Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XIV
¿Cómo debe pasar el día el maestro de Dios? (M-16)

Vamos a mirar ahora la sección «¿Cómo debe pasar el día el maestro de Dios?» (M-16); y nos centraremos en la última parte de esta sección, que habla específicamente de la magia. Pero primero quiero resumir la parte anterior, que analiza cómo un maestro de Dios debe pasar el día. Dice que, para un maestro de Dios avanzado, la pregunta no tiene sentido, porque el maestro avanzado simplemente pasaría el día de la manera en que el Espíritu Santo le guiara. Lo que se aborda aquí es la idea de los rituales, por lo que me gustaría dedicar cierto tiempo a ese tema.

La mayoría de las personas que han crecido en el mundo occidental, ya sea como judíos o como cristianos, han crecido en un entorno religioso de rituales. Como comenta Un curso de milagros en el contexto de las relaciones especiales, esta es una confusión entre forma y contenido. Creemos que los actos de acatar ciertas leyes, seguir ciertos rituales y orar de cierta manera, de por sí complacerán a Dios y, por lo tanto, conllevarán nuestra salvación. Al creer esto, básicamente estamos diciendo que no tenemos que cambiar de mentalidad, sino solo de comportamiento. Ritualizamos nuestras vidas, controlamos el comportamiento y hacemos todas las cosas que se supone que debemos hacer. Creemos que, si hacemos todo eso, en algún momento Dios nos perdonará y nos recibirá en Su Reino. Lo que sucede con demasiada frecuencia, por supuesto, es que los rituales se convierten en sustitutos de Dios. Se convierten en sustitutos de la experiencia y el proceso de cambiar de mentalidad. Se convierten en ídolos. Por eso Jesús dice que «la religión institucionalizada no ocupa ningún lugar en la psicoterapia, pero tampoco tiene un auténtico lugar en la religión» (P-2.II.2:1), esa es la idea.

Sin embargo, el libro de ejercicios está extremadamente organizado con ejercicios muy estructurados. Se nos dice cada día exactamente cuánto tiempo debemos pasar pensando en Dios, cuándo y cómo debemos hacerlo, qué palabras debemos usar, etc. Es importante tener en cuenta que el libro de ejercicios es un programa de entrenamiento que dura un año, y que comienza con la premisa de que todos somos espiritualmente muy inmaduros: que nuestras mentes son indisciplinadas. Declaraciones como esta aparecen en el propio libro de ejercicios (por ejemplo, L-pI.20.2:6; L-pI.44.3:3-5). Necesitamos disciplina. El libro de ejercicios nos enseña cómo desarrollar cierta disciplina que permite a nuestras mentes pensar de manera diferente —pensar en consonancia con lo que el Curso expone, en lugar de lo que postula el ego. Una parte esencial de ese proceso de entrenamiento es cambiar nuestro sistema de creencias y, en lugar de ver al Espíritu Santo como Alguien que nos castigará y en Quien no podemos confiar, verlo como Alguien en Quien sí confiamos.

El programa de entrenamiento del libro de ejercicios tiene un año de duración. Su punto de partida es que nos demos cuenta de que sí tenemos control sobre nuestras mentes, que no andan a lo loco, obedeciendo a algún poder ajeno a nosotros. En otras palabras, nosotros somos los que controlamos nuestras mentes, y es realmente posible cambiar nuestra forma de pensar. Uno de los propósitos del libro de ejercicios es enseñarnos eso; y a fin de lograrlo, nos proporciona períodos de práctica muy estructurados. Como explica la Lección 95 del libro de ejercicios —la única lección que realmente lo hace—, a pesar del hecho de que está configurado de esta manera, el libro de ejercicios no está destinado a ser una serie de rituales que deban hacerse exactamente como se nos indica (L-pI.95.4-9). Así que, si no hacemos las lecciones como se «supone», por ejemplo, si no pensamos en Dios seis veces por hora, cada hora de mi día, Jesús no está ahí arriba en el Cielo con una tarjeta de puntuación en la que anota todas nuestras faltas, con la intención de lanzar un rayo y así, en algún momento, destruirnos por nuestros pecados. El propósito del libro de ejercicios es entrenar a nuestras mentes para que quieran pensar en consonancia con el libro de ejercicios: queremos que nuestras mentes piensen en Dios todo el día.

Evidentemente, Jesús no se espera que lo hagamos, porque nos ha dado trescientas sesenta y cinco lecciones, en vez de una sola. Es cierto que, si hacemos una sola lección a la perfección, las habremos hecho todas porque, como él dice: «Cada una de ellas [las lecciones] encierra dentro de sí el programa de estudios en su totalidad» (L-pI.rVI.in.2:2). Pero, de nuevo, por lo visto, no se espera que lo hagamos. Y al concluir este programa de entrenamiento de un año, dice que «este curso es un comienzo, no un final» (L-pII.ep.1:1).

