Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XII
¿Cuáles son las características de los maestros de Dios?
Mentalidad abierta (M-4.X)

La característica final es la mentalidad abierta. Básicamente, la mentalidad abierta significa que mi mente no está cerrada a nada ni a nadie ni a ninguna parte de la Filiación. Es de mentalidad abierta en el sentido de que «todas las cosas son lecciones que Dios quiere que yo aprenda» (L-pI.193), sin excepción. Todo lo que percibo fuera de mí es parte de la misma Filiación de Cristo que yo. Entonces mi mente no está cerrada a ninguna lección de perdón, y no está cerrada a ninguna parte de la Filiación.

(1:1-2) El papel central que ocupa la mentalidad abierta —quizá el último de los atributos que el maestro de Dios adquiere— puede entenderse fácilmente cuando se reconoce la relación que guarda con el perdón. La mentalidad abierta procede de una ausencia de juicios.

Y eso, por supuesto, es lo que hace el perdón; deshace los juicios.

(1:3) De la misma manera en que los juicios cierran la mente impidiéndole la entrada al Maestro de Dios [el Espíritu Santo], de igual modo la mentalidad abierta Lo invita a entrar.

En un principio le cerré mi mente al Espíritu Santo cuando juzgué: he pecado. Primero emití un juicio contra el Hijo de Dios: es un pecador y es culpable. Luego emití un juicio contra Dios: es iracundo y vengativo, y por lo tanto ya no es un Ser de perfecto Amor. De ese juicio surgió mi siguiente juicio: mi amigo es el ego y no el Espíritu Santo. De esos juicios originales surgió el mundo, junto con todos los juicios que circulan aquí en el mundo.

(1:4) De la misma manera en que la condenación juzga al Hijo de Dios como malvado, de igual modo la mentalidad abierta permite que sea juzgado por la Voz de Dios en Su Nombre.

El juicio original fue que el Hijo de Dios es malo y pecador por lo que hizo. Y la mentalidad abierta es como si abriera el puño que cerré cuando le coloqué dentro el mal y el pecado. Ese fue el juicio contra mí mismo. La mentalidad abierta es abrirnos al juicio del Espíritu Santo, que simplemente dice: «No ha pasado nada. La inocencia que tenías como Hijo de Dios sigue siendo tuya, y nunca te la han quitado».

(1:5-6) De la misma manera en que la proyección de la culpa sobre él lo enviaría al infierno, de igual modo la mentalidad abierta permite que la imagen de Cristo le sea extendida. Solo aquellos que tienen una mentalidad abierta pueden estar en paz, pues son los únicos que ven razones para ello.

Cuando proyecto mi culpabilidad sobre ti como un símbolo del Hijo de Dios separado, mi proyección te condena al infierno. Estoy diciendo: «Eres un pecador miserable y mereces ser castigado». Por otro lado, cuando renuncio a todo juicio en mi contra, la imagen de Cristo —una imagen de perfecto amor e inocencia— se extiende a través de mí hasta ti.

(2:1-2) ¿Cómo perdonan los que tienen una mentalidad abierta? Han renunciado a todas las cosas que les impedirían perdonar.

Esta es otra de esas declaraciones muy claras que definen todo el proceso del Curso, de lo que es el perdón. El perdón no hace nada. Deshace o se desprende de lo que el ego ha puesto allí. El propósito del Curso es eliminar las interferencias que te impiden ser consciente de la presencia del amor. Hay algunas líneas en una de las secciones sobre relaciones especiales que dicen lo mismo: «Tu tarea no es ir en busca del amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de ti que has levantado contra él. No es necesario que busques lo que es verdad, pero sí es necesario que busques todo lo que es falso» (T-16.IV.6:1-2). Entonces no tenemos que preocuparnos por encontrar a Dios o al Espíritu Santo o la verdad y el amor. Ya están ahí. Si los buscamos, estamos diciendo que no están ahí, y tenemos que encontrarlos. Eso nos dice el ego. Entonces no buscamos a Dios o al Espíritu Santo o la verdad. Buscamos las interferencias dentro de nuestras mentes que nos impiden aceptar el amor que ya está ahí. Nuestra tarea es buscar y encontrar las barreras que hemos erigido contra el amor.

Perdonamos simplemente mirando todas las cosas que se han interpuesto en el camino del perdón, cosas como el juicio, el ataque, la culpa, etc. Y luego los dejamos ir abriendo ese puño cerrado y diciendo: «Ya no quiero proteger estas cosas. Ya no quiero tenerles miedo. Ya no quiero sentirme culpable por razón de ellas». Y luego se disipan en la luz de la verdad.

