Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte X
¿Cuáles son las características de los maestros de Dios?
Paciencia (M-4.V.III)

La paciencia es una de las características más importantes de los maestros de Dios simplemente porque todos tendemos a ser muy impacientes. Tras haber fabricado el tiempo, nos convertimos en esclavos del tiempo.

(1:1) Los que están seguros del resultado final pueden permitirse el lujo de esperar, y esperar sin ansiedad.

Esto nos indica que cuando nos encontramos impacientes por algo, es realmente porque no confiamos en el resultado. Siempre. Esto nos remite de nuevo a la idea de la confianza. Si me impaciento, es porque tengo miedo de que, si algo que quiero no sucede justo cuando quiero que suceda, no sucederá en absoluto, o sucederá de manera diferente a como quiero que suceda. Y eso es porque no confío. También creo que, si algo no ocurre dentro del plazo que he establecido para ello, ocurrirá algo terrible. Seré víctima de que una persona llegue tarde o de que un trabajo no se termine a tiempo, etc. Todo esto, obviamente, es una forma sutil de hacer que el error sea real, de hacer que el mundo sea real y de creer que mi salvación, mi paz y mi felicidad dependen de algo externo.

Si realmente puedo identificarme con el Amor de Dios como mi identidad y recordar que ese Amor es eterno, ¿qué puede importar algo en el mundo? Ahora bien, eso no significa que, dentro de mi rol específico, no haga lo que se supone que debo hacer, pero puedo hacerlo sin ansiedad. Y si resulta que simplemente no se hace, o que otros no hacen la parte que les corresponde, o que algo no sucede en el lapso asignado, no significa que consecuentemente yo vaya a sufrir. Confío, sabiendo que mi centro y mi Fuente no es de este mundo. En ese nivel, nada fuera de mí importa, porque nada fuera de mí tiene el poder de quitarme el amor y la paz que moran en mi interior.

(1:2-3) Para el maestro de Dios tener paciencia es algo natural. Todo lo que ve son resultados indudables que ocurrirán en un momento que tal vez le sea desconocido, pero que no pone en duda.

Ahora bien, los «resultados indudables» no tienen que ver con nada material. El desenlace seguro es que todos volveremos a casa. El texto dice: «el desenlace final es tan inevitable como Dios» (T-2.III.3:10; T-4.II.5:8); el desenlace es llegar más allá de nuestros egos, despertar del sueño y retornar a la casa que nunca hemos abandonado. Eso es seguro, y ¿qué otra cosa puede importar aparte de eso? Llegar tarde a una cita, no terminar un proyecto a tiempo: ¿qué tan relevantes son esas demoras para que despertemos del sueño y regresemos a casa con Dios? Solo eso es importante. Ese desenlace ya es seguro: el Espíritu Santo ya está presente y nunca nos hemos separado de Dios.

La idea es observar nuestras mentes cuando nos percatamos de que nos estamos impacientando con personas que no aprenden tan rápido como creemos que deberían hacerlo, o que no están trabajando con suficiente rapidez, etc. En ese momento, queremos darnos cuenta de que hemos vuelto a devaluar la certeza de Dios y la paz del Cielo, y le hemos entregado nuestra paz al que nos ha colmado la paciencia. No estoy molesto porque estás perdiendo el tiempo. Estoy molesto porque no he valorado el Amor y la paz de Dios, me deshice de ellos y luego te eché la culpa a ti.

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(1:4-6) El momento será tan apropiado como la respuesta. Y esto es verdad con respecto a todo lo que ocurre ahora u ocurra en el futuro. En el pasado tampoco se produjeron errores ni ocurrió nada que no sirviera para beneficiar al mundo, así como a aquel a quien aparentemente le ocurrió.

Ahora, esto no significa que las personas siempre tomen las decisiones más amorosas. Como es obvio, el mundo nos demuestra que este no es el caso. Pero incluso los errores que cometemos se convierten en oportunidades de aprendizaje, y en ese momento no son errores, en un sentido negativo. Todos cometemos errores. Estar en este mundo es un error, un error cósmico, algo que es sumamente importante tener en cuenta. Por lo tanto, no debemos estar molestos por errores. El hecho de que estemos aquí, aparentemente vivos y respirando, es un error.

