Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte V
¿Cuáles son las características de los maestros de Dios?
Tolerancia (M-4.III)

Esta característica del maestro de Dios, la tolerancia, no es tolerancia en el sentido que el mundo generalmente la entiende; la tolerancia es más bien la ausencia de juicios. El mundo entiende el término como una máscara para el ataque: yo te tolero, yo soy una persona tolerante. El Curso está hablando de algo totalmente opuesto. Es una percepción o una visión que no ve diferencias o, en otras palabras, que solo ve lo constante y lo inmutable.

Ahora bien, ciertamente a los ojos del cuerpo todos somos diferentes. Cuando el Curso dice que no juzguemos, no significa que neguemos las diferencias que existen en el plano físico. Significa que no demos importancia a las diferencias. Cuando el Curso dice que no juzguemos, realmente quiere decir que no ataquemos. Todos los que están aquí tuvieron que formar un juicio para asistir a este taller. Todos tuvieron que formar un juicio para estudiar el Curso. Esos son juicios. No podemos estudiar todas las formas de espiritualidad en el mundo; por lo tanto, debemos formar un juicio. El Curso no está en contra de formar juicios. Simplemente nos pide que no lo hagamos por nuestra cuenta.

Pero, sobre todo, cuando dice que no juzguemos, el Curso quiere decir que no condenemos. Del mismo modo, cuando el Curso dice que no veamos a nuestro hermano como un cuerpo, no significa que neguemos que hay un organismo físico frente a nosotros. Eso sería tonto y el Curso no es tonto. Es simple, pero no es simplista. Cuando se nos pide que no veamos a nuestro hermano como un cuerpo, el Curso quiere decir que no lo juzguemos como un cuerpo, y que no veamos el cuerpo como siempre lo ve el ego, es decir, como un medio de atacar, de separar y de demostrar que Dios es una ilusión.

No se nos pide negar el cuerpo que tenemos en frente o el cuerpo que experimentamos como nosotros mismos. Se nos pide que no nos hagamos partícipes en la interpretación del cuerpo por parte del ego, que lo ve como un medio de ataque, como algo con lo cual atacar y ser atacado.

(1:1-2) Los maestros de Dios no juzgan. Juzgar es ser deshonesto, pues es asumir un papel que no te corresponde.

El Curso repite este tema muchas veces en el manual, así como en otros lugares. El Único que puede juzgar de manera justa, abierta y con gran sabiduría es el Espíritu Santo. Es una locura creer que podamos hacer un juicio razonable sobre lo que le conviene a cualquier persona, incluidos nosotros mismos; que tengamos una remota idea de lo que más conviene en cualquier circunstancia. Saber eso, como explica el Curso en otro pasaje (M-10.3:3-7), implicaría un conocimiento de todo lo que sucedió en el pasado, todo lo que sucederá en el futuro y cómo este juicio en particular afectará a todas las personas que están de algún modo involucradas. Obviamente nadie en este mundo goza de semejante perspectiva.

Por lo tanto, es deshonesto suponer que podamos estar en semejante posición. Pero esa posición es exactamente la que el ego ha asumido desde el principio, al echar a Dios del trono y suplantarlo a Él, al usurpar Su posición y luego aseverar que ahora él es Dios. Cada vez que creemos que sabemos lo que conviene, estamos reflejando una vez más esa idea original del ego y ese instante original en el que liquidamos a Dios y ocupamos Su lugar.

Pasemos al final del manual y leamos otro pasaje sobre esta idea:

Hay otra ventaja —y muy importante por cierto— en poner cada vez más en manos del Espíritu Santo todas las decisiones. Aunque su importancia es obvia, tal vez no hayas pensado en este aspecto: seguir las directrices del Espíritu Santo es permitirte a ti mismo quedar absuelto de toda culpa. Es la esencia de la Expiación. Es el núcleo central del programa de estudios. La imaginaria usurpación de funciones que no te corresponden es la causa del miedo. El mundo que ves refleja la ilusión de que has usurpado una función que no te corresponde, haciendo que el miedo sea inevitable. Devolver dicha función a Quien le corresponde es, por lo tanto, la manera de escapar del miedo. Y esto es lo que hace posible que el recuerdo del amor retorne a ti. No pienses, entonces, que necesitas seguir la dirección del Espíritu Santo solo por razón de tus insuficiencias [el ego en nosotros siempre se toma eso como un insulto personal]. Necesitas seguirla porque es la manera de escaparte del infierno (M-29.3).