(2:3) Han abandonado realmente el mundo y permitido que este les sea restaurado con tal frescura y con una dicha tan gloriosa, que jamás hubiesen podido concebir un cambio así.

Esto se refiere al mundo real. No significa que el mundo desaparecerá. El mundo que desaparece es un mundo de pecaminosidad, culpabilidad y sufrimiento. Eso es lo que abandonamos. Y entonces el mundo se nos restaura con una frescura y una dicha gloriosa. Esto no significa que el mundo haya cambiado físicamente. Lo que ha cambiado es que ahora miramos este mundo a través de ojos de luz, amor y paz, en lugar de ojos de oscuridad, ataque, condena y sufrimiento. Entonces el mundo real no es un cambio en el mundo. Es un cambio en la mente de alguien que está mirando el mundo. Si pensamos en Jesús en la cruz, su mundo no cambió, el mundo físico a su alrededor no cambió. Pero solo había luz en la mente de él, así que eso es lo que él percibió.

(2:4-5) Nada es ahora como era antes. Todo lo que antes parecía opaco y sin vida, ahora no hace sino refulgir.

Era opaco y sin vida porque la culpabilidad es opaca y sin vida, y la culpabilidad es realmente la muerte.

(2:6) Lo que es más, todas las cosas les dan la bienvenida, ya que ha desaparecido toda sensación de amenaza.

Todas las cosas son bienvenidas porque todo se ve como un aula de clase. Así que no digo: «Esto es algo terrible que va a suceder; por lo tanto, tengo que impedirlo». Nada en el mundo supone una amenaza porque me doy cuenta de que no hay nada en el mundo. ¿Cómo puede lastimarme algo que no existe?
Solo puede lastimarme mi creencia de que existe algo que pueda lastimarme, pero creer eso no lo hace realidad. Entonces, en cierto sentido, esta es otra forma de enunciar el principio de Expiación: soy libre de creer que me separé de Dios, pero no soy libre de haber hecho que sucediera.

(2:7-8) Ya no quedan tinieblas que oculten la faz de Cristo. Ya se ha logrado el objetivo.

La «faz de Cristo» se usa en el Curso como un símbolo del perdón. No es algo que realmente vemos. No vemos el rostro de Jesús en alguien. No vemos que cambie la cara física de la otra persona. Lo que cambia es la forma en que te miro la cara. Ver la faz de Cristo en mi hermano es realmente una expresión del perdón. Significa que te miro a través de los ojos de la inocencia y ya no te veo culpable o pecaminoso. Y entonces brillas, irradias y te veo hermoso, no por nada físico en ti, sino simplemente porque ahora te veo sin todas las proyecciones de odio, culpa y ataque que yo había puesto allí.

Las «nubes», como mencioné anteriormente, se usan con frecuencia en el Curso como un símbolo de las ilusiones del ego, y a menudo específicamente de la culpabilidad, como la «nube de culpabilidad» (por ejemplo, T-13.IX) que esconde la luz del Espíritu Santo.

(2:9) El perdón es la meta final del programa de estudios…,

El objetivo final de Un curso de milagros no es Dios o el Cielo. El objetivo final es la paz. Y el perdón es el medio para alcanzar esa paz. Por lo tanto, el programa de estudios del Curso es bastante específico, pues es un programa de estudios para aprender a deshacer. El perdón deshace. El milagro deshace. Y cuando deshacemos todas las cosas que el ego ha puesto en nuestra mente, solo queda el Amor de Dios.

El Curso tiene una especie de fórmula básica: veo la faz de Cristo en mi hermano y luego recuerdo a Dios. Ver la faz de Cristo en mi hermano es perdonar. Ese es todo el proceso. Cuando ha ocurrido y es completo, el Curso ha completado su propósito. Lo que queda es el recuerdo de Dios, que ahora alborea en nuestras mentes. El Espíritu Santo mantiene el recuerdo de Dios en nuestras mentes. De hecho, el Espíritu Santo es el recuerdo del Amor de Dios en nuestras mentes separadas dentro del sueño. Entonces, cuando hemos deshecho totalmente los sueños del ego, queda únicamente el recuerdo de Dios.

(2:10) … pues allana el camino para lo que se encuentra más allá de todo aprendizaje.

Y eso es el Amor de Dios.

