Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VII
¿Cuáles son las características de los maestros de Dios?
Dicha (M-4.V)

El siguiente rasgo es la dicha. Cuando el Curso habla de la dicha, como de todo lo demás, no habla de lo que la dicha significa en el mundo. En este mundo dicha es lo que sentimos cuando obtenemos lo que queremos. Desde el punto de vista del Curso, dicha sería la negación de lo negativo. Y la única dicha real en este mundo es cuando experimentamos la realidad de ser perdonados, eso es dicha. Todos operamos bajo esta tremenda carga ilusoria de culpabilidad y odio hacia uno mismo, al creer erróneamente que no merecemos ser perdonados, que no merecemos ser hijos de Dios, si es que existe un Dios. Todos llevamos a cuestas esa tremenda carga.

Cuando de veras reconocemos que literalmente inventamos todo eso, que Dios nunca ha dejado de amarnos y que se nos ha perdonado lo que nunca hicimos, eso es dicha. Es la absoluta negación, ausencia e invalidación del sistema de pensamiento del ego, que es un sistema de culpabilidad, ataque, reproche, etc. Esa es la dicha; no tiene nada que ver con lo externo.

(1:1-2a) La dicha es el resultado inevitable de la apacibilidad. La apacibilidad significa que ahora el miedo es imposible. ¿Qué podría entonces obstaculizar la dicha?

La dicha, entonces, es el estado natural de nuestras mentes, equiparado con la presencia del Amor de Dios en nosotros. Si no hay daño ni ataque en mi mente, no hay culpabilidad. Y no hay necesidad de sentir que tengo que ser castigado. Una vez que dejo ir el ataque, queda la apacibilidad del Espíritu Santo. Y mi aceptación de esa apacibilidad me permite sentir Su dicha.

El Curso nos ayuda a distinguir entre dolor y dicha, porque confundimos los dos (T-7.X). Y parte de nuestra confusión surge de la creencia de que el placer difiere del dolor. Jesús está tratando de enseñarnos que el placer y el dolor son la misma ilusión (T-19.IV-B.12). Pero en otro nivel, el Curso dice que «todo placer real procede de hacer la Voluntad de Dios» (T-1.VII.1:4). En la primera declaración, donde el placer y el dolor son caras opuestas de la misma ilusión, Jesús está hablando del placer y el dolor asociados con el cuerpo: experimento placer cuando mi cuerpo obtiene lo que quiere y dolor cuando no lo obtiene. Y, para el mundo, la definición de la dicha es la misma que la del placer: la dicha se refiere a obtener lo que quiero y el dolor a no obtenerlo. En ese nivel, tanto el dolor como la dicha son la misma ilusión.

En contraste, el «placer real» no tiene nada que ver con el placer y el dolor del ego. Se refiere al placer de aceptar la Voluntad de Dios, que es la invalidación del ego. Y este placer equivale a la dicha que estamos comentando aquí: la dicha de trascender la esclavitud del placer y el dolor, o de la dicha y el dolor, en el nivel del ego. En otras palabras, la verdadera dicha —el verdadero placer— no tiene nada que ver con obtener lo que quiero o evitar lo que no quiero en el mundo. La dicha se refiere al estado de mi mente en ese instante cuando sabe que ha sido absuelta de toda culpa, y la culpabilidad simplemente desaparece.

Esto no significa que no debamos disfrutar de cosas en el mundo. Solo significa que cuando las disfrutamos, no queremos convertirlo en cosa del otro mundo. Si lo hacemos, nos hemos atascado, porque esas cosas no durarán. Por ejemplo, todos disfrutamos de un día hermoso: el Curso nunca diría que es pecaminoso disfrutar de un día hermoso. Pero, ¿qué hago si llueve durante cinco días seguidos? ¿Significa eso que ya me quedé atascado sin la paz de Dios y sintiéndome absolutamente miserable? Eso es una trampa. Lo que queremos hacer es disfrutarlo, pero no apegarnos a ello, creyendo que la salvación consiste en tener un hermoso clima. Eso equivaldría a tendernos una trampa a nosotros mismos.

