Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VI
¿Cuáles son las características de los maestros de Dios?
Apacibilidad (M-4.IV)

El primer párrafo de esta sección en realidad no habla de la apacibilidad. Habla del daño. La razón de esto es que deshacer lo negativo es lo que establece algo como positivo. El Curso dice que el amor en este mundo es imposible porque el mundo fue hecho como una defensa contra el amor y como un ataque contra el amor. También dice que «lo que no es amor es asesinato» (T-23.IV.1:10). De ahí se desprende que todo en este mundo es asesinato. En este mundo deshacer las barreras al amor es lo que más puede acercarnos al amor. Y el perdón es lo que deshace las barreras al amor. El libro de ejercicios también dice que el perdón es el equivalente de este mundo al Amor del Cielo (L-pI.60.1:4-5). El perdón deshace el nocivo carácter medular del sistema de pensamiento del ego: la creencia de que infligimos daño a Dios, que es una creencia absolutamente demencial y arrogante. Luego proyectamos la capacidad de dañar sobre Dios, y ahora creemos que Él nos va a hacer daño a nosotros. A continuación, negamos este masivo sistema de pensamiento de terror (si bien el pensamiento permanece muy dentro de nosotros) y lo proyectamos fuera de nuestras mentes, de tal manera que ahora vivimos en un mundo de daño. Recuerden, «lo que no es amor es asesinato», y el amor es imposible en este mundo.

(1:1) Para los maestros de Dios el daño es algo imposible.

Aquí los «maestros de Dios» se refiere a los maestros avanzados, aquellos que ya confían plenamente en el Amor de Dios dentro de todos nosotros. Confían porque saben que ese poder interior mantiene a salvo a todos. No se dejan engañar por la aseveración del ego de que el poder de Dios nos destruirá. Una vez que reconocemos eso, hemos deshecho la creencia en el pecado, que es la creencia de que hemos atacado a Dios y hemos destruido el Amor del Cielo. Y una vez libres de esos pensamientos, no podemos proyectar lo que ya no está dentro de nuestras mentes. Si hay odio en mi mente, el odio es exactamente lo que se proyectará sobre mi mundo. Si en mi mente solo hay amor, solo se proyectará amor.

(1:2) No pueden infligirlo ni sufrirlo.

A los ojos del mundo, le infligieron daño a Jesús en la cruz. Y durante dos mil años, el cristianismo se ha erigido sobre la percepción errónea de que se infligió daño a Jesús, que sufrió y murió en la cruz. Sin embargo, como él explica en el texto, todo eso fue el resultado de una interpretación básica pero errónea proveniente del temor de los apóstoles (T-6.I.14:2-3). Si no hay cuerpo y el cuerpo es solo una marioneta sin vida, el cuerpo no sufre dolor, el cuerpo no muere. La mente elige sufrir y luego proyecta ese pensamiento sobre el cuerpo, que procede en consecuencia. Como Jesús no abrigaba pensamientos de sufrimiento, de culpabilidad o miedo, y sabía quién era, no tenía nada en la mente que proyectar sobre el cuerpo, excepto amor. Pero, debido al miedo y la culpa de aquellos a su alrededor, percibieron que sufrió, y que Dios era un Dios colérico Quien exigía venganza por nuestros pecados contra Él y exigía que Su único Hijo fuese sacrificado. El cuerpo de Jesús no sufrió daño. Pareció que podía. De hecho, podríamos decir que su cuerpo sufrió daño, pero él no sufrió daño porque sabía que él no era su cuerpo.  

(1:3-4) El daño es el resultado de juzgar. Es el acto deshonesto que sigue a un pensamiento deshonesto.