(2:11-13) El programa de estudios no hace ningún esfuerzo por excederse de su verdadera meta. El perdón es su único objetivo, en el cual converge en última instancia todo aprendizaje. Ciertamente eso es suficiente.

El Curso no habla de amor ni enseña amor. Ese no es su objetivo. Eso está más allá de lo que se puede enseñar. Lo que se puede enseñar es cómo deshacer lo que nos hemos enseñado a nosotros mismos. Nos hemos enseñado todo el sistema de pensamiento del ego, un sistema de pensamiento basado en el ataque, la separación, la enfermedad, etc. Entonces necesitamos otro sistema de pensamiento que lo deshaga, un sistema que nos enseñe algo diferente. El perdón hace eso. Cuando el perdón es completo y hemos deshecho todo lo que el ego ha enseñado, todo el aprendizaje desaparece. El aprendizaje ahora ha cumplido su propósito, y no queda más que la memoria de Dios.

Esto completa nuestro comentario sobre la mentalidad abierta. La parte restante de esta subsección es una especie de resumen de toda la sección.

(3:1-3) Habrás notado que la lista de atributos de los maestros de Dios no incluye las características que constituyen la herencia del Hijo de Dios. Términos tales como amor, impecabilidad, perfección, conocimiento y verdad eterna no aparecen en este contexto, pues no serían apropiados aquí.

En esta sección, el comentario gira en torno a deshacer el sistema de pensamiento del ego. Así que las características realmente no son las del Cielo. Son lo que caracteriza vivir en este mundo en ausencia del sistema de pensamiento del ego. Cuando el sistema de pensamiento del Espíritu Santo ha corregido y deshecho totalmente el sistema de pensamiento del ego, todo lo que queda son los atributos de Cristo. Pero el objetivo del Curso no es poseer esos atributos. Una vez más, el objetivo del Curso es lograr lo que llama pensar con la mentalidad correcta, que encarna las características del maestro de Dios. En otras palabras, el objetivo es enseñar y aprender a perdonar. Cuando ese proceso se completa, se borra todo lo anterior y quedan únicamente las características de Cristo: amor, impecabilidad, perfección, etc.

(3:4) Lo que Dios ha dado está tan remotamente alejado de nuestro programa de estudios que el aprendizaje no puede sino desaparecer ante su presencia.

Lo que Dios ha dado es Su Amor, Su Ser, que es lo que somos como Cristo. Una vez que hemos completado nuestro aprendizaje y vemos la faz de Cristo, todo lo de la mente escindida desaparece. Y lo que alborea en nuestra mente es el recuerdo de Dios. A esas alturas todo lo demás desaparece.

(3:5) Sin embargo, mientras su presencia esté velada, el enfoque ha de centrarse necesariamente en el programa de estudios.

En otras palabras, mientras la presencia de Dios esté velada, mientras persista nuestro miedo al perfecto amor que somos, todavía tenemos que aprender el proceso de deshacer el miedo. Y eso, de nuevo, es lo que hace el perdón, que es el propósito del Curso.

(3:6) La función de los maestros de Dios es llevar al mundo el verdadero aprendizaje.

Pero no somos nosotros, como maestros de Dios, quienes traemos el verdadero aprendizaje al mundo. Se trae al mundo a través de nosotros. Nuestras mentes escindidas, y por lo tanto nuestros cuerpos, simplemente se convierten en los instrumentos a través de los cuales este perfecto amor se deja extender.

(3:7) Propiamente dicho, lo que llevan es un efecto de des-aprendizaje, que es a lo único que se le puede llamar «verdadero aprendizaje» en este mundo.

Nuevamente, todo este curso es un curso de desaprender y deshacer, al eliminar lo que el ego ha puesto en nuestras mentes. Ahora bien, el Curso dice: «El ego siempre habla primero» (T-6.IV.1:2), pero se equivoca. Y el Espíritu Santo es la Respuesta que anula la declaración del ego.

(3:8-9) A los maestros de Dios se les ha encomendado la función de llevar al mundo las buenas nuevas del completo perdón. Bienaventurados son en verdad, pues son los portadores de la salvación.

Nuevamente, no somos nosotros quienes traemos este mensaje. Somos los instrumentos a través de los cuales viene. Nosotros no somos los que lo hacemos. Nuestra labor es simplemente apartarnos de en medio. Como veremos más adelante cuando comentemos la sanación, no somos nosotros quienes sanamos. Un maestro de Dios no sana. Simplemente deja que la sanación se extienda a través de él.