Por lo tanto, la estructura es sumamente útil para la mayoría de las personas, porque es una forma de ayudarnos a comenzar a disciplinar nuestras mentes para que podamos comenzar a tomar conciencia de nuestros pensamientos de querer atacar a Dios, a nosotros mismos y a los demás. Pero existe un peligro inherente a la estructura, por lo que Jesús afirma lo que dice al respecto en la Lección 95 del libro de ejercicios. Además, nos advierte en esta sección del manual que «las rutinas, como tales, son peligrosas porque se pueden convertir fácilmente en dioses por derecho propio y amenazar los mismos objetivos para los que fueron establecidas» (M-16.2:5). Está diciendo que deberíamos utilizar todos los períodos de práctica estructurados y demás rutinas que él nos da como un medio para lograr un fin, pero no debemos confundirlos con el fin mismo. El propósito de los períodos estructurados es llevarnos más allá de toda necesidad de tener una estructura. Entonces, todo nuestro día simplemente se somete a la orientación del Espíritu Santo. Así ya no creeremos que el único modo de que podamos sentir paz, de que podamos virar de una mentalidad de ataque a una mentalidad de amor, es sentarnos en silencio a una hora determinada del día, en una postura determinada y leer cierta cosa, etc. Hacer eso es útil en las etapas iniciales del proceso de corrección, pero no es útil si las rutinas se convierten «en dioses por derecho propio».

Un curso de milagros dice repetidas veces que su propósito es ser práctico. Y no es muy práctico si solo puedo encontrar la paz sentándome tranquilamente en un rincón. ¿Qué pasa si me encuentro en un atasco en la autopista? ¿O qué hago como terapeuta si estoy con un paciente y de repente me da un arrebato de ansiedad, culpa, temor o disgusto? No puedo disculparme durante quince minutos y pasarme a otra habitación para meditar. Así que el propósito del Curso es ayudarnos a entrenar a nuestras mentes para que, dondequiera que estemos, podamos volver rápidamente a la presencia del Espíritu Santo en nuestras mentes y pedir ayuda. Físicamente, nada cambia. Sigo perfectamente atento a ti, pero una parte de mi mente vuelve a ese lugar de paz y dice: «Ayuda. Debo haber elegido en contra Tuya porque no me siento en paz; me estoy sintiendo culpable, ansioso y temeroso».

Para que yo pueda hacer eso muy rápido todo el tiempo, necesito un período de aprendizaje estructurado. Así como yo no tocaría una fuga de Bach a la perfección la primera vez que me sentara al piano. Tendría que practicar durante muchas horas, de forma muy estructurada, hasta que pudiera sentarme a tocar libremente una fuga de Bach o una sonata de Beethoven. Necesitamos períodos de práctica estructurados. Como intérprete, mi objetivo sería llegar a poder desprenderme de la estructura o la forma. La inspiración fluiría a través mío. Mi forma de tocar se convertiría, pues, en algo más que mantener los compases del metrónomo: podré tocar con la misma libertad y amor con los que se compuso dicha música.

Lo mismo es cierto de vivir diariamente, minuto a minuto, con el Espíritu Santo. No queremos estar atados por la rigidez de la estructura. Queremos que Su Amor fluya libremente a través de nosotros. Por eso esta sección dice que un maestro de Dios avanzado no tiene una estructura establecida (M-16.1). Sin embargo, no queremos caer en la trampa de pensar: «Bueno, yo soy un maestro avanzado porque acabo de pasar un año con el libro de ejercicios. Por lo tanto, ya no tengo que meditar ni tengo que practicar, etc.». No hay nada de malo en tener períodos estructurados. Simplemente no queremos convertirlos en dioses por derecho propio. La verdadera meta del Curso es que nuestro día completo de veinticuatro horas sea una meditación y una oración. Entonces, no importa dónde esté, no importa con quién esté, hay una parte de mi mente que siempre recuerda que está en contacto con el Espíritu Santo o con Jesús. Luego, cuando me siento molesto, puedo regresar a ese lugar tranquilo en mi mente.

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Cuando estamos atados al ritual, la noción de un Dios castigador a menudo puede volverse más prominente en nuestro pensamiento. Entonces, necesitamos recordarnos a nosotros mismos que a Dios no le importa la forma. Dios no tiene forma. Desconoce la forma. El Amor no tiene forma. Pero, como hemos entrenado a nuestras mentes para que nieguen lo que no tiene forma y conviertan la forma en realidad, necesitamos comenzar con la forma; no, porque la forma sea real, sino porque la forma ahora puede estar al servicio de un contenido diferente. Y ese contenido es el camino del Espíritu Santo, que nos lleva a través de la forma, más allá de la forma, y nos integra a la ausencia de forma. El ego, en contraste, utiliza la forma para arraigarnos aún más en la forma.

Una línea en el Curso dice que «ni siquiera puedes pensar en Dios sin imaginártelo en un cuerpo» (T-18.VIII.1:7). Si prestáramos atención a nuestros pensamientos acerca de Dios, nos percataríamos de que es muy cierto Todas nuestras nociones de Dios, incluso la mayoría de las nociones expresadas en el Curso sobre Dios como un Padre amoroso, se arraigan en un concepto del cuerpo. Debido a que ni siquiera podemos pensar en Dios sin un cuerpo o alguna forma, necesitamos una forma y un concepto de Dios como cuerpo, que al menos comience el proceso de deshacer la manera en que el ego usa a Dios como cuerpo, como un Padre vengativo, por ejemplo.

Entonces, si paso unos días sin leer el Curso y luego empiezo a sentirme un poco desganado y lo atribuyo a no haber leído el material, podría estar negando esa Presencia viva en mi mente. Por otro lado, también podría ser que mi decisión de no leer el Curso proviniera de un pensamiento previo en mi mente que dijo: «No voy a recordar a Dios. Voy a atacarme a mí mismo». En ese contexto, leer el Curso podría ser útil, porque ahora estoy usando la forma para un propósito diferente. Siempre tenemos que tener cuidado porque no podemos evaluar todas las situaciones de la misma manera. El pensamiento es siempre lo que da sentido a la acción o a la forma. El propósito le da su significado, no la cosa misma.