Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XI
¿Cuáles son las características de los maestros de Dios?
Fe (M-4.IX)

Esta sección es básicamente acerca de la generalización: tener fe en que las enseñanzas del Curso funcionan en todas las situaciones. Esto, por supuesto, debe ser cierto porque todas las situaciones son iguales. El ego enseña que todo es diferente: cada problema es único y distinto y debe abordarse de manera diferente en función de sus propias circunstancias especiales. Pero en verdad, todos los problemas son un solo problema. Cada problema no es más que otra expresión de la separación, lo que significa que todos los problemas tienen una misma solución: el perdón o la unión del Espíritu Santo.

Entonces, tener fe significa saber que solo tenemos que cambiar la forma en que estamos viendo un problema, y el Amor de Dios nos lo resolverá. No en el nivel de la forma, por supuesto. El Amor de Dios será simplemente el contenido que se filtrará a través de nuestras mentes, y en ese momento comoquiera que abordemos el problema específico será con paz y con amor, y funcionará. De nuevo, no necesariamente en cuanto a la forma. Pero funcionará en el sentido de que estaremos en paz. Nuestro único problema es que no estamos en paz. Así que, cuando recuperamos la paz, el problema ha sido resuelto. De eso se trata tener fe tal como se presenta en esta sección.

(1:1) El grado de fe de un maestro de Dios indica cuán avanzado se encuentra en su programa de estudios.

El «programa de estudios» consiste en aprender que todos los problemas son un solo problema y que, por lo tanto, todas las soluciones son una sola. Entonces, el grado de fe, de que tengamos fe en que todos nuestros problemas serán resueltos, indica qué tan lejos hemos llegado. Esto implica que el camino espiritual, el camino de convertirse en un maestro de Dios avanzado mediante la práctica de este curso, es un proceso.

(1:2) ¿Pone en práctica este aprendizaje solo en algunos aspectos de su vida mientras mantiene otros aparte?

Todos, por supuesto, hacemos eso. Permitimos que el proceso funcione en algunas áreas de la vida, pero no en todas. Por ejemplo, dejaremos que el Espíritu Santo nos ayude a perdonar a esta persona en esta situación, pero no a aquella persona en esa situación. O permitimos que Él nos ayude a manejar esta forma particular de dolor y sufrimiento, pero decidimos que esa otra es demasiado grande. Todo lo que estamos haciendo es decir que hay diferencias en este mundo. Y una vez que decimos eso, obviamente estamos haciendo que el mundo sea real.

La sección muy poderosa «Las leyes del caos» (T-23.II) en el capítulo 23 describe las cinco leyes del ego. La primera ley es que existe una jerarquía de ilusiones. Algunas ilusiones son mejores, algunas son peores que otras. Algunas ilusiones son santas, otras no. Todos estos juicios se basan en la forma. En el mundo, todos piensan en función de la forma. Por lo tanto, podemos resolver ciertos problemas más fácilmente que otros. Ahora, en el mundo de la forma, esto es indudablemente cierto. Pero recuerden que todo el mundo de la forma es parte del sueño. Cuando reconocemos que el único problema es que creemos que el sueño es real —he ahí el problema— todo resulta simple. Dentro del sueño, parece que hay diferencias. Pero cuando reconocemos que todas las diferencias provienen del mismo pensamiento básico de separación, que es ilusorio, todas son iguales.

(1:3) De ser así, su progreso es lento y su confianza aún no se ha arraigado firmemente.

En otras palabras, todavía retenemos ciertos problemas apartados del Espíritu Santo, lo que básicamente significa que todavía creemos que ciertas cosas que suceden en el mundo tienen el poder de impedir que estemos en paz y sintamos el Amor de Dios. Estamos diciendo que hay ciertas fuentes de dolor o enfermedad, o ciertas condiciones en el mundo, o ciertas cosas que hace la gente, que tienen el poder de mantener la paz de Dios alejada de nosotros. Eso es lo que todos decimos cuando no generalizamos la lección del perdón en todas las situaciones. La verdad es que, independientemente de lo que esté sucediendo a nuestro alrededor, aún podemos estar en paz y saber que el Amor de Dios está dentro de nosotros. No saber eso es el único problema, y aceptarlo es la única solución.

(1:4-4a) La fe es la confianza que el maestro de Dios tiene de que la Palabra de Dios ha de resolver todas las cosas perfectamente. No solo algunas, sino todas.

Como se usa en el Curso, la frase «la Palabra de Dios» es casi siempre una expresión de la Respuesta de Dios, el principio de Expiación del Espíritu Santo. A veces se usa como sinónimo del Espíritu Santo; a veces, del principio de Expiación; a veces, del plan de la Expiación; a veces, del perdón, etc.