El juicio original y la deshonestidad original es que he atacado a Dios y he tomado Su lugar, que de verdad lo he hecho. No solo he pensado en lograrlo, sino que lo he logrado. Y el mundo parece dar fe del hecho de que lo logré, pues es un lugar, como dice el libro de ejercicios, donde Dios no puede entrar (L-pII.3.2:4). Por eso se fabricó el mundo. Dios está en nuestras mentes (representado ahí por el Espíritu Santo), y se fabricó el mundo como una defensa contra la mente. Todos somos como marionetas cuyos brazos, piernas y cuerpos, etc. son manipulados por un titiritero desde arriba del escenario. Pero ninguno de nosotros tiene conciencia del titiritero. Al establecerlo de esta manera, nuestro propósito ha sido mantener fuera de la conciencia el verdadero poder y la función de la mente. Así pues, nos parece que nuestros cuerpos y cerebros actúan por su cuenta, independientes de cualquier otra cosa. Ese es el truco de magia con el que nos ha engañado el ego. El juicio original de que ataqué a Dios y pequé contra Él continúa proyectándose una y otra vez. 

(1:5) Es un veredicto de culpabilidad contra un hermano y, por ende, contra uno mismo.

Entonces, si te ataco, es decir te hago daño, estoy diciendo que tú eres el culpable, no yo. Sin embargo, primero me ataqué a mí mismo cuando dije que yo soy culpable y pecaminoso. Pero no soporto mirar el alcance de mi odio a mí mismo y, por lo tanto, lo reprimo en mi mente para que no lo vea. Luego lo proyecto sobre ti, diciendo que tú eres el culpable, el responsable de lo terrible que me siento con respecto a mí mismo. No es culpa mía. Tú me lo has hecho. Así he transferido mi culpabilidad a tu cuerpo y, al hacerlo, te he atacado.

(1:6-7) Representa el fin de la paz y la negación del aprendizaje. Demuestra la ausencia del programa de estudios de Dios y su sustitución por la demencia.

El daño o el ataque obviamente acaban con la paz: ninguno de nosotros podría afirmar que estamos en paz cuando estamos atacando. Y si no estoy en paz, no puedo aprender, porque el único aprendizaje real es el aprendizaje que proviene de escuchar al Espíritu Santo. El Curso dice en muchos lugares que el ego no puede aprender. Sin embargo, lo que es capaz de aprender es la parte de la mente que escucha al Espíritu Santo. Pero una vez que ataco y hago que el ataque sea real, borro la presencia del Espíritu Santo de mi conciencia. En ese momento, ya no puedo aprender porque ya he juzgado lo que es la realidad y la verdad, y significa que le he cerrado la puerta a cualquier otro tipo de aprendizaje. Ya he dicho que el ataque, la separación y la culpabilidad son la realidad y la verdad. En ese momento, mi mente está cerrada y no puedo escuchar ninguna otra voz. He negado el plan de estudios del Espíritu Santo: la Expiación, o el perdón.

(1:8) Todo maestro de Dios tiene que aprender —y bastante pronto en su proceso de formación— que hacer daño borra completamente su función de su conciencia.

En el manual para el maestro, una sección sobre la paz de Dios habla sobre cómo perdemos la paz de Dios cuando nos enojamos (M-20.3:3-4). Es como si bajara un telón. La paz de Dios solo puede provenir del Espíritu Santo, que es la Voz del amor y de la unión. El ataque, obviamente, es una voz de desunión.
Nadie creería que se ha unido a alguien si ¡acaba de propinarle a la persona un porrazo! Todos hemos de temerle a la paz de Dios si nos identificamos con el ego. Entonces, si no queremos la paz de Dios, la regalamos atacando a alguien. Pero luego negamos que somos nosotros quienes hemos regalado la paz y acusamos a otra persona de robárnosla. Y eso justifica nuestro ataque.

(1:9-12) Hacer daño lo confundirá, le hará sentir ira y temor, así como abrigar sospechas. Hará que le resulte imposible aprender las lecciones del Espíritu Santo. Tampoco podrá oír al Maestro de Dios [el Espíritu Santo], Quien solo puede ser oído por aquellos que se dan cuenta de que, de hecho, hacer daño no lleva a ninguna parte y de que nada provechoso puede proceder de ello.

