Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XIII
¿Cuáles son las características de los maestros de Dios?
Conclusión

1. Vivir Un curso de milagros

Lo que hace que el Curso sea tan difícil de vivir es que dice que debemos permanecer en el mundo y hacer lo que uno hace típicamente en el mundo, pero con una actitud diferente. Así que, por ejemplo, si yo desempeño el papel de supervisor con las responsabilidades que tendría cualquier otro en una situación similar, eso es lo que yo haría. La diferencia es que hay una parte de mí que no pierde la paz porque unos miembros del personal no hayan hecho bien su trabajo. Todavía haría lo que hacen todos los demás jefes. Pero si lo estoy haciendo bien, lo hago con la conciencia de que mi lugar de trabajo es un aula de clase en la que sigo todas las reglas y procedimientos del aula de clase, y a la vez reconozco que realmente no importan. Eso es muy difícil de hacer. Requiere estar en el mundo, pero no ser del mundo, para utilizar la línea bíblica que el Curso parafrasea y adapta con frecuencia (T-7.XI.1:3; T-26.VII.4:5.). Es mucho más fácil aislarse del mundo y meditar en las verdades eternas, tal como llevan eones haciéndolo las personas que recorren caminos espirituales. Esa es una forma de emprender un camino espiritual, mas no es la del Curso.

El camino del Curso, con muy raras excepciones, pide que sus estudiantes sigamos justo donde estamos, desempeñando nuestros roles —de padre, maestro, supervisor o de lo que sea— y que hagamos lo que el rol exige, porque ese es el rol que hemos elegido. Esa es nuestra aula de clase. Pero lo hacemos mientras aprendemos la lección de que, en realidad, no es lo que importa. Entonces podemos hacer lo que nuestro rol requiera y estar en paz. Puedo levantar la voz y seguir en paz. Puedo despedir a alguien y seguir en paz. Puedo no despedir a alguien y seguir en paz. Todo eso da igual.

Lo que hace que el proceso sea claro es la experiencia de la paz, y esta experiencia se profundiza tras cierto período de tiempo al darnos cuenta de que la lección consiste en aprender a no ver a nadie como una víctima, ni a mí mismo ni a nadie más. Por darles otro ejemplo, digamos que estoy supervisando una gran cocina y que hay muchas personas a las que hay que alimentar a una hora determinada. Pero algunos miembros del personal no están haciendo su trabajo. Aunque se supone que la comida debe estar lista a las seis y media, resulta que ya son las seis y veinticinco, y no estará lista. Es evidente que faltan por lo menos veinte minutos para comenzar a servir. Entonces, si estoy sentado allí esperando impacientemente a que todo esto suceda, y estoy pensando: «Dios mío, no se les servirá la comida a tiempo a estas personas», estoy atrapado. Estoy diciendo que las personas que hay que alimentar son las víctimas, y los miembros del personal que no han hecho su trabajo son los victimarios. En ese momento, no importa lo que yo haga, me habré equivocado.

En cambio, si reconozco que mi lección es darme cuenta de que nadie es una víctima. Aunque se cometan errores, nadie es una víctima y nadie es un victimario —y realmente quiero aprender eso—, entonces eso siempre me remitirá al tema central y al objetivo central. Cuando empiezo a enojarme por todas las personas que no van a recibir su comida a tiempo, quiero decirme a mí mismo: «He caído en la trampa, he hecho que el error sea real. Yo creo que habrá víctimas, lo que significa que hay personas que han pecado contra ellas que merecen mi enojo». Luego retrocedo y digo: «Elegí al maestro equivocado, porque ese es el ego que está hablando del pecado». Se necesita mucha práctica para poder hacer esto sin caer en la tentación de negar mis reacciones.

Queremos tener cuidado de no tratar de ser perfectos, haciendo lo que es «espiritualmente» correcto. Queremos aprender la lección para que nos sintamos más en paz, para que sintamos mucho más presente el Amor de Dios. Queremos ver cada situación como un medio de lograr el objetivo de aprender lo que es el perdón, el tema de la sección «Cómo fijar la meta» (T-17.VI). Y esto significa concretamente aprender que este no es un mundo de víctimas y victimarios. Es útil ver que todo lo que me molesta siempre tiene algo que ver con la victimización, ¡sin excepción! O bien yo soy la víctima, o bien identifico a otras personas ahí fuera como víctimas. Lo que realmente me ayuda a avanzar en mi sendero de perdón es darme cuenta de que hay otra forma de ver cada situación, sin dejar de funcionar dentro de ella.

Como he dicho, el problema no es la diminuta idea loca de la separación. El problema es tomarla en serio. El problema no son las personas que no van a recibir su comida a tiempo. El problema es que estoy convirtiendo la situación en la gran cosa. Lo estoy convirtiendo en un pecado, una repetición completa de un caso de victimización. Y si cambio de mentalidad con respecto a ese escenario, es posible verlo de forma distinta.

