Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VIII
¿Cuáles son las características de los maestros de Dios?
Indefensión (M-4.VI)

Estar indefenso obviamente significa estar sin defensas. Recuerden, esto comenzó con el ego diciéndome que mi mente está llena de oscuridad, maldad y pecado, por lo que debe cerrarse herméticamente para protegerla porque es horrible. Luego construyo una defensa alrededor de ella —que es el mundo— para que nunca la vuelva a mirar. El ego me dice que ya no estoy en mi mente. Me he escapado de ahí para internarme en el mundo que es la fortaleza que rodea mi mente. Esa es la defensa. Y mientras crea que soy culpable y pecador, tendré miedo del castigo de Dios, lo que significa que necesitaré una defensa. Cuando pueda comenzar a abandonar mi inversión en la culpabilidad como una forma de mantener alejado el Amor de Dios, tendré menos culpabilidad y, por lo tanto, menos necesidad de defenderme de ese amor. Entonces podré comenzar el proceso de ir soltando mis defensas. Jesús fue un ejemplo perfecto de alguien que podía vivir en el mundo sin defensa alguna, porque no tenía nada de culpabilidad que tuviera que proteger. Otra definición de «indefensión» podría ser «estar sin ataque», porque las defensas son ataques.

(1:1) Los maestros de Dios han aprendido a ser sencillos.

El sistema de pensamiento del ego es todo menos sencillo; por eso el Curso parece ser tan complicado. Pero cuando profundizamos en lo que dice, el Curso es realmente muy simple. Parece ser muy complicado porque el ego es muy complicado. Como dice el Curso, «La complejidad forma parte del ámbito del ego» (T-15.IV.6:2). Desentrañar la complejidad del ego es lo que hace que el Curso sea difícil de entender. Cuando está claro que todo en este mundo es la misma ilusión, entonces también resulta muy claro y aún más simple lo que dice el Curso. El ego tomó una verdad muy simple —Dios es Amor— y la revistió de tenebrosidad y pecado. Luego, el ego rápidamente complicó las cosas al inventar un mundo como defensa. Y este mundo es muy complicado.

Desde los albores de nuestra existencia como homo sapiens, a medida que comenzamos a desarrollar cerebros capaces de observar, hemos tratado de desentrañar los misterios de la vida, desde el punto de vista biológico, físico, químico, social, psicológico, político, económico. Todo lo que podemos hacer es tratar de entender este mundo y universo físico increíblemente complejo que fabricamos. Y haciendo eso, hemos vuelto a caer directamente en la trampa, al tratar de analizar algo que no está allí, eso no tiene sentido en absoluto. El Curso nos dice repetidamente que lo que estamos haciendo no tiene sentido. Estamos analizando algo que se hizo para atraparnos y confundirnos, para complicarlo todo. La verdad es muy simple. «Decimos "Dios es" y luego guardamos silencio» (L-pI.169.5:4), porque no hay nada más. El ego dice: «Hay algo más. Y voy a protegerlo. Voy a hacer un mundo que provenga de este algo más. Y voy a pasar el resto del tiempo, eones y eones, tratando de entender y desentrañar el misterio supremo: qué propósito tiene la vida». Y, por supuesto, nunca lo haremos. Al estudiar el origen del universo, los científicos afirman que pueden retroceder a la fracción de segundo en que apareció el universo. Pero nunca pueden llegar más allá de esa fracción de segundo, porque esa fracción de segundo es la culpabilidad, ubicada en una mente de la que no saben nada.

Nuevamente, «los maestros de Dios han aprendido a ser sencillos». Solo las defensas contra la simplicidad de la verdad de Dios son muy complicadas. El Curso dice repetidamente lo simple que es. El último capítulo del texto comienza con una sección llamada «La simplicidad de la salvación» (T-31.I). Es muy simple decir que solo Dios es real, que solo la presencia del Espíritu Santo en nuestra mente es real. Todo lo demás es una invención; eso es simple. Así pues, la elección siempre se reduce a escoger entre la ilusión y la verdad, independientemente del sinnúmero de formas que la ilusión parece adoptar.

(1:2) No tienen sueños que tengan que defender contra la verdad.

El sueño que necesita una defensa contra la verdad es el sueño del pecado, la culpabilidad y el miedo. Ese es el sueño original de estar separados que ha estado encerrado en nuestras mentes y protegido por el mundo como defensa.

(1:3) No tratan de forjarse a sí mismos.

Eso, por supuesto, es lo que siempre hace el ego. El que estemos aquí en un cuerpo, con un yo personal —físico, emocional y psicológico— es el ego forjándose a sí mismo.

(1:4) Su dicha procede de saber Quién los creó.

Y podemos agregar, y de no temer a Quién los creó. No fue el ego quien me creó. Fue Dios.

(1:5) ¿Y es acaso necesario defender lo que Dios creó?

Obviamente, la respuesta es no. Eso es lo que Jesús demostró, como dice una lección del libro de ejercicios: «el Hijo de Dios no necesita defensas contra la verdad de su realidad» (L-pI.135.26:8). Esa lección se escribió en temporada de Pascua, y se refiere a Jesús. Pero también se refiere a todos nosotros, ya que todos somos el Hijo de Dios. No necesitamos defensa para protegernos de Quien somos.

(1:6) Nadie puede convertirse en un maestro de Dios avanzado mientras no comprenda plenamente que las defensas no son más que absurdos guardianes de ilusiones descabelladas.

La loca ilusión original es que me separé de Dios, esa es la «verdad» del ego que oculto en mi mente. A partir de ese momento tengo que estar protegido, porque de lo contrario Dios irrumpirá en mi mente, donde está mi pecado, y me destruirá. Entonces, el ego me lleva con mucha astucia a otro lugar, al mundo, que ahora está separado de la mente. Y a partir de ahí el mundo se convierte en una defensa donde Dios no puede entrar (L-pII.3.2:4).