Entonces, tener fe es saber que, independientemente de la fuente de nuestra angustia, el Amor del Espíritu Santo en nuestras mentes puede rectificarlo todo. Esto no significa que el Amor del Espíritu Santo lo arregle todo en el mundo. Piensen en Jesús: su vida no se compuso al final. Desde luego, no exteriormente. O piensen en las personas en los campos de concentración que murieron allí. Sus vidas no llegaron a enderezarse, según el criterio del mundo. Se rectifican todas las cosas en nuestra experiencia o percepción de ellas, de manera que, suceda lo que suceda a nuestro alrededor, sin excepción, seguimos llenos del Amor y la paz de Dios. Una vez que hacemos excepciones, estamos diciendo que existe una jerarquía de ilusiones y que el mundo de separación y el sistema de pensamiento de separación del ego son reales. Y hemos caído en la trampa.

(1:5) Comienza generalmente poniendo su fe en la resolución de solo algunos problemas, manteniéndola así cuidadosamente restringida por un tiempo.

Al principio, sería natural que lo hiciéramos.

(1:6-8) Someter todos los problemas a una sola Respuesta es invertir completamente la manera de pensar del mundo. Y solo eso es fe. Ninguna otra cosa merece que se le llame por ese nombre.

De nuevo, eso es lo que hace que el Curso sea tan increíblemente simple. Y esto no puede entenderse, y mucho menos experimentarse profundamente, sin saber realmente, tanto por experiencia como con el intelecto, que todo el mundo es inventado y que, de hecho, no hay mundo. Todo es un sueño tonto cuyo único propósito es evitar que despertemos. Sin excepción, el mundo entero es eso. A medida que esa idea crece en nosotros, primero intelectualmente y luego como parte de nuestra experiencia, comenzamos a comprender por qué hay un solo problema y una sola respuesta, y por qué no hay grados de dificultad en los milagros.

El único problema es que creo que hay un problema, ¡ese es el problema! De nuevo, el problema no es la diminuta idea loca de estar separado de Dios. El problema es convertirlo en un problema, al tomarlo como algo serio, ese es el problema. Y reproducimos ese error básico una y otra vez. Nos enojamos por algo que no está allí. Recordemos que hablamos antes del puño cerrado como una metáfora de la mente cerrada: de veras creemos que algo terrible está en ese puño cerrado. Así que nunca nos acercamos a él. Pero es un problema inventado. Cuando llegamos a ser capaces de mirarlo y ver que no hay nada ahí, todo desaparece. Toda la ansiedad, la preocupación y la culpa desaparecen.

Todo en este mundo es así. Y eso es lo que significa ser un maestro de Dios: reconocer que no hay nada que enseñar y nada que aprender. Simplemente aceptamos la verdad que ya está presente en nosotros. Eso significa que miramos con honestidad el sistema de pensamiento del ego y todas sus manifestaciones, todas las cosas que nos molestan y nos preocupan. Las miramos y decimos: «Este no es el problema, esto no es lo que parece ser». Así que crecer en Un curso de milagros significa reconocer que no hay nada ahí fuera que deba ser perdonado o corregido. No hay nada ni nadie ahí fuera que requiera ayuda o sanación. Lo que requiere ayuda y sanación es mi mente que percibe ahí fuera algo que requiere ayuda y sanación.

Esto no significa que nuestros cuerpos no hagan nada, o que nuestros cuerpos no adopten la forma de ayudar a otras personas. Pero mi experiencia no es que sea yo mismo el que está prestando la ayuda. Mi experiencia es la de ser el instrumento a través del cual llega la ayuda. En un hermoso pasaje del libro de ejercicios, Jesús dice:

Esto es lo único que necesito: que oigas mis palabras y se las ofrezcas al mundo. Eres mi voz, mis ojos, mis pies y mis manos por medio de los cuales le llevo la salvación [al mundo]» (L-pI.rV.9:2-3). Lo que es particularmente importante de este pasaje es que Jesús dice que él es quien salva el mundo, nosotros no lo salvamos; pero él no puede salvarlo excepto a través de nosotros, así como no habría podido impartir este mensaje de no haber tenido el cuerpo de Helen, a través del cual impartirlo.

De nuevo, esto no significa que le demos la espalda a lo que sucede en el mundo. Simplemente significa que entregamos la mente a Aquel que realmente sabe lo que está sucediendo en el mundo. Así Su Amor trabaja a través nuestro, guiando al cuerpo para que haga lo que vayamos a hacer. Cuando lo hacemos bien, ya no experimentamos que lo hacemos nosotros. Por lo tanto, no tenemos ninguna inversión en que la gente se cure, en que muestre una mejoría o en que les lleguen alimentos; tampoco en que haya paz en el mundo ni nada parecido. Una vez que tenemos una inversión en algo, obviamente lo estamos convirtiendo en realidad. Queremos tener una inversión en que se sanen nuestras mentes, trayendo todos los pensamientos de separación, culpabilidad, miedo y ataque a la presencia de amor en nuestras mentes. Cuando nos reunimos con el amor de Jesús, su amor obra a través de nosotros.