Por lo tanto, el primer paso es al menos reconocer que hay una forma distinta de ver la situación y comprender cuál es esa forma. Vivir la manera distinta obviamente requiere mucha práctica. Es crucial que no renunciemos a la responsabilidad de cumplir nuestro rol tal como lo ve el mundo. Hacemos lo que el rol nos pide, tan amorosamente como podamos. Pero sabemos que el papel ahora tiene un propósito diferente, y eso lo hace diferente. Eso nos permite, con el tiempo, en muchas situaciones, ser aún más efectivos y eficientes en lo que estamos haciendo, porque estamos más en paz. Hay menos interferencia, menos ansiedad, menos tensión, menos impaciencia y menos necesidad de exigir que otros hagan lo que queremos que hagan.

2. El «plan» del Espíritu Santo

A la luz de nuestro comentario sobre estas características, y particularmente con respecto a la paciencia, puede ser útil mirar una oración del libro de ejercicios que con frecuencia se malinterpreta: «¿Qué no ibas a poder aceptar si supieras que todo cuanto sucede, todo acontecimiento, pasado, presente y por venir, es amorosamente planeado por Aquel Cuyo único propósito es tu bien?» (L-pI.135.18:1). Siempre es importante tener en cuenta que el enfoque básico del Curso es corregir las percepciones erróneas del ego. El contexto de esta lección se encuentra en las líneas anteriores: «La mente que ha sanado no planifica. Simplemente lleva a cabo los planes que recibe al escuchar a una sabiduría que no es la suya» (L-pI.135.11:1-2).

El Curso comenta repetidamente el plan de Expiación del Espíritu Santo, en contraste con el plan del ego, que siempre es atacar a Dios y a Su Hijo. El Curso también a veces habla como si el Espíritu Santo hubiera elaborado conscientemente una planificación que incluye un plan para cada uno de nosotros, en el que se ha planificado toda nuestra vida en particular. El Curso nos habla a este nivel porque Jesús sabe que pensamos como niños pequeños y que nos reconfortan las palabras que nos aseguran que Dios planea para nosotros, que Él nos ama y cuida de nosotros.

Como hemos visto, sin embargo, Dios no hace nada. Dios simplemente es. Si hiciera algo, estaría actuando en el mundo como si el mundo fuera real. De hecho, cuando planificamos, obviamente estamos hablando del tiempo. Pero no hay tiempo para Dios, por lo que Dios no puede planificar. Este pasaje realmente está hablando de un proceso en el cual, cuando la separación pareció ocurrir, dentro de ese único instante, también se produjo todo el tiempo y, de hecho, sigue produciéndose dentro de ese instante, que el Curso llama «el brevísimo lapso de tiempo» en la sección del texto llamada «El pequeño obstáculo». Todos los errores, explica, están contenidos dentro del primer error (T-26.V.3).

El error original es la idea de estar separado de Dios. Ese pensamiento se fragmentó en miles y miles de millones de fragmentos, que se extendieron a lo largo del tiempo. Fue como si el brevísimo lapso de tiempo se estrellara de golpe contra una larga mesa y se extendiera. Y esa extensión es lo que llamamos el comienzo del mundo y el futuro desenlace del mundo, con todo el proceso de evolución en medio. Pero todo el tiempo ocurrió en ese único instante. Todas las diferentes formas en las que manifestamos nuestra creencia en la separación, todas nuestras relaciones especiales, ocurrieron en ese único instante.

Eso es lo que significa el Curso cuando dice que «el guion ya está escrito» (L-pI.158.4:3) y ya ha sucedido. Ese es el guion: ese error que estalló o explotó en miles y miles de millones de fragmentos. Cada uno de nosotros, como un yo separado, es parte de ese proceso de fragmentación. Y todas nuestras experiencias forman parte de ella, todas las diferentes expresiones del sistema de pensamiento del ego. Pero al lado del pensamiento del ego, en la mente escindida, está el pensamiento de corrección del Espíritu Santo, lo que el Curso llama el principio de Expiación o el recuerdo del Amor de Dios. Ese pensamiento también estaba en nuestra mente en el momento de fragmentarse. Por lo tanto, el pensamiento de Amor del Espíritu Santo es la respuesta o la corrección para el medroso pensamiento equivocado del ego: existe una correspondencia de uno a uno entre los dos. A medida que se fragmenta el pensamiento medroso del ego, escribiéndose un guion con miles y miles de millones de formas de expresar miedo, culpa y ataque, el guion correspondiente del Espíritu Santo corrige cada uno de los pensamientos del ego.