Esta es otra forma de entender la lección central del Curso: debo reconocer que atacar a otra persona no me genera ningún beneficio. Jesús es bastante astuto en el Curso. No nos dice que hagamos lo que dice porque él nos dice que debemos hacerlo. Dice más bien: «Haz lo que te digo porque te hará sentir mejor». Y también nos dice que no entendemos qué nos hará sentir mejor. Confundimos el dolor con la dicha y el aprisionamiento con la libertad; siempre los entendemos al revés. Entonces, se podría decir que el propósito del Curso es ayudarnos a discernir la diferencia entre lo que nos hará realmente felices y lo que nos causará dolor, porque no entendemos. Como explica en el texto, creemos que hay una diferencia entre el placer y el dolor, una creencia que él utiliza para mostrarnos cuán dementes estamos (T-19.IV-B.12). Lo que creemos que nos dará placer, en realidad hace lo contrario porque es un intento de negar su polo opuesto, que es el dolor.

Si creo que algo en este mundo tiene el poder de producirme placer o hacerme feliz, estoy haciendo que el mundo sea real. Y si hago que el mundo sea real, estoy haciendo realidad la separación. Si hago que la separación sea real, estoy haciendo realidad mi culpabilidad. Y mi culpabilidad es la fuente de todo mi dolor. Si digo que algo es placentero o doloroso, son caras opuestas del mismo error. Ambos se basan en la premisa de que el mundo es real.

Una derivación de esto es la creencia de que atacando conseguiré lo que quiero, por lo que el ataque es placentero. Y evitaré el dolor de mi odio a mí mismo atacándote, haciendo que tú seas responsable de mi dolor. Por eso todo el mundo se enoja. El enojo no es una emoción humana básica en el sentido de que sea algo que no podemos controlar. El enojo es la emoción básica del ego. El enojo es el que mantiene vivo el sistema de pensamiento del ego.

Uno de los propósitos del Curso es ayudarnos a darnos cuenta de que enojarnos no nos hará sentir bien, no nos proporcionará lo que queremos. Creemos que enojarnos nos saca del apuro de tener que confrontar nuestra culpa porque se la hemos echado a otra persona. No somos conscientes de que cuando atacamos a otro, eso nos hace sentir aún más culpables. La misma culpabilidad que estamos tratando de eliminar, proyectándola sobre otra persona mediante el ataque, nos hace sentir más culpables. Es un círculo vicioso, un ciclo que se repite una y otra vez.

El manual dice que la enfermedad desaparecerá cuando podamos decir que ya no la necesitamos (M-5.II). Lo mismo es cierto del enojo. Si la ira es problemática para mí, desaparecerá cuando pueda reconocer que no la necesito, que realmente el enojo no me dará lo que quiero. Lo que realmente quiero es la paz de Dios, y no puedo tenerla cuando me enojo o cuando ataco a alguien. Cuando eso me quede claro, podré tomar la decisión con toda facilidad.

Hay una línea maravillosa al final del capítulo 23 que dice: «¿A quién que esté respaldado por el Amor de Dios podría resultarle difícil elegir entre los milagros y el asesinato?» (T-23.IV.9:8). El problema es que no sabemos que hay una diferencia. Y así, con el Amor de Dios, con el Amor de Jesús o el Espíritu Santo a nuestro lado, podríamos ver muy claramente la elección que tenemos entre el perdón, que es el milagro, y un rencor o ataque, que es el asesinato. Podríamos ver con claridad ambas opciones y entender sus efectos. Luego no nos resultaría difícil tomar la decisión. Pero el ego mantiene velada y oculta la claridad de esa elección para que no la veamos. Y luego creemos que está bien enojarnos. Tal vez digamos que asesinar físicamente a otros no está bien, pero que vale pensarlo, o que vale vociferar y gritarles a otros. No entendemos, como antes comentamos, que es lo mismo si realmente te mato físicamente o simplemente pienso en matarte. La culpabilidad aún permanecerá. No puedo pensar en un ataque o en una guerra y estar en paz, porque son estados mutuamente excluyentes.