El Curso no dice que debamos negar que estamos aquí, vivos y respirando. Se refiere a una actitud que implica mirar las cosas que hemos hecho «mal» y darnos cuenta de que el que hablaba era nuestro miedo. Pero el Espíritu Santo, la Presencia del Amor, aún está ahí dentro de nuestras mentes, junto con nuestro miedo, y Él puede ayudarnos a ver nuestros errores de manera diferente. No importa si estamos hablando de algo importante, de la escala del Holocausto, o de algo trivial, como sentirnos levemente irritados con alguien: todo tiene el mismo potencial de enseñarnos que la forma en que el ego mira el mundo no es la correcta. Si miramos cada situación como es debido, a través de los ojos del Espíritu Santo, todo cambia para nosotros. Por lo tanto, no hay errores en el sentido habitual: simplemente se convierten en parte de mi proceso de aprendizaje.

Eso es lo que significa la paciencia. Me doy cuenta de que cada momento lleva dentro la salvación si elijo mirarlo con el Espíritu Santo, en lugar de verlo con el ego. Y la forma no marca ninguna diferencia. Puedo estar en el proceso de enfadarme realmente por algo, hacer todas las cosas que hace la gente enfadada: gritar, vociferar y armar un escándalo con respecto a las cosas horribles que están sucediendo a mi alrededor. Y en pleno arrebato de cólera, sigo teniendo dentro de mi mente el poder de tomar una decisión distinta. En ese instante cuando lo hago, todo desaparece, todo lo que estaba haciendo hace cinco minutos ya no existe. Entonces, mi error al tomarme en serio un acontecimiento en el mundo y ver victimización a mi alrededor se convierte en el aula de clase en la que puedo decir: «Esto es lo que estoy haciendo, pero quiero otra cosa». Mi error se vuelve en ese momento un error santo, porque se convierte en una oportunidad para aprender algo diferente. De eso habla este pasaje.

Entonces, paciencia es comprender que, independientemente de lo que esté sucediendo en el mundo en general o en mi mundo personal, la lección puede aprenderse ahora y solo aguarda que yo decida que ahora sí quiero aprender el perdón en lugar del enojo. En ese momento, todo el pasado desaparece. Y así, dado que no hay tiempo, toda la idea de la impaciencia se vuelve irrelevante.

A veces la gente dice que, si el Curso enseña que toda la Filiación tiene que regresar como una sola, ¿qué hay de Jesús? Estará atascado en algún lugar, esperando al resto de nosotros. Tendrá que esperar millones de años hasta que todos cambiemos de mentalidad. Pero Jesús no está en el tiempo, así que no hay tiempo en el que esté esperando. Como se identifica solo con el Amor y la certeza de Dios, no hay motivo para impacientarnos. Ni siquiera hay nada que aguardar. Dentro de un mundo temporal, palabras como «impaciente» y «esperar» tienen mucho sentido, pero eso es cierto dentro del mundo temporal del ego. En la eternidad están desprovistas de sentido. Y así, a medida que crece nuestra aceptación de la eterna presencia del Amor en nuestras mentes, crece nuestra capacidad de volvernos cada vez más pacientes con nosotros mismos y con todos los demás.

La impaciencia también puede entenderse de otra manera. Si me impaciento conmigo mismo, o con alguien más por no aprender el proceso del perdón con suficiente rapidez o por cualquier otra razón, en realidad es porque se me ha enfrentado con el tremendo dolor de mi propia falta de valía, fracaso y culpabilidad, y eso no lo he querido mirar. Mi impaciencia me indica que tan solo quiero poner fin a esto lo más pronto posible porque el dolor es demasiado fuerte. Es como si estuviera en el sillón del dentista; cuando el dolor de la fresa dental se está volviendo demasiado intenso. Lo único que me interesa es que termine lo más pronto posible. Entonces, la impaciencia que yo sienta por cualquier cosa proviene de mi intolerancia para mirar a mi ego, lo que obviamente lo hace muy real.