Justo al principio tomamos el lugar de Dios, esa es la fuente de la culpabilidad. La esencia de la Expiación deshace, pues, la creencia demente de que podamos atacar y matar a Dios, ocupar Su lugar y de hecho ser Dios. La esencia de la Expiación es reconocer que nada de esto sucedió. El Amor de Dios sigue siendo lo que siempre ha sido; y nosotros, como una extensión de ese Amor, también somos lo que siempre hemos sido. Pedir la ayuda del Espíritu Santo, por lo tanto, es una expresión de nuestro reconocimiento de que la presencia del Amor, a Quien podemos recurrir y de Quien dependemos, está presente en nuestras mentes.

Entonces, el error del ego ha sido creer que es independiente y que puede funcionar por su cuenta. Consideremos cómo se siente un niño pequeño cuando se pierde temporalmente y se siente totalmente solo. Esa no es más que una remota aproximación, una expresión muy leve del terror preponderante que yace dentro de cada uno de nosotros por la creencia de que realmente lo hemos logrado: hemos echado a Dios y ahora corremos totalmente por cuenta propia.

El mundo entero, entonces, se ha convertido en la pantalla que nos protege de nuestro terror por tomar el lugar de Dios. Como dice el pasaje que acabamos de leer: «La imaginaria usurpación de funciones que no te corresponden es la causa del miedo. El mundo que ves refleja la ilusión de que has usurpado una función que no te corresponde…». Entonces, aprender a confiar en el Espíritu Santo es reconocer que no puedo deshacer mi ego por mi cuenta y que no quiero hacerlo solo. Eso, entonces, es a lo que Jesús se refiere con la deshonestidad de nuestro juicio al asumir una posición que no nos corresponde. Nuestro pensamiento también es deshonesto porque el juicio implica que hay opciones de donde o entre las cuales escoger, lo cual solo puede ser cierto en un mundo de separación y dualidad. En el Cielo no hay juicio porque no hay opciones a elegir.

Entonces, la creencia de que nuestro juicio es importante y marca una diferencia es el intento del ego de convencernos de que el mundo y el ego son reales e importantes. Queremos reconocer que no importa lo que elijamos a nivel mundial. Lo que importa es a cuál maestro elegimos. Reconocer eso es una parte útil del proceso de retornar a casa.

(1:3-5) Es imposible juzgar sin uno engañarse a sí mismo. Juzgar implica que te has engañado con respecto a tus hermanos. ¿Cómo, entonces, no te ibas a haber engañado con respecto a ti mismo?

Juzgar en tu contra implica que se debe haber perpetrado algún tipo de ataque, o tú me has atacado o yo te he atacado. Por supuesto, en mi propia mente, por lo general serán ambas cosas. Y una vez que creo que la separación y el ataque son reales, no solo me he engañado en cuanto a ti, sino también en cuanto a mí mismo. Pues tal como te percibo a ti será exactamente como me percibo a mí mismo: no habrá diferencia.

(1:6-7) Juzgar implica falta de confianza, y la confianza sigue siendo la piedra angular de todo el sistema de pensamiento del maestro de Dios. Si la pierde, todo su aprendizaje se malogra.

Si no confío en el Espíritu Santo y confío mejor en el ego, ya he formado un juicio contra mí mismo. La razón por la que no confío en el Espíritu Santo es porque ya me he acusado de ser culpable de pecar contra Dios. Por eso temo el castigo de Dios y tengo miedo de la amorosa y apacible presencia del Espíritu Santo en mi mente, al creer lo contrario: que es una presencia hostil que me destruirá.

Así que ya he formado un juicio en mi contra. He formado un juicio que dice, como ya dije, que hay un campo de batalla en mi mente. Ese juicio, ese sistema de pensamiento de un campo de batalla en mi mente, se proyecta, dando lugar a un mundo que es un campo de batalla. Y no puedo confiar en nadie en el mundo porque mi odio a mí mismo exige que me castiguen por haber atacado a Dios. Luego hago juicios en cuanto a lo que encierra peligro y lo que no. Y cuando juzgo que alguna situación en la que me encuentro es peligrosa, juzgo qué es lo que me protegerá. Intento determinar a quién puedo manipular para que me resguarde y me proteja del peligro. Y necesito encontrar protección debido a mi juicio previo contra mí mismo; a saber, que he pecado contra Dios y merezco ser castigado.