Ahora bien, aunque acabamos de leer que tener fe no admite excepciones (significa entregar todos los problemas a la única Respuesta), Jesús dice:

(1:9-10) Con todo, vale la pena lograr cada avance, por pequeño que sea. Estar dispuesto, como indica el texto, no quiere decir que se haya alcanzado la maestría.

En otras palabras, Jesús dice que el ideal y la meta es poder aplicar este principio a todas las situaciones, a todos los problemas y a todas las relaciones, sin excepción. Pero también nos dice que no vamos a hacer esto de inmediato. Así que damos pasos pequeños, y cada paso vale la pena. Está diciendo que, en cualquier momento dado, si podemos entregarle un problema, hemos progresado. Y estamos listos para hacerlo, incluso si no hemos dominado todo el principio. Incluso si no somos perfectos, aún podemos recorrer el camino hacia volvernos perfectos.

Esto es de gran utilidad para nosotros —lo encontramos en los tres libros— por la apacibilidad y la paciencia de Jesús, si me permiten aplicarle a Jesús ese calificativo. Él no se espera que seamos perfectos. Quizá caigamos en la tentación de decir: «Bueno, yo no puedo hacerlo porque no dejo de enojarme, no dejo de enfermarme o me sigo deprimiendo y luego me siento muy culpable». Pero el objetivo del Curso no es acabar con todo eso en un dos por tres. El objetivo es proporcionar un medio por el cual, paso a paso, demos todos los pequeños pasos a lo largo de un camino más largo, que con el tiempo nos llevará a trascender todos nuestros pensamientos del ego. Pero es un proceso. No es algo que sucede de la noche a la mañana.

Entonces, otra forma de entender la paciencia es tener paciencia con nosotros mismos, sabiendo que no tenemos que ser perfectos. Podemos estar listos para aprender el Curso y practicarlo sin haberlo dominado. Si lo hemos dominado, ya no lo necesitamos. Por lo tanto, el propósito de que estudiemos el Curso es que necesitamos algo que nos ayude a deshacer todo el enojo, la culpa, la ansiedad, etc.

(2:1) La verdadera fe, sin embargo, no se desvía.

Así que ahora está volviendo a la implicación definitiva de la fe. En otras palabras, cuando verdaderamente tenemos fe, no hay oscilación.

(2:2-12) Al ser coherente, es completamente honesta. Al ser inquebrantable, goza de absoluta confianza. Al estar basada en la ausencia de temor, es apacible. Al gozar de certeza, rebosa dicha, y al tener confianza, es tolerante. La fe, por lo tanto, encierra en sí todos los demás atributos de los maestros de Dios y entraña la aceptación de Su Palabra y de la definición que Él tiene de Su Hijo. Hacia Ellos [Dios y Su Hijo] es adonde la fe, en el verdadero sentido de la palabra, siempre se dirige. En Ellos tiene puestas sus miras, buscando hasta que encuentra. La indefensión naturalmente la acompaña y su condición es la dicha. Y una vez que encuentra, descansa con sosegada certeza solo en aquello que es digno de toda fe [que por supuesto es Dios].

Para resumir: la fe es otro de esos términos que el Curso usa de una manera diferente del uso común. El Curso no está hablando de la fe en Dios como la gente suele hablar de ella. En el Curso, y sobre todo en este contexto, significa tener confianza en el proceso, del cual obviamente se encarga el Espíritu Santo. Y con nuestra fe y confianza en el proceso, también reconocemos que nuestros egos no tienen poder. Entonces, a pesar de todos los intentos del ego de engañarnos y de engañar a otros, podemos mirar más allá de nuestro ego y del de los demás, podemos confiar y tener fe en que la luz de Cristo aún brilla en nuestras mentes. A pesar de todos los pensamientos asesinos que el mundo alberga, que hicieron y sostienen al mundo, el Amor de Dios y la paz del Cielo no han sido afectados en absoluto. Y vivo esa fe en mi vida cotidiana confiando en que, no importa cuán molesto esté, todavía hay una presencia inamovible, inquebrantable y constante de amor en mi mente que siempre está ahí para mí. Y no solo siempre está ahí para mí, sino que también está en todos los demás. Tengo confianza en que voy por el camino correcto, y que el amor me está guiando y el amor es el objetivo. Y lo lograré. En qué momento lo vaya a lograr no importa. Lo único que importa es la certeza de que llegaré a casa. Eso es la fe.