No debemos sentirnos culpables porque disfrutamos de ciertas cosas o no disfrutamos de otras, por ejemplo, ciertos alimentos. La idea, nuevamente, no es convertirlo en la gran cosa. Coman lo que les guste y no coman lo que no les gusta. Vivan en un clima que les agrade y eviten el clima que no les agrada. Simplemente no le den mayor importancia. Una vez que hacemos eso, creemos que algo en este mundo es nuestra salvación o condenación. Entonces lo estamos haciendo real y nos hemos atascado. De nuevo:

(1:2-2a) La apacibilidad significa que ahora el miedo es imposible. ¿Qué podría entonces obstaculizar la dicha?

En otras palabras, las interferencias se han eliminado. El ataque, el daño, la culpabilidad, etc., son interferencias que obstaculizan la dicha. Cuando he elegido la apacibilidad del Espíritu Santo, no puedo tener miedo. Si estoy con el Amor del Espíritu Santo, entonces no puedo tenerle miedo a Su Amor. He aceptado Su Amor, por lo que ahora es imposible que haya miedo: ya no hay barreras que interfieran con esta dicha.

(1:3) Las manos abiertas de la apacibilidad están siempre llenas.

Esta es una línea importante. Su «opuesto» sería que las manos de la nocividad están cerradas. El ego nos ha dicho que nuestras mentes están llenas de oscuridad, maldad, pecado y culpabilidad. Y nos horroriza. Entonces, cuando el ego me dice que mis manos sostienen el mal, la oscuridad y el pecado, las cierro rápidamente, diciendo que nunca más miraré aquello, porque si lo hago, me matará el Dios iracundo y vengativo que he atacado. Y si mis manos están cerradas, ¿cómo puedo tomar la mano de Jesús o del Espíritu Santo? Mis manos están cerradas para proteger mi odio a mí mismo, mi odio a Dios, mi juicio de todos y mi miedo. Eso es la nocividad.

El Curso nos ayuda a darnos cuenta de que no estamos protegiendo nada en absoluto. Cuando por fin llegamos al punto en que podemos abrir las manos, nos damos cuenta de que no hay absolutamente nada allí, todo fue inventado. Primero, cierro las manos para empuñar la culpabilidad, el odio a mí mismo y el asesinato. Creo que he asesinado a Dios y a Cristo y cierro la manos diciendo que nunca las volveré a abrir porque si lo hago, seré destruido. Luego construyo un mundo como fortaleza alrededor de esta bóveda cerrada para que no pueda acercarme a ella. Mi ego me dice que, si lo hago, seré destruido. Mi ego no me dice que, si llego a mirar dentro, no encontraré nada.

Una sección de suma importancia en el texto, llamada «El miedo de mirar dentro» (T-21.IV), describe cómo el ego nos aconseja no mirar dentro de nuestras mentes, porque si lo hacemos, nuestros ojos se posarán sobre el pecado y Dios nos cegará; un eufemismo para decir que nos destruirá. Así que todos decimos: «Dios mío. No quiero hacer eso». Y las cerramos rápidamente para no mirar dentro y tener que ver el horror que está ahí. Pero en el siguiente párrafo, el Curso pregunta: «¿Qué pasaría si miraras en tu interior y no vieras ningún pecado?» (T-21.IV.3:1). En otras palabras, ¿qué pasaría si abriéramos las manos y viéramos que no hay ningún pecado. Ese es el miedo del ego. El ego sabe que si miramos dentro y nos damos cuenta de que no hay nada ahí, ya no creeremos en el ego. Escucharemos al Espíritu Santo; despertaremos del sueño y el ego habrá desaparecido. En su afán de protegerse, el ego inventa este gran cuento, que todos nos creemos, de que hay algo horrible en nuestra mente. A raíz de eso, tenemos que cerrar la mente a cal y canto, como si fuera una bóveda clausurada o una «tumba tenebrosa» (T-28.V.7:5). Luego, para que nunca nos acerquemos a ella, construimos una fortaleza a su alrededor: el mundo y el cuerpo.

Lo que me permite comenzar el proceso de desprenderme de él es comenzar a cuestionar la validez del sistema de pensamiento de mi ego. El ego nunca me ha permitido hacer eso, y si me identifico con mi ego, nunca lo cuestionaré. En cambio, digo que sí, es absolutamente cierto: soy un desgraciado horrible, digno de desprecio, y Dios es un Creador iracundo y vengativo. No voy a tocar nada de esto ni con una vara de tres metros. Y a partir de ese momento, nunca lo hago. Aprieto el puño bien fuerte y nunca le dirijo la mirada. Invento un mundo para distraerme de mi puño cerrado, y luego hago que todos mis problemas en el mundo sean reales. Nunca me cuestiono si todo aquello no será pura invención.