Por lo tanto, la forma de superar a mi ego es aprender a mirarlo sin mostrarme intolerante ni impaciente conmigo mismo. Quiero poder mirar a mi ego sin tomarlo en serio, mirar toda la fealdad dentro de mí, todos los pensamientos asesinos que van dirigidos hacia mí y hacia otros, y simplemente decir: «Bueno, ese es mi ego, pero no tengo que tener miedo porque dentro de mí hay otra Voz que es apacible». Ese es el comienzo de la paciencia. Aprendo a no temerle a la fealdad que creo que es real dentro de mí, a medida que voy fortificando poco a poco la fe y la confianza de que la belleza y el amor también se encuentran dentro de mí. Y todo lo que tengo que hacer es elegir.

(1:7) Tal vez esto no se entendió así en su momento.

«Tal vez» es una ligera atenuación. Es muy probable que en ese momento no se entendiera que el pasado tampoco encerraba errores porque yo pensé que algo terrible había sucedido. Pero ese «algo terrible» no es más que mi ego, vivito y coleando, y dejándose sentir de forma muy dolorosa. No obstante, ahora sé que hay otra presencia en mi mente que se deja sentir de forma dichosa. Y puedo mirar a través de los ojos del Espíritu Santo o de Jesús, para que ahora pueda ver aquello que pensaba que era muy terrible como un aula de clase muy útil.

(1:8) Con todo, el maestro de Dios está dispuesto a reconsiderar todas sus decisiones pasadas, si estas le están causando dolor a alguien.

En otras palabras, soy consciente de haber hecho algo en el pasado que ha reforzado la culpabilidad de otro —eso es lo que significa causar dolor a alguien—; o bien, algo que sigue siendo una fuente de profunda culpabilidad dentro de mí porque ahorita mismo le estoy otorgando realidad, mientras no cambie de mentalidad. No hay pasado ni futuro. Es un truco inventado en mi mente. Así que siempre tengo la opción en el momento presente de continuar aferrándome a mi culpa, mis pecados del pasado y mi miedo del futuro. Y si me estoy aferrando a ellos, debo examinar esa elección, porque ese es un aula de clase que he hecho real para mí. Miro mi error pasado, que el ego ha llamado pecado, con el amor de Jesús a mi lado, y ahora me parecerá totalmente diferente.

(1:9-10) Tener paciencia es algo natural para los que tienen confianza. Seguros de la interpretación final de todas las cosas en el tiempo, ningún resultado, ya visto o por venir, puede causarles temor alguno.

La «interpretación final de todas las cosas en el tiempo» es la del Espíritu Santo. Como dice la lección del libro de ejercicios, «Todas las cosas son lecciones que Dios quiere que yo aprenda» (L-pI.193), esa es la interpretación final. Todo es una oportunidad de aprender. No importa si estamos hablando de la Alemania nazi o de un incidente menor que me sucedió ayer. Esa es la interpretación final, y estoy seguro de ello porque estoy seguro de la presencia del Espíritu Santo dentro de mí. Pero si no estoy seguro de la presencia del Espíritu Santo en mi interior, hay una falta de confianza. Y si no confío en Su amor y Su paz, estoy eligiendo al ego, que me encierra en su propia interpretación de los acontecimientos.

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En otras palabras, cuando estoy seguro del desenlace y no dudo que soy un hijo de Dios y que nunca he abandonado la casa de mi Padre, absolutamente nada en este mundo puede molestarme. Entonces percibo lo que parece estar sucediendo en el mundo —ya sea mi mundo o el mundo en general— como una parte del aula de clase que me enseñará la lección que en otro nivel ya he aprendido. En ese momento, cualquier ansiedad, impaciencia o miedo se vuelven irrelevantes.

La clave en esto, como he dicho repetidas veces, es no engañarnos a nosotros mismos o negar el hecho de que todavía lo estamos aprendiendo. En otras palabras, no es útil simplemente tomar esta declaración y usarla para reducir nuestra ansiedad y miedo. Nuestro objetivo es saber que el único significado de todo es que sea un aula de clase donde vuelvo a aprender lo que ya aprendí, pero que aún no he aceptado. Ese principio hace que sea más fácil superar situaciones difíciles. Pero no quiero negar todo el aprendizaje que me queda por hacer; no quiero saltarme pasos, disolviendo con baños de espiritualidad mi enojo, desilusión, ansiedad, culpa o cualquier otro sentimiento que yo esté experimentando.