(1:7) Cuanto más grotesco es el sueño, más formidables y poderosas parecen ser sus defensas.

Si pensamos en el grotesco sueño original de atacar y asesinar a Dios y a Cristo e instalarnos en el trono de la creación, eso es bastante horrible. Por lo tanto, necesitamos una defensa férrea y más potente, que es lo que es este mundo. Ahora el odio y el asesinato están ahí fuera en el mundo, y no dentro de mi mente. Esa es la defensa del ego. El horror del campo de batalla en mi mente dicta que sea mi sangre o la de Dios. Un pasaje que leeremos más adelante en el manual dice «mata o te matarán» (M-17.7:11). Entonces, en lugar de ver esa batalla dentro de mi mente, la cierro como una trampa de acero e invento un mundo donde ahora se derrama toda la sangre. Pero ya no está dentro de mí, no soy responsable de ello.

(1:8) Sin embargo, cuando el maestro de Dios acepta finalmente mirar más allá de ellas, se da cuenta de que allí no había nada.

El Curso se refiere al mundo como nubes de la culpabilidad (T-19.II.6). Las nubes de la culpabilidad realmente están destinadas a ocultarnos la luz del Amor y la verdad de Dios. Cuando finalmente aceptemos pasar más allá de todas las defensas del mundo y darnos cuenta de que todas son cortinas de humo, nos asomaremos al interior de nuestras mentes y descubriremos que no hay nada allí.

(1:9) Al principio, permite que se le desengañe lentamente…,

Así que este es un proceso, lo hacemos paso a paso. El ego nos ha dicho que, si miramos dentro de nuestras mentes, nos matarán. Dios no es de fiar, nos dice el ego. Entonces tenemos que hacerlo gradualmente, paso a paso, desaprendiendo nuestro miedo al Amor de Dios. Poco a poco comenzamos a confiar en que Dios y el Espíritu Santo son nuestros amigos y podemos recurrir a ellos en busca de ayuda. Ese es el valor de pedir la ayuda del Espíritu Santo en el mundo, incluso si es algo tan limitado y específico como encontrar espacios de estacionamiento. El Espíritu Santo no nos consigue literalmente espacios de estacionamiento, por todas las razones que ya hemos comentado. Pero al menos en las etapas iniciales, sus aparentes respuestas a nuestras peticiones limitadas son útiles para reducir nuestro temor de no importarle a Dios, de que Dios nos odie. Entonces, al menos podemos comenzar a tener la idea de que el Espíritu Santo nos ayuda. No es que Él sea quien nos encuentre espacios de estacionamiento. Pero la ilusión de que nos encuentra espacios de estacionamiento es mucho más útil que la ilusión de que le importamos un comino y que, de hecho, nos va a condenar.

Como describe el folleto «El canto de la oración», «pedir-desde-la-necesidad» es el nivel más bajo de la escalera (S-1.II.2-3). Pedirle al Espíritu Santo que haga cosas por nosotros en el mundo es el primer peldaño, pero tenemos que comenzar en algún lugar. Y ese es un lugar útil para comenzar, no por la forma que consiste en creer que Él nos encuentra espacios para estacionarnos, sino por el contenido: que ahora estamos comenzando a dudar de lo que el ego nos ha dicho, o sea, que no podemos confiar en el Espíritu Santo. Entonces estamos comenzando a entablar una relación en la que confiamos que Él nos ayudará. Y sí que nos ayudará porque nos ama. Pero debido a nuestro miedo, lo hacemos gradualmente.

(1:10) … pero a medida que su confianza aumenta, aprende más rápido.

A medida que aprendo cada vez más que puedo confiar en el Espíritu Santo y en el Amor de Dios, cada vez tengo menos miedo de volver a casa, lo que significa que ahora voy mucho más rápido.

(1:11) Cuando se abandonan las defensas no se experimenta peligro.

El ego me dice que, si dejo de lado el mundo como defensa, junto con todas las defensas que he hecho reales en el mundo, Dios me destruirá porque he retornado a la mente donde está el peligro, donde está la ira de Dios. Por lo tanto, mi proceso de aprendizaje me permite ver que, al desprenderme de mis defensas, no se me destruye. Durante años, los psicólogos han secundado el miedo del ego, aseverando que, si abandonamos las defensas, nos volveremos psicóticos.

La verdad es que, cuando deponemos las defensas, no nos volvemos psicóticos sino cuerdos. Pero si lo hacemos demasiado rápido, el chirrido del ego nos advierte: «No te acerques demasiado, porque si vienes desprovisto de defensas, Dios te destruirá». Entonces tenemos que hacerlo paulatinamente.

(1:11-15) Cuando se abandonan las defensas no se experimenta peligro. Lo que se experimenta es seguridad. Lo que se experimenta es dicha. Lo que se experimenta es a Dios.

Eso es lo que encontramos cuando finalmente abrimos la mano: no encontramos todos los tenebrosos pensamientos de pecado que el ego nos dijo que encontraríamos; no encontramos el campo de batalla ensangrentado en el que Dios nos destruirá. Todo lo que encontramos es la paz y el Amor de Dios. Como veremos repetidamente, al identificarnos y experimentar esa paz y Amor de Dios dentro de nosotros, ese Amor se extiende automáticamente a través nuestro. Eso es lo que significa decir que un maestro de Dios no hace absolutamente nada. Al soltar todas las barreras y velos, el apacible Amor de Dios simplemente se extiende a través de nosotros.