El perdón, entonces, es el proceso por el cual comenzamos a cuestionar lo que el ego nos ha dicho que nunca debemos cuestionar. Algunas de las premisas que comenzamos a cuestionar en nuestra vida cotidiana son si el ataque estará justificado, si el dolor y la pérdida serán verdad, si los problemas y sus soluciones en el mundo serán reales, etc. Así que el Curso nos presenta este inmenso sistema de pensamiento, que acaba siendo increíblemente simple. Dice: «que lo falso es falso y que lo que es verdad nunca ha cambiado» (L-pII.10.1:1). La verdad que nunca ha cambiado es el Amor de Dios, y lo que es falso es el sistema de pensamiento del ego. A medida que empiezo a cambiar mis percepciones a tu respecto, ya no te veo como este villano terrible; lentamente empiezo a cambiar mis percepciones de mí mismo, porque la forma en que te percibo es la forma en que me percibo a mí mismo. Y así es como el perdón comienza a deshacer poco a poco el sistema de pensamiento del ego.

De nuevo, eso es lo que significa esta línea, «Las manos abiertas de la apacibilidad están siempre llenas». Cuando abro las manos, están colmadas del Amor de Dios. Cuando están llenas de Su Amor, no puede haber miedo ni culpabilidad ni ataque ni daño. Y no puede haber dolor, solo dicha.

(1:4-7) Los apacibles no experimentan dolor. No pueden sufrir. ¿Cómo no van a ser dichosos? Están seguros de que son amados y de que, por lo tanto, están a salvo.

Todo el dolor proviene de la creencia de que merezco padecer y sufrir dolor, lo que significa que todo el dolor proviene de la culpabilidad o de una falta de perdón. No es más que eso. Entonces, mientras mis manos sigan cerradas, la fuente del dolor siempre estará ahí. La fuente del dolor es lo que creo que está dentro de mi mente: la falta de perdón que viene de creer que he atacado a Dios.

Cuando abro el puño y desaparece la oscuridad (para empezar, nunca estuvo allí, solo estuvo oculto de la luz), ya no hay fuente de dolor, porque ya no hay culpabilidad ni falta de perdón que exijan castigo. Así que todo aquello desapareció.

(1:8) La dicha va unida a la apacibilidad tan inevitablemente como el pesar acompaña al ataque.

El pesar debe acompañar al ataque porque, cuando ataco, debo creer que me vas a corresponder atacándome; por lo tanto, estaré atemorizado. Cuando ataco, solo puede ser porque estoy tratando de proteger este sistema de pensamiento de estar separado de Dios. Una de las mejores maneras de asegurarme de que nunca abra este puño cerrado —esta bóveda clausurada en mi mente— es atacar. Cuando te ataco, digo que estoy molesto por lo que me has hecho y no por lo que estoy protegiendo en mi puño, en mi mente. Así que mantengo este sistema de pensamiento intacto en mi mente y nunca lo cuestiono. Nunca lo suelto.

Dentro de este sistema de pensamiento, donde existe esta terrible sensación de pecaminosidad, odio a uno mismo y miedo, se encuentra el pensamiento central de que soy pecador, soy culpable y tengo miedo porque he atacado a Dios y he desechado el Cielo. Ese es mi pesar. Una línea en el folleto de «Psicoterapia» dice: «¿Y por qué sollozaría alguien sino por su inocencia?» (P-2.IV.1:7). La única fuente de verdadera tristeza y pesar en este mundo es la creencia de que hemos desechado la inocencia de Cristo, la inocencia de Quien somos, y que nunca la recuperaremos. Por eso todos estamos tristes. Eso es la depresión, el pesar, la soledad, el dolor, el duelo. De ahí viene todo lo negativo en este mundo.