Incluso solo desear que alguien no anduviera por ahí es lo mismo. Todavía estamos diciendo que esta persona es un estorbo. Esta persona es fastidiosa. Esta persona ha interferido con nuestra paz. Es lo mismo. Como dice el Curso, no hay diferencia entre una leve punzada de molestia y una furia intensa (L-pI.21.2:5). Pero la idea es que Jesús se espera que sin duda nos enojaremos. Podríamos decir que el objetivo del Curso no es que no sintamos enojo —aunque ese sería el objetivo final—, sino que no lo justifiquemos. El Curso nunca dice: «No te enfades». Pero sí dice que la ira nunca está justificada, y hay una grandísima diferencia. De lo contrario, caemos en la trampa de decir: «He sido estudiante de Un curso de milagros durante siete días y medio (siete semanas, siete años o siete décadas y media) y todavía me enojo. ¿Qué estoy haciendo mal? ¡Estoy reprobando el Curso!».

Estamos reprobando el Curso si lo convertimos en un gran problema. Deberíamos reaccionar a nuestro enojo diciendo simplemente: «Ah, me enojé. Vaya novedad». Por lo tanto, la idea no es estar sin enfados o pensamientos de ataque, sino más bien no darles importancia, no tomarlos en serio y, sobre todo, no justificarlos.

A medida que practiquemos el Curso, nos haremos más conscientes de nuestros pensamientos asesinos, así que, en un nivel, parecerá que tan solo vamos de mal en peor. Pero esos pensamientos asesinos siempre han estado ahí, simplemente los teníamos tapados. Ahora que hemos comenzado a destaparlos, es como pelar las capas de una cebolla. Y nos horroriza lo que vemos. Por eso uno de los puntos esenciales del Curso, en cuanto a su práctica, es que no lo hagamos por nuestra cuenta. Lo hacemos con el amor de Jesús o el Espíritu Santo a nuestro lado. Así, cuando miramos el horrible desastre dentro de nosotros, que está en la mente de todos, nos horroriza un poco menos.

Cuando comenzamos a tomar conciencia de esos niveles más profundos de culpabilidad, ataque y asesinato dentro de nuestras mentes, es una buena señal. Pero es entonces cuando las cosas se ponen difíciles porque estamos mirando lo que juramos no volver a mirar nunca más, como dice el Curso en el texto (T-19.IV-D.6:1-3). Y el panorama no es bonito. El Curso dice textualmente: «Lo que no es amor es asesinato» (T-23.IV.1:10). Si consideramos que el mundo entero fue hecho como un ataque contra el amor, eso nos deja con la inevitable conclusión de que este mundo es realmente un lugar de asesinato.

(2:1-2) Los maestros de Dios, por lo tanto, son completamente apacibles [cuando nos desprendemos del daño]. Necesitan la fuerza de la apacibilidad, pues gracias a ella la función de la salvación se vuelve fácil.

Se vuelve fácil porque no hacemos nada. Entonces, ¿qué significa ser un maestro de Dios? Significa que no hacemos nada. La vida se vuelve muy, muy fácil porque todo se hace a través de nosotros. La labor consiste en deshacer todas las barreras que impiden que el amor fluya fácilmente a través de nosotros.

La vida de Jesús era muy fácil: no hacía nada. No había tensión en lo que hacía. No le importaba si daba un agradable paseo por la mañana o si lo crucificaban. Si decimos que existe una diferencia, como obviamente caeríamos en la tentación de decir, es porque creemos que existe una diferencia. Si creemos que existe una diferencia, estamos haciendo que el mundo y el cuerpo sean reales. Pero no hay ninguna diferencia. Cuando realmente aprendemos esta lección, la vida se vuelve sumamente fácil.

(2:3-5) Para los que hacen daño, llevar a cabo dicha función [la función de la salvación: perdonar] es imposible. Pero para quienes el daño no tiene sentido, la función de la salvación es sencillamente algo natural. ¿Qué otra elección sino esta tiene sentido para el que está en su sano juicio?