(1:8) Sin juicios todas las cosas son igualmente aceptables, pues, en tal caso, ¿quién podría juzgar lo contrario?

Cuando dejo de juzgar, lo que significa que dejo de desconfiar en Dios, recuerdo Quién soy y puedo identificarme con esa presencia de Amor en mi mente. Ese Amor es la unión. Ahí no hay separación o división. Ese Amor se extiende a través de mí y veo a todas las cosas en este mundo como abrazadas por ese Amor. Y no veo diferencias: no me dejo engañar por las diferencias superficiales que perciben los ojos de mi cuerpo. Lo único que veo —como dice el Curso, el único juicio que hace el Espíritu Santo en el mundo— es una expresión de amor o una petición de amor. No hay otra posibilidad.

Eso hace que mi respuesta sea extremamente simple. Si eres mi hermano o hermana en Cristo y me extiendes y me expresas amor, obviamente te lo expresaré. Si eres mi hermano o hermana en Cristo y estás pidiendo amor por creer que no lo mereces, como tu hermano o hermana en Cristo te extenderé amor. Así que, no hay ninguna diferencia. Y ese es el único juicio que hace el Espíritu Santo, un juicio que invita exactamente la misma respuesta.

(1:9-11) Sin juicios todos los hombres son hermanos, pues, en tal caso, ¿podría haber alguno que fuese diferente? Juzgar destruye la honestidad y quebranta la confianza. El maestro de Dios no puede juzgar y al mismo tiempo esperar aprender.

Jesús se está refiriendo aquí a juicios de ataque y condenación emitidos contra otros. No quiere decir que no debamos formar juicios en este mundo, es forzoso que juzguemos. Pero no debemos darle mayor importancia a juzgar: no hace falta que le preguntemos al Espíritu Santo cada vez que hacemos algo, como se explica en la sección que acabamos de leer (M-29.5:4-8). En otras palabras, cuando me levanto por la mañana no tengo que dar mayor importancia al color de pantalón o de camisa que me pondré, a menos que, para mí por alguna razón, ese tipo de elección se haya convertido en un símbolo importante de miedo o culpa. Por ejemplo, si me descubro pensando que voy a ver a fulano hoy y dado que a esa persona le gusta el azul, me pondré la azul porque eso me ayudará a manipular a la persona para que me dé lo que quiero. En ese momento, juzgar que me pondré la camisa azul es un ataque, en cuyo caso debo recurrir al Espíritu Santo. No es que importe el color que me ponga, pero sí importa la motivación de mi elección.

No es necesario preguntarle al Espíritu Santo cada vez que queremos hacer algo. Solo queremos estar razonablemente atentos para darnos cuenta cuándo nuestros juicios vienen acompañados de pensamientos del ego. En ese momento, deberíamos pedir la ayuda del Espíritu Santo, no con los detalles específicos de la elección, como qué color me pondré, sino con ayuda para dejar ir cualquier pensamiento de ataque o de miedo, etc., asociados con la decisión.

Consideremos otro ejemplo: votar en una elección. Simplemente deberíamos votar por quien pensemos que sería el mejor presidente, primer ministro o lo que fuese, pero sin ningún desgaste emocional en el asunto. En otras palabras, formamos un juicio, tal como decidimos si tomar café o té, si vestirnos de blanco o de rosa, si girar a la izquierda o la derecha; o si venir aquí para asistir a una clase o hacer otra cosa. La idea es que no le demos importancia. Dado que uno de nuestros roles es ser ciudadano de nuestro país, a la hora de votar, hacemos lo que hacen los ciudadanos de nuestro país.

A menos que se nos oriente específicamente a no hacerlo —y hay que ser muy cautelosos con respecto a semejante orientación—, debemos siempre conservar los roles que hemos aceptado: esposa, madre, hijo, hija, hermana, amiga, ciudadana, etc. Hacemos lo que el papel requiere que hagamos porque ese es el aula de clase que hemos elegido. No ganamos nada con desobedecer las reglas del aula de clase, excepto si, a todas luces, se nos haya guiado a no acatarlas. Entonces, cuando se trata de votar, voten por el candidato del partido republicano, por el del partido demócrata o por el de cualquier otro partido político que se presente, pero no conviertan el asunto en nada del otro mundo.