Si tan solo pudiera abrir la mano y mirar dentro, vería que no hice nada. No he desechado la inocencia del Cielo. El Espíritu Santo simplemente me la ha guardado en mi memoria. Toda la idea de la inocencia perdida no fue más que una historia inventada. Si miro dentro, el sistema de pensamiento del ego «desaparecerá en la nada de donde provino» (T-10.IV.1:9). Pero si no lo miro, continuaré creyendo que está allí y que es real, y la puerta de mi mente permanecerá clausurada. De ahí nos llegan el pesar y el dolor.

Todo el propósito del Curso es que nos demos cuenta de que estamos protegiendo lo que no es nada, literalmente nada. Y el perdón es ese proceso apacible, que paso a paso nos ayuda a darnos cuenta de ello. Pero una vez que me dejo atrapar por el mundo, al creer que cualquier cosa en él significa algo, estoy diciendo que existe un recinto fortificado que es real y necesario para protegerme de este miedo en mi mente. Una línea en la sección sobre el anticristo (T-29.VIII), que, por supuesto es el ego o un ídolo, habla del anticristo como «la extraña idea de que hay un poder más allá de la omnipotencia» (T-29.VIII.6:2). Es el pensamiento de que hay un poder en este mundo más allá de la omnipotencia de Dios. Ese poder es el diablo o el anticristo o un ídolo. Desde la perspectiva del Curso, el ego intenta glorificarse a sí mismo diciendo que hay una realidad fuera de Dios. Y en verdad, el diablo no es más que el pensamiento del ego proyectado hacia fuera, para que no nos veamos obligados a mirar dentro de nuestras mentes cerradas. La mente sigue estando herméticamente cerrada por dentro porque insistimos en que el mal esté afuera. Así nunca tenemos que mirar la maldad que según creemos yace dentro de nosotros mismos.

(1:9-10) Los maestros de Dios confían en Él y están seguros de que Su Maestro [el Espíritu Santo] va delante de ellos, asegurándose de que no les acontezca ningún daño.

Hay varios pasajes a lo largo del propio Curso que parecen sugerir que el Espíritu Santo hace cosas para nosotros en el mundo. Un pasaje en el texto, basado en el famoso verso en Isaías acerca de trazar una calzada recta, parece sugerir que el Espíritu Santo aparta del sendero los obstáculos en el mundo, para facilitar nuestro recorrido (T-20.IV.8:4-8). No debe tomarse al pie de la letra lo que el Curso dice ahí; solo es una metáfora.

El Espíritu Santo no puede apartar de nuestro camino los obstáculos en el mundo porque ¡el mundo no existe y los obstáculos en el mundo, menos! Nos aparta de la mente los obstáculos de la culpabilidad y el miedo, que obstruyen la paz. Y ni siquiera eso lo hace de manera activa. Su presencia en nuestras mentes es como un faro que simplemente irradia un haz de amor que no hace nada. Cuando abrimos ante Él la mente cerrada, trayéndole la oscuridad de nuestra propia culpabilidad y miedo, estos automáticamente desaparecen en Su luz.

En otras palabras, cuando cierro el puño, es decir, cierro la mente, aprisionando allí lo que mi ego me dice que es mi culpabilidad y miedo, la luz del Espíritu Santo me rodea porque Su luz está en mi mente. Entonces, cuando abro mi mente y la miro, que es lo que significa traer la oscuridad a la luz, o la ilusión a la verdad, entonces la luz simplemente disipa lo que para empezar nunca estuvo allí.

Así los efectos de esa culpabilidad también desaparecerán. Pero no tendrá nada que ver con ninguna intervención del Espíritu Santo. Entonces, por ejemplo, supongamos que yo estuviese a punto de tener un accidente y el pensamiento detrás de ese accidente fuera un pensamiento de culpa o nocividad, si recurriera yo al Espíritu Santo y le liberara mi culpa a Él, yo no experimentaría ningún daño. Sin embargo, existe el peligro de juzgar todo por su forma. Quizás me pueda pasar algo al tener un accidente que sería una forma maravillosa de enseñar y aprender. Por ejemplo, Jesús tuvo un «accidente grave»: su crucifixión. Pero el «accidente» no fue causado por sus pensamientos nocivos. Fue causado por su amor, como una forma de impartirnos una lección didáctica.