En otras palabras, cada pensamiento fragmentario de especialismo, ataque, separación y culpabilidad del ego en nuestras mentes tiene un pensamiento correspondiente de perdón y unión del Espíritu Santo. Esa es la corrección, que corresponde uno a uno a cada relación especial. Ese es el guion del Espíritu Santo, al que el libro de ejercicios se refiere como el guion de la salvación (L-pI.169.9:3). Ahora bien, el Espíritu Santo no escribió el guion original. De hecho, el guion del Espíritu Santo no es más que el guion del ego, pero ahora con el contenido de corrección o perdón del Espíritu Santo. Entonces ese es el plan al que se hace referencia en la frase citada. No es un plan que el Espíritu Santo haya elaborado con Jesús o Dios para cada uno de nosotros. Más bien, es la invalidación inevitable y automática del guion o el sistema de pensamiento del ego.

Entonces, todo lo que el ego ha hecho para atacarnos se convierte en un aula de clase en la que el Espíritu Santo nos enseña cómo verlo de manera diferente. El ego escribe el guion básico y el Espíritu Santo le da un contenido o una interpretación diferente. Comprender esto conduce a la paciencia porque nos damos cuenta de que el desenlace final es tan inevitable como Dios, pues ya ha sucedido. En otras palabras, el Espíritu Santo ha deshecho todo el sistema de pensamiento del ego y ese deshacimiento, que es la aceptación de la Expiación para nosotros mismos, ya está en nuestras mentes. Todo lo que tenemos que hacer es elegirlo: esa es la aceptación a la que nos referimos.

La Expiación ya ha ocurrido. Jesús dice al final del Curso que estábamos con él cuando resucitó (C-6.5:5). En otras palabras, cuando despertó del sueño, estábamos con él porque las mentes están unidas. El problema es que tomamos ese pensamiento de resurrección, de despertar del sueño de la muerte en nuestras mentes, lo dejamos a un lado y lo silenciamos, de modo que suele encerrarse bajo llave y nunca lo miramos. Pero está ahí y solo requiere que lo aceptemos. La paciencia proviene de la certeza de saber que este sueño ya ha terminado. Entonces, ¿por qué va a molestarme o impacientarme cualquier cosa que ocurra dentro del sueño, cuando sé que ya pasó?

Sabiendo eso, soy como lo que los investigadores de sueños llaman un soñador lúcido: alguien que, mientras duerme y sueña por la noche, dentro del sueño toma conciencia de que es un sueño. Entonces me estoy observando a mí mismo teniendo un sueño. Entrenar a mi mente para que sea un soñador lúcido puede ser muy útil, especialmente si estoy teniendo un sueño inquietante o una pesadilla. Dentro del sueño, puedo decirme a mí mismo: «Ah, esto no es más que un sueño. En realidad, no está sucediendo nada».

En cierto sentido, el Curso nos está entrenando para que hagamos eso. En el lenguaje del Curso, ser un soñador lúcido es vivir en el mundo real. Entonces estoy viviendo dentro del sueño, pero soy consciente de que es un sueño. Por eso no me enojo. Por eso puedo ser paciente: sé que no hay por qué preocuparme o impacientarme. Sé que hay una parte de mi mente que ya ha terminado con todo esto y ha despertado. Pero, si aún no estoy listo para aceptar esa realidad —la de estar en el mundo real— pues, entonces aún no estoy listo para aceptarla. Pero ahí está para cuando yo esté listo; no se irá a ninguna parte.

Nuestra impaciencia con las situaciones en nuestras vidas también puede llevar consigo una sensación de que, si algo no sucede ahora mismo, nunca sucederá. Y esto es solo una sombra del pensamiento subyacente del ego, de que nunca volveré a casa. Se me ha desterrado del Cielo, lo he desechado y nunca lo recuperaré. Y entonces mi impaciencia es realmente el temor de que, si no lo tengo ahora mismo, no lo tendré jamás. Así que la paciencia proviene de reconocer que no he desechado el Cielo. Lo he extraviado en mi mente, pero el Espíritu Santo aún me lo conserva; no se ha perdido. No puedo verlo en este momento, pero eso no significa que no esté ahí.

Cuando nos descubrimos actuando de estas maneras aparentemente algo impacientes en el mundo, son solo un encubrimiento, una cortina de humo, para el juicio más profundo del ego contra nosotros mismos. Todo en el mundo es una cortina de humo, todo. Es útil recordar que no hay tiempo y que todo está sucediendo simultáneamente. Entonces, ya sea que estemos considerando el pensamiento original del ego o un pensamiento que estoy teniendo en este momento, es lo mismo. Solo hay dos opciones posibles. Lo que estoy pensando y haciendo es un reflejo del sistema de pensamiento de mi ego, que reconoceré si no estoy en paz, o del sistema de pensamiento del Espíritu Santo. Y si es de mi ego, es una cortina de humo. Tal vez piense que estoy molesto porque no me gusta la forma en que alguien se viste o lo que alguien ha dicho o lo que está sucediendo a mi alrededor, pero cada situación es una cortina de humo para que no me dé cuenta de lo que realmente me está molestando. Como dice el Curso al principio del libro de ejercicios: «Nunca estoy disgustado por la razón que creo» (L-pI.5).