el amor todo lo vence», implica que hay que vencer algo ahí fuera. Sin embargo, una vez que aceptamos como nuestras la honestidad de Dios y la verdad del Espíritu Santo, Dios se convierte en Alguien en Quien confiamos. No hay duda de Él o de Su Amor, y no hay duda de nuestra verdadera Identidad. Así que no hay desafío.

(2:7) Por lo tanto, solo pueden triunfar.

Esto no significa necesariamente que los maestros de Dios tendrán éxito en el mundo. Pero tampoco fracasarán necesariamente. Es irrelevante si tienen éxito o fracasan en el mundo. Cuando nos esforzamos por alcanzar algo en el mundo, buscando superar algo, tener éxito o evitar el fracaso, obviamente estamos haciendo real el mundo que está ahí fuera. Y el mundo se fabricó simplemente como una defensa contra nuestra verdadera naturaleza como el Hijo de Dios. El mundo es una gigantesca cortina de humo. Una vez que creemos que hay que cambiar, vencer o triunfar contra algo que está ahí fuera, hemos caído en la trampa del ego.

(2:8-12) En esto, como en todo, son honestos. Solo pueden triunfar porque nunca hacen su propia voluntad. Eligen por toda la humanidad, por todo el mundo y por todas las cosas que en él habitan; por lo que es inalterable e inmutable más allá de las apariencias, y por el Hijo de Dios y su Creador. ¿Cómo no van a triunfar? Eligen con perfecta honestidad, tan seguros de sí mismos como de su elección.

La frase «nunca hacen su propia voluntad» significa, como antes mencionamos, que no creen en intereses separados. Reconocen que su voluntad es una con la voluntad de la Filiación, así como con la Voluntad de Dios. Entonces, al elegir estar en paz, debo estar eligiendo que todos los demás también estén en paz. Si todos somos hijos del único Dios, parte de la única Mente y el único Hijo, entonces no puede ser que yo tenga una voluntad diferente a la de ningún otro, incluido mi Creador. La creencia de que tengo una voluntad separada de la de Dios fue el pensamiento original del ego. Ese pensamiento luego se protegió y se defendió creando un mundo en el que los intereses separados parecen ser la ley.

De ahí se desprende, pues, que no me importa lo que te pase a ti, a tu familia, a tu religión o a tu país. Solo me importa lo que me pase a , a mi familia, a mi religión, a mi país y a todos los grupos con los que me identifico. Pero, cuando reconozco que todos somos uno y que no puedo abrigar ningún pensamiento que separe o ataque, y estar en paz, también reconozco que puedo tomar la decisión de elegir de manera diferente.

La elección «por lo que es inalterable e inmutable más allá de las apariencias» es la elección a favor del Cristo que está en todos nosotros. A pesar de todas las aparentes diferencias que nos mantienen separados en este mundo, lo que nos une es que todos tenemos la misma Fuente, todos tenemos la misma Mente. El mundo fue creado para dar fe de la mentira, a saber, que todos somos diferentes. Por lo tanto, mi lealtad no es hacia el mundo como un grupo de cuerpos separados ni hacia el planeta como un organismo vivo de por sí, como muchas personas hablan de él hoy en día. Mi lealtad y fidelidad son hacia la verdad más allá de todas las apariencias, hacia el Cristo que todos compartimos.

Al ir repasando cada una de estas características, encontraremos que diremos lo mismo una y otra vez, tal como lo encontramos en cada párrafo del Curso. Diferentes palabras, tal vez, y diferentes formas, pero el contenido es siempre el mismo.