En principio, si la causa de un accidente o de una enfermedad es la culpabilidad o el ataque, y no hay culpabilidad o ataque en mi mente, entonces no puedo tener un accidente y no puedo tener una enfermedad. Pero es posible —aunque el Curso no lo aborda porque se centra en las causas de enfermedad del ego— que una forma que el mundo juzgaría como negativa realmente sea causada por un pensamiento amoroso debido a la enseñanza y el aprendizaje que ejemplifica.

Entonces, de nuevo, el Espíritu Santo no despeja los obstáculos: no hace nada. Su luz solo está ahí. Yo despejo mis obstáculos trayéndoselos a Él. Ahora bien, nuestra experiencia en el mundo es que Él nos los quita; por eso el Curso nos habla de esa manera. Como dijimos antes, Jesús nos habla en el nivel preescolar porque allí es donde nos encontramos. Se dirige a nosotros en el nivel de nuestra experiencia. Y nuestra experiencia es que el Espíritu Santo hace cosas por o para mí: me quita algo o me da algo. Así lo experimentamos, ya que somos niños pequeños. Pero en realidad no hace nada; simplemente es.

El Curso indica: «Decimos "Dios es" y luego guardamos silencio» (L-pI.169.5:4). Bueno, el Espíritu Santo es la presencia del Amor de Dios en nuestra mente escindida. Él simplemente es: no hace nada. Somos nosotros los que lo hacemos, porque somos los que hicimos para empezar: nos escapamos del Cielo. El Cielo no se ha movido. Entonces, tenemos que regresar al Cielo: somos nosotros quienes hacemos todo eso.

Su Amor, de nuevo, es como un faro, que arroja su luz sobre un océano oscuro, nos muestra un lugar de refugio y de seguridad, y nos dice: «Aquí estoy». A medida que continuemos veremos que, de manera similar, el maestro de Dios no hace nada. Simplemente dice, no necesariamente con sus palabras, sino con su presencia amorosa: «Aquí estoy». Y el «yo» ya no es el «yo» personal del maestro de Dios. Es el «yo» del Amor de Dios, que habla a través de él. Entonces eso es todo lo que hace un maestro de Dios, y eso es todo lo que hace el Espíritu Santo.

Pero nuestra experiencia es que el Espíritu Santo despeja las cosas, así como nuestra experiencia es que sale y se pone el sol. Todos vemos salir el sol y lo vemos ponerse, pero sabemos intelectualmente que el sol no se está desplazando por el cielo. La tierra es la que se desplaza, es la que gira. Pero nuestra experiencia es que el sol sale y se pone, que es una forma maravillosa de mostrar cómo mienten los ojos del cuerpo. Del mismo modo, parece que el mundo es plano, pero sabemos que no lo es.

Entonces los ojos del cuerpo mienten. De hecho, el cuerpo en general miente. El cerebro miente porque recibe mensajes falsos del ego, que es intrínsecamente una mentira. Ese es el pensamiento deshonesto. De la misma manera, pues, nuestra experiencia es que el Espíritu Santo se mueve a nuestro alrededor, que Él nos hace cosas. En realidad, nosotros somos los que nos movemos. Somos los que traemos las ilusiones ante Su verdad, para que la luz de Su verdad las disipe.

(1:11-15) Disponen de Sus dones y siguen Su camino, porque la Voz de Dios los dirige en todo. La dicha es su canto de gratitud. Y Cristo los contempla también con agradecimiento. La necesidad que Él tiene de ellos es tan grande como la que ellos tienen de Él. ¡Qué gozo tan inmenso compartir el propósito de la salvación! 

Esto habla de la necesidad de Cristo. La necesidad que Cristo tiene de nosotros ciertamente no está en el mismo nivel que la nuestra. En realidad, aquí se refiere a la necesidad que tiene Cristo de que extendamos Su Amor. No tiene nada que ver con ninguna necesidad humana. Como comentamos anteriormente, cuando el Curso habla de que Dios llora (T-5.VII.4:5) y de que está incompleto sin nosotros (T-9.VII.8:2; T-9.VIII.9:8), está usando metáforas para expresar Su amor por nosotros. Entonces, de la misma manera, cuando el Curso habla aquí sobre la necesidad que Cristo tiene de nosotros, simplemente está diciendo que, para que la salvación sea completa, todos tenemos que aceptar la verdad de Cristo; no es que Cristo tenga una necesidad personal.