La elección, a saber, es ser nocivo o ser apacible; nada más. Equivale a decir que la única opción es escuchar al ego o al Espíritu Santo, «ser rehén del ego o anfitrión de Dios», como dice el Curso (T-11.II.7:1; T-15.III.5:1).

(2:6) ¿Quién, de percibir un camino que conduce al Cielo, elegiría el infierno?

Por supuesto, el problema es que no percibimos el perdón como el camino al Cielo. No percibimos que el problema no tiene nada que ver con el mundo. El problema tiene que ver con qué perspectiva pensamos en el mundo. El perdón no hace nada en el mundo, pero sí deshace la culpabilidad y el miedo en la mente.

(2:7) ¿Y quién elegiría la debilidad que irremediablemente resulta de hacer daño, cuando puede elegir la fuerza infalible, todo-abarcadora e ilimitada de la apacibilidad?

Obviamente el mundo no lo ve de esa manera. El mundo siempre concibe al revés la debilidad y la fuerza. Creer que nuestra propia fuerza, física o mental, es lo que nos protegerá y que son necesarias para protegernos en el mundo, es realmente reafirmar nuestra propia debilidad como ego. Solo un ego creería que tiene que protegerse en el mundo; esa fue la lección de la crucifixión. A los ojos del mundo, Jesús parecía débil porque no se defendió y terminó en una muerte denigrante. Pero el mundo lo miraba todo de cabeza.

La fuerza proviene de la aceptación silenciosa del Amor de Dios dentro de nosotros. Cuando nos identificamos con ese Amor, estamos perfectamente a salvo. Desde esa posición, el cuerpo y el mundo se ven exactamente como lo que son: unos velos endebles que intentan ocultarnos la luz de la verdad.

(2:8) El poder de los maestros de Dios radica en su apacibilidad, pues han entendido que sus pensamientos de maldad no provenían del Hijo de Dios ni de su Creador.

Nuestra pregunta entonces es: «¿De dónde provenían?». Provenían de una mente inexistente. La única verdad, la única realidad es la Mente de Cristo y la Mente de Dios. Dentro de esa Mente no puede haber un pensamiento de separación o un pensamiento de ataque. De ahí que esos pensamientos provinieran de una mente inexistente. Y una vez que está claro que no hay pensamientos malvados en mí, solo existe la creencia de que los hay, entonces no hay pecado, culpabilidad ni miedo. Por lo tanto, no hay necesidad de defenderme construyendo una fortaleza, que es lo que son el mundo y el cuerpo.

(2:9-10) Por lo tanto, unieron sus pensamientos a Aquel que es su Fuente. Y así su voluntad, que siempre fue la de Dios, ha quedado libre de ser ella misma.

Cuando el Curso habla de «libertad» o de «libre albedrío», hay dos formas de entenderlo. En el nivel del mundo, hay libre albedrío o libertad de elección: la elección entre Dios y el ego. Una vez que hemos inventado un mundo de dualidad, con opciones a escoger, entonces tenemos la libertad de elegir entre el sistema de pensamiento del Espíritu Santo y el sistema de pensamiento del ego.

Pero en el Cielo no hay libre albedrío en el sentido de elegir, porque no existe nada entre lo cual elegir. El estado del Cielo es un estado de perfecta unión y de perfecta unidad. En este nivel, la libertad de voluntad significa que la Voluntad de Dios es libre a pesar de todos los intentos del ego de aprisionarla: el sistema de pensamiento del ego es un intento de aprisionar la Voluntad de Dios y, por lo tanto, también la nuestra.

El principio de Expiación enseña que no podemos estar en prisión. Por lo tanto, no se nos puede liberar de la prisión, porque no ha pasado nada. Solo creo que mi voluntad ha sido aprisionada. Y cuando despierte del sueño, me daré cuenta de que estar en prisión fue solo un sueño. «Y así su voluntad, que siempre fue la de Dios, ha quedado libre de ser ella misma». A mi voluntad simplemente se le permite ser lo que siempre fue y es. No le han afectado en absoluto los pensamientos de ataque del ego.